Mil años de la cultura húngara

Tras muchos siglos de migración, el pueblo magiar llegó de las estepas de Europa Oriental a su patria definitiva: la Cuenca de los Cárpatos, el lugar que antaño había constituído el imperio ávaro. Después de la Conquista de la Patria, acontecida en el ańo 896 y dirigida por el príncipe Árpád, el pueblo húngaro muy rápidamente abandonó el modo de vida ganadero nómada, cambiándolo por la agricultura, y luego de poner fin también a las correrías occidentales, como resultado de la derrota que le infligieran las tropas del emperador Romano Germánico, Otón I, en Augsburgo en 955, ya por iniciativa del gran príncipe Géza, comenzó a aproximarse a las naciones y a la cultura de la comunidad de Estados cristianos occidentales. Géza, a quien los cronistas occidentales ya llamaban rey ("rex"), en 973 envió una delegación de alto rango a la Dieta Imperial alemana de Quedlinburgo, invitó a su corte al obispo de Praga, al pío Adalberto -quien más tarde, en un viaje de catolización, fue asesinado por los prusianos paganos, o sea, los integrantes de una tribu eslava occidental-, contribuyó a la fundación del monasterio benedictino de Pannonhalma bajo la advocación de San Martín, incluso él mismo se bautizó, aunque paralelamente conservó sus anteriores costumbres paganas.

Su hijo, Vajk, quien fue bautizado con el nombre de István (Esteban), ya fue educado para ser un monarca cristiano y pidieron como esposa para él a la hermana mayor del rey Enrique II de Baviera: Gisela. En el año 1000 Esteban se hizo coronar con la corona solicitada del Papa Silvestre II y terminó la labor de construir un Estado, iniciada por su padre. Fundó diez diócesis, varios monasterios, mandó construir iglesias, organizó el sistema de administración pública de los condados reales, derrotó a aquellos jefes tribales que querían conservar la religión pagana y se confrontaron con la orientación europea, pero igualmente defendió su país frente los ataques provenientes de Occidente. Guió su pueblo al conjunto de las naciones de la Europa cristiana y creó el Reino de Hungría. Con toda razón  su sucesor posterior, el rey Ladislao, lo hizo elevar entre los santos de la Iglesia, junto con el heredero de Esteban tempranamente fallecido, el pío príncipe Emerico y con el obispo Gellért (Gerardo), quien murió como mártir en los acontecimientos de la sublevación pagana de 1046.

Los orígenes de nuestra cultura y literatura nacionales, se trate de las tradiciones orales transmitidas por el pueblo o de las primeras huellas de la cultura escrita, se pierden en la penumbra de tiempos remotos. Somos herederos de numerosas leyendas históricas relativas a la procedencia de los húngaros, a su migración y acerca de la conquista de la patria. Probablemente, la escritura en idioma húngaro se remonte a un pasado mayor de lo que nos indican los recuerdos conservados, ya que la cultura eclesiástica y cortesana húngara tiene un pasado de casi mil años y desde que San Esteban, el primer rey de los húngaros, se adhirió junto con su pueblo al cristianismo occidental, en los conventos, los capítulos y en las cancillerías reales aumentaba constantemente el número de personas que sabían leer y escribir, si bien es cierto en aquel entonces estos utilizaban en primer lugar el idioma latín, generalizado en la Europa medieval. Sin embargo, tallados en piedra (por ejemplo, en templos de Transilvania), se conservaron algunos recuerdos de la antigua escritura rúnica de los paganos. Bastante temprano surgieron también textos en idioma húngaro, escritos con el alfabeto latino. Después de las esporádicas huellas, procede de mediados del siglo XII nuestro primer texto en prosa: el "Halotti beszéd” (Discurso mortuorio), traducción al idioma húngaro de un escrito de oración necrológica en latín. De un siglo más tarde, proviene el primer poema en húngaro, el "Mária-siralom” (Lamentación de María), creado también sobre la base de un original latino. Después de estos vinieron traducciones de la Biblia, leyendas que trataban acerca de la vida de los santos húngaros, sermones y otros textos eclesiásticos, mientras que el latín siguió siendo por mucho tiempo más el idioma de las escrituras laicas: de las obras históricas y los diplomas.

Los húngaros crearon su propia cultura nacional en el punto de confrontación de dos grandes culturas: provenían del Este, habían adquirido sus tradiciones originales de la cultura ancestral de la región de las estepas de Eurasia, no obstante, como consecuencia del sincero compromiso cristiano y de la inteligente visión de la situación política de sus primeros reyes, aceptaron y abrazaron la cultura occidental y solamente un siglo después de su establecimiento en la Cuenca de los Cárpatos ya encontraron su lugar entre las naciones occidentales. El idioma húngaro pertenece a la familia de lenguas finougrias, los parientes de los magiares son los finlandeses, los estonios y numerosos otros pueblos pequeños que en la actualidad viven en territorio de Rusia, en los montes Urales y en la región del río Volga. Sin embargo, su procedencia étnica también une a los húngaros, en parte, a los pueblos turcos de Asia Interior, la original melodiosidad de su música y su arte decorativo tienen asimismo orígenes turcos. Al vivir en el campo de atracción de la cultura occidental, asimilando la espiritualidad y los valores de la civilización cristiana, la herencia cultural traída del Este solamente se conservó en la estructura profunda de la cultura, antes que nada en el idioma húngaro, el cual no sólo el origen de su vocabulario básico o de su gramática lo unen a la cultura de los pueblos orientales  sino también su carácter poético, capaz de crear mitos.

Con todo ello, la nación húngara se convirtió en una nación completamente occidental, cuya evolución se cumplió gracias a los sucesores cultos y de mano fuerte de San Esteban: San Ladislao y Kálmán "el bibliófilo”, Béla III y Béla IV. Desempeñaron un papel similar, es más, llevaron a cabo la grandiosa tarea de la creación de la gran potencia medieval húngara, los monarcas de la dinastía Angevina: Carlos Roberto y Luis el Grande, que a su vez era también rey de Polonia, por lo tanto reinaba sobre un imperio enorme.

La Hungría histórica, antaño rodeado por las montañas de los Cárpatos, era la zona fronteriza y el último baluarte de la civilización occidental: al sur de ella se encontraba el imperio bizantino, representante del cristianismo oriental, luego el imperio turco musulmán que surgió sobre las ruinas del primero; al este de ella estaban los kanatos tártaros y después la potencia mundial rusa. En aquellos tiempos Hungría era una poderosa fortificación del cristianismo occidental; la dinastía real procedente del conquistador del territorio patrio, Árpád, dio más santos a la Iglesia que cualquier otra casa real católica, los caballeros y los reyes caballeros húngaros participaron en las cruzadas dirigidas a la Tierra Santa y el país desempeñó al mismo tiempo cierto rol misionario y transmisor cultural hacia el este y el sur. Ya en los siglos de la Edad Media, el Reino de Hungría era considerado un baluarte del cristianismo occidental. En efecto, las fronteras orientales y meridionales del país constituían a la vez las fronteras del Occidente. Esto lo demuestra muy bien el hecho de que Hungría era la región fronteriza de la construcción de iglesias románicas y góticas: las catedrales San Martín, de Bratislava (la antigua Pozsony) y Santa Isabel, de Kosice (la antigua Kassa), así como los templos Nagyboldogasszony (de Nuestra Señora de Buda), San Miguel, de Cluj (la antigua Kolozsvár) y la iglesia Negra de Brasov (ant. Brassó) siguen siendo, aún en nuestros días, el testimonio de la expansión de la civilización occidental en el Oriente. La arquitectura, la pintura y la escultura medieval húngara surgió en gran parte por iniciativa eclesiástica y en ello jugaron un papel considerable las órdenes monásticas, particularmente los benedictinos y los cistercienses, a la vez que el poder real también nos legó importantes recuerdos arquitectónicos, entre otros, en Esztergom, Székesfehérvár y Buda.

El Estado húngaro medieval, a pesar del indudable desarrollo, de vez en cuando tuvo que enfrentar crisis muy graves, generalmente como consecuencia de que las potencias enemigas que atacaban del Este, en varias ocasiones destruyeron los resultados alcanzados hasta el momento. De esta manera, las tropas mongoles (tártaras), que a mediados del siglo XIII invadieron la parte oriental de Europa y que en 1241 en la batalla de Muhi derrotaron al ejército del rey Béla IV, destruyeron casi por completo el país, haciendo huir incluso al rey, quien después de su regreso, prácticamente se vio obligado a llevar a cabo con éxito una "segunda fundación de la patria”. En el siglo XV apareció en la frontera un nuevo enemigo, de peligrosidad nunca vista: el imperio turco otomano que se expandía desplegando enormes fuerzas militares. Nuestro excelente estratega, János Hunyadi, logró detener esa expansión por largas décadas, cuando en 1456, junto a Nándorfehérvár (la actual Belgrado), infligió una derrota histórica a las tropas turcas. Gracias a esta victoria, que en realidad libró para siempre a la Europa cristiana de la expansión turca, el hijo de Hunyadi, Matías, instalado en el  trono real, tan sólo tuvo que entrar en guerras turcas de menor trascendencia, por lo cual intentó edificar un imperio en el Occidente, para emplear luego la fuerza de éste contra los turcos. El Reino de Hungría, ubicado en el orden mundial occidental, se apoyaba sobre bases económicas sólidas (el país era uno de los centros de la minería de metales preciosos de la Edad Media y la renta del rey húngaro alcanzaba los ingresos del monarca de Inglaterra), estableció una organización estatal duradera y creó una rica cultura. Dan prueba de ello no solamente los numerosos y excelentes monumentos de la arquitectura, la pintura y la escultura románica y gótica europeas, sino también el fortalecimiento de la literatura medieval húngara: los códices en idioma húngaro (gran parte de los cuales, lamentablemente fue destruído por las guerras), constituyen una importante biblioteca virtual. En la segunda mitad del siglo XV, durante el exitoso reinado del rey Matías en Hungría, en los palacios de Buda y de Visegrado se estableció un destacado taller de la cultura renacentista europea. La influencia del Renacimiento de Italia dejó sus huellas en Hungría mucho antes que en los demás países de la región centroeuropea. Las magníficas obras maestras de la biblioteca de Matías en Buda, los llamados Corvinas, siguen siendo, desde aquellos tiempos, piezas mundialmente apreciadas del arte tipográfico renacentista.

Hungría no solamente asimiló la cultura cristiana occidental, sino también defendió sus valores con grandes sacrificios y en estas violentas luchas más de una vez quedó sometida por el enemigo proveniente del Este. Constituyó un viraje trágico de las seculares guerras turcas, cuando en 1526 el sultán turco consiguió vencer al rey húngaro en el campo de batalla de Mohács, victoria ésta que tuvo fatales consecuencias para los húngaros. En 1541 también quedó en manos de los turcos la capital del reino, Buda, y el país se dividió en tres partes: en las zonas occidentales asumió el poder la Casa de los Habsburgo, el centro del país fue dominado por los turcos, mientras que en las regiones sudorientales, en Transilvania se estableció un principado húngaro independiente, como último baluarte de la continuidad nacional. La invasión turca duró cientocincuenta años, y fue tan sólo después de 1686, tras la reconquista de Buda, que se restableció poco a poco la organización estatal del reino de Hungría.

Después de las derrotas sufridas a lo largo de la historia, la cultura nacional, y sobre todo la literatura sirvió para reanimar la vitalidad de los húngaros. Contribuyó a fomentar esa fuerza vital la Reforma de Lutero y luego la de Calvino, que también llegaron a suelo húngaro, promoviendo el desarrollo ulterior de la cultura en lengua nativa. Pero, también aportó a esto la renovación católica, que igualmente reconoció la importancia de la cultura nacional. En la época de las guerras turcas y de las luchas de la Reforma, el espíritu creador húngaro se manifestó en la obra de Bálint Balassi, uno de los exponentes más originales de la poesía renacentista húngara; de Péter Pázmány, excelente predicador y fundador de universidad, quien organizó la Contrarreforma católica y de Miklós Zrínyi, exitoso estratega y autor de la epopeya barroca, titulada "Szigeti veszedelem” (El sitio de Sziget). La conquista turca y el gobierno Habsburgo consideraban a Hungría como zona fronteriza del imperio, por ello reprimieron las aspiraciones independentistas húngaras, representadas en primer lugar por los príncipes de Transilvania: István Bocskai, quien se volvió contra los monarcas Habsburgo, Gábor Bethlen, y luego Ferenc Rákóczi II, elegido príncipe por los estamentos húngaros.

 Debido al desmembramiento del país y a la pérdida de su independencia, las instituciones de la cultura occidental no pudieron desarrollarse verdaderamente. De manera que, a diferencia de siglos anteriores, el país no tuvo una corte real propia, que en todos los países europeos era un importante ente organizador del progreso cultural. La cultura nacional se albergaba en la corte principesca, más modesta, de Transilvania, en los palacios de la alta nobleza, en las aulas episcopales, en las escuelas eclesiásticas, en los conventos y en las parroquias. La causa de la literatura y de la nación seguían estrechamente entrelazadas, el erudito enciclopedista de Transilvania, János Apáczai Csere, proclamó el programa de las escuelas en lenguas vernáculas, y los memorialistas transilvanos ilustraron de forma personal los acontecimientos históricos. Las memorias del príncipe Ferenc Rákóczi II dieron fiel testimonio de las luchas internas que conmocionaban a una gran personalidad, y en la corte del príncipe vivía Kelemen Mikes, renovador de la prosa húngara, quien se vio obligado a exiliarse en Turquía, junto con su señor.

Al finalizar las guerras turcas y habiéndose apaciguado las luchas de independencia, en el siglo XVIII comenzaron en Hungría las décadas de un desarrollo relativamente tranquilo. En ello jugó un papel muy importante la reina María Teresa, quien debido a su política tolerante y al cariño que sentía por el pueblo fue la primera descendiente de la dinastía de los Habsburgo que conquistó la simpatía de los húngaros. Tras las enormes devastaciones, el país volvió a ser reconstruído: las construcciones barrocas de la época cambiaron la antigua imagen de Hungría. Se erigieron palacios, catedrales, bibliotecas y escuelas y al cabo de poco tiempo también renació la cultura literaria. Los jóvenes húngaros que prestaban servicio en la guardia de corps en la corte vienesa fueron los primeros en conocer los ideales de la Ilustración francesa y alemana y por iniciativa de ellos cobraron fuerza las bellas letras y la literatura científica en lengua vernácula. En este período el país, como reino que disponía de un cuerpo estatal propio y funcionaba de manera autónoma, formaba parte del imperio Habsburgo, por lo que su independencia no era total. El muy popular hijo de la reina, José II, deseaba establecer una monarquía centralizada y aunque introdujo reformas de gran valor en el ámbito social y religioso, no tenía la intención de cumplir las aspiraciones de los húngaros en cuanto a temas culturales y del idioma.

Su sucesor eliminó incluso las reformas introducidas por iniciativa de José II. Por ello, el movimiento republicano húngaro, surgido a raíz de la ilustración francesa y de la revolución parisina de 1789, aspiró a cambios muy radicales, pero sin ningún éxito: sus dirigentes fueron ejecutados o encarcelados.

            Por consiguiente, los talleres de la independencia nacional y de las transformaciones sociales se organizaron en el campo de la literatura, en pos de las ideas de la ilustración y del liberalismo occidentales. Tras el tormentoso siglo y medio del yugo turco, la vida intelectual húngara volvió a encontrar la corriente principal del desarrollo cultural occidental. Eran representantes de estos ideales el ex-prisionero Ferenc Kazinczy, quien se consagró a la renovación moderna del idioma húngaro, Mihály Csokonai Vitéz, quien en su breve vida implantó el mundo sentimental de la poesía rococó y Dániel Berzsenyi, en cuyas formas poéticas neoclásicas ya aparecía el universo visionario y filosófico del romanticismo.

            La primera mitad del siglo XIX fue la era heroica tanto de la historia como de la literatura húngaras. Las dietas húngaras y la transformación social de la época sentaron las bases de la liberación de la servidumbre de la gleba y de la edificación de la sociedad burguesa; el húngaro se convirtió en el idioma de la vida estatal y la cultura magiar pudo dar alcance una vez más a la cultura de las naciones occidentales. El conde István Széchenyi, persona de una vasta cultura occidental, quien se orientaba sobre todo a base de ejemplos ingleses y también resultó ser un excelente autor de diarios, se puso a la cabeza de la labor de construcción económica y política de la llamada "era de las reformas” húngara. A raíz de su abnegado trabajo organizador se creó la Academia de Ciencias de Hungría, se construyó el Puente de Cadenas, que unió Buda y Pest, se inició la edificación de la red ferroviaria húngara y la regulación de los ríos Danubio y Tisza.

            En la literatura húngara, los representantes del romanticismo nacional evocaron el pasado heroico del país, profesando el ideal de la libertad y ampliando los horizontes nacionales hasta las perspectivas europeas. Las figuras más destacadas de esta época fueron el poeta y político Ferenc Kölcsey, autor del himno nacional, József Katona, creador del drama nacional, Mihály Vörösmarty, quien se expresó en el lenguaje de la poesía mítica del gran romanticismo europeo, Miklós Jósika, autor de novelas históricas populares y József Eötvös, propagador de los ideales del liberalismo.

 La aspiración a reformas sociales y políticas despertó el interés por la cultura y la vida del campesinado, y al cabo de poco tiempo la poesía ya se inspiraba en el lenguaje y en las costumbres populares, haciéndose eco de los deseos del pueblo. Los clásicos de este populismo poético fueron Sándor Petőfi y János Arany, cuya suerte también puede ser ejemplar. Ambos tomaron parte en los acontecimientos de la revolución que estalló el 15 de marzo de 1848, para que en suelo húngaro también se hiciese realidad el triple lema de la revolución francesa de 1789. La revolución buscaba conquistar la independencia total del país frente al imperio austríaco y quería asegurar la igualdad de derechos de los ciudadanos; deseaba establecer un Estado burgués moderno frente al régimen de los estamentos. El líder de esta revolución fue Lajos Kossuth, excelente orador y pensador político, afamado también más allá de las fronteras del país. A la revolución que no derramó ni una sola gota de sangre, le siguió una sangrienta guerra de independencia; la corte vienesa primero instigó contra los húngaros a una parte de las minorías nacionales de Hungría, luego intervino con fuerza militar, pero finalmente sólo pudo someter la autodefensa de los húngaros uniendo fuerzas con el Estado más autocrático de la Europa de entonces, la Rusia de los zares. En esta lucha de defensa legítima sacrificó su vida Petőfi y guardó los dolorosos recuerdos de esta aplastada guerra de independencia, en su poesía elegíaca, Arany.

            Después de la derrota, nuevamente le correspondió a la cultura nacional, particularmente a los escritores, el papel de mantener despierta la voluntad de vivir de la nación y de brindar ideales a los húngaros desilusionados. Los poemas épicos de János Arany evocaron las páginas más gloriosas de la historia húngara, Mór Jókai en sus novelas escribió verdaderos poemas heroicos acerca del amor a la libertad de los húngaros, Zsigmond Kemény en sus novelas históricas y ensayos políticos puso de manifiesto el requisito del autoconocimiento nacional y de la cuerda política realista, mientras que Imre Madách representó la visión mítica de la historia y del futuro de la Humanidad entera, en su drama titulado "La tragedia del hombre”. Desempeñó un rol semejante la música nacional: las óperas de Ferenc Erkel y la música de Ferenc Liszt (lo mismo que su actuación personal) sirvieron igualmente al fortalecimiento de la identidad nacional.

Los húngaros lograron resistir el grave peso de la opresión, sin embargo, como resultado de los esfuerzos del prudente político de la reforma, Ferenc Deák, del monarca Habsburgo que quería hacer la paz con la nación, Francisco José I,  y de su cónyuge, la reina Isabel, quien sentía un amor sincero por los húngaros, en 1867 se produjo el compromiso austro-húngaro y se formó la Monarquía Austro-Húngara dualista, con sede en Viena y Pest-Buda. En la accidentada historia de los húngaros nuevamente llegó la época del progreso, a la vez que el peso del país aumentaba paulatinamente dentro de la Monarquía, así es como en el congreso de Berlín de 1878, llamado a regular las relaciones entre las grandes potencias europeas, el ex-revolucionario húngaro, conde Gyula Andrássy, representó a la Monarquía.

A lo largo del casi medio siglo, transcurrido entre el compromiso y la primera guerra mundial, en Hungría se llevó a cabo una fuerte transformación burguesa, se desarrolló sobremanera la industria, el comercio, se completó el sistema ferroviario y se establecieron las instituciones de la constitucionalidad parlamentaria. Sin embargo, el país en vías de desarrollo y de fortalecimiento, hubiera debido vencer problemas sumamente graves. Casi la mitad de la población de Hungría la constituían minorías nacionales (alemanes, rumanos, eslovacos, serbios y rutenos), y estos pueblos exigían derechos autónomos, que el gobierno húngaro no tenía la intención de concederles. Además de ello, el país necesitaba urgentes reformas sociales, seguía en vigor el sistema latifundista y las masas del campesinado empobrecido, los obreros organizados de las grandes industrias y las capas burguesas e intelectuales, cada vez más fuertes, reivindicaban transformaciones radicales. No obstante, los gobiernos conservadores húngaros se oponían consecuentemente a cualquier intento de reforma. Los poemas pesimistas de Gyula Reviczky y de János Vajda, así como las novelas irónicas de Kálmán Mikszáth informaban sobre este período, cada vez más rico, sin embargo sumido entre conflictos. Una vez más, la vida intelectual debió representar los ideales del desarrollo libre, del compromiso con las nacionalidades y de la transformación democrática. A comienzos del siglo XX, bajo el signo de la renovación nacional y cultural, surgió un movimiento de escritores formado en torno a la revista "Nyugat” (Occidente), que le dio un nuevo significado a la orientación occidental tradicional de la literatura húngara, al implantar las grandes corrientes intelectuales y artísticas del fin de siglo y comienzos de la nueva centuria. La poesía mítica de Endre Ady, la obra representativa de altos principios morales de Mihály Babits, la perspectiva europea de Dezső Kosztolányi, el culto a la belleza de Árpád Tóth y la lira de Gyula Juhász que se concomía entre conflictos espirituales, hicieron que se expresara  esa modernidad húngara y europea al mismo tiempo, al igual que las novelas descriptivas de la realidad, de Zsigmond Móricz, y el mundo de ensueño de Gyula Krúdy, que en su manejo del tiempo llegó a los mismos resultados que los renovadores europeos occidentales del género de la novela.

También participaron en la renovación intelectual nuestros compositores y artistas plásticos, entre ellos Béla Bartók y Zoltán Kodály, quienes injertaron las tradiciones de la música antigua y popular húngara en la cultura musical moderna y, por otro lado, József Rippl-Rónai, Tivadar Csontváry Kosztka y Lajos Gulácsy, quienes crearon una genuina pintura húngara en la huella de los ideales internacionales del impresionismo, del simbolismo y del modernismo. Al mismo tiempo, esta pintura húngara se ubicó orgánicamente dentro de la historia del arte europeo, es más, además de Viena, Budapest fue el principal foco del arte modernista (Sezession).

La renovación intelectual acontecida a comienzos del siglo XX en Hungría, fue promotora de una verdadera "nueva era de reformas”. Sin embargo, los planes reformistas no tuvieron resultados, porque en 1914 estalló la primera guerra mundial, que los húngaros, junto con los demás pueblos de la Monarquía, combatieron hasta el final y perdieron en el bando de la Alemania imperial. La derrota sufrida en la guerra no permitió la reorganización moderna, la transformación federal del imperio austro-húngaro, sino por lo contrario, se desintegró incluso la antigua Hungría. Tras la transformación democrático-burguesa que tuvo lugar principalmente en Budapest, en el otoño de 1918, el golpe militar comunista de 1919, encabezado por Béla Kun y luego las conmociones sociales provocadas por la contrarrevolución "blanca", encabezada por el almirante Miklós Horthy, el tratado de paz firmado en el palacio Trianon, cerca de París, redujo a una tercera parte el territorio histórico de la Hungría que se hacía independiente, disminuyó su población a menos de la mitad del número anterior de habitantes y sometió a uno de cada tres húngaro al poder de gobiernos ajenos, convirtiéndolos en minoría.

            La vida económica húngara se repuso con muchas dificultades de las pérdidas sufridas y el sistema político implantado durante la regencia de Miklós Horthy no promovió ningún tipo de modernización social verdadera, sino todo lo contrario: mantuvo los privilegios de las capas dominantes tradicionales. Aún así, en los años treinta se manifestaron los resultados de la modernización económica y cultural, estos últimos se debieron al ministro de Cultura, conde Kunó Klebelsberg, quien actuó con un concepto bien definido. Sin embargo, la capa dirigente política húngara y el pueblo húngaro no pudieron aceptar las injusticias del pacto de paz de Trianon y reaccionaron con desesperación ante la política de represión del que fueron víctimas los tres millones de húngaros empujados a la suerte de transformarse en minorías. Por consiguiente, la política del país en primer lugar no se preocupaba de la modernización necesaria de la sociedad, sino que se dedicaba al asunto de la subsanación de los agravios de Trianon: la revisión territorial. En aquellas circunstancias históricas desfavorables, la literatura tuvo que representar nuevamente los ideales de las reformas sociales y del progreso europeo. El círculo de la revista "Nyugat” (Occidente): Mihály Babits, Dezső Kosztolányi, Frigyes Karinthy, Milán Füst, Jenő Tersánszky Józsi y la nueva generación de escritores que se alineó junto a ellos: Lőrinc Szabó, Sándor Márai, Sándor Weöres, Miklós Radnóti, así como Károly Kós, Sándor Reményik, Lajos Áprily, Jenő Dsida y Zoltán Jékely, de Tranislvania, se manifestaron, en representación del humanismo europeo, contra la barbarie de la época: tanto contra los movimientos de extrema derecha como de extrema izquierda. Lajos Kassák, destacada personalidad creadora del vanguardismo húngaro, reclamaba la transformación con ímpetu rebelde, mientras que Sándor Sík, representante de la espiritualidad católica, se manifestaba en defensa de los valores cristianos universales. Los representantes de la izquierda literaria: Attila József, Lajos Nagy y Tíbor Déry, buscaban una nueva armonía humana dentro del orden de una sociedad comunitaria. Una de las tendencias intelectuales más fuertes de la época fue la formada por los llamados "escritores del pueblo”, que se encargaron de la representación de los intereses campesinos: Gyula Illyés, László Németh, János Kodolányi, István Sínka y Áron Tamási, quien trabajaba en Transilvania sometida a la soberanía de Rumanía, unieron el ideal de la democracia agraria y la voluntad de la renovación nacional con la poética de un realismo literario modernizado.

A la espera de la subsanación de los agravios padecidos a consecuencia del tratado de Trianon, Hungría se convirtió paulatinamente en aliada de Alemania y de Italia, y mediante la intercesión de ellas, en parte pudo recuperar los territorios perdidos: en 1938, la franja habitada por húngaros de la llamada "Región Alta" (Felvidék), en 1939 la "Subcarpática" (Kárpátalja), en 1940 Transilvania del Norte y la "Tierra de los Seclers" (Székelyföld), y en 1941 la región de Bácska. No obstante, todo ello comprometió al país con las "potencias del eje”, de manera que en 1941 Hungría también se convirtió en parte beligerante, luego en el invierno de 1942-1943 la mayor parte de su ejército pereció, víctima de los combates librados junto al río Don. Ni el conde Pál Teleki, quien se sacrificó a sí mismo, ni Miklós Kállay, quien desarrolló una política muy sobria y táctica, pudieron salvar al país de los sufrimientos de la guerra.

La vida intelectual se enfrentó con mucha decisión a la política bélica, proclamando una "resistencia intelectual”. Las personalidades más destacadas de la literatura húngara también se opusieron a la invasión hitlerista acontecida en la primavera de 1944, que expuso al país a las hostilidades y condujo a la deportación y al exterminio de gran parte de los judíos de Hungría. Nuestra literatura se enfrentó a la violencia de la guerra y cuando retornó la paz, nuevamente pudo desempeñar un importante rol al servicio del renacimiento intelectual y moral del país. Durante el período democrático que apenas duró tres años, se configuró una rica vida literaria, talentosos escritores jóvenes se unieron a las generaciones de mayor edad: fortalecieron las filas de los sucesores del movimiento de la revista "Nyugat” los poetas János Pilinszky y Ágnes Nemes Nagy, los prosistas Géza Ottlik, Iván Mándy y Magda Szabó, a la vez que se sumaban al bando popular László Nagy, Ferenc Juhász e István Kormos.

La dictadura comunista establecida con apoyo soviético no solamente ahogó los anhelos de independencia y la creatividad del pueblo húngaro, sino también la libertad del escritor. Decenas de miles de personas fueron encarceladas o internadas en campamentos de trabajo forzado, la tiranía marcada con el nombre de Mátyás Rákosi destruyó casi por completo la estructura mental de la sociedad. Esta dictadura, algunos días fue barrida por la revolución húngara del 23 de octubre de 1956, en cuya preparación espiritual también jugaron un papel importante los escritores. La insurrección comenzó con una manifestación masiva de la juventud universitaria, y a raíz de la interposición armada de la milicia y, luego por la intervención de las tropas soviéticas, se convirtió en una lucha de independencia, en la cual tuvieron un rol clave los obreros jóvenes y los intelectuales. El éxito temporal de la revolución colocó a la cabeza del gobierno a Imre Nagy, líder del ala reformadora del partido comunista, quien apoyaba sinceramente las reivindicaciones revolucionarias; el gobierno revolucionario restableció el sistema pluripartidista democrático, abolió la Autoridad de Defensa del Estado, la organización terrorista de seguridad interna, y anuló el Pacto de Varsovia que el gobierno soviético había impuesto al país.

La revolución de los húngaros y su lucha de independencia librada contra la invasión foránea fueron aplastadas por la fuerza militar soviética. El nuevo gobierno dirigido por János Kádár fue puesto en funciones por la dirección del partido soviético. Este régimen volvió a hacer uso -hasta la llamada "dictadura blanda”, introducida a mediados de los años setenta- de los procedimientos de la dictadura terrorista anterior. A raíz del fracaso de la revolución, muchos huyeron de Hungría, el nuevo poder mandó a cientos de personas al patíbulo, casi medio centenar de escritores fueron encarcelados, entre ellos también Árpád Göncz, quien actualmente  es el presidente de la República de Hungría. La vida intelectual tardó en volver en sí, no obstante, desde fines de los años sesenta ya apareció la intelectualidad independiente y en las asambleas de la Federación de Escritores Húngaros pudo encontrar expresión la crítica social de carácter opositora.

En este período trabajaron grandes generaciones de la literatura húngara. Estuvieron al servicio de la renovación permanente aquellos escritores, cuya obra se desarrolló después de 1956, por ejemplo, en la poesía encontramos a Sándor Csoóri, Ottó Orbán, Dezső Tandori, István Ágh, György Petri, en la narrativa a Miklós Mészöly, Tibor Cseres, Ferenc Sánta, en el género dramático a István Örkény, y después a Péter Esterházy y Péter Nádas, quienes sentaron las bases de la narrativa posmoderna húngara. Autores de talento creador reflejaron la vida, los problemas y las esperanzas de los húngaros confinados a la condición de minorías, entre ellos el narrador y dramaturgo András Sütő y los poetas Sándor Kányádi y Domokos Szilágyi. Incluso en los decenios de la dictadura, la literatura húngara siempre estuvo al servicio de la continuidad de la vida nacional, representando los valores de la cultura europea, por lo que desempeñó un rol dirigente también en la transición democrática acontecida al final de los años ochenta.

A partir de mediados de los años ochenta, en la vida literaria, entre los economistas reformadores y en el ámbito de la llamada "oposición democrática”, publicadora de "samizdat” (publicaciones clandestinas), se fortalecieron los movimientos de la intelectualidad de oposición e independiente, luego, como consecuencia de la crisis generalizada del imperio soviético, a finales de los años ochenta se desencadenó el proceso de cambio del sistema político, o sea, de democratización. Como resultado de ello, nuevamente se formaron los partidos históricos: el Partido de los Pequeños Propietarios y el Partido Demócrata Cristiano. Sin embargo, los que cobraron auténtica popularidad, fueron las agrupaciones políticas de nueva creación: el Foro Democrático Húngaro, la Alianza de Demócratas Libres y la Federación de Jóvenes Demócratas. Tras la disolución del Partido Obrero Socialista Húngaro, se creó el Partido Socialista Húngaro. En 1990, como resultado de elecciones pluripartidistas, se formó el gobierno de centro-derecha de József Antall, Árpád Göncz fue elegido presidente de la república, y más tarde, de acuerdo con la alternación política, en 1994 formó gobierno Gyula Horn, ubicado a centro-izquierda, mientras que en 1998 lo hizo Viktor Orbán, situado a centro-derecha. Se establecieron en Hungría las instituciones del Estado de derecho democrático, en 1999 el país se convirtió en miembro de la OTAN, y previsiblemente, dentro de algunos años formará parte de la Unión Europea.

Ha cambiado también considerablemente la situación de los húngaros que viven en los países vecinos. Los 1,8 a 2 millones de húngaros que viven en el territorio de Rumanía (en la Transilvania histórica, en el Partium y la región de Bánság), los 600 mil que viven en Eslovaquia, los 200 mil de región Subcarpatiana (perteneciente a Ucrania) y los 300 mil habitantes húngaros de Voivodina, en Yugoslavia (que en total suman aproximadamente tres millones), habiéndose librado de la política represiva -también en el aspecto nacional- del régimen comunista, aspiran en todos esos sitios a establecer su propio sistema institucional político y cultural. En todas las regiones húngaras se han creado las organizaciones de  representación política, que han podido desempeñar roles parlamentarios y en varios lugares incluso gubernamentales, se han creado numerosas escuelas húngaras, organizaciones sociales civiles y eclesiásticas, así como instituciones culturales. No obstante, todas ellas tienen que enfrentar la ideología del Estado-nación y el estatismo que aún prevalecen hoy en día.

También ha cambiado la situación de la emigración occidental húngara, que tradicionalmente ha desempeñado una misión nacional; los húngaros que viven en el Occidente ya pueden mantener libremente relaciones con su patria natal y con las instituciones de la misma.

Esta revisión panorámica de los siglos de la historia y de la literatura húngaras pueden darnos dos importantes lecciones. En primer lugar, que la literatura húngara siempre ha estado dentro de la corriente de las literaturas europeas, representando no sólo los ideales europeos tradicionales: la causa de la libertad individual y de la solidaridad colectiva, sino también recorriendo el trayecto histórico de la literatura europea, ya que siempre ha buscado sus ideales en el cauce de las tendencias intelectuales y artísticas occidentales y siempre ha contribuído de manera creativa al desarrollo de la cultura europea. La otra gran enseñanza reside en que nuestra literatura siempre estuvo orgánicamente entrelazada con la vida, las aspiraciones y la historia de la nación. Según el testimonio de la historia, los conceptos de nación y literatura, o de nación y cultura, nos vuelven la cara de manera dialéctica: lo que, viéndolo de un lado, constituye la lucha histórica de una comunidad humana por su supervivencia, visto por el otro lado, es la continuidad histórica y un sistema de valores artísticos y literarios de grado superior; y lo que visto desde un lado es pensamiento, forma poética y argumento épico, por el otro es una lucha desesperada para que una comunidad humana encuentre su hogar en su tierra natal y dentro de la comunidad de las naciones, para que se le brinde la posibilidad de conservar y presentar al mundo entero sus propios valores intelectuales y morales. Esta doble aspiración y misión intelectual puede manifestarse en toda su plenitud en el año 2000, cuando los húngaros conmemoran, y a su vez exponen ante la comunidad de las naciones, la obra histórica del rey San Esteban.