Son dos urbes separadas por el Danubio, Buda y Pest. En ellas se funden la belleza y la tragedia, la añoranza y la pasión por la vida.

Texto: Hermann Tertsch.
Localizaciones: Marcelo Nagy.
Fotografía: Lászlo Bóna.

BUDAPEST ES, COMO pocas ciudades europeas, una urbe fluvial. El Danubio, espectacular ya desde las tierras bávaras de Passau, adquiere en la capital de Hungría la magnífica solemnidad que lo convierte en el emperador de los ríos europeos y en la vía de civilización por antonomasia entre Oriente Próximo y la Europa norteña, entre los Balcanes y los focos de cultura y desarrollo en el corazón del mundo románico y gótico. Es una paradoja histórica que un pueblo como el húngaro, llegado en torno al siglo X a Centroeuropa desde las estepas asiáticas, un pueblo guerrero, jinete y cazador, acabara construyendo, con infinitas aportaciones de todo el mosaico de pueblos de la región, como alemanes, judíos, checos, eslovacos y polacos, una de las ciudades más fascinantes del viejo continente.

Budapest es Buda y Pest. Están divididas por el gran río, que ha sido todo con sus inmensas masas de agua durante siglos, frente militar, vía de salvación de pueblos enteros, fuente de riqueza comercial y veta infinita de cultura. Buda es la vieja ciudad medieval sobre la colina. Pest es el ensanche de la gran urbe que surgió cuando la ya unificada Budapest se convirtió en segunda capital con Viena de un gran imperio. Fue escenario de grandezas durante siglos, de rebeliones fascinantes, como la de 1848 o 1956, y de grandes miserias, como la deportación de la inmensa comunidad judía de la ciudad.

Todo está presente hoy, para el viajero, en la ciudad. Sinagogas y mauso leos, héroes de la épica magiar y cafés de las conspiraciones decimonónicas y anticomunistas. Es una gran ciudad melancólica en la que se funden la belleza y la tragedia. Hay muchas razones y también mucho sentimiento. En ninguna ciudad europea se suicida tanta gente. Hubo que prohibir hace décadas la canción Domingo sangriento por la disposición de tantos de matarse por melancolía. Dicen que son añoranzas de un pueblo milenario venido de lejos. Pero en muy pocas se puede percibir tanta pasión por la vida como en estas dos ciudades convertidas en una, Buda y Pest, por las que se puede recorrer la historia de Europa, con sus monumentos y los muñones de sus tragedias y batallas. Budapest es, siempre, una ciudad de ensueño.