por Carlos Horacio Bruzera                            

Cuando en 1580, Juan de Garay hace el reparto de las tierras entre sus capitanes, la zona conocida como "Los 0mbúes" le es asignada a don Rodrigo Ortiz de Zárate.

Veinticuatro años más tarde, en 1604, Ortiz de Zárate vende los terrenos al Capitán francés Beaumont a un precio que hoy no puede menos que hacernos sonreir: una capa, un par de calzones, un jubón y un coleto con canutillos de oro.
Poco fue el tiempo que Beaumont poseyó las tierras ya que en 1608, las vendió al también Capitán Simón de Valdez al precio de una peluca, una trenza y una casaca. Este Simón de Valdez era tesorero de la Real Hacienda y, además de su casa en la ciudad, poseía un terreno sobre el Riachuelo.
De él decia Hernandarias: "Habiendo venido muy pobre a este puerto, un poco más de ocho años se ha hecho rico con mucho caudal de plata y chacra ("Los 0mbúes") y con muchos esclavos".

Tenemos que tener en cuenta que una de las actividades más productivas en Buenos Aires era el contrabando, del cual seguramente el tesorero real se benefició largamente. La posesión de dos propiedades a la vera del río crea suspicacias sobre el destino lucrativo de las fincas.
Pero es en 1717 cuando verdaderamente da comienzo la historia de lo que hoy conocemos como "La Recoleta". Ese año, el Rey de España Felipe V autoriza por Real Cédula la instalación de los frailes recoletos en América.
Estos religiosos habían nacido como orden en el Siglo XVI, formados por agustinos y franciscanos. Entre sus miembros sobresalieron Tomás de Jesús y Fray Luis de León. Aún en nuestros días es una compañía de la más estricta observancia.

Los padres llegaron a Buenos Aires y se instalaron en tierras de "Los Ombúes" e iniciaron en 1724 la construcción del Convento y de un Templo, sobre planos de los sacerdotes jesuítas Andrés Blanqui y Juan Bautista Premoli, llegados apenas el 9 de julio de ese año procedentes de Cádiz. El dinero necesario, 20.000 pesos, fue aportado por don Juan de Narbona, aragonés, comerciante negrero y contrabandista de gran fortuna que de esa manera creyó lavar sus pecados terrenales.
Blanqui construiría posteriormente el Cabildo y haría los planos de la Iglesia de San Francisco entre otras muchas obras y Premoli, realizaría la Iglesia de San Ignacio y luego el Colegio Máximo de Córdoba.

Es en esta Iglesía de Nuestra Señora del Pilar, que así se llamaría, que se produce una novedad para Buenos Aires: se colocan en las ventanas láminas de ónice suplantando al vidrio, de escasa dívulgación en esa época en el Río de la Plata.
Ya el sitio, con su nuevo nombre de Recoleta, ve cómo avanza la construcción de la Iglesia. A poco, es instalado en su frente un reloj fabricado en Londres por Thomas Windmill, que tiene la singularidad de su esfera de mamposteria. El Templo es finalmente inaugurado el 12 de octubre de 1732, el día en que se veneraba a su patrona, Nuestra Señora del Pilar.
El Altar Mayor es una obra exquisita del barroco y su mesa, recubierta de láminas de plata, se supone procede de Cuzco.
El Altar de las Reliquias, en caoba con aplicaciones de marfil, nácar y bronce, conserva huesos de San Urbano, San Víctor y de San Juan Apóstol.
Quizás su más bella obra sea el San Pedro Alcántara, el otro Patrono de la Iglesia, atribuído al escultor granadino Alonso Cano y considerada "la más extraordinaria joya de la imaginería española que haya llegado al país a fines del Siglo XVIII".