La revolución húngara de 1956
 

Antecedentes de la revolución

 

A la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), los dirigentes de la Unión Soviética y de los países satélites ya tenían la sensación de que el régimen comunista podía ser víctima de una profunda crisis interna en caso de no modificar la política ejercida. En Moscú, tras la toma de decisión acerca de la sucesión, y una vez racionalizadas relativamente las relaciones internas del imperio soviético, se convirtió en una tarea urgente resolver la crisis de las periferias. El descontento ya se manifestaba en huelgas, es más, en Berlin Oriental, incluso en una sublevación abierta.

A mediados de junio de 1953, la dirección del partido soviético mandó a llamar a Moscú a la delegación del Partido de los Trabajadores de Hungría, y dio instrucciones al secretario general del partido, Mátyás Rákosi y a sus colaboradores en cuanto a la modificación de la línea política a seguir. Se le debe poner fin a la industrialización forzada, a la campaña de organización de cooperativas agrícolas, se debe incrementar el nivel de vida y hay que abandonar la práctica de infundir terror en la población -fue el "consejo" dado por los dirigentes soviéticos. El Kremlin consideró impermisible que el liderazgo en Hungría se concentrara en manos de una misma persona. Por ello obligaron al secretario general del partido, Mátyás Rákosi, quien desde 1952 desempeñaba el cargo de jefe de gobierno, a que transfiriera el cargo de primer ministro a Imre Nagy.

Imre Nagy, a pesar de que dentro del partido comunista pertenecía al grupo de antiguos emigrantes a Moscú, entre 1947 y 1949 criticó en varias ocasiones la forma rápida e implacable de la toma del poder llevada a cabo por los comunistas. El gobierno de Imre Nagy comenzó a desempeñar su cometido en julio de 1953. El primer ministro llamó su programa "una nueva etapa de la construcción del socialismo". Dicho programa difería favorablemente de la política de Rákosi, en varios aspectos. De acuerdo con las intenciones soviéticas, refrenó el desarrollo forzoso de la industria pesada, retuvo las grandes inversiones extremadamente costosas, redujo las obligaciones impositivas y de entrega obligatoria, que afligían al campesinado pequeño propietario, permitió a los miembros de las cooperativas agrícolas salirse de las mismas, y puso fin a la organización de nuevas granjas colectivas. Aún más importante que esto, fue la terminación de los internamientos y de los desplazamientos, la puesta en libertad de los vejados y la declaración de una amnistía. Se alivió sensiblemente el ambiente de terror y temor. En 1954 se comenzó a revisar los juicios políticos realizados en perjuicio de comunistas.

La población del país respiró aliviada, porque consideraba que el nuevo primer ministro estaba a favor de un socialismo más aguantable y humano que sus predecesores. Al mismo tiempo, la reacción de la élite en el poder era contradictoria. Muchos de los intelectuales miembros del partido y numerosos funcionarios se adherían con alegría a la nueva directiva, por considerarla una promesa de poder librarse de los temores. Cuando salieron a luz los hechos acerca del terror -especialmente sobre los juicios incoados contra comunistas-, ello conmovió fuertemente a numerosos miembros del partido, empujándolos al abismo de una profunda crisis moral. No obstante, buena parte de la estructura del partido y de las fuerzas del interior, temiendo ver recortados sus privilegios y preocupada por el posible estallido del descontento popular, recibió los cambios de manera hostil. Desde el comienzo, Mátyás Rákosi observaba desconfiado la nueva etapa, e hizo todo lo posible con el fin de volver a la política antigua. Moscú a su vez, en 1953 y 1954 varias veces confirmó su apoyo a Imre Nagy.

Imre Nagy se dio cuenta de las dificultades de las transformaciones y se esforzó por convertir las medidas de corrección en una verdadera reforma. Se inició la supervisión del mecanismo económico stalinista y se dieron pasos en aras de cierta "democratización" de la estructura política monolítica. Imre Nagy trató de hacer del Frente Popular -herramienta del atrofiamiento de los partidos democráticos- una institución política viva y una organización de grupos que, aunque ajenos al partido, apoyaran los objetivos establecidos para la nueva etapa. Se esforzó asimismo por fortalecer la función de representación de intereses del Frente Popular, sobre todo para el bien del campesinado individual que congeniaba con su política. Haciendo hincapié y afirmando en alta voz la "democracia dentro del partido" y la libertad de la crítica, intentaba hacer retroceder a sus oponentes políticos de su propio partido. Le pasó por la mente la idea de restablecer el sistema pluripartidista, y tampoco excluía la posibilidad de formar un gobierno de coalición presidido por los comunistas. Estas ideas sobrepasaban en gran medida las intenciones de corrección de los soviéticos.

A fines de 1954, después de la distensión posterior a la muerte de Stalin, se produjo un período provisional de enfriamiento en la política mundial. Este clima favoreció a los stalinistas ortodoxos, al grupo de Viacheslav Molotov y Lazar Kaganovich, que seguían luchando con perseverancia inalterada dentro de la dirección soviética. En marzo de 1955, Rákosi, con la ayuda de ellos y con el apoyo del aparato que Imre Nagy no había destituído, derrocó al primer ministro, que perdió instantáneamente todos sus cargos.

A pesar de ello, los intelectuales, miembros del partido, partidarios de la "nueva etapa" y de la reforma, no abandonaron sus ideales. Tras un corto período de incertidumbre, el mismo Imre Nagy también rechazó ejercer autocrítica, de acuerdo con los ritos bolcheviques. Amplió su programa de reforma, es más, tomando en consideración el efecto nocivo de la influencia soviética, estableció el objetivo de restablecer la independencia nacional, en la forma de una "neutralidad activa". La oposición partidista que fue formándose a partir del verano de 1955 en torno a Imre Nagy, compuesta de escritores, periodistas, profesores universitarios y algunos funcionarios, solicitaba la continuación y el desarrollo ulterior de las reformas de 1953. La oposición partidista urgía cambios personales, queriendo lograr en primer lugar la destitución de Rákosi y de sus compañeros. En 1955 y 1956, la voz de los descontentos se hacía escuchar con cada vez mayor fuerza en la prensa, y la dirección Rákosi estuvo a punto de desmoronarse.
 
 

En febrero de 1956, la lucha soviética por el poder dio un giro decisivo. El "discurso secreto" pronunciado por Nikita Jruschov contra Stalin en el XXº congreso del partido despertó nuevas esperanzas en el movimiento mundial comunista, y muchos veían en él indicios de un despliegue democrático. En la lucha librada por un proceso orientado hacia la democracia, sin duda alguna se consideraba un combatiente de la vanguardia la oposición partidista húngara, que a partir de la primavera de 1956 ya no sólo ejercía crítica del régimen de Rákosi en la prensa, sino también en sesiones de debate de participación masiva, en las tertulias del Círculo Petõfi, foro de la intelectualidad capitalina, políticamente cada vez más activa. La influencia de la oposición iba en aumento. Incluso las masas que no simpatizaban con ninguna forma del socialismo, aún ellas veían la nueva subida al poder de Imre Nagy, como premisa de los cambios. Solamente dentro del partido estaba permitido expresar opiniones políticas, por tanto la oposición partidista en aquel entonces representaba la oposición de la sociedad entera.

Rákosi resultó ser incapaz de resolver la crisis. La dirección soviética también se dio cuenta de su impotencia. Contribuyó a acelerar la destitución de Rákosi el estallido, en junio de 1956, de una sublevación obrera en Poznan, Polonia, que atravesaba una crisis interna semejante a la de Hungría. Por consiguiente, en julio destituyeron a Rákosi. Ernõ Gerõ, segunda figura del núcleo moscovita de la dirección del partido, fue nombrado el nuevo secretario general del Partido de Trabajadores de Hungría. Gerõ logró llegar a un acuerdo con el ala de stalinistas moderados dirigido por János Kádár. No obstante, la antigua-nueva dirección prosiguió las cosas donde su antecesor las había acabado. Sin embargo, a esas alturas ya estaba emergiendo un movimiento democrático de masas, con reivindicaciones que iban más allá del programa de la oposición partidista. En otoño de 1956, la prensa prácticamente se hizo libre. En las sesiones de debate y en las universidades se criticaba agudamente el sistema, señalando abiertamente sus crímenes. El descontento y los debates políticos se propagaron también por las ciudades del interior del país.
 
 

Trasfondo internacional



La suerte y las posibilidades de la región europea centro-oriental -hasta el desmoronamiento de los regímenes comunistas en 1989-1990- estuvieron básicamente determinadas por el sistema de esferas de intereses basado en el statu quo europeo, surgido en 1945. Las dos grandes potencias líderes del sistema mundial bipolar emergido tras la segunda guerra mundial, los Estados Unidos y la Unión Soviética, reconocieron, se dieron por enteradas y todo el tiempo consideraban como la piedra angular de la relación Este-Oeste, la inviolabilidad de las fronteras de las esferas de interés. De acuerdo con ello, en el ambiente internacional relativamente apacible entre 1953 y 1956, frente a las esperanzas de los pueblos europeos orientales, de parte soviética, naturalmente, nunca se planteó la idea de "dejar irse" a los países satélite. Al mismo tiempo, ni Estados Unidos, ni ningún otro país occidental tuvo en realidad intención alguna encaminada a liberar a los países de la región, a pesar de haber difundido en su propaganda justamente lo contrario.
 
 

El estallido de la insurrección de Hungría no correspondía a los intereses de las grandes potencias occidentales, es más, los incomodaba, porque los acontecimientos de Budapest interrumpieron y entorpecieron el proceso de distensión.
 
 

La revolución



El 6 de octubre de 1956 tuvo lugar el acto fúnebre del reentierro de László Rajk, víctima comunista más conocida del régimen de Rákosi, quien fue ejecutado en 1949. La multitud de cientos de miles de personas reunidas en el cementerio vio en dicho evento el preludio del entierro del stalinismo. El 16 de octubre, la asamblea general de los estudiantes universitarios de Szeged, aprobó una resolución en cuanto a la formación de una organización estudiantil política llamada Organización Unificada de Estudiantes Universitarios y de Institutos Superiores de Hungría (MEFESZ), independiente de la Federación Juvenil Democrática, o sea, la organización juvenil comunista única. Ello fue ya el presagio de la revolución. Se produjo una fisura en el sistema institucional político monolítico, y la erosión prosiguió de forma incontenible en los días siguientes. El estudiantado no se contentaba con la crítica del orden existente, sino que formuló reivindicaciones decididas y se encaminó en la vía de la actuación radical. Multicopiaron y difundieron sus reivindicaciones, y prepararon una demonstración.

El 22 de octubre se recibieron en Budapest noticias acerca del cambio de dirigente realizado a la cabeza del partido comunista polaco. Wladyslaw Gomulka salió victorioso de su lucha librada contra la dirección stalinista de Varsovia, representando en su partido una línea semejante a la de Imre Nagy. Jruschov viajó a Varsovia, las tropas soviéticas fueron movilizadas, pero -gracias a la toma de posición unánime de la dirección polaca (y al hecho de que Gomulka se manifestó decididamente a favor del sistema federal del Pacto de Varsovia)- finalmente pasó el peligro de la confrontación violenta. A la luz de las noticias procedentes de Polonia, los estudiantes de la Universidad Politécnica de Budapest redactaron unas reivindicaciones en 16 puntos. Entre éstas, además de las metas de la oposición partidista (convocatoria del congreso del partido, nombramiento de Imre Nagy a jefe de gobierno), también figuraban lemas democráticos y nacionales (retirada de las tropas soviéticas, elecciones libres en un sistema pluripartidista, independencia económica, restablecimiento de los símbolos y de las fiestas nacionales tradicionales). Los estudiantes, para expresar la solidaridad con el pueblo polaco y con el fin de hacer cumplir sus exigencias, hicieron un llamamiento para una manifestación pacífica el día 23 de octubre.

El 23 de octubre de 1956, la dirección del partido primero prohibió, luego permitió la celebración de la manifestación. No obstante, la demonstración comenzó a pesar del titubeo de la dirección, y al cabo de algunas horas ya no eran solamente los estudiantes los que marchaban por las calles, sino toda la población de la capital se unió a ellos en la manifestación. En vez de los lemas de la oposición partidista, la multitud comenzó a reclamar la independencia nacional, y en vez de la democracia socialista, pedía tan sólo democracia, sin adjetivo alguno. La enorme multitud que llegó de distintas direcciones a la estatua del héroe de origen polaco de la revolución y guerra de independencia de 1848-1849, el general József Bem, formó varios grupos, sumamente numerosos cada uno. Unas doscientes mil personas esperaban frente al Parlamento el discurso de Imre Nagy, otros tumbaron la estatua de Stalin en la plaza de desfiles, mientras que un tercer grupo urgía delante del edificio de la Radio la transmisión inmediata de sus reclamaciones. 

Manifestantes universitarios a la estatua de Josef Bem

Hasta el 22 de octubre, Imre Nagy estaba en el interior, y de ahí llegó a Budapest. El 23 de octubre se encontró en el apartamento de Géza Losonczy con varias personalidades destacadas de la oposición partidista: Miklós Gimes, Sándor Haraszti, Ferenc Jánosi y Miklós Vásárhelyi. En aquel momento todavía confiaban en que se podía lograr los cambios por medio de reformas.

Imre Nagy, a solicitud del Comité Político del Partido de Trabajadores de Hungría, pronunció un discurso ante la multitud reunida frente al Parlamento el 23 de octubre a las 9 de la noche, tratando de apaciguar y llamando a los manifestantes a retornar a las reformas de 1953. Sin embargo, su discurso no tuvo mucho éxito. La gente de Budapest sentía que había llegado la hora de actuar, y no se contentaba con la promesa insegura de cambios graduales dentro del partido.

Ernõ Gerõ, en las primeras horas de la noche del 23 de octubre ya se dirigió a la embajada soviética, pidiendo ayuda militar. Los representantes locales de la Unión Soviética estuvieron muy dispuestos a satisfacer la solicitud, tanto más fue así, debido a que independientemente de ello, las tropas soviéticas estacionadas en Hungría ya estaban alerta.

La situación se puso extremamente tensa, y de repente las unidades de la Autoridad de Defensa del Estado (ÁVH) -sin haber recibido órdenes de sus superiores- abrieron fuego contra los manifestantes que se preparaban a ocupar la Radio y transmitir sus reivindicaciones. La noche del 23 de octubre estalló la insurrección armada.

Sitio de la Radio Nacional

En la reunión de la dirección del partido, celebrada en altas horas de la noche, decidieron aplastar por medio de las armas la "rebelión contrarrevolucionaria", y a la vez hicieron a Imre Nagy miembro de la dirección. No obstante él, figura destacada de la oposición partidista, se sintió aturdido en vistas de la posición que tomaron las masas. Esperando poder ser capaz de disolver la confrontación, aceptó la llamada de sus contrincantes dentro del partido, y el 24 de octubre asumió el cargo de primer ministro.
 
 

La dirección de Moscú también se azoró: al comienzo rehuía la intervención militar. Luego, después de haberse tomado la decisión acerca de la entrada en acción del Ejército Rojo, se intentó poner raya a la actividad del ejército soviético.

Los sublevados, en su mayoría jovenes de Budapest, no dieron marcha atrás al ver las columnas de tanques que

Soldados rusos caidos en Budapest. Muchos de ellos ni siquiera llegaban a saber que estaban en Hungría, sino creían luchar contra los "imperialistas" en Suez 

 entraban a la capital el 24 de octubre, sino que entablaron la lucha con ellos. Se formaron varios núcleos insurrectos, "unidades" espontáneas en Pest: en los distritos VIII y IX (pasaje Corvin) y en Buda: en la plaza Széna y en los distritos periféricos. En su mayoría, los sublevados armados eran jovenes adolescentes o de apenas más de veinte años de edad, entre obreros, aprendices y alumnos de la escuela secundaria, que venían de los barrios industriales más pobres de Budapest, de albergues de obreros y de residencias estudiantiles.

El dominio humillante y la disciplina ritual del régimen stalinista limitaban y molestaban sobre todo a las generaciones jovenes. En los años cincuenta, buena parte de los jovenes, al igual que grandes sectores de la sociedad, no sin razón se sentía depreciada. La lucha armada significaba una salida romántica y heróica de esta situación.

Había relativamente menos representantes de generaciones mayores y de la intelectualidad entre los sublevados. Sin embargo, los dirigentes de dichos grupos por lo general sí provenían de aquellos círculos, porque ellos al menos disponían de cierta experiencia militar y política básica. Los sublevados más intrépidos también ascendieron hasta ser líderes. Ellos se destacaban más en los ataques por sorpresa contra las tropas soviéticas y las fuerzas de la ÁVH. Entre los que más se distinguieron estuvo László Iván-Kovács y los hermanos Pongrácz en el pasaje Corvin, István Angyal y János Bárány en el "Ferencváros", distrito IX y János Szabó en la plaza Széna.

Engrosaban las líneas de los sublevados budapestinos también verdaderos "chulos" de Pest, muchos de los cuales habían entrado ya en conflicto con las leyes en años anteriores. No obstante, a lo largo de la sublevación, a ellos también los arrebató la fe ingenua y el heroismo puro de la mayoría.

Al fin y al cabo, este comportamiento caracterizaba en aquellos días a la gente de Budapest: a lo largo de las luchas, apenas ocurrieron delitos comunes, nadie sacaba las mercancías de las vitrinas de cristales rotos, incluso los comandantes de los grupos pagaban por los alimentos solicitados para los combatientes. El tesón de los sublevados resultó ser un factor decisivo: continuaron la lucha contra la mayoría de fuerzas aún en los días críticos: entre el 24 y el 28 de octubre.

En los días posteriores al 23 de octubre -exceptuando algunas unidades de la ÁVH-, el estado-partido stalinista sucumbió. Al mismo tiempo, por medio de una autoorganización espontánea, en pocos días se estableció el sistema institucional propio de la revolución. A raíz de las manifestaciones llevadas a cabo en las ciudades del interior, en todo el país se formaron comités revolucionarios, mientras que en las fábricas eligieron consejos obreros. Comenzó una huelga política general.

El "guión" de los acontecimientos revolucionarios era igual en casi todas partes. Durante las demonstraciones masivas, promovidas por el estudiantado y que luego se hicieron generales, el pueblo se apoderó de las plazas anteriormente dominadas por las odiadas organizaciones opresoras del poder. Constituía un acto simbólico de la limpieza de las plazas el quitar los símbolos de la dominación (estrella roja, monumentos a los héroes soviéticos). El "derrocamiento de ídolos" era la expresión de la liberación espiritual de la tiranía.

Los acontecimientos continuaron con la redacción de las reivindicaciones, la elección de las comitivas para dialogar con el poder local y el surgimiento de los gérmenes de la autoorganización. Este proceso culminó con la confrontación armada abierta con las fuerzas del sistema stalinista-"rákosista".

La autoorganización en las ciudades del interior del país se caracterizaba por la participación masiva de los obreros, los jovenes y los oficiales locales del ejército. En las aldeas, a su vez, protagonizaban los eventos revolucionarios aquellos campesinos -pequeños propietarios individuales-, que todo el tiempo se habían rehusado a la presión política y a la colectivización de la era de Rákosi. Varios dirigentes de los partidos de coalición de después de 1945, que no se habían desprestigiado, tanto en Budapest como en las poblaciones del interior, llegaron a estar de la manera más natural entre los dirigentes de los comités revolucionarios.

Cada comité nacional de aldea y cada consejo obrero fabril expresaba sobre todo reivindicaciones propias del lugar o específicas de la capa social, que constituían programas de acción concretos que iban más allá del logro de los grandes objetivos de la sociedad y de la nación enteras. Toda organización y toda fuerza política de la capital y la provincia estuvo de acuerdo con la meta triple de la revolución: independencia nacional, estructura política democrática civil y conservación de los logros sociales.

Las autoorganizaciones revolucionarias de los centros de la provincia ejercieron una sensible presión política sobre la dirección del partido y del estado, y concretamente sobre Imre Nagy. A este respecto, su importancia era casi igual a la de los sublevados armados de la capital, ya que sin la presión política que ejercieron, el gobierno de Imre Nagy probablemente se hubiera quedado "a medio camino", entre la plataforma de la oposición partidista y los objetivos revolucionarios.

Mientras que las organizaciones revolucionarias y los sublevados capitalinos insistían en las reivindicaciones del 23 de octubre, en la sede del PTH se libraba una atroz lucha política entre los de la "línea dura", por un lado, e Imre nagy y sus seguidores, por el otro. Al comienzo, Imre Nagy trató de satisfacer al mismo tiempo las exigencias del pueblo sublevado y de tranquilizar a la dirección soviética, preocupada por la unidad y el mantenimiento de la fusión del campo socialista. No obstante, más adelante se vio obligado a tomar una decisión. Vio la política catastrófica de Gerõ y su gente, y tomó en cuenta que para los soviéticos él ya no era un dirigente aceptable. Tenía claro que cualquiera que fuese el desenlace final, sería él a quien le achacarían la responsabilidad. En estas circunstancias trató de influir favorablemente sobre la situación. Prosiguió la lucha en la dirección del partido. Sus adversarios húngaros y los delegados soviéticos que entre tanto llegaron a Budapest, Anastas Mikoian y Mijail Suslov no le tenían confianza a Imre Nagy, pero sabían que sin él, sólo las bayonetas soviéticas podían salvar el sistema comunista. En un principio ni los soviéticos querían esta solución radical, porque temían los efectos y las consecuencias internacionales impredecibles de una eventual masacre masiva.

El 25 y el 26 de octubre parecía que la línea dura y las unidades armadas que acataban sus órdenes eran capaces de obstaculizar el desenlace. El día 25 abrieron fuego contra los manifestantes desarmados reunidos frente al Parlamento, armando una verdadera masacre. En numerosas ciudades del interior, las ráfagas asesinas cobraron centenares de víctimas.

Fue un acontecimiento importante del 25 de octubre, que Ernõ Gerõ, presionado por los soviéticos, dimitió de su cargo de dirigente del partido, y lo reemplazó János Kádár.

El día 27 se formó un nuevo gobierno, en el cual llegaron a ocupar cargos dos personalidades prestigiosas del Partido de Pequeños Propietarios que había reanudado su actividad: el ex-presidente de la república Zoltán Tildy y Béla Kovács, quien había regresado hacía poco de la prisión soviética.
 
 

Tras tres días de debate, en la madrugada del día 27 al 28, Imre Nagy y los partidarios del desenlace llevaron a cabo, con el apoyo de los dirigentes soviéticos, la transición en el Comité Político: en vez de "contrarrevolución", los acontecimientos se consideraban un movimiento democrático nacional, y se puso fin a las acciones armadas contra los sublevados. El 28 de octubre Imre Nagy decretó el alto el fuego. Durante los dos días siguientes, la dirección del partido y el nuevo gobierno aceptó buena parte de las reivindicaciones revolucionarias. Las tropas soviéticas fueron retiradas de Budapest, el 30 de octubre Imre Nagy proclamó el sistema pluripartidista, o sea, aceptó las proporciones del gobierno de coalición de 1945 y reconoció las autoorganizaciones locales, así como los consejos obreros de las fábricas. Dentro del gobierno se creó un pequeño cuerpo de coordinación política, el gabinete, integrado por Zoltán Tildy, Béla Kovács, Géza Losonczy, lo mismo que János Kádár y Ferenc Erdei. Un asiento fue reservado para los socialdemócratas. Imre Nagy anunció que su gobierno iba a entablar negociaciones sobre la retirada completa de las tropas soviéticas de Hungría. Incorporaron a los sublevados en la milicia que se comenzaba a organizar, y a la cabeza de la cual se había nombrado a oficiales del ejército y de la policía que estaban de acuerdo con la revolución, entre ellos Pál Maléter, Béla Király y Sándor Kopácsi. El 30 de octubre el gobierno disolvió la ÁVH.

En los días siguientes coexistieron paralelamente factores estabilizadores y destabilizadores. La terminación de la lucha armada y las decisiones del gobierno habían traído algo de paz y tranquilidad. Se instituyó la milicia y se inició la organización de los distintos partidos democráticos. Al mismo tiempo, a muchos se les escapaba el odio almacenado contra el régimen anterior, reprimido durante varios años, lo que en algunos casos se manifestó en condenas populares callejeras. El linchamiento que tuvo lugar después del sitio de la sede del partido en la plaza Köztársaság de Budapest, cobró una docena de víctimas.
 
 

Una parte de las organizaciones revolucionarias y de los grupos sublevados cada vez más radicales desconfiaba en el gobierno desde el comienzo. Exigían que se tomaran decididas medidas ulteriores con el fin de garantizar la independencia nacional. Requerían y urgían que se purgara el gobierno de los antiguos ministros "rákosistas". Los consejos obreros continuaron la huelga.

El 30 de octubre el cardenal József Mindszenty se liberó de su cautiverio. Muchos se agrupaban en torno a él con la intención de formar más adelante un gobierno de orientación cristiana. Aunque en sus declaraciones el cardenal evitaba romper la unidad nacional, repelió la línea seguida por Imre Nagy.

El factor que influyó decisivamente sobre la situación, fue el comportamiento de la dirección soviética. El 31 de octubre y el 1º de noviembre había cada vez más indicios de haberse llevado a cabo un viraje en Moscú y de la inminencia de una nueva intervención armada. Imre Nagy se vio en una situación trágica. El pueblo reclamaba la retirada inmediata de las tropas soviéticas, quería neutralidad y un sistema pluripartidista. El mismo también se lo había imaginado de esta forma, pero pensó que llevarlo a cabo debía tomarse años, haciéndolo de manera gradual. Los soviéticos, sin embargo, querían que Imre Nagy consolidase las condiciones de Hungría de acuerdo con los criterios de ellos.

El primer ministro se vio en una encrucijada histórica. Tomó una decisión, y eligió como solución aceptar las

Ruinas de la batalla de Budapest. Cuartel Kilián.

 reivindicaciones populares. Sus resoluciones históricas tomadas el 1º de noviembre de 1956 acerca de la salida del país del Pacto de Varsovia y de la declaración de su neutralidad, fueron respuestas prácticas a las medidas intervencionistas soviéticas. Con esta elección histórica, Imre Nagy se enfrentó con los intereses y dogmas de su propio partido comunista y del movimiento comunista internacional dirigido por los soviéticos, y se identificó con las reivindicaciones de la nación.

En los últimos días de la revolución, la declaración de la neutralidad y la salida del pacto de Varsovia promovía claramente el apaciguamiento interno. Los consejos obreros de Budapest emitieron un llamamiento para retomar el trabajo, y los centros provinciales más fuertes aseguraron al gobierno de Imre Nagy de su apoyo. Mayoritariamente se restableció la seguridad pública y se comenzó a limpiar los escombros. Se modificó la composición del gabinete. Los socialdemócratas estuvieron representados por Anna Kéthly, Gyula Kelemen y József Fischer, mientras que el Partido (Campesino Nacional) Petõfi, por István Bibó y Ferenc B. Farkas. Pál Maléter fue nombrado ministro de defensa nacional.

Entre tanto, se produjo una ruptura en el alto mando de la revolución: la noche del 1º de noviembre, János Kádár se fue a la embajada soviética y de allí a Moscú, donde al término de largas negociaciones los días 2 y 3, se encargó de formar el contragobierno. El gobierno de Kádár asume el poder el 4 de noviembre, en contra de la revolución, con la ayuda de bayonetas soviéticas.

El 3 de noviembre los generales del ejército soviético iniciaron negociaciones acerca de la retirada de tropas, pero con el único propósito de encubrir su verdadero objetivo. En el cuartel soviético de Tököl emboscaron y arrestaron a la delegación húngara encabezada por Pál Maléter.

En la madrugada del 4 de noviembre, el ejército soviético lanzó un ataque masivo contra Budapest, y al cabo de

Artillería autopropulsada soviética ocupada por rebeldes

 pocos días quebró la resistencia de los sublevados que se defendían heróicamente. 19 divisiones con mas de 200 mil soldados atacaron a la población civil de Budapest. La lucha heróica duró 3 días, pero los sovieticos tardaron en apagar los últimos focos de resistencia todavía varias semanas. Imre Nagy anunció la noticia del ataque en un lacónico discurso radiodifundido, para buscar refugio luego en la embajada yugoslava. La huelga política y las esporádicas luchas de retaguardia duraron hasta comienzos de 1957, pero no pudieron cambiar el hecho: la revolución húngara fue derrotada.



La Unión Soviética y el bloque del Este



La dirección soviética, ocupada con la solución de la crisis política de Polonia, estallada el 19 de octubre de 1956, en contra de las suposiciones previas, al comienzo se rehusaba expresamente a autorizar que se desplegara -a solicitud de Ernõ Gerõ- las tropas soviéticas que se encontraban en Hungría para dispersar la manifestación de Budapest del día 23 de octubre. Sin embargo, debido a la reiterada solicitud de ayuda, expresada durante la noche, y a raíz de que el embajador Yuri Andropov, quien juzgó la situación de extraordinariamente grave, urgió la toma de medidas, se decidió ordenar la intervención. El 24 de octubre, Moscú envió a la capital húngara, para manejar la crisis, a Anastas Mikoian y a Mijail Suslov, miembros del Buró Político del PCUS, así como a Ivan Serov, jefe de la KGB y a Mijail Malinhin, jefe de estado mayor adjunto del ejército soviético.

Jruschov y la dirección soviética, a pesar del estallido de las luchas armadas, durante varios días albergaba la esperanza de que los acontecimientos podrían tener un arreglo semejante a la solución polaca, alcanzada por la vía pacífica. Se dieron cuenta de que la consolidación de la situación solamente podía esperarse de Imre Nagy, nombrado primer ministro el día 24, no obstante, a lo largo de las negociaciones sostenidas con la dirección húngara, Mikoian y Suslov el 26 de octubre expresaron de forma categórica, cuáles eran los límites de las concesiones aún aceptables desde el punto de vista de los soviéticos. No se oponían a que se integrara en el gobierno a algunos políticos que antes pertenecían a otros partidos, y prometieron que, una vez restablecido el orden, las tropas soviéticas volverían a sus cuarteles. Llamaron la atención de la dirección húngara a que más concesiones podrían conducir a la caída del sistema comunista en Hungría, y expresaron sin dejar lugar a dudas, que en tal caso la Unión Soviética no se quedaría con las manos cruzadas.
 
 

En lo fundamental, los soviéticos veían la garantía de salvaguardar sus intereses a largo plazo, es decir, del mantenimiento del régimen comunista en los países satélites de Europa del Este en la conservación firme de las cuatro instituciones siguientes: 1./ dirección del partido comunista unificada y capaz de actuar, 2./ fuerzas de seguridad del estado potentes y sólidas. 3./ dirección militar y ejército leales y disciplinados, y 4./ comunicación de masas dirigida por el partido. El debilitamiento de cualquiera de estas cuatro instituciones causaba reacciones de alarma en el mecanismo de toma de decisiones soviético, mientras que ante la crisis conjunta de las cuatro al mismo tiempo, no veían sino una sola salida: la intervención armada.

A pesar de ello, los intereses a corto plazo de la Unión Soviética exigían que este paso radical tan sólo se diera al verse perdida la última esperanza del arreglo pacífico de la situación. El mantenimiento de la unidad del bloque comunista, el proceso de apaciguamiento soviético-yugoslavo, la propaganda dirigida hacia los países en vías de desarrollo acerca de la Unión Soviética pacífica, la situación de los partidos comunistas europeos occidentales y no menos importante: la posibilidad del arreglo pacífico de la crisis de Polonia - todos estos factores contraindicaban la intervención armada en la situación dada.

Por ello, en aras del despliegue, los soviéticos se vieron obligados a hacer concesiones tácticas: el 28 de octubre dieron su consentimiento a la declaración del alto el fuego, aprobaron la retirada de las unidades soviéticas de Budapest, y el comunicado gubernamental soviético del 30 de octubre prometió expresamente que se estudiaría la posibilidad de la retirada de tropas de Hungría.

Dentro de la dirección soviética, hubo debates sobre los acontecimientos de Hungría desde el principio. Testimoniaba la importancia de la crisis de Hungría el hecho de que el Presidium del Comité Central del PCUS se reunía casi diariamente entre el 23 de octubre y el 4 de noviembre. La pregunta principal era, qué tipo de concesiones y de qué magnitud se podía hacer al gobierno de Imre Nagy, con el fin de hacerle capaz de consolidar la situación, de manera que no se modificara el régimen social del país ni su lugar que ocupaba dentro del sistema federal soviético. Aún el día 30 de octubre se reflexionaba acerca de -con el fin de un arreglo pacífico de la situación- retirar las tropas soviéticas de Hungría, en caso de que el gobierno húngaro fuese capaz de satisfacer los requisitos soviéticos. Hubo un consenso pleno en cuanto a que Hungría no podía dejar, bajo ninguna circunstancia, el campo socialista.

Los sucesos húngaros ocurridos en el período transcurrido entre el 28 y el 30 de octubre, finalmente convencieron a la dirección soviética de que en Hungría corría un peligro mortal el sistema comunista de tipo leninista-stalinista. Consideraron que Imre Nagy, a quien ellos juzgaron de oportunista y vacilante, con el correr de los acontecimientos ya no era capaz, es más, ni estaba dispuesto ya a tener a raya los procesos que amenazaban gravemente el régimen soviético.

La dirección soviética pensaba que se habían agotado las posibilidades del arreglo pacífico de la crisis. El segundo día de la sesión del 30-31 de octubre del Presidium del Comité Central del PCUS fue tomada la decisión política acerca de la intervención armada, sobre los preparativos de la maniobra "Torbellino".



El mundo occidental, la crisis de Suez y la ONU



Desde los mismos comienzos, la opinión pública occidental recibió con gran simpatía la noticia de los acontecimientos de Polonia, y mucho más, los de Hungría, ocurridos en octubre de 1956. Con excepción de los países del bloque soviético, en Europa, en el continente norteamericano y en muchos otros estados del mundo tuvieron lugar manifestaciones de simpatía y demonstraciones en apoyo de la sublevación húngara. La prensa, las emisoras de radio, los noticiarios y las emisoras de televisión por primera vez transmitieron reportajes directos, cubriendo una sublevación armada acontecida en uno de los países del imperio soviético, sobre la base de los informes de los corresponsales y equipos de rodaje occidentales que trabajaban en Budapest. De esta manera, la opinión pública occidental pudo observar con admiración y preocupación la lucha de los sublevados, que combatían con armas de mano y cócteles Molotov contra el ejército soviético en múltiple mayoría de fuerzas.

Cabe destacar el hecho de que, hasta el viraje del 28 de octubre, la opinión pública occidental por lo general se había formado una imagen negativa acerca de la actividad del gobierno de Imre Nagy. Tras el compromiso entre el gobierno y los sublevados, y una vez que la parte soviética aparentemente se dio por enterada del mismo, en el Occidente comenzó a predominar el ambiente de la esperanza general. En ese momento, muchos consideraron imaginable lo hasta entonces inconcebible: que un país satélite se libere a sí mismo sin ayuda externa.

Los gobiernos de los estados occidentales -al contrario de sus respectivas opiniones públicas- tuvieron presente el extremadamente estrecho campo de acción político permitido por el statu quo que constituía la base de la relación Este-Oeste, y desde el principio reaccionaban con suma cautela a los acontecimientos de Hungría. El motivo de este comportamiento era, antes que nada, la suposición de que en la situación política mundial de aquel momento, cualquier intervención militar occidental hubiera encerrado el peligro de un conflicto armado con la Unión Soviética: de la guerra mundial a ser librada con armas termonucleares.

La dirección norteamericana ni ante esta situación crítica renunció a la doble meta de su política: por un lado se esforzaba por no arriesgar sobrecargar sus relaciones con Moscú debido a la retórica que condenaba la intervención soviética, por otro lado trató de convencer a la opinión pública de que, para América no era indiferente la lucha de una nación de Europa del Este por su libertad. Como consecuencia del carácter contradictorio de esta política, la administración de Eisenhower incluso llegó a tomar medidas improvisadas, la más vistosa de las cuales fue la de remitir la "cuestión húngara" ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 28 de octubre. No obstante, las decisiones verdaderas no fueron tomadas en los debates de las sesiones del Consejo de Seguridad, arregladas de forma tal que satisfagan a la opinión pública internacional, sino en los debates secretos de coordinación de los delegados norteamericanos, ingleses y franceses, llevados a cabo entre bastidores. Al mismo tiempo, eran un obstáculo del "acuerdo", las relaciones deterioradas entre las grandes potencias occidentales por causa de la crisis de Suez, que a fines de octubre desembocó en un conflicto armado. A partir de ese momento, Gran Bretaña, Francia y EE.UU. por igual trató de aprovechar la causa húngara para su propio interés.

A pesar de todo ello, la madrugada del 4 de noviembre la diplomacia norteamericana arrancó a toda velocidad, y lo mismo en la ONU que en todos los demás foros, criticó fuertemente la intervención soviética en Hungría. El presidente Eisenhower protestó contra la medida soviética en un mensaje personal enviado al primer ministro Nikolai Bulganhin.
 
 

La crisis de Hungría obligó a la dirección estadounidense a manifestarse abiertamente, lo cual tuvo importancia histórica. El presidente Eisenhower encargó al ministro de relaciones exteriores Dulles a introducir en su discurso, a ser pronunciado en el marco de la campaña electoral presidencial el 27 de octubre, un mensaje destinado a la Unión Soviética, de que si las naciones europeas orientales recobrasen su libertad, eso no pondría en peligro los intereses de seguridad de la Unión Soviética, porque Estados Unidos no considera aquellos países como aliados militares en potencia.

Dicha declaración fue comunicada inmediatamente a los soviéticos por la vía diplomática. Antes de ello, todas las tomas de posición públicas de la administración de Eisenhower, relacionadas con Europa del Este, sugerían que si algún día dichos países se independizaran, ese evento traería consigo su adhesión al mundo occidental, o sea, también a la OTAN. Washington manifestó que Estados Unidos no consideraba estos estados como sus aliados militares en potencia, y de esta manera, prácticamente renunció a su posición anterior.



Postrimerías de la revolución



Jruschov y la dirección soviética suponían que tras la intervención armada Imre Nagy dimitiría para luego apoyar a Kádár. El, sin embargo, rechazó el regateo. Al terminar las luchas más violentas, János Kádár, quien llegó a Budapest el 7 de noviembre, solamente contaba con el apoyo de la dirección soviética, pero prácticamente no tuvo detrás de sí ninguna fuerza nacional. Se desplegó una nueva ola de huelgas generales. Las organizaciones revolucionarias y los consejos obreros, encabezados por el Consejo Obrero Central de Gran-Budapest, así como las organizaciones de la intelectualidad (Federación de Escritores, movimientos ilegales) nuevamente expresaban reivindicaciones revolucionarias. En las primeras semanas, Kádár trató de negociar con casi todas las fuerzas políticas que entraban en juego: partidos, consejos obreros, personas, y de esta forma también intentó llegar a un acuerdo con Imre Nagy, pero no tuvo éxito. Sin embargo, sus contrapartes en el diálogo -los que en absoluto se dignaron hablar con él- exigían como mínimo la división democrática del poder y que se garantizara la independencia. La nueva dirección no lo quiso, ni lo hubiera podido querer, porque ello no hubiera sido bien visto por los rusos. Tras un período de transición de algunas semanas, el "antiguo equipo" -la élite del régimen de Rákosi, sus funcionarios partidistas, oficiales de las fuerzas del interior y militares y demás dirigentes-, que al comienzo esperaba a ver lo que pasaría, más tarde se mostró mucho más servicial y se ofreció a apoyar el nuevo régimen.
 
 

Kádár logró que los máximos dirigentes de antes -entre ellos Rákosi- se quedaran en Moscú en el exilio, y que fueran expulsados de la política. Acordó definitivamente este pacto con los soviéticos en la primavera de 1957. Esta solución resultó ser crucial para él, porque así Kádár no tuvo que temer de un ataque "desde la izquierda", contra su intento de "compromiso" sui generi.
 
 

En diciembre de 1956, la dirección del POSH aprobó una resolución acerca de que los acontecimientos de octubre debían considerarse una contrarrevolución, por la cual eran igualmente reponsables la política de la dirección de Rákosi y la "traición" de Imre Nagy. Esta resolución sentó las bases ideológicas de la estructura política existente hasta fines de los años '80, y a la vez perfiló la línea política a seguir en los años posteriores.

Kádár, probablemente en el mismo momento de romper con la revolución, tomó en cuenta que la resistencia solamente podría quebrarse por medios violentos. A partir de diciembre de 1956, fueron eliminadas las organizaciones políticas y sociales creadas durante la revolución, y luego comenzó la represión. El objetivo de ésta al principio era romper la resistencia, luego: amedrentar. Entre 1958 y 1960, la represión de Kádár ya se caracterizaba por la venganza masiva.

Los factores internacionales también influyeron sobre las dimensiones de la represión. En la Unión Soviética se refrenó el proceso de reformas cautelosas. Los acontecimientos de Polonia, los movimientos de reforma que se abrían paso dentro de los partidos comunistas, y después la revolución húngara colmaron de pánico a los dirigentes soviéticos, entre los cuales volvieron a ganar terreno los stalinistas, que aún gozaban de una fuerte influencia. Todo esto, naturalmente no disminuyó, ni en lo más mínimo, la responsabilidad de la dirección del partido y del estado húngaros, y personalmente la responsabilidad de János Kádár. Tanto más fue así, porque las liquidaciones en Hungría prosiguieron aún cuando en Moscú ya había caído el grupo de stalinistas ortodoxos, encabezado por Molotov.

En su totalidad, la represión afectó a más de cien mil personas. Decenas de miles fueron internados, se incoó procesos contra 35 mil personas. Entre 25 y 26 mil de ellos fueron condenados a prisión y ejecutaron a aproximadamente 230 personas. La cúspide de la venganza la constituyó la ejecución de Imre Nagy y sus compañeros el 16 de junio de 1958. El juicio preconcebido contra el primer ministro, hecho salir con falsas promesas del amparo que le brindaba la embajada yugoslava, fue el último gran juicio político de modelo stalinista en Europa del Este. Este proceso tuvo la finalidad de consagrar la "explicación" comunista de la revolución y lucha de independencia de 1956, que intentó presentar la revolución como una intentona de golpe de estado y como el resultado exitoso de las maquinaciones clandestinas de un limitado grupo conspirador premeditado, que tenía por objetivo la restauración capitalista.

El proceso de la represión indica paralelamente el carácter restaurador del régimen de Kádár y los rasgos que lo distinguen del stalinismo de Rákosi. A pesar de que la represión era cruenta, no condujo a un estado de guerra. Limitaron el círculo de los actos y de las personas a castigar, así como -sacando las conclusiones de la revolución- también el campo de acción de la policía secreta, conservada del régimen anterior.

En junio de 1957, la conferencia nacional del POSH dio el visto bueno a la dirección y a la política desempeñadas por Kádár. En los distintos organismos del partido estaban presentes los allegados personales de Kádár, la mayoría de los cuales no disponían de un perfil político propio. Kádár indicó la esencia de la línea política a seguir de manera que a la gente (a las "masas trabajadoras") no le interesaba la política, y no formaban su opinión acerca del sistema las cuestiones políticas, sino que se formaban concepto en base a "la solución correcta de las cuestiones económicas y culturales que influían en su vida cotidiana". Por tanto, si la dirección comunista es capaz de garantizar el crecimiento en el ámbito del nivel de vida, entonces el pueblo no se dedica a la política.
 
 

Kádár veía el otro medio fundamental de la depolitización de la sociedad en la unidad de toma de decisiones políticas y del partido, basada en el prestigio incondicional del dirigente unipersonal. El prestigio de Kádár no se alimentaba de rasgos externos (culto a la personalidad), sino que provenía de su situación permanentemente céntrica dentro de la dirección ("lucha de dos frentes"), de su habilidad táctica equilibradora, de la toma en consideración de los puntos de vista de la dirección soviética y de la adaptación a los mismos. Discrepancias políticas no podían salir de forma abierta de la reducida esfera de dirigentes del partido, como frecuentemente ocurría entre 1953 y 1956.

Los comienzos del régimen de Kádár mostraban, sin duda alguna, la imagen de una restauración stalinista parcial. A fines de 1956 y comienzos de 1957 todavía funcionaban los comités de reforma que trabajaban en la crítica del régimen anterior y también sobre planes nuevos. No obstante, sus ideas pronto fueron desechadas y se restableció el sistema de dirección económica planificada. Entre 1958 y 1961 prácticamente se colectivizó toda la agricultura. En la vida cultural se llevaron a cabo, una tras otra, distintas campañas contra el "revisionismo" (la línea de Imre Nagy), el "nacionalismo burgués" (el pensamiento de independencia nacional) y los escritores populares. En 1957 también se desarrolló una efímera campaña contra el "dogmatismo" (el tipo de stalinismo propio de Rákosi). Pero todo esto, exceptuando la represión por el 1956, no estuvo acompañado de ninguna ola de violencia flagrante. Desde 1959, por algún tiempo corrieron paralelas la represión y la atenuación: todavía estaban en curso los juicios, pero también tuvo lugar la primer amnistía (limitada).

En 1961 y 1962, en Moscú se reinició temporalmente la destalinización. El dirigente del partido soviético Jruschov pensaba en grandiosos "planes de reforma", y esto influyó de manera favorable también sobre la dirección política húngara.

Para ese entonces, también la sociedad sacó las conclusiones del 1956, y comenzaba a sentir las primeras ventajas humildes de la convivencia con el régimen.

Para 1960 desaparecieron las medidas excepcionales (por ejemplo los internamientos). En 1962, a raíz de una nueva revisión de los juicios preconcebidos, purgaron a la policía política de los antiguos efectivos de la ÁVH. En 1963 se proclamó una amnistía general. La represión finalizó.

El régimen de Kádár posteriormente tampoco intentó quebrantar a grupos sociales enteros. Al contrario, a cambio de la depolitización, trató de "integrar" con distintos gestos al (ex-) campesinado medio, a la antigua intelectualidad y a la clase media. Cesó, por ejemplo, la limitación directa y violenta del aprendizaje en la enseñanza superior, la prohibición de viajar al Occidente y se hizo más libre la vida cultural. Tampoco era necesario demonstrar constantemente estar de acuerdo con el sistema, como en tiempos de Rákosi. Aquellos que no hayan hecho ningún gesto hostil, podían vivir en una relativa seguridad material. Hasta mediados de los años sesenta continuaron en la economía las olas de centralización-inversión, y el nivel de vida aumentó uniformemente, si bien no en gran medida. Aparecieron los artículos y costumbres de consumo, inimaginables en años anteriores. Grupos cada vez más amplios consideraron la estabilidad del sistema su interés directo. Tras la capitulación social de fines de los años '50, para comienzos de los sesenta se crearon las condiciones -aunque nunca declaradas abiertamente- del compromiso social.
 
 

El efecto internacional de la revolución



El proceso de distensión desplegado después de 1953, se vio perturbado por algún tiempo por la revolución húngara, pero no se interrumpió, ni ejerció tampoco influencia importante sobre su desarrollo ulterior. La tensión generada a consecuencia de la condena occidental de la intervanción soviética se manifestó sobre todo en el terreno de la propaganda y ante los foros de la ONU, pero durante todo ese tiempo las grandes potencias conservaron su disposición a negociar entre sí. De esta manera, desde la primavera de 1957 nuevamente hemos podido presenciar la vivificación del diálogo, y a partir del fin del año se inició el proceso de preparación de un nuevo encuentro cumbre Este-Oeste.

La intervención soviética en Hungría conmocionó en el Occidente sobre todo a aquellos que albergaban ilusiones con respecto a la Unión Soviética. Y más concretamente a aquellas personas de pensamiento de izquierdas que veían la Unión Soviética como posible ejemplo de un modelo social de tipo socialista. Para ellos, la revolución húngara era la prueba de si se podía realizar una variante del socialismo que pudiera unificar la práctica de la democracia política de tipo occidental con los principios de la propiedad colectiva y de la igualdad social. Por ello, el aplastamiento brutal de la revolución húngara no sólo influyó negativamente sobre los partidos comunistas de Europa Occidental, sino también sobre las secciones izquierdistas de los partidos socialistas y socialdemócratas, y contribuyó a que las tendencias de nueva izquierda y luego eurocomunistas, surgidas en los años sesenta, rechazaran el modelo soviético existente y buscaran otros modelos para un arreglo socialista.

El aplastamiento de la revolución húngara tuvo gran repercusión en la ONU. La segunda asamblea extraordinaria convocada el 4 de noviembre de 1956 por iniciativa americana para debatir la cuestión húngara, y después la sesión XI de la asamblea general, aprobó en los meses de noviembre y diciembre numeroras resoluciones que intimaron a la Unión Soviética a retirar sus tropas, y al gobierno de Kádár a que recibiera al seceretario general de la ONU y a otros observadores de la ONU. Debido al comportamiento de rechazo del gobierno húngaro, no hubo posibilidad de examinar la situación in situ. Por ello, en enero de 1957 la ONU creó una comisión especial para elaborar un informe sobre el curso y el carácter de los acontecimientos de Hungría, sobre la base de los testimonios de los participantes de la revolución refugiados en los países occidentales y otras fuentes accesibles. El informe se concluyó en junio de 1957. El documento evaluó la sublevación como manifestación espontánea de fuerza elemental del ansia de libertad del pueblo húngaro. La asamblea general extraordinaria convocada para septiembre aprobó por gran mayoría el informe. No obstante, tampoco después de esto se pudo hacer prevalecer las resoluciones relacionadas con Hungría, por lo que la asamblea general de la ONU siguió fijando cada año en su orden del día el asunto de Hungría, hasta el año 1962.

Artículo del Time el 7 de enero de 1957 (ingles)

La dirección estadounidense rápidamente sacó para sí misma las conclusiones del aplastamiento de la revolución húngara. Ante la acusación frecuentemente citada de que Estados Unidos alentó a los húngaros a sublevarse, pero luego los dejó a su suerte, la respuesta ya estuvo lista para noviembre de 1956: la política americana siempre se ha preocupado por la suerte de las "naciones prisioneras", pero nunca les había alentado a iniciar una sublevación armada contra sus opresores, equivalente al suicidio. Esta explicación logró convencer a muy pocos.

Prácticamente en esos tiempos comenzó la llamada política de aflojamiento, aplicada hasta el fin de los años ochenta, cuyo objetivo era "ablandar" los regímenes europeos orientales. Consistía en que el Occidente ejercía presión política mediante subsidios económicos, facilidades, créditos, relaciones culturales e interestatales, etc. sobre la dirección del país en cuestión, con el fin de que ésta siguiera una política interna lo más liberal, y una política exterior lo más independiente posible de la Unión Soviética.

La dirección americana ya aplicaba esta nueva política pragmática en la ONU, al manejarse la causa húngara. Dado que en la asamblea general, EE.UU. había censurado enfáticamente -sin resultado alguno- año tras año la intervención soviética, en 1960 se iniciaron negociaciones secretas entre Estados Unidos y el gobierno de Kádár. A raíz de ello, en diciembre de 1962 el asunto húngaro fue retirado de la agenda de la ONU, y en 1963 se concedió amnistía general a la mayoría abrumadora de los presos condenados por su participación en la revolución de 1956.
 
 

Los refugiados



En los meses posteriores al aplastamiento de la revolución, aproximadamente 200.000 personas abandonaron Hungría. Los refugiados, antes de que se hayan establecido en los distintos países occidentales, han pasado más o menos tiempo en campamentos de refugiados en Austria y Yugoslavia. Los gobiernos y las organizaciones sociales occidentales ofrecieron incluso antes del 4 de noviembre socorro en la forma de importantes cantidades de alimentos y medicamentos para ayudar a los húngaros, pero debido a la segunda intervención soviética, solamente una parte de dichos transportes pudo llegar a Hungría.

En noviembre, a raíz del llamamiento de la asamblea general de la ONU, se desplegó una campaña mundial para socorrer a los refugiados húngaros y promover su establecimiento en el Occidente. Estados Unidos estuvo a la vanguardia de esta acción, y el día 2 de noviembre ofreció apoyo por el valor de 20 millones de dólares a Hungría, asistió generosamente a los húngaros que se establecieron en su territorio y también brindó asistencia a otros estados para acoger a los refugiados. Estados Unidos también corrió en gran medida con los costos de mantenimiento de los campamentos de refugiados en Austria. La mayor parte de los refugiados húngaros -aproximadamente 80 mil personas- encontró una nueva patria en América del Norte, mientras que en Inglaterra se establecieron 22.000, en la RFA 16.000, en Suiza 14.000 y en Francia 13.000 refugiados.

Csaba Békés - János Rainer M.

colaboradores del Instituto de 1956