LOS PARAÍSOS TERRENALES Y SUBMARINOS EXISTEN Y EN ELLOS HABITAN ESPÍRITUS, PECES Y ELEFANTES

Carina Maguregui


Los paraísos existen y en el mar de Andamán, sur de Tailandia, están las islas Phi Phi para demostrarlo. La más pequeña de las dos Phi Phi es la más espectacular, con sus acantilados de piedra caliza de cientos de metros de altura que se hunden en el mar y sus innumerables cuevas secretas con pequeñas calas de arena blanca y aguas color esmeralda.

La Bahía de Maya es un lugar de ensueño, con dos o tres playitas prácticamente vírgenes plagadas de una vida submarina inimaginable al abrigo de uno de los arrecifes de coral más espectaculares del mundo entero.

Phi Phi Le también es famosa por esconder entre sus tesoros una cueva inmensa, del tamaño de una catedral, cuyo interior está tapizado por estalactitas y estalagmitas donde anidan las golondrinas de mar.

La gruta es conocida como la Cueva del Vikingo, debido al parecido con las embarcaciones vikingas de algunas de sus antiguas pinturas murales, cuyo origen es, no obstante, desconocido.

A la cueva puede llegarse en pequeñas embarcaciones durante la estación cálida y en barco de mayor calado en la época de los Monzones cuando los vientos y las lluvias torrenciales pueden dificultar el cruce desde la Phi Phi Don a la Phi Phi Le. Por suerte, la corriente de El Niño había atrasado la estación de las lluvias y pude gozar de un verano alucinante para explorar las Phi Phi.

Tanto las grutas de la Bahía de Phangnga, otro paraíso terrenal tailandés declarado parque marítimo nacional por sus más de cuarenta islas y por sus irrepetibles manglares, como la cueva del Vikingo en Phi Phi son para disfrutar con linterna.

Hace milenios, la Bahía de Phangnga era una extensión de tierra seca con algunas montañas de caliza. El mar invadió la tierra al fundirse los glaciares, aproximadamente diez mil años antes de nuestra era y de las altas montañas no quedaron más que algunos picos que hoy asoman sobre la superficie del agua creando uno de los escenarios más sorprendentes del planeta y exponiendo sus cuevas a quien quiera atrevérseles.

Sólo una de las tantas islas de la Bahía de Phangnga, la llamada Koh Panyi, está habitada por una pintoresca villa flotante de pescadores musulmanes de apenas cuatrocientos habitantes. La población se sitúa al pie de una impresionante pared de caliza que la protege de los monzones y las casas están construidas en el agua, sobre gruesos pilares de manglar y cemento.

Sin ninguna duda, es una experiencia maravillosa pisar Koh Panyi y luego partir a explorar las cuevas del resto de las islas. Internarse en esos laberintos interminables con linternas y con cuidado para descubrir las formaciones caprichosas que el tiempo ha esculpido con talento y paciencia dignos de admiración. Dentro de ellas, uno se siente tragado por el mar, iniciado en misterios que invitan a imaginar cuánto antes que nosotros o de la idea misma de nuestra existencia esas esculturas silenciosas ya eran testigos del devenir.

Hubo momentos en los que me sentí como los tripulantes del Nostromo recorriendo aquel set diseñado por Giger para el film Alien. Iluminaba con mi luz artificial esas formaciones que según el ángulo de incidencia bien podían presentarse como teratológicas o celestiales. Bajaba la cabeza para que los murciélagos no me rozaran inesperadamente. Hasta un punto en que aún la desesperada curiosidad sugiere el repliegue. Vaya a saber uno que hay más allá y a mi no me pagan tanto como a Sigourney Weawer por jugar el rol de la teniente Ripley.

La cueva del Vikingo en Phi Phi Le tiene otro atractivo que la distingue: los nidos de golondrina. El ingrediente principal de la sopa de nido de pájaro -platillo muy cotizado entre los Tais- proviene de esta gruta. Un pequeño vencejo con cola en forma de horquilla, conocido como Callocalia esculenta, que anida en acantilados y cuevas altas es el responsable de manufacturar los tan buscados manjares.

Los nidos de aproximadamente cuatro centímetros de diámetro están construidos con una sustancia pegajosa que el pájaro segrega en forma de tiras largas y que seca al contacto con el aire. Dichos nidos son recogidos en determinadas épocas del año por gitanos del mar (Chao Ley) que trepan valientemente por largas escaleras y andamios de bambú -hasta de 70 metros- a menudo en la más absoluta oscuridad.

Donde no hay oscuridad y si una luminosidad increíble es en el mundo submarino. Los arrecifes de coral que rodean la mayor parte de las islas de Tailandia están formados por los esqueletos de multitud de pólipos, animales primitivos que se alimentan de plancton. Los corales que aquí cubren amplias zonas submarinas tienen un crecimiento muy lento, para tener una idea aproximada basta pensar que un macizo necesita más de dos mil años para crecer un metro.

La variedad de formas y colores de los corales puede llegar a conmocionar cuando uno desciende a bucear en esas aguas cálidas y es toda una fiesta para la vista y el espíritu poder compartir el hábitat de igual a igual con los peces payaso, con las temibles morenas, con el pez emperador, los cirujanos azules, los papagayo comiendo coral, las cabelleras de las anémonas, los gusanos gigantes de mar y una lista interminable de curiosos seres de otro mundo que está dentro del nuestro. De tanto en tanto algún pececito osado se acerca tanto a la luneta que parece que pretende meterse en nuestros ojos.

La fiesta para el espíritu en Tailandia no está sólo bajo las aguas más cristalinas del mundo sino en tierra también. El culto a los espíritus, muy anterior a la llegada del budismo, sigue vivo. Estos seres invisibles llamados phi, viven en los árboles, las cavernas y los cursos de agua, las casas, los arrozales o las ciudades. Se manifiestan a los hombres en sueños. Para ganarse su protección y llevar una vida armoniosa y próspera conviene satisfacerlos a fin de neutralizar sus poderes. Para ello, los tailandeses se cubren de amuletos y para evitar que los phi vaguen sin fin molestando a los hombres les construyen casitas en las que colocan a diario pequeñas ofrendas.

Creo que una de las cosas más bellas y que más me llamaron la atención a lo largo de todo mi recorrido por Tailandia fue este culto a los espíritus y este verdadero desarrollo de lo que daría en llamar la pequeña arquitectura de las casitas o moradas de espíritus.

Toda casa, tienda, comercio, hotel, mercado, parada de autobus, hospital y aeropuerto del país tiene una casita para albergar espíritus. Es hermoso navegar a través de los canales que cruzan Bangkok y otras ciudades viendo cómo las casitas de los espíritus preceden a las casas de los hombres. Las hay de todos los tamaños y diseños posibles. Desde réplicas exactas de casas tai tradicionales hasta verdaderos templitos budistas en escala de colección. Por supuesto, las del pueblo son mucho más humildes que las que lucen las entradas de los grandes hoteles o shoppings pero todas tienen su encanto. De noche, algunas se iluminan con velas y otras con luces parecidas a las que lucen los árboles de navidad.

Merecen un comentario aparte las ofrendas que los tais colocan en las casitas. En pro de la armonía y el bienestar general, el espíritu guardián de una casa es aplacado diariamente por sus habitantes con tributos. Los trabajadores, tenderos y empleados también presentan ofrendas al espíritu de su lugar de trabajo, como lo hacen los bailarines y actores antes de actuar. Por ejemplo, los tenderos chinos suelen tener una casa para los espíritus locales y un pequeño santuario pintado de rojo dedicado a la fortuna.

Las ofrendas son de lo más variadas y van desde pequeños platos con sopa, agua mineral, botellas de gaseosa, tazones de arroz, bananas, hasta tallitas en madera de elefantes, budas y brahmas. Las flores de loto, las varitas de incienso y las velas simbolizan la fragancia de la vida, su carácter pasajero y lo efímero de la belleza.

Yo no pude con mi genio y crucé el mundo con una casita tai de arquitectura norteña, construida en madera de teca, de unos sesenta centímetros de alto por otros cuarenta de ancho. Ja-ja-ja, me costó traerla pero hoy representa el eje de los juegos de mi gata Pally que se entretiene tirando las pequeñas ofrendas. Así sólo va a conseguir enfurecer a los espíritus aunque dicen que los animalitos tienen un dios aparte. No sé nada de dioses o de espíritus pero me parece una tradición muy tierna.

Y hablando de animales quedé pasmada al asistir a la única escuela del mundo de elefantes bebés. Sí, leen bien. Existe una escuela de entrenamiento de pequeños elefantes en el norte de Tailandia -cerca de la ciudad de Lampang- donde el uso de los mismos para trabajar en la industria maderera todavía es tradición.

Los elefantitos empiezan la escuela recién a los tres años cuando se produce el destete y a partir de ese momento asisten a clases en una especie de parque-reserva natural donde se preparan en el dominio de las artes laborales. Cada uno tiene asignado un instructor tai que será su compañero de por vida y con el que aprenderá a trabajar en equipo. Los bichos monumentales -los hay de todas las edades cursando diferentes grados- tienen un talento extraordinario y una nobleza y fidelidad que sinceramente emocionan hasta las lágrimas.

Cuánto nos falta aprender de estos maravillosos seres. Mientras tanto mi gata Pally, sigue jugando en la casita de los espíritus...está bien...se lo merece.