TERCEROS Y HUECOS DE BUENOS AIRES

I

La elección del lugar para fundar por segunda vez Buenos Aires no fue tarea sencilla para Juan de Garay, vasco nacido en los Caseríos de Garay, barriada de Orduña, en la Provincia de Viscaya.

Se dice que tardó largos días antes de decidirse en aquella jornada del 11 de junio de 1580, por un sitio que reuniera las condiciones ideales.

Por un lado, estaban las Ordenanzas Españolas de 1523, en las que se especificaban las virtudes que debían guardar los sitios elegidos para asentamientos de poblaciones y, por otro, los errores cometidos por Don Pedro de Mendoza, los que no desconocía y tenía muy presentes.

Las Ordenanzas establecían que debían ser: "Sitios sanos y no anegadizos, y de buenas aguas y de buenos aires y cerca de montes y de buena tierra para labranzas, adonde se puedan aprovechar de la mar para cargar y descargar". Pedro de Mendoza había escogido un paraje por cierto sano y como si fuera poco, alto. La meseta, que era extensa y terminada por barrancas bien señaladas, no era otra que la luego Quinta de Hornes y hoy Parque Lezama. Según el Piloto portugués Hernando 8áez, que viajaba con Mendoza, el Puerto era mejor que el de la Isla de San Gabríel, situado frente a la actual Colonia de Sacramento, en el Uruguay, y que acababan de dejar.

Sin embargo, la relación entre el río y el poblado no era armónica.

El arcabucero y cronista bávaro Ulrico Schmidt cuenta, al respecto, que quien quería comer pescado debía andar algo así como cuatro leguas para conseguirlo. Es posible que el alemán exagerara o se confundiera en el tema de las leguas, pero esto no deja de señalar que existía entre el villorrio y el agua útil, apreciable distancia. Por otra parte, indicaba que la protección del naciente asentamiento distaba de ser el ideal ya que los navíos, verdaderas fortalezas, tampoco estaban lo suficientemente cercanos. Así que, cuando Garay se dispuso a volver a dar vida a Buenos Aires, meditó muy bien dónde debía hacerlo. Eligió también una meseta aunque más alejada del futuro Riachuelo de los Navíos, lugar inundable y sin muchas defensas salvo la "Punta de Doña Catalina", actual ángulo sureste del Parque Lezama.

La meseta elegida era elevada unos 20 metros sobre el nivel del río y permitía, al mismo tiempo, un acceso no muy complicado a la costa de tosca. Para completar, dos zanjones al norte y al sur, podían perfectamente servir de barreras naturales de protección. No había dudas para Garay y así lo decía: "el mejor lugar que hasta ahora se ha hallado".

Para cumplimentar, asimismo, las Ordenanzas, la meseta estaba cubierta de espeso monte poblado de talas, algarrobos, tunales, zarzamoras, higueras, duraznillos y abundantes espinillos. Agua, tierras altas y fauna completaban el generoso escenario bucólico.

Lo que no calculó Garay fue que, si bien los zanjones podían llegar a ser muy útiles como arma defensiva, el costo podía también ser alto.

Y lo fue. Las cañadas, vacías en tiempo de seca se convertían en verdaderos torrentes para las épocas de lluvia. Desbordaban e inundaban la meseta originando múltiples corrientes de agua que barrían el terreno. La tierra se lavaba y entre agua y pantanos convertían en un páramo el lugar del asentamiento.

Sí, el precio no fue bajo si pensamos que a lo descripto se debió que, por muchos años, los zanjones fueran los principales obstáculos para que la Ciudad no se expandiera como se deseaba.

Lo dicho hasta ahora nos señala que la cantidad y tamaño de los cursos de agua, temporarios y permanentes, eran de importancia. Zanjones, "terceros" y arroyos comenzaron junto con la ciudad a tener presencia y nombres propios.

Los "huecos" obligatoriamente necesitaron de la consolidación y expansión del asentamiento poblacional. Si bien existe no poca bibliografía sobre estos temas, también es verdad que esta información se encuentra dispersa y en no pocos casos, se llegan a confundir las ubicaciones y hasta las denominaciones.

Nos proponemos pues, ya esbozada la fundación definitiva de Buenos Aires, ir presentando y analizando estos zanjones, terceros y huecos de la hoy Gran Ciudad, en tiempos en que apenas era inicialmente, un villorrio luego, la "Gran Aldea".