1960-1970 JULIO CORTAZAR

 

EN LA DECADA DEL 60

Por Graciela Maturo

Fue Julio Cortázar un auténtico "cuarentista" neo-romántico, como lo prueban sus primeras obras, en las que germina la singular trayectoria que lo diferencia de aquel grupo. En él confluían una seria formación clásica, que permitió trabajos de riguroso scholar como los publicados en los años '50, y un temple inicialmente religioso, que asoma en su primer libro "Presencia" (1938), donde siguiendo a los poetas del Siglo de Oro Español, compara a Cristo con Orfeo. Desprendido luego de tutelas dogmáticas, sigue persistiendo en él un desesperado y a veces esperanzado afán de unidad, y una honda percepción del misterio real, en el que descubre ritmos y analogías sorprendentes. La publicación de "Rayuela" (1963) tuvo el carácter de un acontecimiento cultural para los países de habla hispana, antes de convertirse en un signo válido para representar la crisis occidental de los años '60. Un observador tan sensible como Julio Cortázar no podía dejar de advertir plenamente el cambio que se insinuaba en la cultura europea con el advenimiento de la cibernética, y la creciente distancia, no solamente técnica sino cultural y epistemológica, abierta entre los pueblos latinoamericanos y el mundo del hiperdesarrollo, distancia que sólo en forma parcial y epidérmica se ha acortado en los finales de siglo a través de la creciente incorporación de un nuevo estilo de vida.

¿Cómo regirnos, se preguntaba Olivera-Cortázar, el traductor de la UNESCO, desconcertado ante el "Club de la Serpiente", por "mancias" ancestrales aún vigentes en grandes franjas de la tierra, o por las nuevas tecnologías?
Con la misma pregunta nos interpela hoy el cine de los iraníes, en la más drástica transformación que vive el planeta.

Era lógico y esperable que el escritor sudamericano, nacido por un azar significativo en Bruselas, estuviese cinco años después alentando vivamente aquella simbólica manifestación juvenil de mayo del '68 que sintetizó sus aspiraciones bajo el lema "La Imaginación al Poder". Fue el gozne necesario para una posterior adhesión de Cortázar, a medias vuelto de la utopía poética, a la Revolución Cubana, y con ello de alguna manera a la transformación política americana que había repudiado él mismo lo confesó-con su exilio, aunque debemos tener en cuenta que ese apoyo fue siempre condicionado al mantenimiento de su individualismo estético, su rebeldía rimbaudiana, su aspiración metafísica.

La obra de Julio Cortázar gira alrededor del artista - buscador, perseguidor, protagonista de experiencias alógicas vigiladas por un agudo espíritu de análisis, como lo prueba uno de sus últimos Libros "Los Astronautas de la Cosmopista", suscripto juntamente con Carol Dunlop, y publicado veinte años después de "Rayuela". El espíritu de juego, presente en textos y dibujos, no borra la intención de desnudar la condición humana en sus posibilidades y aporías. Sin olvidar la preocupación por su patria, víctima por entonces de uno de los aberrantes procesos militares que ha sufrido en su historia, Cortázar emprendía un "viaje atemporal", así lo llamó, que no era sino una más de sus tentativas de perforar el tiempo, acceder a una "zona metafísica", vislumbrar la experiencia de ese "vivir poético" que ha sido meta del artista romántico.

En "62. Modelo para armar ", partiendo de la nota 62 de "Rayuela", construye un sistema de "imágenes analógicas", aplicando a la obra una estructuración interna que corresponde a su poética. Su visión del mundo tiende una vez más a reducir lo real a imágenes significantes que entran en juego con otras figuras componiendo los planos de un extraño caleidoscopio.

"Rayuela" queda en nuestra literatura como el momento de ruptura, crisis institucional, trasvasamiento de lo literario, provocación al lector. En la línea de "Adán Buenosayres", novela que Cortázar valoró tempranamente, pero invirtiendo su rumbo de retorno a la fuente por el estallido y la incertdumbre, Cortázar entregó su novela suma que reunía sus meditaciones sobre realidad -irrealidad, conocimiento, acción, música, amor -sexo, incomunicación, antipsicología, antropología, metafísica. No obstante, en ese itinerario dialéctico se fueron intercalando episodios de otro signo a los cuales los diálogos y discusiones sirven de comentario y trasfondo. Así la relación de la Maga y Rocamadour, o el encuentro del artista accidentado con la "clocharde" (que evoca el de Adán con el linyera), intensificando una línea no intelectual, de participación cósmica y amorosa. Acaso se propuso Cortázar una ascesis cumplida por el desnudamiento, la humillación del intelecto, la piedad por el hombre... "lo único decente era ir hacia atrás para tomar el buen impulso, dejarse caer para después poder quizás levantarse". Cortázar termina entendiéndose con el lector como si el tejido estético fuera un obstáculo. Practica una neyka o descenso humorístico para mostrar que el hombre viejo debe morir y dar lugar al hombre nuevo, como quise mostrarlo con el estudio que dediqué al escritor ("Julio Cortázar y el Hombre Nuevo", Sudamericana, Buenos Aires, 1967).

Releída hoy, la obra narrativa de Cortázar emergente en aquella década que veía surgir el canto melancólico de Los Beatles, el protagonismo de los jóvenes y de la mujer, el avance del deconstruccionismo cultural y las transformaciones técnicas que afectaron el estilo tradicional de la vida, nos revela cuánto hay en ella de anticipación, advertencia ética y juego dialéctico de contrarios con un sentido siempre constructivo.

Era Cortázar, fundamentaLmente, un surrealista que no olvidó la lección humanista del existencialismo, el prototipo del artista moderno que toma el arte como desafío y ejercicio vital la vida -juego, circo, manicomio -es para Cortázar el espacio donde se juega la salvación del alma, la búsqueda del "cielo" de la rayuela.


Su obra sigue siendo un signo fulgurante en nuestra cultura, un necesario desnudamiento previo a la instauración de una cultura digna de ser hombre.

FUENTE: FERVOR DE BUENOS AIRES. Guía Cultural. Diciembre de 1999.