Pero la verdad es que la Pirámide no se alejaba de la mente de los gobernantes. En 1877 alguien acercó la idea de magnificarla vistiéndola con mármoles. Para tal intención y ganar tiempo, se pidió a Luis Tamini, un italiano radicado en nuestro país al que amaba y en donde se había recibido de médico justamente en Córdoba y a la sazón en Europa, averiguara precios y condiciones en los talleres italianos. Si bien Tamini se dedicó de inmediato a la tarea informando sobre lo solicitado en los primeros meses de 1878, la empresa no pasó de ser un susto más.

No pasarían más de seis años para que los cimientos del "Altar de la Patria" temblaran, esta vez justificadamente, peor aún que en 1826.

El Intendente Torcuato de Alvear, empeñado en transformar Buenos Aires costara lo que costara, en una ciudad brillante, hermosa y sobretodo europea, mandó echar abajo la Recova. El 8 de mayo de 1884, la construcción no existía y las dos plazas se convirtieron en una sola, la de Mayo.

Ya no había posibilidades de esconderse en ese espacio tan desierto y Don Torcuato la vio, hasta es posible que recordara en ese momento la figura de José Valentín Gómez regresando de 1826: "triste monumento". Fue así que Alvear, que no se andaba con chicas, convocó al Ingeniero Juan A. Buschiazzo, que tampoco cojeaba de ese lado, a fin de reemplazar directamente la Pirámide.

Miguel Angel Scenna dice, al respecto: "Quedan aún fotos de la maqueta de ese monumento que debió levantarse en mitad de la Plaza, y en ellas se destaca la espantosa 'monstruosidad' que estuvieron a punto de inferirnos. Era una gigantesca obra de repostería, una elevada columna llena de placas, bronces y mármoles, con banderas agitadas al viento y gestos heroicos a carradas, es decir, el más elemental lugar común de la escultura con que de allí en adelante llenaron impunemente a Buenos Aires".

Pero antes de dar semejante paso, ya la Pirámide tenía derechos que respetar con sus más de 70 años, se decidió efectuar una consulta con los hombres de las artes y la historia más destacados de la hora: Bartolomé Mitre; Vicente F. López; Domingo F. Sarmiento; Nicolás Avellaneda; Andrés Lamas; Miguel Estévez Seguí, que fuera Jefe de Policía y Presidente de la Muncipalidad; Miguel J. Carranza, Manuel Ricardo Frelles y José Manuel Estrada.

Las opiniones fueron encontradas, pero la demolición pareció entonces un hecho. Cinco de los personajes convocados sostuvieron la necesidad estética de derrumbarla. Cuatro, Avellaneda, Lamas, Estrada y Estevez Seguí, se inclinaron por respetarla y el restante se inclinó hacia los "leales" pero aconsejando la restauración. Fue curiosa la postura de Mitre, ya que mientras él sostenía la oportunidad de la limpieza del parque, su diario, "La Nación", hacía una acalorada defensa de la indefensa Pirámide.

Pero eso de indefensa no pasa de ser un error conceptual de mi parte, porque la verdad es que se armó tal alboroto popular, tales las protestas periodísticas, que Alvear prefirió no continuar con su calogia ciudadana.

A salvo?. Para nada.

A los pocos meses, el 25 de octubre, por suerte no fue el 25 de mayo, el Congreso de la Nación, nada menos, decide eliminar el "triste monumento". A un costo presupuestado de 300.000 pesos, más el aporte federal de las provincias, se resolvió que se instalaría "una magnifica fuente de bronce". José Valentín Gómez pudo haber trepidado en su tumba al escuchar hablar nuevamente de la "fuente de bronce".

Pero no prosperó la iniciativa. Por suerte para la Pirámide y para desgracia del país, se avecinaban horas dramáticas y nadie estaba ya para fontanas por más patrióticas que fueran.

Lo único que pudo hacerse, fue cumplir con una disposición de la Junta de Mayo, cajoneada ya por ese tiempo, que mandaba la colocación al pie de la Pirámide, de una placa de bronce con los nombres de los primeros patriotas muertos por la libertad: Felipe Pereira Lucena, muerto en Huaqui el 20 de junio de 1811, y de Manuel Artigas, caído en San José el 25 de abril de ese mismo año. Es más, la placa fue entonces costeada por suscripción popular a iniciativa de Eduardo Ortiz Basualdo.

Las cosas tomaron entonces otro imprevisto giro. Como no se podía voltearla sin tener que hacer frente a la reacción popular, por lo menos se podía correrla para que al menos no molestara.