Revolución y guerra de independencia en Hungría en 1848-1849


 

            La revolución burguesa y guerra de independencia de 1848-1849 constituye uno de los acontecimientos más importantes de la historia de Hungría. El "ańo de los milagros", 1848 creó las instituciones de la sociedad burguesa, ejerciendo una influencia duradera sobre el destino de varias generaciones. Su recuerdo es una de las principales fuentes de nuestro orgullo nacional aún en nuestros días. La revolución húngara de 1848 se incorporó orgánicamente al derrotero principal del desarrollo europeo y la heroica lucha de independencia librada en  defensa de sus logros conquistó la simpatía de la opinión pública internacional de la época.

            Hungría en vísperas de la revolución

            En el siglo XVI, la nobleza húngara, en busca de aliados contra el sometimiento turco, eligió un rey proveniente de la Casa de Habsburgo. A fines del siglo siguiente, cuando el Imperio Otomano se retiró hacia los Balcanes y dejó de amenazar a Europa, Hungría, agotada por la lucha de 150 ańos librada contra los turcos, siguió formando parte del Imperio Habsburgo. Al mismo tiempo, el país, a diferencia de las demás provincias del imperio, aunque muchas veces sólo formalmente, pero pudo conservar varias de las instituciones de su antigua soberanía. Así, por ejemplo, se mantuvieron la legislación independiente y la tradición de que los monarcas Habsburgo que subían al trono imperial, debían hacerse coronar por separado reyes de Hungría, a la vez que tenían que prestar juramento de respeto a las leyes húngaras. Los países de la Corona húngara (el Reino de Hungría regido por separado y Transilvania) formaban la mitad del Imperio Habsburgo. A pesar de su independencia declarada, el Reino de Hungría en la realidad dependía en numerosos aspectos del gobierno central del imperio, con sede en Viena. Aunque en el siglo XVIII el país se repuso de las devastaciones de las guerras turcas, entró al siglo XIX como país agrícola con una industria incipiente y  una estructura social feudal. Aunque parte de la responsabilidad de ello la tuvo también la política económica discriminativa del imperio.

            A partir de fines de los ańos 1820, la vida pública húngara entró en efervescencia. Cada vez más opinaban que la estructura socioeconómica y política de Hungría requería ser modernizada y veían en la dependencia de los Habsburgo el principal obstáculo de dicha renovación. Los reformistas liberales establecían que para salir de la crisis había que formar una sociedad basada en las libertades civiles, en el orden económico capitalista y en el régimen estatal constitucional burgués. Querían llevar a cabo la transición de manera gradual y por medios legales. A pesar de que la oposición reformista logró importantes resultados entre 1832 y 1848 en las asambleas nacionales, al parecer, debido a la resistencia del gobierno imperial, hubo que esperar mucho tiempo hasta la creación plena de las condiciones burguesas.

            La "revolución legal"

            Sin embargo, a comienzos de 1848 una ola revolucionaria arrasó  toda Europa. Los meses siguientes trajeron consigo la etapa más crítica de la historia del Imperio Habsburgo. Se disolvió su pilar externo, la Santa Alianza, mientras que sus relaciones internas empezaron a perder cohesión debido a las revoluciones y movimientos nacionales. El pueblo vienés derrocó gobiernos y la corte imperial misma se vió obligada a huir en varias ocasiones.

            Las noticias de la revolución napolitana y luego de la parisiense aceleraron también los acontecimientos en Pozsony (Bratislava), en la asamblea nacional de los estamentos. (Desde el siglo XVI, la asamblea nacional húngara celebraba sus sesiones en esta ciudad cercana a Viena). La oposición liberal, reconociendo el aprieto en que se encontraba el poder central, consideró propicio el momento para hacer aceptar todo su programa de reformas. El 3 de marzo, Lajos Kossuth, principal orador de la oposición, presentó una moción de importancia histórica, en la cual exigía la abolición inmediata del sistema de la servidumbre, la distribución de la carga pública, la igualdad de derechos políticos, la representación del pueblo y un gobierno nacional independiente, responsable ante el parlamento. Los aristócratas conservadores, asustados por la revolución vienesa del 13 de marzo, aceptaron la petición de Kossuth, y una delegación de la asamblea nacional la llevó a Viena el 15 de marzo.

            La revolución de Viena no solamente instó a actuar a los diputados reunidos en Bratislava. La intelectualidad joven aglomerada en Pest-Buda (Budapest de más tarde), que en los últimos ańos se había convertido de hecho en el centro del país, también demandaba  la ejecución consecuente de la transformación burguesa. Hicieron imprimir su programa, los Doce Puntos, sin autorización de la censura, junto con el Canto Nacional, poema de ímpetu incendiario del poeta Sándor Petőfi (1823-1849), líder intelectual de la juventud.

            El 15 de marzo, la multitud dirigida por  escritores, periodistas y juristas jóvenes y formada por alumnos, pequeńos burgueses y obreros de Pest así como por campesinos llegados con motivo de la feria nacional, lograron que los dirigentes de la ciudad, es más, hasta el órgano gubernativo central de la administración pública del país: el Consejo Regente, se unieran a ellos sin verter una sola gota de sangre. Liberaron a Mihály Táncsics (1789-1884), encarcelado por sus escritos de temas políticos. Con el fin de consolidar el éxito de la revolución, se formó el Comité de Mantenimiento del Orden.

            En los días siguientes en numerosas ciudades del interior se celebraron asambleas populares de ambiente fervoroso que aseguraban su apoyo a las transformaciones. La victoria de la revolución fue bienvenida no solamente por los húngaros, sino también por la población perteneciente a otras nacionalidades.     La revolución de Pest en sí hubiera sido insuficiente para llevar a cabo la transformación. Los acontecimientos tuvieron lugar en tres escenarios estrechamente interrelacionados: las iniciativas de la asamblea nacional húngara de los estamentos, reunida en Bratislava, fueron enfatizadas por los movimientos masivos de Budapest, no obstante las reivindicaciones había que hacerlas prevalecer en la corte real con sede en Viena. Esta tarea le esperaba a la delegación de la asamblea nacional que viajó a Viena. Las noticias que llegaban sobre la revolución de Pest promovieron la aprobación de sus exigencias. Tras algunas semanas de labor legislativa y de negociaciones que se celebraban paralelamente en Viena, el 11 de abril de 1848 se promulgaron las leyes de abril, ratificadas también por el monarca Fernando V (1793-1875).

            Las leyes de abril

            Las nuevas leyes estuvieron dedicadas al arreglo de tres esferas principales. La primera parte aseguraba la transformación social y los derechos políticos individuales. Desde el punto de vista de la modernización social, la abolición del sistema de servidumbre jugó un papel decisivo. Esta se llevó a cabo de la manera más progresista: con carácter inmediato y obligatorio se abolieron las prestaciones feudales, al igual que el diezmo pagado hasta ese entonces a la iglesia católica. Los ex-siervos, que constituían el 80 % de la población, se convirtieron en dueńos libres de la tierra que labraban, y con la abolición de los tribunales de los terratenientes también desapareció su sometimiento personal. El Estado se encargó de la indemnización de los terratenientes.

            Se eliminó la exención impositiva de la nobleza, haciéndose obligatorio para todos y por igual la distribución de la carga pública. Todos pasaron a ser iguales ante la ley: la libertad de reunión y de expresión, que hasta ese momento había estado vigente sólo para la nobleza, se empezó a considerar un derecho para todos. La ley de prensa liberalizó la fundación de periódicos y abolió la censura. Se proclamó la igualdad de derechos de las distintas confesiones cristianas, eliminando de esta manera el carácter de iglesia del Estado de la religión católica.

            El segundo grupo de las leyes transformó la estructura política de Hungría al estilo de las monarquías parlamentarias burguesas. Con la unificación de Transilvania y el Reino de Hungría, así como con la reunificación de la zona fronteriza, al cabo de trescientos ańos el país reconquistó su integridad territorial. Entró en vigor un derecho electoral que en la Europa de la época se consideraba sumamente democrático. La asamblea nacional se trasladó de Bratislava al centro del país, a Pest-Buda, y los diputados del parlamento al reunirse anualmente eran elegidos sin discriminación entre los estamentos. El poder ejecutivo pasó a manos de un gobierno independiente de Viena, responsable ante el parlamento. Se puso coto al autoritarismo del monarca mediante la fórmula de que las disposiciones reales solamente entraban en vigencia si las refrendaba alguno de los ministros húngaros.

            El tercer grupo de las leyes reorganizó las relaciones entre Hungría y la Monarquía de los Habsburgo. La oposición reformista no quería separar a Hungría del cetro Habsburgo, pero dentro del marco del imperio quería asegurarle al país la máxima autodeterminación posible. Según la concepción húngara, en lo sucesivo solamente la persona del monarca común unía a Hungría al Imperio Habsburgo.

            El nuevo Estado burgués disponía de los principales requisitos de la independencia, de manera que pudo ofrecer un marco favorable para el desarrollo ulterior. Más adelante adquirió especial importancia el hecho de que las transformaciones revolucionarias se habían llevado a cabo respetando las formas legales, mediante una legislación parlamentaria y la sanción por parte del rey. Estos logros ya no se podían retirar por vía legal.

            La creación de la Hungría burguesa

            El conde Lajos Batthyány (1807-1849), presidente del Partido Oposicionista fue designado al cargo de primer ministro del nuevo gobierno que se formó. En su gobierno de carácter coligado, ocupaban cargos fundamentalmente los integrantes de la élite de la oposición de la era reformista, entre ellos dos personalidades históricas destacadas, el conde István Széchenyi (1791-1860) y Lajos Kossuth (1802-1894).

            Széchenyi, uno de los aristócratas más adinerados del país, como redactor del primer programa de reforma, hizo hincapié en el desarrollo económico y en la modernización de la sociedad. Sirvió a la causa del progreso burgués no solamente con sus libros de gran repercusión, con su actividad organizadora y divulgadora, sino también con importantes sacrificios materiales que ofreció de su fortuna privada. A su nombre se relaciona la fundación de la Academia de Ciencias de Hungría (1825) y la construcción del primer puente en Pest-Buda sobre el Danubio. El promovió la regulación del cauce de los ríos Danubio y Tisza y del inicio de la navegación de vapor sobre los mismos. Kossuth, perteneciente a la intelectualidad noble sin fortuna, aunque reconoció la importancia de la actividad desempeńada por Széchenyi, le concedía mayor trascendencia que éste, a la transformación del sistema institucional político y a preservar la autodeterminación nacional dentro del Imperio Habsburgo. Como excelente orador y periodista creador de la prensa húngara moderna, pudo conquistar la voluntad de grandes multitudes en torno a sus principios políticos radicales. Kossuth, con su determinación y actividad incansable, como fuerza motriz de la transformación revolucionaria y luego como organizador y líder de la guerra de independencia, se convirtió en el símbolo de la revolución y guerra de independencia húngaras.

            El nuevo gobierno recibió prácticamente vacío el Tesoro Público en abril de 1848. En la situación extraordinaria Kossuth dirigió de manera enérgica la consolidación de las finanzas. Con el fin de cubrir los crecientes gastos de defensa, primero acudió al recurso del préstamo estatal interno, luego procedió a la emisión independiente de billetes. La sociedad entera se movilizó para crear los fondos del dinero propio: de forma masiva la gente prestaba o regalaba a la patria sus joyas, su oro y plata. Sin embargo, la principal garantía la constituía la confianza de la población. Gracias a esta confianza y a la disciplinada política financiera, la defensa nacional casi nunca se vio desprovista de fondos, y los llamados "billetes de Kossuth" apenas perdieron su valor hasta fines de la guerra de independencia.

            En abril de 1848, el gobierno húngaro no sólo carecía de dinero sino de ejército también. En ese entonces, en el territorio de Hungría  estaban estacionados dieciocho mil soldados, en su mayoría de otras nacionalidades, mientras que la mayor parte de los regimientos húngaros prestaba servicio en provincias distantes del Imperio Habsburgo. El intercambio de dichas tropas avanzaba con lentitud y el gobierno tenía que preocuparse de formar fuerzas armadas propias lo antes posible. Se organizó inmediatamente la Guardia Nacional para asegurar el orden público local, y a mediados de mayo comenzaron a reclutar las fuerzas armadas propias, llamadas Ejército Nacional de Defensa. El gobierno también realizó con éxito el lanzamiento de la fabricación de armas: el ejército nacional húngaro, a pesar de algunas dificultades eventuales en los suministros, llegó a ser un adversario igual rango que el ejército imperial, que aprovechaba los recursos económicos de la parte más desarrollada del imperio.      La suerte de los pueblos de Europa Central podía ser influenciada de la manera más directa por la creación de la unidad alemana. Reconociendo este hecho, en mayo el gobierno envió a sus embajadores a la asamblea nacional alemana reunida en Francfort, con la propuesta de concluir un pacto de alianza. Dicho parlamento recibió con entusiasmo a los enviados húngaros y se mostró a favor de la conclusión del pacto de defensa y comercio. No obstante, en el otońo, se estancó el proceso de la unidad alemana. Los políticos húngaros se vieron obligados a constatar que solamente podían contar con su propia fuerza para defender los logros nacionales y sociales.

            La guerra armada de autodefensa

            Para perfeccionar y seguir desarrollando las leyes de abril de 1848 se hubiera necesitado tiempo y calma. El éxito del gobierno dependía de si podía consolidar su situación frente al imperio y dentro del país. Pero al poco tiempo quedó de manifiesto que la corte imperial y la aristocracia burocrática y militar que había dirigido hasta entonces la monarquía, no había abandonado sus objetivos de recuperar su poder perdido y de restablecer la situación de sometimiento de Hungría, vigente antes de 1848.

            Al principio, la corte solamente trató de limitar el campo de acción del gobierno húngaro mediante el apoyo secreto de los movimientos de las nacionalidades, pero en septiembre de 1848 se produjo la confrontación abierta. Dado que en las demás zonas del imperio ya se habían hecho dueńos de la situación las fuerzas contrarrevolucionarias, Viena consideró propicio el momento para cercenar la disidencia húngara por medios políticos, o si era necesario, incluso militares. El primer ministro húngaro, a la cabeza de una delegación de la asamblea nacional, viajó a Viena para arreglar por la vía de negociaciones los asuntos litigiosos, pero ni siquiera se dignaron a conversar con ellos.

            El primer ataque partió de Croacia. (Desde la Edad Media, Croacia había formado parte del Reino de Hungría, pero disponía de una amplia autonomía). El virrey Josip Jellashitsh (1801-1859), gobernador de la provincia, el 11 de septiembre cruzó el río fronterizo Drava con un ejército de 40.000 soldados y atacó Hungría. Con ello comenzó la heroica guerra de independencia del país, que duró más de un ańo.

            Paralelamente al ataque de Jellashitsh, desde Viena enviaron a Pest-Buda al conde Franz Lamberg como comisario real, para lograr por medios políticos la victoria de la contrarrevolución: debía disolver la asamblea nacional y tomar el poder. No obstante, al no ser refrendado por un ministro, el parlamento declaró ilegal el nombramiento de Lamberg y el 28 de septiembre la multitud revolucionaria asesinó al general.

            Al día siguiente, el 29 de septiembre, en Pákozd, a un día de caminata de Pest-Buda,  el ejército húngaro detuvo a las tropas croatas. Mientras el país estaba jubiloso, Viena, tomando por seguro la victoria de Jellashitsh, el 3 de octubre disolvió el parlamento húngaro, sometió al país a la ley marcial y nombró a Jellashitsh comandante en jefe de todas las tropas estacionadas en Hungría. No obstante, el manifiesto imperial no pudo hacerse prevalecer, porque la segunda revolución de Viena, que estalló el 6 de octubre, una vez más obligó a la corte a huir.

            El 8 de octubre la asamblea nacional húngara sacó las conclusiones de la abierta ruptura acontecida. Aunque formalmente siguió reconociendo el reinado de Fernando V, consideró que éste estaba incapacitado para el desempeńo de sus derechos monárquicos. El poder ejecutivo se transfirió, en lugar del gobierno que había renunciado, al Comité Nacional de Defensa Patriótica. Este organismo, cuyo dirigente verdadero era Lajos Kossuth, en el transcurso del otońo organizó de manera muy eficaz la defensa de los logros revolucionarios. Se fortaleció el ejército nacional unificado y se puso la economía al servicio de la producción bélica.

            También en el bando imperial el otońo transcurrió dedicado a la concentración de fuerzas. Además de los preparativos militares, también había que poner en orden las relaciones políticas. El 2 de diciembre en Olmütz hicieron abdicar a Fernando V, quien había sancionó las leyes de abril, y pusieron en su sitio a Francisco José (1830-1916), de 18 ańos de edad. La asamblea nacional húngara, sin embargo, no reconoció al nuevo emperador como su rey. (No rechazó la posibilidad de reconocerle más adelante, pero fijó como condición para ello que el rey respetara las reglas del juego constitucional). Al fin y al cabo, la lucha entre la constitucionalidad representada por la parte húngara y el absolutismo protagonizado por la parte imperial, no la decidieron los argumentos jurídicos, sino las fuerzas armadas movilizadas.

            El ataque librado a mediados de diciembre bajo la dirección del príncipe Alfred Windischgrätz (1787-1862), prometía el éxito rápido del bando contrarrevolucionario. Los primeros días de 1849, el gobierno y la asamblea nacional húngaros se vieron obligados a huir de la capital a Debrecen. Simultáneamente, se volvió a hacer un intento para el arreglo del conflicto mediante las negociaciones, pero la respuesta del jefe supremo y plenipotenciario imperial, exigiendo la "Unbedingte Unterwerfung" (sumisión incondicional), no prometía nada bueno. Con su entrada a Pest-Buda, Windischgrätz dió por terminada la campańa, y sólo para evitar beligerar en invierno, aplazó para la primavera el "golpe de gracia", la ocupación de la región del TransTisza. En la mayor parte del país, dominada por él, incluso comenzó a organizar la administración pública imperial.

            Seguro de su victoria, el 4 de marzo de 1849 el monarca promulgó la llamada constitución impuesta de Olmütz. Para Hungría esto significaba un retroceso incluso comparado con su situación de derecho estatal anterior a 1848, y prácticamente fundió el país dentro de la totalidad del imperio unificado y centralizado. Dicha constitución, que nunca entró en vigor, volvía a subrayar que la corte no estaba dispuesta a aceptar ningún tipo de compromiso.

            En la primavera se descubrió que las fuerzas dinásticas habían ponderado erróneamente la situación. A fines de marzo se inició el victorioso contraataque del ejército nacional húngaro, reorganizado y aumentado. La campańa de primavera constituye uno de los episodios más brillantes del libro de oro de la historia militar húngara; como resultado de la misma, al cabo de pocas semanas se liberó todo el territorio nacional. Tras las victorias húngaras, Kossuth consideró propicio el momento para dar una respuesta digna a los ideales relacionados con Hungría, recogidos en la constitución de Olmütz. El 14 de abril la cámara de diputados aprobó por aclamación la Declaración de Independencia que proclamaba el destronamiento de la Casa de los Habsburgo.  

            El Estado húngaro que se había convertido en independiente, consideró importante hacerse reconocer a nivel internacional. Los primeros pasos consistieron en establecer relaciones diplomáticas con Suiza y el Reino de Cerdeńa y en concluir una alianza  con Venecia, que libraba una guerra a muerte. Hungría, que continuaba la lucha victoriosa, habría exigido solamente neutralidad para asegurar su independencia. No obstante, las potencias europeas consideraban a Hungría parte del imperio, y veían su lucha como asunto interno del imperio, como una guerra civil. Las grandes potencias consideraban importante la conservación del Imperio Habsburgo con el fin de mantener el equilibrio de poderes en Europa. Hubieran podido aceptar la escisión de las provincias de Italia del Norte, pero la independencia húngara hubiera significado la disolución del imperio, por lo cual no estuvieron de acuerdo con ella.

            Al mismo tiempo, la guerra de independencia húngara recibió una valiosa ayuda externa de la red diplomática de la emigración polaca, así como de la intelectualidad revolucionaria de Valaquia, que ofreció servir de mediador en aras del apaciguamiento entre las nacionalidades. Como seńal tangible de la simpatía internacional, voluntarios polacos, alemanes, austríacos e italianos también empuńaron las armas por la causa húngara que identificaron con la causa del progreso europeo. Sobre todo los polacos hicieron grandes sacrificios: además del general polaco Jozef Bem (1794-1850), quien ya en vida se había convertido en una figura legendaria, también merece ser mencionado que en los combates de invierno varias veces las abnegadas luchas de retaguardia de alguna u otra compańía polaca salvaron a las tropas húngaras en retirada. También entre los mártires de la guerra de independencia, la memoria guarda los nombres de oficiales alemanes, austríacos y polacos (por ejemplo, del conde Károly Leininger-Westerburg, Ernő Poeltenberg, Peter Giron y del príncipe Mieczyslaw Woroniecki).

            Tras la proclamación de la independencia total, el conflicto entre Hungría y Austria solamente podía finalizar con la victoria militar plena de alguna de las partes beligerantes. Los políticos austríacos habían tenido esto claro todo el tiempo, y Kossuth no hizo más que sacar las conclusiones que de ello emanaban.

            Derrota militar y represión

            El combate entre las dos partes que disponían por igual de ejércitos con 170 mil efectivos cada una, finalmente se decidió a raíz de la intervención rusa. A solicitud de Francisco José, en junio el zar Nicolás I (1796-1855) envió un enorme ejército de doscientos mil soldados contra Hungría. Aunque la mayoría abrumadora de la opinión pública europea simpatizaba con la guerra de independencia húngara, de acuerdo con los intereses de la política de poder, no tuvo lugar ni siquiera una protesta diplomática en contra de la intervención.

            Simultáneamente a la invasión rusa, también se lanzó un nuevo ataque de las tropas imperiales encabezadas por el nuevo jefe supremo austríaco, Julius von Haynau (1786-1853). La parte húngara, tras las derrotas sufridas de la doble superioridad de fuerzas, dándose cuenta de que no tenía sentido seguir oponiendo resistencia, el 13 de agosto de 1849 depuso las armas incondicionalmente ante las tropas rusas en las cercanías de Világos, en la provincia de Arad. "Hungría yace a Vuestros pies, Majestad" -informó Ivan Paskievich (1782-1856), jefe supremo de las tropas rusas al zar Nicolás I.

            La represión ya se había iniciado durante el período de la lucha armada. Al comienzo de su campańa en Hungría, Haynau comunicó mediante un manifiesto que cualquiera que haya estado relacionado con el gobierno y el ejército húngaros, iba a ser castigado. Sus tropas saquearon y quemaron poblados, o en el mejor de los casos se limitaron a imponerles una contribución. Haynau impuso enormes indemnizaciones de guerra a las comunidades judías de Pest y de Óbuda por haber apoyado la guerra de independencia.

            La cúspide de la tragedia nacional aconteció el 6 de octubre de 1849. Ese día fueron ejecutados en Pest el primer ministro Lajos Batthyány y en Arad los generales del ejército de defensa nacional (Lajos Aulich, János Damjanich, Arisztid Dessewffy, Ernő Kiss, Károly Knézich, György Lahner, Vilmos Lázár, Károly Leininger-Westerburg, József Nagysándor, Ernő Poeltenberg, József Schweidel, Ignác Török y Károly Vécsey). Hasta la primavera de 1850 se ejecutaron aproximadamente 110 condenas a muerte: políticos, oficiales del ejército, funcionarios, sacerdotes y personas comunes y corrientes fueron castigados por su actuación en 1848-49. Debido a la indignación que suscitaron en Europa las ejecuciones, el gobierno austríaco se vio obligado a exhortar a Haynau a que se moderase. Aunque no cesaron los procesos, y se dictaron numerosas condenas a la pena capital, por lo general éstas se moderaban para convertirlas en varios ańos de prisión en castillos.

            La represión abarcó también a simples participantes de la guerra de independencia. A los que habían cometido faltas menores, se les infligieron varios tipos de castigo, comenzando por la multa en metálico, pasando por algunas semanas de encarcelamiento hasta varios ańos de trabajo forzado en las trincheras. Aproximadamente el 25 al 30 por ciento de los efectivos del ejército nacional húngaro fue alistado en las filas del ejército imperial y real, en el cual decenas de miles de personas pasaron los siete ańos del servicio en guarniciones alejadas de su patria.

            Las enseńanzas de la revolución

            Las leyes promulgadas como resultado de la victoria de la revolución no aseguraron derechos especiales referentes al idioma y a la autoadministración a las nacionalidades no húngaras de la Hungría de entonces. Los legisladores contaban con que las ventajas generales de la liberación de la servidumbre y las libertades políticas aseguradas sin discriminación por idiomas o estamentos, podrían satisfacer también a las nacionalidades. Se equivocaron. No obstante, explica su error el hecho de que en el pensamiento político europeo de la época aún no había aparecido el concepto de los derechos colectivos de las nacionalidades.

            En las primeras semanas, húngaros y gente perteneciente a las nacionalidades realmente saludaron la revolución con alegría común. Sin embargo, al cabo de algunas semanas, las reuniones multilingües de "confraternidad" se vieron sustituídas por las reuniones por separado de las nacionalidades. Comenzó la configuración de los programas independientes de las nacionalidades.

            Las reuniones de los serbios, rumanos y eslovacos anunciaron sus respectivas exigencias de obtener autonomía territorial y de crear sus provincias autónomas. No obstante, estos objetivos no eran compatibles con el ideal europeo de la época (también asumido por la élite política húngara), el Estado-nación liberal, que no conocía la diferenciación entre los ciudadanos sobre la base de su nacionalidad. Al mismo tiempo, los políticos de las nacionalidades, conscientes de la flaqueza de su base intelectual-burguesa-noble, ni siquiera intentaron lograr sus objetivos con los medios disponibles, con la ayuda de la prensa libre, de la organización política o de la actuación parlamentaria. A raíz del rechazo de sus reivindicaciones, tanto el verano de 1848 los serbios, como en otońo de ese mismo ańo los rumanos de Transilvania, hicieron estallar un conflicto armado. El movimiento nacional eslovaco no pudo más que llevar a cabo algunas acciones simbólicas. (Al mismo tiempo, en el ejército nacional húngaro luchaban varios batallones integrados por eslovacos).

            La contrarrevolución, que intentaba eliminar los logros constitucionales, se alió con las nacionalidades aprovechando los anhelos de éstas. Pero en la primavera de 1849 se puso de manifiesto que los dirigentes del imperio tampoco tenían intención de satisfacer las necesidades territoriales ni de autogobierno de las nacionalidades no húngaras. Esta reconocimiento, amargo para las nacionalidades, dio como resultado la aproximación entre húngaros y nacionalidades. La ley de nacionalidades aprobada el 28 de julio de 1849, significó un viraje verdadero en el pensamiento político húngaro. La ley reconocía que las nacionalidades también debían gozar de derechos colectivos. La ley limitó el uso obligatorio del idioma húngaro a los órganos centrales de la administración pública, mientras que en la administración pública y en la administración de justicia de nivel medio e inferior, garantizó el uso libre de los idiomas de las nacionalidades. Garantizó también su autonomía en asuntos escolares y eclesiásticos, elevando al nivel de principio fundamental "el desarrollo nacional libre de todo cuanto sea propio de los pueblos".

            La ley surgió demasiado tarde para poder ejercer influencia sobre la marcha de la guerra de independencia, pero al menos permitió que los políticos de los pueblos que habitaban en el país en el período del absolutismo trataran de luchar no los unos contra los otros, sino uniendo esfuerzos contra el poder que amenazaba el desarrollo nacional de todos ellos por igual.

            La ley de nacionalidades no fue una maniobra táctica en una lucha tendiente a ser perdida. Los políticos que tuvieron que emigrar siguieron desarrollando el nuevo pensamiento político. El plan de la Confederación del Danubio, del ex-gobernador Lajos Kossuth, preveía la alianza de los pueblos a lo largo del Danubio (húngaros, croatas, serbios y rumanos), con un Estado común edificado sobre la base de principios democráticos, en el lugar de los imperios obsoletos, solamente unidos por intereses dinásticos. Dado que faltaban las condiciones para su realización práctica, el plan quedó como un mensaje para el futuro.

            En su última sesión, la asamblea nacional saldó otra deuda moral. Por aclamación, el parlamento aprobó la concesión de igualdad de derechos a los judíos, que apoyaron activamente la guerra de independencia.

            Postrimerías de la revolución y guerra de independencia

            La élite política-militar que se vio obligada a emigrar tras la derrota, experimentó innumerables seńales de solidaridad. Los refugiados fueron acogidos por el Imperio Turco vecino. En vano exigieron su extradición la diplomacia de los Habsburgo y la rusa, la Porta rechazó su solicitud. También alentaba a los turcos a obrar así el gobierno inglés, como vocero de la opinión pública europea occidental, indignada por la cruenta represión, es más, hizo desfilar su armada frente al Bósforo. En el otońo de 1851, de acuerdo a una resolución del Congreso de los Estados Unidos, Lajos Kossuth y su comitiva abandonó la primera estación de su emigración a bordo de un buque de guerra norteamericano. A lo largo de su viaje por Inglaterra y luego por Estados Unidos, fue objeto de festejos como campeón de la libertad en casi quinientas asambleas. En América del Norte fue recibido oficialmente al más alto nivel. Su discurso pronunciado en el Congreso y su popularidad dieron a conocer la causa húngara en el mundo entero. También profundizaron la simpatía americana por los húngaros aquellos emigrantes que en la Guerra Civil americana sirvieron a la Unión como coroneles, generales o diplomáticos. También volvieron a exaltar el nombre de "honvéd" (soldado del ejército nacional húngaro) aquellos emigrantes que lucharon por la unidad italiana en el ejército de Garibaldi.

            La mayoría de los refugiados se estableció en Europa. Turquía, Francia, Inglaterra, Bélgica y luego la Italia en vía de unificación los recibieron con solidaridad, es más, con el respeto que se merecen los héroes. La opinión pública del siglo XIX consideró la lucha de los húngaros como parte de las aspiraciones generales de libertad del ser humano. Poetas, entre ellos Victor Hugo y Heinrich Heine conmemoraron en sus poemas la causa de la libertad y a sus héroes. La estatua de Kossuth en Nueva York, al igual que placas conmemorativas y numerosas calles bautizadas por su nombre en el mundo entero perpetúan a Kossuth como campeón de la libertad.

            La guerra de independencia cobró numerosas víctimas y causó serias pérdidas materiales tanto en la Hungría perdedora como en el caso de los ganadores. Las luchas cobraron cerca de cien mil vidas humanas en total. Más de diez ciudades padecieron graves estragos, en el sur de Hungría y en Transilvania varias docenas de aldeas fueron completamente destruidas. Con la invalidación de los llamados billetes de Kossuth toda la sociedad sufrió una importante pérdida material.

            No obstante, el sacrificio del país vencido no fue en vano. Si bien es cierto que la superioridad de fuerzas aplastó la guerra de independencia, no se pudieron eliminar las conquistas de la transformación social: la liberación de la servidumbre, la igualdad ante la ley y la distribución de la carga pública. Las heroicas hazańas militares y los logros de los tiempos revolucionarios, debido a los cuales los húngaros, de manera semejante a los tiempos de las luchas contra los turcos, volvieron a conquistar la simpatía de Europa, aún a pesar de la derrota fortalecieron la conciencia de que la nación podía intentar una vez más, con posibilidad de éxito, lograr su autodeterminación, una vez que las circunstancias fueran más favorables.

            La fuerza experimentada en la guerra de independencia se convirtió en la base de la perseverancia de la nación húngara en los ańos del autoritarismo, y gracias a esa tenacidad pudo hacer realidad la mayoría de los logros revolucionarios en el ańo 1867, cuando se produjo el compromiso histórico entre Hungría y Austria. Sobre la base de los logros vigentes de la revolución del cuarenta y ocho se inició a fines del siglo pasado el dinámico desarrollo que hasta la fecha consideramos el período de modernización social y económica más exitoso de nuestro país.