En el Templo descansa entre otros, Martín José de Altolaguirre, amigo de Belgrano, quien en su Quinta de La Recoleta plantó por primera vez la vid. Introdujo, asimismo, el cáñamo y el lino convirtiendo al hoy barrio en pionero de actividades agrícolas.
Construída la Iglesia y el Convento, los padres habilitaron a su vera el huerto.
En 1822, una serie de medidas urbanísticas incluidas en una más ambiciosa reforma religiosa, dictadas por el Gobernador Martín Rodríguez a inspiración de su Ministro Bernardino Rivadavia, le dieron otro carácter al lugar ya que una de las disposiciones, establecía la prohibición de las inhumaciones en Conventos e Iglesias, disponiendo lugares públicos para ese fin.

El Primer Cementerio en estas condiciones que tuvo Buenos Aires, fue justamente el construído en el Huerto de los Recoletos. Se lo conoció inicialmente como de Miserere o Cementerio General del Norte, aunque siempre se lo llamó De La Recoleta, denominación que pasó a ser oficial por Ordenanza Municipal del 5 de marzo de 1949.
El Decreto rivadaviano fue firmado el 10 de julio de 1822, siendo bendecido el Camposanto el 17 de noviembre por el Deán de la Catedral Mariano Zabaleta.

El día siguiente, lunes, se dieron sepultura a los primeros difuntos, el párvulo Liberto Juan Benito y María de los Dolores Maciel de 26 años, blanca, oriental, más 15 carradas de restos sacados de Iglesias y Conventos. En la acuarela "Cementerio de la Recoleta" de Carlos Enrique Pellegrini, efectuada hacia 1830, es posible reconocer, en un severo ambiente, el Pilar, los blancos y austeros portones del Cementerio, la clásica zanja y la actívidad que se realizaba en su vecindad incluyendo dos carrozas fúnebres, una blanca para infantes y otra negra para adultos.
El Primer Capellán y Administrador fue Fray Juan Antonio Acevedo y el primer enterrador, Jack Hall, llegado a la ciudad en ese año de 1822 procedente de Gran Bretaña y a quien se lo conoció popularmente como "El Inglés del Ataúd". Ejerció el cargo desde su llegada hasta 1824 en que falleció. Tenía varios oficios: pintor, vidriero y lavandero y según la tradición, fama de elegante.

El Primer Reglamento establecía varias pautas. Por ejemplo, que ningún cadáver podía ser conducido al esmenterio después del Ave María. Disponía que fuera el Administrador el encargado de fijar los aranceles de acuerdo a la categoría del carro fúnebre. Además, mandaba que el administrador era quien debía velar por el mantenimiento de los caminos de acceso a fin de que fueran transitables.
Regresando al tema de los aranceles, diremos que en 1825 se procedió a licitar el servicio de traslado. Por creerlo de interés transcribimos el "Aviso de la Policía":
"Se remata el privilegio de los carros fúnebres bajo las siguientes condiciones:

1º) El rematador cobrará de los interesados por la conducción de cada cadáver en el carro de 1º clase, 8 pesos, en los
de 2º, 4; en los de 3º, 2 y en el de párvulos, 2.

"2º) Los cadáveres de los pobres de solemnidad serán conducidos sin paga en los carros de 3a. clase y lo mismo los que fallecieran en los hospitales, en los carros construidos para ellos.
"3º) El rematador costeará las cocheras o también llamado depósito donde se custodian los carros, las caballerizas, el conchavo y decente vestuario de los tiradores, las mulas o caballos y su manutención.
"4º) El remate durará un año. Si a los licitadores les conviene que sea por más tiempo, designarán al que a cada cual le acomode y la ventaja que en tal caso ofrezcan".
El 7 de diciembre de 1824 se entregó la primera tumba a perpetuidad a favor de don Matías Patrón: sepultura 1, Nº 1, en la Sección "B".
Cinco años más tarde, el 14 de febrero de 1829, e1 Gobernador Manuel Dorrego amplió sus límites hasta las actuales Avenidas Quintana, Junín, Vicente López y Azcuénaga.