EL RETIRO

La historia para esta tierra colgada como un mirador sobre el río interminable, dio comienzo con la propia Fundación de Buenos Aires,

El investigador Carlos Roberts, citado por Juan Isetto en "Retiro...una Estación con Duende", asegura que en esa barranca se produjo la primera fundación de la Ciudad. Para ello se basa en lo que dejara escrito Ruy Díaz de Guzmán, sobre que la erección se produjo a media legua al norte de la boca del Riachuelo que, por ese entonces, llegaba hasta los Altos de San Pedro.

Este Ruy Díaz de Guzmán había nacido en Asunción el 1560: fue conquistador y cronista, el primero en historiar la conquista del Río de la Plata. Estando en Buenos Aires en 1602 se constituyó en uno de los 83 vecinos a quienes se les autorizó a exportar tres productos. Junto a la viuda de Juan de Garay, "Mi Señora Doña Isabel Becerra", figura Díaz de Guzmán despachando 20 fanegas de harina, 5 quintales de cecina y 5 arrobas de sebo.

Si bien la hipótesis de Roberts no prosperó, lo cierto es que para el futuro Retiro la teoría no deja de ser un dato ilustre.

Cuando en 1537 se dispuso abandonar la ciudad, una verdadera lluvia de calamidades cayó sobre los fundadores. Indios y cólera hicieron de las suyas martirizando a los vecinos. Parece ser que entre ellos estaba un soldado llamado Sebastián Gómez autor, de acuerdo a un artículo aparecido en el Diario "La Razón" del 31 de julio de 1915, del primer crimen cometido en estas tierras. Se dice también, que Gómez era bebedor, pendenciero como buen ebrio y jugador, como buen disipado.

Según la crónica, luego de cometer toda clase de villanías, Gómez sentó cabeza, arrepintiéndose de sus crímenes y contrito, se fue a vivir solitario en la barranca, construyendo una ermita coronada por una cruz, donde terminó sus días. El lugar pasó a conocerse como "Cruz Grande", a causa del tamaño del símbolo entronizado por el soldado y dicen, que al llegar con nuevos aires fundadores Juan de Garay en 1580, la cruz se mantenía en su lugar. Lo que está probado, es que en la mesura que se efectuó en 1608, de la Ciudad de Buenos Aires, oficiando de límite norte del éjido, aparece la citada gran cruz.

El historiador José Antonio Pillado habla del lugar ubicando en el retirado paraje, una ermita levantada bajo la advocación de San Sebastián, nombre de pila según vimos del soldado Gómez.

Allí quedó el lugar sin ser muy frecuentado ni recordado hasta 1680, en que el Gobernador José de Garro, apodado "El Santo", llegado procedente del Tucumán donde se había desempeñado como gobernador también, con fecha 24 de marzo de 1678, imagina un bello destino para la Barranca de San Sebastián. Enfrascado en las reparaciones que había ordenado del Fuerte, según planos de Juan de Aramasa, maduró la idea de trasladar la fortaleza de Don Juan Baltasar de Austria, llamado por esos años, San Miguel, que así lo bautizara en 1674 José Martínez de Salazar, a otro emplazamiento, en vista de la ruina en que estaba sumido y el pobre ángulo defensivo que poseía.

El lugar elegido por el Gobernador Garro, conocedor del arte de la guerra, fue la Barranca de la Ermita de San Sebastián, una ubicación más despejada, lo suficientemente elevada como para barrer sin inconvenientes un amplio horizonte. Garro, Caballero de la Orden de Santiago y Maestre de Campo, sería el encargado en 1680 de expulsar a los portugueses de la Colonia del Sacramento dando prueba de su capacidad de soldado, razón por la cual, respetamos y valoramos su proyecto sobre el futuro Retiro.

Y allí marchó para España la idea que hubiera cambiado la historia de la barranca.

Garro se alejó de Buenos Aires en 1682 rumbo a su nuevo destino, la Capitanía de Chile, sin haber recibido contestación. Ésta llegó con retraso, justificado por las demoledoras distancias, en 1885 anoticiando el rechazo de la Junta de Guerra de Indias al plan y disponiendo que las cosas se mantuvieran sin cambio alguno.

Debió de guardar buenos recuerdos de su paso por Buenos Aires Don José de Garro, porque ya en España, sería a poco designado Capitán General de Guipúzcoa, en 1701 auspició la aceptación de los planos del Alférez José Bermúdez de Castro, para la construcción de un nuevo Fuerte frente a la Plaza Mayor, lugar en donde permanecía el ruinoso que dejara.

Con la facilidad que nos da trabajar con hechos ya sucedidos, volvamos a 1692. Ese año, y luego de solicitar la autorización correspondiente a Lima, el entonces Gobernador del Río de la Plata, Maestre de Campo don Agustín de Robles, adquiere unas 300 varas cuadradas en la meseta de El Retiro, en el espacio que hoy ocupa la Plaza San Martín, a fin de edificar una casa de descanso.

La construcción pasó a ser digna de mención por su magnitud. En una población que justamente no sobresalía por suntuocidades. Y vaya que tenía motivos!.

La casa de don Agustín poseía 39 habitaciones y 3 salas con techos, las 42 estancias, de madera de cedro, más 51 puertas, 12 escaleras, 7 ventanas con rejas de hierro y dependencias anexas.

Algunos autores confunden a este Agustín de Robles con un anterior gobernador llamado Andrés de Robles, que ejerciera su mandato entre el 24 de marzo de 1674 y junio de 1678. Es decir, con anterioridad a José de Garro a quien precedió.

El verdadero dueño de la Casona, don Agustín, fue la máxima autoridad del Río de la Plata entre marzo de 1691 y 1698.

Después de todo, no sería importante la confusión si no mediara el honor de don Agustín, ya que el otro Robles, Caballero de Santiago, fue uno de los funcionarios acusados de ejercer el contrabando y "depuesto por el Rey Carlos II, a causa de las quejas que de él se tenían", al decir de Antonio Zinny.

El propietario de la majestuosa casona militó, en cambio, entre aquellos que intentaron luchar contra el comercio ilícito sin mayores éxitos desgraciadamente.

A su partida, don Agustín de Robles dejó aclarado que: "en la casa que fabriqué (...) no tuve ni busqué maestros de afuera", lo que hace suponer que el proyecto y ejecución de la obra le perteneció en absoluto.

Algunos años después, el 5 de octubre de 1703, la "casa de campo", con frente sobre la actual calle Arenales, entre Maipú y Florida, aparece ya siendo propiedad de don Miguel de Riglos.

Es por esos años que la propiedad pasa a ser conocida como "El Retiro", en directa alusión a la soledad del paisaje y seguramente, también a la ya lejana existencia de la ermita del soldado Gómez. Es ésta la época que perpetúa el marino pintor inglés Emeric Essex Vidal en una acuarela de delicados trazos.

El nuevo dueño, Miguel de Riglos era un hombre de fortuna gracias a sus dotes de inteligente comerciante. Su casa en la Ciudad estaba ubicada en la Plaza Mayor, pegada al edificio de la Policía, sobre el frente del Cabildo y conocida por ser de dos plantas como los "Altos de Riglos". Esta magnífica casona adornada con óleos y rico mobiliario, fue durante años una de las que sobresalieron por las espléndidas tertulias que en ellas se efectuaban y de las que participaban las familias de la sociedad porteña en la primera mitad del Siglo XIX.

Posteriormente, la casa le fue obsequiada por el gobierno al General San Martín en agradecimiento por hazañas y que el prócer no llegara a habitar.

Fundador de una familia tradicional y aristocrática, don Miguel tuvo como pariente por vía de su esposa Ana de la Sala, a José de la Sala y Riglos, un militar que se destacó en la campaña de Montevideo en 1814 y que condujo a Buenos Aires las banderas capturadas entonces. Cooperó permanentemente con San Martín pecuniariamente, lo que demuestra que siguiendo la tradición familiar era dueño de una interesante fortuna. Volviendo a El Retiro, la casa de campo pasó a ser conocida como la "Quinta de Riglos".

Muerto don Miguel y complicada la herencia por reveses comerciales, la quinta fue vendida el 19 de enero de 1718 a la "South Sea Company", la también llamada más "familiarmente": "Compañía Inglesa de la Mar del Sur" dedicada al tráfico de negros esclavos.

La empresa había echado pie en Buenos Aires gracias al "Tratado de Utrecht" por el cual se permitió a los británicos el comercio de esclavos por 30 años en la América Española.

Es así que la casona; su huerta cercada de árboles frutales; su noria y tres terrenos lindantes, fueron a parar a manos extranjeras con fines tan desoladores. Los adquirientes levantaron algunos nuevos edificios destinados a oficiar de depósitos de la desgraciada mercadería africana. La empresa negrera tenía el privilegio de introducir en América 144.000 esclavos o "Piezas de Indias", como se los denominaba, a razón de 4,800 por año, valiéndose de varios puertos que iban desde el de Veracruz al de Buenos Aires. Se calcula que por este medio llegaron a ingresar al Río de la Plata legalmente, es decir, sin contar las introducciones fraudulentas vía contrabando, 8.000 esclavos.

Veintidós largos años debieron transcurrir para que con los cambios cíclicos en las relaciones anglo-españolas, en 1739, la propiedad fuera confiscada por el Gobernador Brigadier Miguel de Salcedo.

En 1761, las edificaciones son destinadas por el Gobernador Teniente General Pedro Antonio de Cevallos, como cuartel militar de Dragones.

En la zona, según lo afirma el historiador Miguel Sorondo, en 1764 se construyó un tajamar.

Para 1771 el estado de las construcciones era lastimoso.

En 1787, el Superintendente de Guerra y de la Real Hacienda, Francisco de Paula Sanz, un enérgico funcionario de férrea voluntad, autoriza en uno de los periodos de armonía entre los antiguos adversarios, el establecimiento en El Retiro de la "Compañía de la India", empresa negrera especializada, ya las había, en la introducción de aborígenes angoleños. Según el mismo Miguel Sorondo en su obra "Procedencia del Nombre de El Retiro", los regidores protestaron esgrimiendo razones de higiene para proponer la eliminación de este mercado. Sorondo cita el argumento sostenido por el Cabildo en la ocasión:

"Sabiendo venir dichos negros medio apestados, lleno de sarna y escorbuto, y despidiendo de su cuerpo un fétido y pestilencial olor pueden con su vecindad inficionar la ciudad, mayormente cuando dicho terreno domina o supera la ciudad y cae hacia la parte norte que es el viento que generalmente reina".

La crudeza del cuadro acongoja y en un juego imposible, uno quisiera volver atrás la historia para salvar a los pobres negros de un destino que no debió ser.

Lo más triste es que la infamia sólo puede ser humana.

Mientras, en 1785 el mismo Paul Sanz, autoriza el proyecto que presentara el Brigadier Saa y Faría para la construcción de un nuevo cuartel en El Retiro, seguramente armonizando con las nuevas obras de urbanización que encaraba el Intendente de Policía Joaquín Antonio Mosquera. El mencionado Saa y Faría, un ingeniero de interesante preparación, es el que en 1790 proyectara la Plaza de Toros a edificar en el por entonces Hueco de Monserrat, antecedente inmediato del que líneas más adelante historiaremos.

Hasta ese entonces las fiestas taurinas se efectuaban, a falta de otro sitio, en la misma Plaza Mayor, según nos lo cuenta Bonifacio del Carril:

"Durante el Siglo XVII y gran parte del XVIII el lugar de las celebraciones en Buenos Aires fue la Plaza Mayor, flanqueada por el Cabildo y la Iglesia Catedral, cuyo espacio se cerraba con carretas y barreras de madera. Con el tiempo la utilización de la plaza paras corridas de toros fue mejorando con la ayuda de los andamieros contratados por el Cabildo para instalar andamios, verdaderas graderías que se le alquilaban al público".

Fue el Virrey Nicolás de Arredondo quien autorizó la construcción del Circo de Monserrat por atendibles razones de orden y decencia. Juan Agustín Isetto, describe la construcción como un edificio de madera con capacidad para 2.000 espectadores y levantada: "al este del lateral sur del edificio del Ministerio de Obras y Servicios Públicos (Avenida 9 de julio) casi sobre la Avenida Belgrano".

Sobre planos de Saa y Faría, se encargó de los trabajos Raimundo Mariño. Pero los acontecimientos que se sucedieron no fueron los esperados y, terminado de construir en 1791, fue clausurado el 22 de octubre de 1799 por el Virrey Gabriel Avilés y del Fierro. Éste tuvo en cuenta para ordenar el cierre, las reiteradas denuncias de los vecinos sobre los actos de violencia e inmoralidades provocados por algunos de los concurrentes.

Pese a la gravedad de los reclamos, la decisión demoró exactamente un año, que medió entre la presentación vecinal y el decreto virreynal. Seguramente la demora estuvo ocasionada por el cambio de autoridades el 14 de marzo de 1799, cuando Antonio Olaguer y Feliú entregó el mando a Avilés.

En algún sentido, el cierre y demolición de la Plaza de Toros de Monserrat fue una pena ya que, si bien no se podían abolir las tan penosas corridas, al menos el producido por las entradas se destinaba al mejoramiento de las calles de la ciudad.

Pero nadie mejor que el propio Virrey Avilés para narrarnos cómo sucediron los hechos que desencadenaron en la clausura de la Plaza de Monserrat. Lo que transcribo está extraído de la "Memoria" que el Virrey dirigió a su sucesor, el Mariscal de Campo Joaquín del Pino con fecha 21 de mayo de 1801:

"Como los arrendatarios de la plaza de toros ya habían cumplido el tiempo de su contrato y, por otra parte, no entraba anualmente la cantidad estipulada con notable perjuicio de los intereses del ramo del empedrado, resolví poner la administración de la referida plaza, por cuenta del mismo ramo, nombrando para que corriesen con ella, en calidad de diputados, a los regidores de este ilustre Cabildo, don Antonio de las Cajigas, don José Hernández y don Juan Antonio de Santa Coloma, a cuyo celo, notoria eficacia y conocido amor al bien público debió el ramo del empedrado que en las corridas que se dieron desde el 4 de noviembre de 1799 hasta después de Pascua del Espíritu Santo del año siguiente, le hubiese producido esa inversión pública 6.637 pesos, cuatro y medio reales, deducidos todos los gastos. Es bien manifiesta la diferencia de lo que producía el arriendo de dicha plaza a lo que rindió su administración. Aquél sólo produjo en seis años y tres meses 7.296 pesos y ésta, en uno sólo se acerca a esa suma.

"(...) Las reiteradas y encarecidas instancias de los vecinos del barrio de Monserrat, para que se quitase de aquella plaza el circo que se había construido en ella para la lid de toros, me movieron a decretar su demolición, que tuvo efecto en principios de junio último habiendo dispuesto, en consecuencia, la construcción de otro en paraje más adaptable y conveniente, ordenando al intendente de policía me presentase el consiguiente plano y presupuesto de esta obra, lo que, verificado por aquél, y habiendo sido aprobado uno y otro, con fecha 20 de mayo, autoricé al mismo intendente para que, con los fondos del empedrado, emprendiese la construcción del nuevo circo y pudiese variar lo que conceptuase conducente, a cuyo edificio se dio principio a fines del mismo mes, llevándose gastados en él, hasta esta fecha, 36.195 pesos dos y tres octavos de reales, en cuyo costo no se comprenden los acarreos de muchos materiales conducidos por los carros, ni los 300 pesos que resultaron de ventaja en un viaje de cal para la propia plaza, que hizo el champán (embarcación fluvial)".

El lugar elegido fue El Retiro, en cercanía de los cuarteles proyectados por Saa y Faría

El Virrey designó como director de las obras al Capitán de Ingenieros Martín Boneo, a la sazón Intendente de Policía.

Los encargados de la construcción fueron los alarifes Francisco y José Cañete, nacidos en Cádiz y llegados al Río de la Plata poco antes y que por entonces se desempeñaban como directores de la Escuela de Dibujo del Consulado, por gestión de Manuel Belgrano. Los hermanos Cañete, uno de ellos, Francisco, construiría la Pirámide de Mayo, dieron inicio a los trabajos el 26 de junio de 1800, terminándolo en tiempo "récord" el 25 de enero de 1801. El costo de la obra fue de 42.287 pesos y 7 reales, superando en más de 6.000 lo que Avilés llevaba contabilizados hasta el momento de escribir su "Memoria".

Por supuesto que el nuevo circo era mucho más importante que el de Monserrat. Poseía una capacidad de 10.000 espectadores. Era de forma octogonal en estilo morisco y construido enteramente de ladrillos a la vista unidos con cal. Tenía una doble galería de palcos y gradas anchas con asientos corridos. La barrera tenía varias puertas utilizadas como burladeros. Además, disponía de una capilla y, por supuesto, de varios palcos oficiales, los que eran ornamentados de acuerdo al gusto de las autoridades. José María Peña anota "que el palco de Virrey en 1809 fue forrado en brin". Estos palcos estaban separados unos de otros, eran cubiertos y sus puertas dotadas de cerraduras.

Como curiosidad anotaremos que las sillas se alquilaban en el mismo circo o bien las traían los concurrentes de su propas casas.

La entrada estaba ubicada perpendicularmente a la calle del Empedrado, actual Florida, que tomó aquel nombre justamente del pavimento con el cual fue dotado para facilitar la llegada de los espectadores. Es más, para sortear el Zanjón de Matorras, se dispuso la construcción de un puente a la altura de la actual calle Viamonte.

Antes de continuar es interesante detenernos en la figura del Virrey, Marqués de Avilés. Había nacido en Cataluña y falleció siendo presidente de la Capitanía General de Chile en 1810. Se desempeñó, además como Virrey del Perú. Siéndolo del Río de la Plata, concedió la libertad a los indios de Misiones entregándoles tierras y ganados; creó el "Telégrafo Mercantil", el Protomedicato, convirtiéndose en el gran promotor del empedrado de las calles porteñas. Murió como decía, siendo Presidente de la Capitanía de Chile el 19 de setiembre de 1810 en viaje a españa. Dicho esto como tributo a quien autorizó e impulsó la construcción del circo de El Retiro.

Es hora entonces de ver de qué se trataban las corridas de toros por lo menos en Buenos Aires.

Gozaron de enorme popularidad por lo que provocaban que verdaderas multitudes se acercaran a El Retiro. Ya vimos cómo al construrise la plaza taurina se tuvo necesidad de empedrar ex profeso, la calle Florida dotándola inclusive de un puente por el cual sortear el Zanjón de Matorras.

Pastor Obligado en sus clásicas "Tradiciones Argentinas", en su evocación de la última corrida durante el tiempo virreynal, efectuada el 11 de noviembre de 1809, nos cuenta que el desfile por la calle del Empedrado fue incesante.

Era así que las señoras, tras las ventanas, y la servidumbre en las veredas tomaban parte de un espectáculo extra contemplando el paso de la muchedumbre, que entre risotadas y comentarios llegaban a la plaza.

A fin de medir la concurrencia y lo extraordinario de ésta, tenemos que tener en cuenta que su capacidad era de 10.000 espectadores cuando la ciudad no superaba los 40.000 habitantes. Es decir, que un 10% se reunía a presenciar las faenas.

Si bien inicialmente se permitía la concurrencia femenina en el demolido Circo de Madera de Monserrat, en El Retiro la diversión fue exclusivamente cosa de hombres. José Antonio Wilde anota que: "las señoras últimamente no concurrían, pero iban a la plaza a ver y ser vistas".

La entrada era también popular ya que valía 15 centavos, el derecho de usar las graderías. Claro que había otros precios: los palcos salían 4 pesos y las filas de gradas a la sombra, 2 reales.

Según el "Telégrafo Mercantil", el día de su inauguración, el 14 de octrubre de 1801, en ocasión del cumpleaños del Príncipe de Asturias, se lidiaron 12 toros y la recaudación estuvo en los 1.129 pesos. Normalmente, las corridas se efectuaban los sábados y domingos.

El ya citado Emeric Essex Vidal, que entre 1816 y 1818 estuvo destinado en la estación inglesa del Río de la Plata en el navío "Hyacinth", pintó, por lo menos, dos acuarelas mostrando escenas de las faenas.

Estos "trabajos" se dividían en "suerte de varas", de "banderillas" y de "muerte". En el primero actuaba el picador montado; el pobre caballo casi siempre corría la peor parte muriendo sin remedio a causa de las inevitables cornadas del toro desesperado. Este picador montado, trataba de aplicar puntazos al desgraciado rumiante.

El segundo pase consistía en el ingreso de los banderilleros que clavaban en el animal varios pares de banderitas posiblemente para provocar que manara sangre del lomo mortificado.

El tercer pase era el plato fuerte:el matador con espada y muleta, y luego de practicar varias piruetas a cada cual más osada, mandaba al agotado toro al otro mundo. Dos o tres mulitas eran entonces las encargadas de arrastrar al toro ultimado ante los aplausos de los espectadores.

Como ahora en los deportes, por entonces había personajes del toreo que gozaban de fama. Uno de ellos fue "El Ñato", un popular picador del cual dice Wilde que: "murió al fin, después de repetidas proezas, en las astas del toro, quedando su caballo muerto a su lado. Según Robertson (seguramente se refiere a Juan, autor de las "Cartas de Sud América"), bien se merecía su trágico fin, pues había sido un asesino contumaz, y lo que hay de más particular es, que su oficio lo salvaba de la justicia", Para pensar...

También gozaba de fama el picador José García, "El Viejo", que aún a los 60 años se desempeñaba con eficacia.

Como matador sobresalió Antonio de la Rosa que, según Ricardo Luis Molinari: "cobraba por faena la suma, por entonces muy cuantiosa, de 32 pesos". Para comparar, anotamos que el Jefe de Banderilleros Cristóbal Macías, apodado "Torito", ganaba 28.

Entre corridas y corridas llegó el año 1806 y con él, el primer protagonismo histórico del barrio, conocido además, de El Retiro, como "Recio".

Cuando las jornadas de la Reconquista y durante la embestida final de las fuerzas de Liniers, éstas se agruparon en El Retiro.

En la antigua meseta de la Ermita de San Sebastián, y haciendo un breve alto en la crónica guerrera, se practicó el primer deporte británico en el Río de la Plata: el cricket, jugado por los oficiales de Beresford entre bala y bala.

Si limitado fue su protagonismo en 1806, un año más tarde durante la Defensa, éste creció hasta el punto de ser teatro sangriento y heroico.

En la madrugada del 5 de julio la columna invasora del Regimiento 87, al mando del Coronel Samuel Auchmuty, atacó por la calle Paraguay bordeando el Zanjón de Matorras mientras que el Regimiento 38 comandado por el Teniente Coronel Nugent luego de silenciar un pelotón nativo frente a la Iglesia del Socorro, se apoderó de la Quinta de Riglos. El resto de las columnas tomaron la "Batería", una construcción levantada donde hoy se halla la Torre de los Ingleses llamada luego de la Guerra de las Malvinas "Monumental". Desde allí los invasores bombardearon la Plaza de Toros donde se encontraba el Cuerpo de "Gallegos", comandados por el Capitán Jacobo Adrián Varela, que logró bajo la lluvia de metralla, replegarse por la actual calle Maipú al tiempo que Auchmuty acometía contra la Plaza haciendo inútil la resistencia.

El 20 de julio, el Capitán de Navío Juan Gutiérrez de la Concha, firmaba el parte del combate de El Retiro. En uno de sus puntos decía:

"Según confesión de los mismos enemigos, fuimos atacados por 2.500 hombres de los que perdieron 600 entre muertos y heridos; la nuestra fue de 79 muertos, 145 heridos y 21 extraviados". Desfilan también los nombres de muchos de los héroes caídos en la defensa del suelo patrio: Juan Antonio Michelena, Antonio Leal de Ibarra, Jacobo Adrián Varela, José Díaz Edrosa, Ramón Arias, Francisco Uriondo...

Luego del triunfo definitivo, llegó la restauración. Así, el Cabildo dispone la reparación de los destrozos sufridos en la Plaza de Toros por el cañoneo inglés. Además, dispone que en conmemoración de las heroicas jornadas, se designe con el nombre de "Campo de la Gloria" a la antigua meseta de El Retiro.

Fueron varios los regimientos que, posteriormente, ocuparon los edificios aledaños a la Plaza de Toros: los Húsares de Pueyrredón, los Dragones de Fernando VII y luego en 1810, los Dragones de la Patria.

Producida la Revolución de Mayo, El Retiro es anfitrión de uno de los cuerpos más gloriosos de la Nación: el Regimiento de Granaderos a Caballo.

Para 1812, el por entonces Coronel José de San Martín, tiene a sus órdenes tres escuadrones que ocupan, en la parte más elevada del terreno, los cuarteles que hospedaran a los Dragones de la Patria, mientras que la caballada, se aloja en la Plaza de Toros.

Han quedado felizmente varios testimonios gráficos de los cuarteles sanmartinianos, entre ellos, dos litografías, una de Carlos Enrique Pellegrini y otra de Carlos Durand, en las cuales se observa la serie de arcadas blancas, sobresaliendo en ella su arco central.

El flamante Campo de la Gloria comenzó, entonces, a ser escenario de las cargas de los Granaderos.

Para el circo taurino las cosas tomaron un matiz oscuro desde entonces. Y no fue sólo un sector del gobierno que comenzó a mirar con malos ojos las corridas. En 1815, el redactor de el Diario "El Censor", decía:

"El domingo se celebró una excelente corrida de toros (...) Hubo la ocurrencia agradable de dos caballos muertos a cornadas, en que los niños se nutrieron sus corazones de sentimientos filosóficos en la contemplación de las entrañas de uno de dichos animales, que las anduvo arrastrando más de 10 minutos por toda la plaza".

Pese a estas campañas, los espectáculos continuaron por otros cinco años. Juan Manuel Beruti en sus "Memorias Curiosas", a las que tantas veces es necesario recurrir al hablar del antiguo Buenos Aires, anota que el 12 de enero de 1817, se efectuó una corrida en homenaje a los nuevos miembros del Cabildo, a la que concurrieron también el General Miguel Brayer, que tan triste actuación tuviera en el Ejército de San Martín, y once oficiales que habían pertenecido a las huestes napoleónicas, recién llegados a América. Beruti anota que uno de los toros lidiados saltó las vallas (sin duda en su desesperación) y se encaramó sobre las gradas a un paso de los palcos.

En 1819, el Gobernador Intendente de la Provincia de Buenos Aires, General Eustaquio Díaz Vélez, dispuso la supresión de las corridas de toros. José antonio Pillado cuenta en su trabajo "La Plaza de Toros desde las Primeras Corridas en la Plaza Mayor hasta su Supresión en El Retiro", los motivos esgrimidos por Díaz Vélez y que expone en una nota dirigida al Director Supremo General José Rondeau con fecha 16 de enero de 1819. En ella describe el estado del circo como ruinoso, por lo que ordenó que tres "inteligentes" (conocedores en albañilería y carpintería) dieran un presupuesto del costo que demandarían las reparaciones. Es así que los inteligentes evaluaron los gastos en 15.790 pesos, suma que superaba todos los cálculos como los recursos provinciales, razón por la cual, dispuso "se concluyan las corridas de toros para evitar los males que puedan sobrevenir al público".

Según opina Bonifacio del Carril, la demolición estaba resuelta desde mucho antes, ya que algunos días previos al Decreto, el Gobernador Interino había autorizado al arrendatario la realización de tres corridas "de gracia" las días 1, 2 y 6 de enero de 1819. "El edificio no estaría tan ruinoso como se pretende", finaliza del Carril.

Pero si bien la plaza fue clausurada, las corridas continuaron permiténdose siempre y cuando los toros de lidia fueran "descornados".

Exactamente tres años más tarde, el 4 de enero de 1822, el Gobernador Martín Rodríguez dictó un decreto prohibiendo las corridas de toros en jurisdicción provincial, a partir de allí, sólo se efectuaron por permiso especial del Jefe de Policía.

En la demolición del circo intervino el maestro Juan Bautista Segismundo, quien al parecer se ocupó de emplear los materiales rescatados para la construcción del cuartel conocido como de Artillería, erigido en la meseta en 1823.

Éste fue edificado detrás de los cuarteles ya existentes, entre ellos, el que ocupan los Dragones de la Patria y luego los Granaderos a Caballo hasta 1826, en la proyección de la actual calle Arenales.

Comprendía talleres para la maestranza dividida en las secciones de carpintería y herrería, depósitos de pólvora y almacenes de materiales.

Allí se construían carruajes, cureñas, sables, lanzas, espuelas y proyectiles. Las armas de fuego se construían en la Fábrica de Fusiles, ubicada en la esquina de las actuales calles Libertad y Lavalle y de la que fuera director Domingo Matheu.

Así desapareció la Plaza de Toros de El Retiro, del Barrio Recio. Si bien es rememorada de tanto en tanto en crónicas como ésta, la imagen se desdibujó como tantas horas y cosas de esta vida. De los muchos artistas que dejaron representaciones de Buenos Aires en el Siglo XIX, sólo uno, Emeric Essex Vidal, pintó la plaza por dentro y por fuera. En verdad, hubo sólo otro dibujante que se ocupó de ella, el oficial inglés Henry Laurence, según lo recuerda del Carril, pero los trazos que perpetuó salieron de su memoria, pintando en Londres lo que había visto en Buenos Aires durante su estadía cuando las invasiones británicas. Seguramente Lawrence fue uno de los soldados que enfrentaron el El Retiro a las Compañías del Capitán Gutiérrez de la Concha.

Essex Vidal, como decía, la retrató por dentro y por fuera. En una de estas últimas, "Vista General de la Ciudad de Buenos Aires Mirando hacia el Sur", posiblemente de 1817, el oficial inglés se ubica en la azotea que fuera del antiguo depósito de negros esclavos de la "Compañía de la Mar del Sur". La plaza ocupa el flanco izquierdo y aunque algo alejada, es fácil distinguir cuatro de sus frentes pintados en dos colores y con una serie de aberturas o ventanales, en lo que correspondería a la galería superior. También se advierte un amplio espacio árido que era el que mediaba entre el depósito y la plaza.

En otras dos pinturas tomadas en el interior, desde la propia arena del circo, además de las escenas taurinas en las que intervienen picadores, banderilleros y matadores, es posible conocer, sin muchos detalles, las galerías.

Auténticas o no, suponemos que si ya que no hay motivo para no hacerlo, las imágenes de Essex Vidal son las únicas. El marino inglés puesto a pintor, volvió a Buenos Aires entre 1826 y 1829, ya demolida la plaza. Falleció en Brighton en 1861 dejando más de 70 obras evocativas de nuestro país.

Para 1829, El Retiro fue teatro de un acontecimiento notable y curioso para la época. El diario redactado en inglés "British Packet", anunciaba el 24 de febrero de ese año la realización en "los aledaños del Retiro y en horas de la mañana" de un "match de box", dirimido entre un inglés y un norteamericano "siendo el primero declarado vencedor". El diario cataloga de "cortés deporte" al extraño lance en el cual dos hombres pelean valiéndose sólo de los puños.

Lo cierto es que en cuanto a toponimia, a partir de 1823, es decir, durante la construcción del Parque de Artillería, el "Campo de la Gloria" pasó a ser conocido como "Campo de Marte".

Según quiere Juan Bautista Alberdi en su diario "La Moda", el lugar era un punto de encuentro para la más distinguida sociedad de entonces. En la edición del 25 de noviembre de 1837 describe un traje de mordoré, galicismo por color morado claro, que permitía lucir, "toda la garganta a lo Byron", refiriéndose a una tal señorita M.A.B.

Imposible comprender cómo el futuro constitucionalista ocultaba el nombre de la bella dama que merecía de él el siguiente elogio: "La noble simplicidad de su porte y su rara posesión del caballo acababan por hacer de ella una belleza perfectamente sansimoniana".

Pero El Retiro pese a la pintura de Alberdi, no fue un verdadero paseo como lo eran los caminos del más lejano San Isidro o del vecino rincón de La Recoleta. El Retiro era fundamentalmente un lugar de cuarteles, de militares, un sitio para nada romántico. Por ejemplo, muchas de las ejecuciones que se practicaron en Buenos Aires, se efectuaron en los patios de los cuarteles, como se hacían también en el tercer patio del Cabildo.

Por ejemplo, en El Retiro fue fusilado Marcelo Valdivia, un falsificador de billetes del Banco de Descuento. Caso curioso el de Valdivia, ya que no sólo falsificó los billetes, sino también una orden de amnistía a su nombre, Sucedió que allanada su casa por la policía, ésta descubre que el trabajo del joven grabador era "perfecto, no hay diferencias con los billetes auténticos". Valdivia es condenado a muerte pero, gracias a su corta edad, la que no se especifica, se dispone su reclusión por ocho años y exposición pública durante cuatro horas sentado en una silla en la plaza de la Victoria con los billetes falsos atados a su pecho. Hecho lo cual, queda alojado en la cárcel del Cabildo. Estando allí no tuvo mejor idea que practicar una nueva falsificación, eso sí, de no muy buena calidad de los mismos billetes y de un certificado por el que se lo perdonaba. Descubierto, la justicia no vio otro camino que enviarlo a la muerte en los cuarteles de El Retiro.

La impresión, y no justamente de imprenta, que los actos de Valdivia causaron en las autoridades debió ser de consideración, porque en los billetes legales que de ahí en más se emitieron, figuró la frase "La ley condena a muerte al falsificador y a sus cómplices".

Un viajero inglés de paso por Buenos Aires, aseguraba que por esos años en El Retiro no se había ajusticiado a nadie por motivos políticos.

Otro acontecimiento entrañable aconteció un año antes de estos sucesos.

El 13 de febrero de 1823, luego de liberar a media América, regresó el último puñado del histórico Regimiento de Granaderos a Caballo, para depositar en un arcón sus sables. Eran 10 jefes, 32 sargentos y cabos y 44 soldados. Eran conducidos por José Félix Bogado, el antiguo botero paraguayo que se había incorporado casi niño al Ejército de San Martín. Moriría tres años más tarde de su regreso. Sino desgraciado tuvo otro de aquellos jefes, el Coronel Paulino Rojas, fusilado el 29 de mayo de 1835 a los 41 años, en el ugar en que iniciara su carrera militar al mando del Libertador, acusado de formar parte de un complot para asesinar a Juan Manuel de Rosas.

El Regimiento de Granaderos fue disuelto en 1903 por iniciativa del General Pablo Ricchieri, el entonces Presidente Julio A. Roca lo recreó a fin de mantener viva la imagen del heroico cuerpo sanmartiniano.

Pastor Obligado ha escrito una emotiva tradición sobre el cuartel y sus soldados a la que tituló "El Primer Granadero". Transcribimos algunos renglones:

"La otra tarde husmeando patrios recuerdos entre las ruinas del antiguo Cuartel de Granaderos, en actual demolición, sobre las Barrancas del Retiro, tropezamos con una piedra algo más lisa que las amontonadas o esparcidas a su alrededor".

"Visibles trazos en ella, a letras parecidas, nos hicieron agachar cerca del hundido umbral de ñandubay, tantas veces atravesado por el Coronel del Regimiento de Granaderos a Caballo, Don José de San Martín".

"A poco andar, y no sin escaso trabajo de limpieza y raspaduras en el ennegrecido fragmento, la lápida que debió ser blanca, conseguimos descifrar estas cuatro letras A-B-R-A.

"(...) Sin duda, una o más letras faltaban, y prosiguiendo nuestra paciente investigación, la fecha más abajo descubierta -1813- vino a darnos la clave.

"El tiempo,en setenta años se había comido con lo demás de la inscripción una L, y así restaurada, su lectura progresivamente completábase de ABRA, CABRA, CABRAL.

"(...) Caída y hundida cerca de la entrada, fué un fragmento de ella con el que tropezamos visitando las reinas del cuartel de granaderos".

El Cuartel de Granaderos fue domolido en 1881, aconsejada por el Comandante de la 1º División del Ejército General Nicolás Lavalle, ya "que el edificio se caerá a causa del mal estado en qu se encuentra".

Si bien no fue totalmente derribado, se puede decir que desde ese momento, el histórico Cuartel perdió para siempre su identidad.

Luego de Caseros, el 12 de febrero de 1852, el Ejército al mando del General Justo José de Urquiza ocupó los cuarteles. Pocos años más tarde, en 1858, la realidad del Campo de Marte era capaz de contener además de sus viejos cuarteles, curiosidades como las que nos cuenta Carlos María Gelly y Obes en su "Evocación Histórica de la Plaza San Martín".

"En 1858 la Municipalidad publicaba el primer tomo de sus memorias correspondiente a los años 1856 y 1857: aparece allí una litografía de Katzenstein que reproduce el Paseo Guardia Nacional ubicado en la ribera del Retiro. Se advierte una reja que lo bordea y entre sauces llorones se perfila una estatua que representa a un granadero. Por sobre el follaje emerge la espigada chimenea de la Compañía Primitiva de Gas, establecida en la ex Plaza Britania en 1856. Gastón Federico Tobal en sus "Evocaciones Porteñas" nos cuenta que cuando se construyó un gran gasómetro allí para administrar el fluido necesario al alumbrado público, las madres acudían con sus hijos convalecientes de tos convulsa, confiadas en los beneficios de las emanaciones del lugar para la salud de sus niños".

El depósito y el sistema de gas había sido montado por los empresarios "Jannet Hnos.", quienes ya eran conocidos en Buenos Aires por haber emprendido la iluminación de la Pirámide de Mayo el 25 de mayo de 1852, que dejara anonadados a los porteños.

El gasómetro de El Retiro estaba emplazado, como señala Gelly y Obes, al pie de la barranca. En enero de 1856 y utilizando tuberías de loza, el gas comenzó a ser distribuido por las actuales Lavalle, Bartolomé Mitre, Florida y San Martín. Para el 25 de marzo, la Plaza de la Victoria y la Recova, tenían 500 focos que hicieron que pareciera "como si la ciudad estuviese siempre de fiesta".

El 19 de diciembre de 1864 aconteció una formidable explosión el El Retiro, más precisamente en el Cuartel de Artillería, al volar el depósito de pólvora. El siniestro produjo muertes y grandes destrozos.

El antiguo cuartel, mientras tanto, sobrevivió en parte hasta 1891, en que fue demolido totalmente para dar cabida al Pabellón Argentino que se construyera para la Exposición Universal de París de 1889, obra del arquitecto Alberto Ballu. La construcción ocupó el mismo lugar, frente sobre la actual Arenales entre Florida y Maipú, donde estuvo la casa de don Agustín de Robles.

En el Pabellón tuvo su sede el Museo Nacional de Bellas Artes, luego de haber abierto sus puertas originariamente en la que fuera Galería "Bon Marché", luego "Galerías Pacífico".

Algo menos de cincuenta años estuvo el Museo de Eduardo Schiaffino en El Retiro, en la década del cuarenta psó a ocupar su actual sede en la Recoleta.

Mientras, se efectuaba la gran transformación de El Retiro, gracias a los trabajos del paisajista Carlos Thays, un apasionado de la flora, principalmente del árbol. En 1910 Eduardo Olivera calculó que el arquitecto francés había plantado en Buenos Aires 142.000 árboles.

El Retiro le debe a Thays el encanto de su buen gusto. La tarea de embellecerlo fue continuada por Benito carrasco, discípulo de Thays, y por el hijo de éste, el Ingeniero Agrónomo Carlos León Thays.

Pero había más en torno al paseo. El 27 de junio de 1857 a través de una ley, se había dado el paso inicial para la construcción de un ferrocarril a caballo que transitaría entre la Aduana de Taylor y la Usina de Gas de la Compañía Primitiva, a partir de esta última, y por medio de máquinas de vapor, el ferrocarril se extendería hasta el Canal de San Fernando.

La concesión dada al inglés Eduardo A. Hopkins fue a poco transferida a otra empresa del mismo origen, la "Buenos Aires and San Fernando Railway Company Limited".

Cinco años más tarde, el 1º de diciembre de 1862, con la asistencia del por entonces Presidente Bartolomé Mitre, se libró al público el primer tramo entre Retiro y Belgrano. Comandaba la formación inicial la locomotora "Federación".

La estación cabecera de la cual partió ese dia el primer convoy, estaba edificada entre la Alameda y la Usina de Gas; luciendo en reluciente placa su nombre:"Retiro". Según las crónicas periodísticas, era una estación fea, a la que muchos porteños hallaron posteriormente, "simpática".

Posteriormente, el 17 de julio de 1863 se habilitó el complemento del camino de hierro a Belgrano, "el Ferrocarril de Caballos" entre El Retiro y la Aduana Nueva o de Taylor. El sistema de transporte era sencillamente un tranvía que corría por el Paseo de Julio tirado más que por caballos, por dos sufridas mulas.

La Estación construida al costado de la Aduana, fue bautizada "25 de Mayo". según nos lo cuenta Juan Agustín Isetto, la edificación estaba emplazada exactamente donde hoy se encuentra el monumento a Juan de Garay. Mientras tanto, la vieja Estación Retiro había sido rebalsada por el tráfico, por lo que la Compañía del Ferrocarril Central Argentino", la prestadora por esos días del servicio, resolvió construir a toda esplendidez una nueva terminal.

El proyecto y la dirección de las obras le fue otorgada al arquitecto inglés, no podía ser de otra manera, Eustace Lauriston Conder, residente, eso sí , en Buenos Aires. Este se puso manos a la obra en 1908 y para 1915 estaba el hermoso edificio metálico terminado. Para la época se constituyó en el mayor edificio de hierro del mundo.

A las 15,45 del 2 de agosto con la presencia del Presidente Victorino de la Plaza, la pequeña formación traccionada por la locomotora "191", adornada de banderas escudos argentinos, se puso en movimiento. A su frente, la "191" lucía una placa de bronce que decía: "Construída en 1914".

Efectúa viajes rápidos de "Buenos Aires a Rosario". La Estación, eso sí, dando pruebas de la ostentación y fe puestas en su edificación, había costado la importante suma de 2.000.000 de libras esterlinas.

Isetto aporta el nombre del Primer Jefe de la Terminal de Retiro fue el argentino Juan Inzúa.

Pero como todo tiene su costo en cuestiones edilicias y más en Buenos Aires, para dar nacimiento a la Estación hubo que derribar el "Hotel de Inmigrantes", una construcción casi tubular de madera que se hallaba a "la altura de la actual plataforma N-9".

Pero había algo más proyectado para la vieja meseta de San Sebastián y su contorno. En 1929, el Intendente de Buenos Aires, José Luis Cantilo, delineó un plan sumamente ambicioso: la formación de un Gran Parque del Retiro, en el que quedarían integradas las Plazas San Martín y Británica, englobando en el trazado las tierras ganadas al río en las proximidades de Puerto Nuevo. De esa forma se vincularían las estaciones ferroviaria y la marítima, a través de un panorámico parque diagramado cuidadosamente. Se llegó a obtener la cesión de varias fincas sobre la Plaza San Martín y aún se adelantó en la expropiación de otras pero, el proyecto, enfrentado al tembladeral político por lo que pasaba el país por esas horas fue directamente olvidado para siempre.

Dejando de lado la frustración, el barrio "Recio", no podía ser de otra manera con ese nombre, se codeó con el tango, la mala vida y las esperanzas detenidas en los andenes de su estación inspiradora. Para 1934, Celedonio Flores escribe la letra del tango "Corrientes y Esmeralda" y en una de sus cuartetas cita a El Retiro:

"De Esmeralda al norte, del lao de Retiro

franchutas papusas caen a la oración

a ligarse un viaje, si se pone a tiro

gambeteando el lente que tira el botón".

Hoy, sepultadas historias y paisajes en el desván de algún frecuentador de libros, que ya nadie lee, se me ha ocurrido evocar aquel universo por "via" de las primeras frases que Eduardo Wilde trazara para su relato "Nada en Quince Minutos":

"Fui a tomar el tren en Belgrano para ir a la estación Central, Buenos Aires, atravesé los rieles y me puse a pasear en el andén, parándome de vez en cuando con las piernas abiertas, como un marinero en la cubierta de su buque, para descubrir si se veía el humo de la locomotora".

Usted y yo sabemos que la escena jamás retornará, que se ha quedado detenida ente los ojos del lector que, con aires de romántico sin cura, hurga en los misterios profundos del tiempo.

Allí está El Retiro, su Cruz grande, el ambiente de 1807, los Granaderos, el gasómetro y el tren que inútilmente espera Wilde...

Así son las cosas de esta vida.


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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