La Inversión en el Conocimiento

 

Verdadera locomotora de la historia, la ciencia moderna es la principal fuerza productiva de nuestra época. El progreso técnico y material de las sociedades, la generación de innovaciones que han posibilitado la unificación del mundo a través de dispositivos informáticos y visuales, la extensión del promedio de vida y hasta la conquista del espacio son todas realizaciones de la ciencia moderna.

Esta forma específica de producir conocimientos debe su eficacia al entrelazamiento que ha conseguido con la economía y con las instituciones políticas y culturales. Pero es obvio que este nivel de inserción ha sido logrado en las naciones más desarrolladas, a punto tal de convertirse la ciencia en la palanca de crecimiento de esas sociedades, circunstancia que a su vez explica por qué es en los países más avanzados donde se registra la mayor inversión en ciencia básica y aplicada.

En cambio, en los países subdesarrollados no se presenta más que en mínima escala la dinámica innovadora que aporta la ciencia a la sociedad. En esa geografía se suele carecer de dispositivos científicos y el retraso material convive con la oscuridad ideológica.

Nuestro país, alejado de ambos extremos, cuenta con una importante tradición en el terreno de la investigación científica, que le permite ser la única nación latinoamericana que registra tres premios Nobel en áreas científicas. Pero estos logros del pasado corren el riesgo de disolverse en un horizonte de incertidumbre como el que presenta la ciencia argentina en la actualidad.

La situación crítica queda al descubierto en el último Informe de la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología, el cual señala que la Argentina apenas invierte 45 mil dólares por cada investigador de jornada completa mientras que los países centrales destinan una suma tres o cuatro veces mayor. Además, este nivel de inversión está muy por debajo de la media latinoamericana —ubicada en 75 mil dólares—. El Informe expresa que el país destina el 0,42 por ciento del Producto Bruto Interno a investigación y desarrollo, bastante menos que el 0,76 por ciento que invierte Brasil o el 0,63 por ciento que asigna Chile.

Además de la desinversión, el sistema científico argentino se encuentra en una situación crítica por la carencia de una estrategia bien articulada para todo el sector, con capacidad de aprovechar y estimular los recursos existentes.

Un ejemplo de ello está dado por el Conicet, pieza clave de nuestro aparato científico, que acaba de recibir una serie de cuestionamientos de parte de la Sindicatura General de la Nación por mantener, en 1999, un sistema de control interno "débil". Por su lado un Ex-presidente del Conicet, reconoció que había un cierto relajamiento de las normas de control de gestión académica.

De esta forma, tanto cuantitativa como cualitativamente, se registra un cuadro desalentador en materia científica, que es necesario revertir para que en nuestra comunidad se produzcan, difundan y utilicen los beneficios derivados de la ciencia y de la técnica. Y para darle un buen porvenir a la investigación y al desarrollo científico es imperioso que se implemente una política racional y sostenida, capaz de multiplicar la cantidad y la calidad de la actividad científica que se lleva adelante en el país.

FUENTE: CLARIN Martes 28 de noviembre de 2000