50 Años de la República Federal de Alemania


La Ley Fundamental fue proclamada el 23 de mayo de 1949; en esa fecha nació la República Federal de Alemania. Con ocasión de este cincuentenario, el Presidente Federal saliente, Roman Herzog, pronunció el discurso solemne en el edificio del Reichstag berlinés. Esa alocución ha sido su último gran discurso como máximo representante del Estado alemán. Herzog recordó principalmente los fundamentos del Estado democrático, y demandó retomar la "idea de la libertad". Publicamos extractos de su discurso.



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Con ocasión del cincuentenario de la fundación de la República Federal de Alemania, el Presidente Federal saliente, Roman Herzog, pronunció el 24 de mayo de 1999 el discurso solemne en el edificio del Reichstag. A continuación presentamos extractos de la alocución de despedida del séptimo Presidente Federal.

En los últimos cincuenta años, Alemania ha recorrido un largo camino: al término de la segunda guerra mundial, no solamente las ciudades estaban en ruinas. Nuestro país también estaba destruido moralmente, y proscrito por el mundo. Sin embargo, el pueblo alemán sacó las lecciones adecuadas de la dictadura y la opresión que había vivido. Nuestros padres se propusieron una senda diferente y mejor, y lo consiguieron: hoy, Alemania es una democracia sólida, un fuerte socio económico y un país con gran bienestar. Y sobre todo: por primera vez en su historia, Alemania mantiene relaciones amistosas con todos sus países vecinos e impulsa la integración pacífica de Europa. (...) Nadie se lo hubiera podido imaginar hace cincuenta años, cuando se fundó la República Federal en el occidente alemán – e incluso hace diez años no era algo obvio, cuando los ciudadanos de la RDA empezaron a oponerse a la dictadura imperante. No hemos conseguido la reunificación del país en contra de la comunidad de Estados, sino con su aprobación y en amistad con ella. La Ley Fundamental, que entrara en vigor en 1949, y sus principios – libertad, justicia, tolerancia y vocación por la paz – estuvo al comienzo de ese proceso, y ha sido su motor decisivo.

Los cincuenta años de existencia de la República Federal de Alemania significan asimismo que de ellos, cuarenta años han sido de un pasado dividido. Por cierto que en ese tiempo no dejamos de ser una nación, y por supuesto que hoy lo seguimos siendo. Pero somos una nación con diferentes experiencias, y en consecuencia con diferentes percepciones; en esos cuarenta años – a pesar de todos los bellos discursos – se acumularon más diferencias de lo que creíamos y esperábamos en el momento de la primera euforia por la unidad nacional que habíamos recobrado. Es por cierto un hecho amargo, pero no debemos ignorarlo ni restarle la importancia que verdaderamente tiene. Por el contrario, siempre debemos tenerlo presente y actuar en consecuencia. Y ello se conseguirá únicamente si los ciudadanos en la parte occidental y la oriental están siempre dispuestos a comprender y respetar cabalmente los recuerdos y las biografías que emanan del pasado dividido. Siempre he buscado ese diálogo común entre los alemanes orientales y occidentales, y las experiencias que he recogido son las más conmovedoras de todo mi período en funciones. La principal experiencia es que el camino hacia la mutua comprensión pasa por una franqueza absoluta y el apego a la verdad, por ambas partes. Los términos que disfrazan la situación, sean bien o malintencionados, no significan ninguna ayuda. Yo quisiera que todos lo hubieran comprendido. En ambas partes.

Muchas personalidades contribuyeron a conformar la faz actual de Alemania: la voluntad de Konrad Adenauer de integrar firmemente la antigua República Federal en la comunidad occidental, la disposición de Kurt Schumacher de apoyar constructivamente esa vía desde la oposición, el puente al este que tendiera Willy Brandt, y la consecución de la unidad estatal por parte de Helmut Kohl. Deseo señalar además el logro que ha significado la integración de millones de alemanes desplazados después de la segunda guerra mundial, así como la formación de una economía social de mercado sobre las ruinas que dejó ese conflicto bélico. Recuerdo la reconciliación con Israel. Recuerdo a los alemanes orientales que mantuvieron su independencia bajo un régimen opresivo cada vez más dudoso, y recuerdo asimismo a los combatientes por los derechos cívicos, cuya voluntad libertaria llevó finalmente al desplome a ese sistema.

La democratización de nuestra sociedad es también uno de aquellos grandes logros que le dieron su impronta al rostro de nuestro país. No se trata solamente del espíritu que guía la actuación de los políticos. La forma cómo nuestra sociedad se percibe a sí misma está unida también a muchos otros nombres, por ejemplo de periodistas e intelectuales, de artistas y ensayistas. Una sociedad no vive nunca solamente por medio de su Estado o de la política; ella es la que produce los cambios, actuando en su conjunto. Es algo que también hemos visto, en este y oeste, a menudo en el marco de fuertes controversias, que no obstante nos hicieron bien.

Antes de la fundación de la Repú-blica Federal tuvimos las amargas experiencias de la guerra, del ho-locausto, del desprecio de la dignidad humana y de la libertad. Habíamos llegado al fondo más es-pantoso de nuestra historia, y esas experiencias marcaron profundamente la mentalidad de la generación de fundadores. Pero lo tiempos cambian. Cada vez menos personas vivieron la época de la guerra, o incluso la preguerra, y los arquitectos de la reconstrucción están dejando el escenario. Además, el cambio generacional acalla paulatinamente a los contemporáneos del holocausto, – y no sólo a ellos. Están perdiendo su nitidez los recuerdos de la persecución y del genocidio, de guerras y deportaciones, de los terribles bombardeos nocturnos, de las prohibiciones de hablar y pensar. También esas experiencias marcaron la mentalidad de toda una generación, mucho más de lo que lo pueden conseguir las imágenes de televisión de nuestros días. Por esta razón, esas experiencias deben ser transmitidas a las generaciones venideras de la mejor manera posible. Esta es nuestra obligación ante la historia.

Con las generaciones cambian la percepción y los recuerdos. (...) El pasado vivido empieza a transformarse en historia. Hace ya mucho que la generación de posguerra ha asumido responsabilidad política, y hoy una generación muy joven se encuentra lista para asumirla, una generación con una biografía muy diferente, otra cultura de la discusión, con preguntas completamente nuevas y otras respuestas. Así es la naturaleza humana, y ninguno de nosotros, los mayores, debiera condenarlo. Pero debemos exigir que la próxima generación tome conocimiento de nuestras experiencias, también de aquellas que emanan de los errores. Así podrán evitarlos. Y esta es una tarea de la que naturalmente nadie está eximido: ni los padres ni los maestros, ni los autores de libros escolares ni los periodistas, ni los políticos ni las iglesias. Solamente así surge un recuerdo colectivo, sin el cual no hay ni identidad nacional ni responsabilidad nacional.

Pocos meses antes del comienzo de un nuevo siglo, la tarea principal es preservar la idea de la libertad y trasmitir la conciencia de su valor. La libertad y la democracia no son bienes naturales. Sobre todo aquellos que nunca sufrieron en carne propia la experiencia de la dictadura lo ignoran a menudo; la libertad es como el aire para respirar: se toma conciencia de él cuando a uno se lo quitan. Nunca antes la libertad personal ha sido tan amplia como ahora, y la pluralidad de las formas de vida nos ha significado una sociedad muy diversificada y rica. Es algo positivo y corresponde con aquella imagen del hombre que sirvió de base de la Ley Fundamental. Si conseguimos reconocer en esa diversidad los elementos comunes, que nos caracterizan en igual medida, y podemos fortalecerlos – solamente entonces la coexistencia tolerante se convertirá en una cooperación que nos permitirá encarar los desafíos del porvenir.

Nuestro Estado es sobre todo un Estado de derecho libertario, que garantiza y asegura los derechos y la dignidad de sus ciudadanos. Cuando los miembros del Consejo Parlamentario formularon el artículo 1 de la Ley Fundamental («La dignidad del hombre es intocable»), no tenían la intención de postular un principio huero, sino de formular un claro rechazo a todo totalitarismo y abuso del poder estatal. Ellos querían formar un Estado al servicio del hombre, no que el hombre estuviera al servicio del Estado. Ese postulado comprende también una exigencia a todos los ciudadanos: que usen su libertad para configurar su destino y el de la sociedad. Esta es una condición indispensable de la libertad, puesto que la libertad individual no existe por sí sola. Unicamente juntos podemos ser libres.

La libertad no funciona si el individuo sólo reclama derechos para sí y deja la responsabilidad sobre los hombros de los otros – trátese del «Estado» o de una «sociedad» sin nombre. Sin la participación del individuo en aras de la comunidad, a largo plazo toda comunidad fracasará como tal. Y la libertad es más que la mera ausencia de represión. Siempre debemos preguntarnos para qué la utilizamos, qué contenido y cuál sentido queremos darle. La libertad necesita también inteligencia y fantasía, así como valores e ideales. Ellos son la principal condición para criticar en forma fundada la respectiva realidad, y para pensar en las po-sibles alternativas. El manejo responsable y adecuado de la libertad no se produce por ge-neración espontánea, y ello significa que to-dos estamos llamados a enseñar y a transmitir cómo se debe manejar la libertad: los padres, las escuelas, las instituciones – y también los medios. (...) Finalmente, libertad significa asimismo asumir la responsabilidad de la propia actuación. La responsabilidad es la consecuencia ineludible de la libertad. (...)

La democracia y la libertad se enfrentan hoy a dos grandes retos: ¿cómo podemos seguir creando bienestar ante el trasfondo de una economía en proceso de globalización, y cómo podemos preservar en esta empresa la meta de la justicia, si es que es posible implantarla entre los hombres? También gracias a que con ellas llegó el bienestar, la democracia y la Ley Fundamental han obtenido en Alemania el reconocimiento actual. La exitosa historia de la República Federal antes de la reunificación ha sido, por lo tanto, también la historia del éxito de la economía social de mercado.

Pero, ¿qué sucederá si alguna vez ya no hay excedentes a repartir, o son más reducidos que antes? ¿Empezará a tambalear también la aprobación general a nuestro orden social libertario? Al final, ¿parecerá ser más atractiva la meta de la igualdad que la promesa de libertad? La superioridad de la economía social de mercado frente a toda economía planificada ha sido una de las principales experiencias de las décadas pasadas. Sería equivocado empero creer que la economía social de mercado es algo estático. Sus reglas de juego deben adaptarse permanentemente a la evolución de la técnica, de la economía y de la sociedad. Asimismo, la economía social de mercado no significa una competencia desbocada de todos contra todos, donde gane el más fuerte. Ella demanda un conjunto de reglas que organice el equilibrio de las fuerzas, que proteja a la competencia ante los monopolios dominantes y que tome en cuenta la responsabilidad social de la propiedad. No podemos ignorar sencillamente el cambio tecnológico y la consecuente globalización. Sin embargo, en nuestro país podemos tratar de minimizar los riesgos individuales, y globalizar hacia el exterior los principios básicos de la economía social de mercado. Precisamente porque estamos convencidos de que solamente la economía social de mercado puede asegurar el bienestar general y con ello la paz social, debiéramos luchar por sus principios básicos, también en otros ámbitos: a nivel europeo y en las decisiones sobre el futuro orden global.

En este ámbito, nosotros los políticos tenemos la tarea de preparar a la gente a la economía global de mercado, sin propagar el miedo con cuentos de horror. Pero debemos decirles con toda franqueza que nuevamente tenemos que ser mejores que los demás si queremos conservar nuestro bienestar y, sobre todo, nuestro sistema social, por lo menos en parte. Para conseguirlo necesitamos más disposición a los cambios de lo que veo actualmente. Para mí, los cambios no significan un despegue sin destino o un accionismo alocado. Por el contrario: en épocas de cambios es a menudo mejor y más efectivo no olvidar los fundamentos verdaderos de nuestro orden. (...)

Cuando en estos días se habla sobre la situación de nuestro país, es difícil no convertir el Kosovo, y con ello la política exterior, en el tema central. No obstante, a pesar de los acontecimientos actuales no debemos olvidar que los últimos diez años de la política exterior alemana han conllevado un cambio profundo. Hemos conseguido alcanzar la unidad alemana con el consentimiento de nuestros vecinos. Hemos conseguido superar la profunda desconfianza ante este gran país ubicado en el centro de Europa. Hemos alcanzado progresos en la construcción de la Unión Europea que antes parecían inconcebibles.

Los cambios de los últimos diez años son aún más profundos: la labor en aras de los derechos humanos se ha convertido en una directiva de la política exterior alemana. «La dignidad del hombre es intocable» – esta frase clave de la Ley Fundamental debe tener validez más allá de nuestras fronteras, y una política exterior concebida a largo plazo debe hacer de la idea de la libertad el mensaje central de Europa para el mundo, puesto que la libertad es el único fundamento en el que pueden florecer la paz, el respeto de los derechos humanos y la solidaridad global. Por esta razón, nuestra meta debe ser hacer de la libertad un derecho ciudadano mundial. La combinación de democracia, de protección universal de los derechos humanos y de la formación de un sistema económico global abierto y social como estrategia global de paz – éstas son las metas a largo plazo que el acontecer diario no puede hacer que olvidemos.

En Kosovo ha quedado en claro cuán relevante son en verdad las preguntas sobre nuestros valores. En este campo, la realidad nos impone a nosotros los alemanes una nueva visión de las cosas. Entretanto ya se sabe que no basta con demandar los derechos humanos; tienen que ser puestos en práctica. Y en caso extremos tienen que ser impuestos. A menudo, este postulado ha exigido que tomemos decisiones muy difíciles.

Han desaparecido aquellos debates en los que se postulaba que Alemania, debido a su pasado, no podía realizar un aporte militar para proteger los derechos humanos y la dignidad del hombre. Y también se ha acallado ese argumento – por cierto de poco alcance – que afirmaba que no podemos actuar en Europa porque nos faltan las fuerzas para hacer lo mismo en todo el mundo. Ahora y en el futuro, el uso de la fuerza militar solamente puede ser la «ultima ratio». Hay que sopesar todos los elementos de la manera más cuidadosa, también los medios que se emplea, y en ningún momento hay que perder de vista la meta política principal, a saber la paz y el respeto de los derechos humanos. Sin embargo, la experiencia de la dictadura nos obliga en forma especial a intervenir en aras de la libertad. Es la única manera de retribuir lo que a nosotros nos fue dado.

Independientemente de estas consideraciones, en estos días los alemanes dedican sus pensamientos y sus sentimientos a las víctimas de la guerra y los refugiados. En particular, los dedicamos a nuestros soldados, que también en estos minutos están arriesgando su vida y su integridad física en aras de la paz y de los derechos humanos; también pensamos en sus familias, que temen por ellos.

En los cinco años que he ejercido el cargo de Presidente Federal, y que ahora llegan a su fin, he tenido la oportunidad – como quizás pocos la tienen – de ver nuestro país en toda su diversidad. He visto un país con muchas fuerzas vivas, un país en los que muchos, sobre todo los jóvenes, participan en la vida común – sea en grupos pequeños o grandes, a favor de objetivos de actualidad o a largo plazo, sea por el medio ambiente o por el barrio donde viven. En este ámbito hay un mo-vimiento infinito. Naturalmente que también hay indiferencia, arribismo y egoísmo, pero también está allí el idealismo de aquellos que actúan con responsabilidad, así como esa disposición a ayudar, sea espontánea o concebida con largo aliento, es decir, esa disposición a responder con seriedad ante el llamado de la comunidad. También he visto como muchos toman su futuro en sus propias manos: jóvenes empresarios que se han atrevido a independizarse, científicos de punta y entusiastas investigadores. He conocido a muchas personas que con nuevas ideas incrementan la calidad de vida de sus ciudades y regiones. He conocido a mujeres y hombres que sin mucho dinero pero con muchos conocimientos aprovechan las posibilidades que ofrece la red Internet, que constituyen nuevas empresas y crean así nuevos puestos de trabajo. He hablado con mucha gente joven, cuya despierta inteligencia y deseos de hacer cosas prácticas me han entusiasmado y conmovido. Sobre todo en mis encuentros con la gente de los nuevos Estados federados he constatado también ese espíritu pionero. Después del impacto psíquico que para muchos significó el desplome de estructuras que parecían eternas, precisamente allí hay un nuevo espíritu que con decisión se ha propuesto aprovechar las oportunidades que ofrecen la libertad y la autodeterminación. Me ha dado esperanza también ver cuántos esfuerzos se despliegan para mejorar la coexistencia de alemanes y de extranjeros. Tanto dentro como hacia afuera ha comenzado el diálogo entre las culturas, y no se ignoran los grandes problemas que existen en este campo.

Lo que aquí suceda determinará en gran medida el futuro de nuestra sociedad. También la política educacional, que durante mi periodo ha tenido para mí una gran importancia, se ha puesto en movimiento. Al fin hemos tomado la decisión de no contentarnos con un puesto en el mediocampo internacional. Al fin hemos comprendido que en este campo – el más importante para nuestro futuro – necesitamos mayor libertad y propia responsabilidad.

Con confianza podemos entrar en el siglo XXI. Ese siglo será el de una generación que es capaz, franca y tolerante. Una generación que acepta su pasado y precisamente por ello marcha con confianza hacia su porvenir. Una generación que toma en sus manos el principal legado que nosotros le podemos entregar: libertad, justicia y democracia. - Roman Herzog


Fotos: action press, Schultes/action press

FUENTE: Revista Deutchland

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