por Carlos Horacio Bruzera  

Entre claroscuros serenos, ataviada de especiales encantos, la Plaza de Mayo nos recibe somnolienta.

Centro político de la ciudad desde aquel pretérito 11 de junio de 1580, fue desde siempre el teatro de los grandes sucesos nacionales. El historiador Ricardo M. Llanes decía al respecto que: "... todos los acontecimientos conmovedores del pueblo, han de tener su despertar o sus extravagancias en el ámbito de esta plaza. Y todo ha de salir de ella porque todo ha de pasar por ella. Como los colores de la bandera destinada a recorrer pueblos y repúblicas"

Por muchos años no fue más que un baldío, escenario de actos de justicia y de transacciones mercantiles. Posteriormente, fue dividida por medio de una recova, mandada a construir en 1803 por el Virrey Joaquín del Pino, dando origen a las Plazas 25 de Mayo al este y de la Victoria al oeste.

La Recova estuvo en pie hasta 1884 cuando el progresista intendente Torcuato de Alvear propuso su demolición.

La construcción ofició durante su vida como una especie de arcaico "shopping" nativo, donde se instalaron negocios variados como, por ejemplo, su primer habitante, la confitería de don Leonardo San Pedro y Pasos.

Erigida en nueve meses, la vieja Recova duró ochenta y un años y fue demolida en sólo cinco dias entre el 8 y el 13 de mayo de 1884.

Decenas de anécdotas tiñen de encanto la Plaza. Por ejemplo, un día de 1610 para las fiestas de San Ignacio, se jugó en ella el primer partido del que con el correr de los años sería nuestro deporte nacional: el Pato, o bien cuando en 1823, el ingeniero inglés Santiago Bevans iluminó con luz de gas la "Casa de Policía" y dos chorros de agua de una fuente alegórica para festejar las Fiestas Mayas.

La PIRAMIDE de Mayo nació en la Plaza de la Victoria por iniciativa de los cabildantes en ocasión del primer aniversario de la Revolución. Los trabajos se iniciaron el 6 de abril de 1811 con la excavación para asentar los cimientos, bajo la dirección del alarife Francisco Cañete. Éste utilizó 500 ladrillos para levantar el obelisco hueco que así se constituyó en el primer monumento público de la ciudad.

A partir del 25 de Mayo de ese año de 1811, la Pirámide se convirtió para siempre, en el Altar de la Patria. Rechazada al borde de ser derribada, en 1912 fue traslada a salvo a su actual emplazamiento bajo la supervisión del constructor Anselmo Borrel.


Como curiosidad Maya, mencionaremos que recién en 1891 cumpliendo un Decreto de 1811, se fijaron en su base dos placas recordando a los primeros patriotas caídos por nuestra libertad: Felipe Pereyra Lucena muerto en Huaqui y Manuel Artigas, que perdiera la vida en la Batalla de San José.

Donde hoy se encuentra la Casa Rosada, estaba la Real Fortaleza de Juan Baltasar de Austria, que comenzó a edificarse bajo la autoridad del Gobernador Hernando de Zárate en 1585. Fue el primer edificio público de Buenos Aires, hecho que dio paso al primer horno de ladrillos del Río de la Plata.

Modificada constantemente a través de ampliaciones y demoliciones, comenzó a perfilarse como Casa de Gobierno cuando las reformas ordenadas por el Presidente Sarmiento en 1876, transformaciones que perduraron hasta 1898.


La arquitectura de la CASA ROSADA es fundamentalmente ecléctica, pudiéndose decir que uno de sus rasgos más interesantes es el cambio constante de sus distintas fachadas enroladas en las más variadas escuelas y que, al fin y al cabo, le confieren la personalidad y el encanto que irradia.

Hacia el río, avanzando sobre lo que alguna vez fue parte de su cauce se halla el Parque Colón, dibujado por el paisajista francés Carlos Thays. Entre variada vegetación de plátanos, pitas, pinos y laureles, se encuentra el Monumento a Cristóbal Colón inaugurado el 15 de junio de 1921, obra del escultor italiano Arnaldo Zocchi. Está realizado en mármol de Carrara.

La figura del Gran Navegante de 6 metros de altura y 40 toneladas de peso, está sostenida por una columna de un solo bloque y de 35 toneladas.


La Sede del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en Avenida de Mayo y Bolívar, es obra del arquitecto Juan M. Cagnoni y data de 1902. Producto de las corrientes finiseculares, combina elementos del neorenacimiento con tendencias italianas y francesas.

Hacia el otro extremo, rumbo al sur, la noche y sus luminarias visten de fiesta el bello edificio del ex Palacio Deliberante Municipal, hoy Cámara de Representantes. Situado en Diagonal Julio A. Roca y Perú, su construcción data de 1926 y fue obra del arquitecto argentino Héctor Ayerza. Fue inaugurado en 1931 durante la intendencia de Carlos M. Noel.

Su elegante torre mantiene inalterable su porte de actualizada arquitectura, la que logra su apoteosis cuando en ocasiones libera las melodías de su carrillón.

El Cabildo de Buenos Aires fue el eje político y económico a cuyo influjo se desarrolló la ciudad indiana; convirtiéndose más tarde en la cuna de las ansias de libertad que agitaron los espíritus en las jornadas de gloria de 1810. De líneas simples, austeras y delicadas, él también estuvo a punto de ser derribado. Salvado por suerte, tronchados seis de sus arcos distintivos, reconstruido y respetado gracias a ser declarado Monumento Histórico Nacional en 1940, continúa vigilando los pasos ciudadanos recordándonos obligaciones cívicas intransferibles.

Entre el andar de la metrópoli y ya amanecida, la Plaza luce nuevos encantos. Sus palmeras, flores, pájaros y fuentes permiten distraer emocionalmente la atención para detenernos ante el bello Monumento Ecuestre del General Manuel Belgrano, inaugurado en 1873. Es obra del francés Louis Carrier-Belleuse y del argentino Manuel Santa Coloma. 

La Catedral Metropolitana, que ocupa el solar que le destinara Juan de Garay, es dueña de una larga y accidentada vida. Derrumbes, goteras, incendios, marcaron un devenir tan complejo, que la inventiva popular acuñó un buen día la frase "interminable como las obras de la Catedral", para referirse a algo que nunca finalizaba. Es posible que los planos definitivos se deban al arquitecto Antonio Masella proyectados en 1754. La fachada fue labor de Próspero Catelin, que empleó el estilo neoclásico para terminarla en 1823. Su bello frontispicio realizado entre 1860 y 1863 es de Dubordieu y representa el encuentro de Jacob con su hijo José. Una, versión muy difundida y errónea, atribuye la inspiración de la atractiva columnata a la de la Madeleine de París, sin tener en cuenta que la nuestra es veinte años anterior a la parisiense. Tras sus sagrados muros reposan las entrañables reliquias sanmartinianas.


Detenidos en un ángulo de la Plaza, disfrutamos de sensaciones e imágenes familiares y queridas, dado que se vislumbra no tan remoto, el perfil de uno de los grandes símbolos porteños:

El obelisco
. Hablando de los caminos que desde la plaza conducen a él, en 1931 Enrique Cadícamo decía en su tango "Anclao en París":
"Alguien me ha contado que estás floreciente/ y que un juego de calles se da en diagonal".

Haciendo ángulo con la Casa Rosada y el Banco de la Nación Argentina
, se encontraba desde la segunda mitad deI Siglo XIX el "Hotel Argentino", propiedad de don Gabriel Lenen, Tenía entrada principal por la esquina de 25 de Mayo y Rivadavia.

Allí, en 1872, "para alejar el fastidio de la vida de hotel", según decía, José Hernández se dedicó a escribir el poema "El Gaucho Martín Fierro". Enfrente, se destaca la construcción del Banco de la Nación, obra del arquitecto Alejandro Bustillo.

Inscripta en el lenguaje monumentalista con claras incidencias renacentistas al conjugar pilastras corintias, cornisas y hornacinas, posee atributos casi únicos. Más allá del revestimiento de las fachadas realizado con piedra de Balcarce y Chapadmalal, se esconden rarezas casi desconocidas.


Así, el banco tiene cinco kilómetros de corredores, 1.500 puertas con llave, 925 relojes coordinados y una cúpula parcialmente vidriada que mide 50 metros de diámetro por 38 de altura, lo que la convierte en la tercera del mundo luego de San Pedro y del Capitolio de Washington. En la galería superior que rodea la cúpula se encuentra un busto de Carlos Pellegrini obra del escultor ciego Florencio Cardoso, efectuado en 1947.

El edificio comenzó a ser construido en 1940 y fue habilitado el 21 de marzo de 1944.A la vera del Viejo Cabildo, partiendo de la histórica Plaza, da inicio la Avenida de Mayo, la máxima realización de Torcuato de Alvear, la primera Avenida con que contó la Ciudad.

La que por antonomasia se conoció simplemente como la "Avenida".
Obra sujeta a múltiples pleitos a causa de las inevitables expropiaciones, la arteria, por su propio peso, dejó definitivarente atrás la idea de Gran Aldea que hasta entonces tenía Buenos Aires.

Poseía para la ápoca características monumentales: 1.350 metros de larqo y un ancho de 30 metros. Las obras se iniciaron el 5 de marzo de 1889 cuando la piqueta cayó sobre lo que había sido el Departamento de Policía. Fueron 13 manzanas las abiertas, exactamente aquellas que corrían desde la calle Bolívar hasta la de Entre Ríos.

Edificios imponentes, avances técnicos como la instalación del primer ascensor eléctrico en el número 1264, en 1898; el empleo masivo del hierro; la belleza de las fachadas palaciegas; los refinados negocios; la Avenida despertó elogios de propios y extraños. Princesas, gobernantes y polítícos llegaron a asombrarse por sus encantos y la pujanza que irradiaba sin descanso.

El 9 de julio de 1894, el Intendente Federico Pinedo cortó finalmente la cinta simbólica inaugurándola a la altura de la Plaza Lorea.


Inaugurando nuestro viaje a su intimidad, advertimos a pasos de la Plaza, el suntuoso edificio que fuera la casa del diario "La Prensa' hoy convertido en Casa de Cultura de la Ciudad.

El palacio fue inaugurado en 1896, proyectado por los ingenieros Gainza y Agote. Es un bellísimo exponente de la arquitectura de fin de siglo. Más allá de su atractivo frente es posible encontrarse por ejemplo, con su Salón Dorado de influencias versallescas.

Sin embargo, el mayor simbolismo del edificio se ubica en su estatua de bronce con sus seis metros de altura, representación de la libertad de prensa que, de pie sobre un globo terráqueo, lanza la luz de su farola sobre la ciudad que lo atesora.
La sirena de La Prensa, voz luego de la luz, sonó por primera vez en 1900 al anunciar la muerte del Rey de Italia Umberto I.


En Avenida de Mayo 560 se encuentra el Pasaje Roverano, construido en 1878 por Ángel y Pascual Roverano. Fue la primera galería comercial de Buenos Aires. Podía accederse por Hipólito Yrigoyen, pero al abrirse la Avenida, tomó su real importancia al quedar comunicado con ella. Allí supo estar en el Siglo XIX la famosa confitería de Monquillot.

Un vistazo a la siempre atractiva calle Florida y a continuar transitando nuestro especial camino. El primer encuentro es para el Restaurante Pedemonte, fundado en 1890 en Rivadavia al 600. Trasladado a su nueva casa, conservó su decoración original en la que se destacan su carpintería artesanal de casi irrepetible oficio. La barra es de roble de Eslavonia y los espejos biselados. En todos los casos son prueba del más puro arte. Por allí supieron andar Lugones, Rubén Darío, Mitre y Juárez Celman.

El Palacio Urquiza Anchorena, en el número 747, fue construido por el Ingeniero Sanguinetti en 1921 y se integra naturalmente con clara belleza al escenario de una calle emblemática.

No hay descanso para el asombro y a los edificios se suman los encantos de las librerías, en este caso, habitadas por hermosos volúmenes y evocadoras imágenes inolvidables, morando entre la arquitectura señorial, tibia y convocante que la envuelve plenamente.

Transitar despreocupadamente por la Avenida sin detener la marcha frente al Café Tortoni, el más antiguo de los añosos y evocativos de Buenos Aires, es imposible. El Viejo Tortoni fue inaugurado en 1858 a escasa distancia de su actual ubicación, en Rivadavia esquina Esmeralda. El edificio que ocupa desde el Siglo XIX fue obra del arquitecto Christophersen, cristalizado en 1893. Entre infinitos motivos de añoranzas de remotas costumbres, conviven las sombras de inolvidables personajes de la vida argentina. En el Tortoni es fácil advertir cómo un café porteño es capaz de convertirse en refugio de la identidad nacional e irradiar aun su luz en llegadas, encuentros y partidas recónditas. A lo lejos, como detenido en el tiempo, imperturbable en su misión, un cartel exhuma, repitiendo una de las invitaciones más caras a los porteños, de aquellos años: "Venta de helados".

El Teatro Avenida es otro referente insoslayable del paseo porteño. Nacido a principios del Siglo XX, por propia gravitación se convirtió en el escenario español por excelencia.

En 1979 un incendio acalló temporariamente sus voces y su música.

En 1994, en una noche que la Avenida y su gente memorará para siempre, la voz de Plácido Domingo reinauguró su bella sala.
Apartándonos unos pasos de la Avenida pero sin dejar su espíritu, nos acercamos a la Plaza Roberto Arlt.

Un rincón reservado, confidencial, y con una personalidad tan definida como la de su patrono, apareciendo y ocultándose entre plantas, palomas y esculturas.


En este predio supo estar la antigua y recordada Asistencia Pública y hacia la esquina, en Esmeralda 22, la casa que fuera de Lisandro de la Torre y donde el político se suicidó el 5 de enero de 1939.

Antes de regresar a la Avenida, los invito a llegarnos a otro rincón cercano y encantado, el recoleto e insinuante Pasaje de la Piedad, con su arquitectura tan plena y grata.

Su angosta calle, más sendero para dejar escuchar pasos que arteria para motores, dibuja con ánimo cómplice un anagrama a partir de su forma de C, convertida por sus verjas flamantes en un NO arcano.

A su frente se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de la Piedad del Monte Calvario, erigida como Parroquia el 3 de noviembre de 1769.

En el anterior templo, reemplazado hacia fines del Siglo XIX por el restaurado de nuestros días, fueron velados con Misa de Requiem el 20 de diciembre de 1829, los despojos del Coronel Manuel Dorrego.

Allí descansan hoy los restos de Mamá Antula, la Venerable María Antonia de Paz y Figueroa, fundadora en 1795 de la Casa de Ejercicios.

Con evocaciones cervantinas, la Avenida se abre al abrazo de la amplia y atractiva 9 de Julio, que anticipa nuestra llegada al mítico Hotel Castelar. Obra del arquitecto Mario Palanti, que también fuera el autor del Palacio Barolo, fue construido en 1928. Originariamente, el Castelar recibió el nombre de Excelsior, denominación que tramutó en el otro de raigambre española según debía.


En él se hospedó entre 1933 y meses de 1934 Federico García Lorca antes de partir a su destino. En 1929, en el subsuelo del Castelar tuvo su sede la Peña Literaria "El Signo", que nucleó a poetas tales como Evar Méndez, Alfonsina Storni y Pondal Ríos

Cuadras más adelante, nos detendremos brevemente en las elegantes fachadas para evocar a los ausentes: el Café del Centenario, en el 1347, donde se escuchó por primera vez un tango en la Avenida: El Esquinazo de Ángel Villoldo; y al casi olvidado "Parque Goal" al final de la Avenida, frente a La Inmobiliaria. El Goal se convirtió allá por 1917 en el primer recreo criollo que tuvo la ciudad, con entretenimientos y payadores.

Justamente ante él, "La Inmobiliaria" marca con su presencia el final de la Avenida de Mayo, la Calle de los Pleitos, la Avenida, simplemente.

La Inmobiliaria era una empresa aseguradora y su edificio data del Centenario, obra del arquitecto Broggi. Otro ejemplo ecléctico con reminiscencias de art noveau y elementos neoclásicos.


A su lado, luego de dejar atrás La Moncloa, lugar que durante décadas habitara otro café largamente tradicional de Buenos Aires, el "Berna", hace su aparición otro referente de la geografía urbana: la Plaza Lorea.

La Plaza fue, hasta bien avanzado el Siglo XIX, un hueco, es decir, un baldío que oficiaba de mercado y hasta el cual llegaban las tropas de carretas y los indios para comerciar sus productos. Su nombre recuerda a Isidro Lorea un orfebre a quien se le deben algunas obras religiosas que se conservan en la Catedral, y que murió junto a su esposa defendiendo la ciudad en 1807 contra el ataque inglés.

En la Plaza Lorea para el asombro de los porteños, se instaló en 1871 un depósito de agua encaramado a una torre de hierro de 43 metros de altura. La plaza guarda todavía otros secretos: en ella se inauguró en 1858 el primer buzón de madera para correspondencia y en 1914, el primer surtidor de combustible. En su ámbito se encuentran las estatuas de Mariano Moreno, realizada por el escultor español Miguel Blay Fábregas y la de Juan Manuel Estrada, Maestro de las juventudes argentinas.

Bordeando la Plaza Lorea surge ante nuestros ojos el Teatro Liceo, el más antiguo que atesora la ciudad. Inaugurado en 1876 es, además, el que más nombres ha tenido: Goldoni, Moderno, Rivadavia, Progreso, El Dorado y, finalmente, Liceo. En él se interpretó "La Verbena de la Paloma" dos meses más tarde que en Madrid y en 1934 se realizó en su escenario el estreno mundial de "Bodas de Sangre" de García Lorca con la actuación de Margarita Xirgu. Sus líneas de inspiración colonial parecen arraigar más su tradición dentro del teatro nacional.

Hacia el oeste, la perspectiva de la Plaza del Congreso centraliza la atención de imediato.
El mágico espacio diseñado por el arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, llegado a Buenos Aires en 1890 posee una superficie de casi 20.000 metros cuadrados. Thays, que se constituyó en el mayor referente de la transformación del paisaje natural de la urbe, tuvo pasión por los espacios verdes de Buenos Aires. A él se le deben el Parque Tres de Febrero, Patricios, el Jardín Botánico y las mismas reformas de la Plaza de Mayo.

No faltan historiadores de la ciudad que recuerdan al paisajista corriendo en medio de las demoliciones ordenando el traslado de árboles, césped y esculturas en la imaginada Plaza del Congreso. Acaso la reproducción del Pensador de Rodin, instalada en 1906 a dos años de la creación del escultor sea la prueba de sus afanes. Para el Centenario y como antesala del Palacio del Congreso, la Plaza irradiaba sus encantos perdurables. Algo más tarde, el 9 de septiembre de 1914, se inauguró el Monumento "A los Dos Congresos", obra de los escultores belgas Jules Lazae y Eugenio D'Huique, realizada en Bruselas en 1900. Es un homenaje a la Asamblea de 1813 y al Congreso de 1816.

Coronándolo, se halla la representación de la República en actitud de avanzar, mostrando una rama de laurel en una mano y apoyándose con la otra en un arado, símbolo del trabajo. A sus pies, yace la "serpiente de los males", apareciendo a la derecha el cuerno de la abundancia.
El conjunto se completa con alegorías acuáticas, una cuádriga, cóndores, varios cupidos danzantes y la evocación del Río de la Plata, Uruguay y Paraná. Un gran estanque con juegos de agua y colores avanza en busca de la plaza y de la más lejana Casa Rosada.

Enmarcando el espacio vital de la Plaza del Congreso, se asoman otras fachadas con otras historias de vida. La ex Caja Nacional de Ahorro Postal, hoy Anexo Parlamentario, el edificio que alguna vez ocupara el Instituto de Previsión Social con su enmudecido carrillón casi centenario. Trasponiendo lo que en tiempos de Rivadavia era la Calle de las Tunas, límite sin más de la ciudad y hoy Avenida Callao, asoma velando tiempos de gloria otro de los símbolos tradicionales de Buenos Aires en peligro de desaparecer, la inolvidable Confitería del Molino, testigo de una época dorada condimentada con las sempiternas especulaciones políticas de su entorno.  

En 1896 se llamó a concurso para la construcción del mayor emblema republicano de la Nación, el Palacio del Congreso. El ganador fue el ingeniero y aquitecto italiano Víctor Meano, quien dió comienzo a las obras un año más tarde.

Plagado de inconvenientes, que hasta incluyeron la sorpresiva muerte de Meano en manos de un sirviente, el edifico pudo ser inaugurado en 1906 tornándose en un exponente majestuoso de la arquitectura pública de Buenos Aires. Enrolado en el estilo greco-romano, el Palacio abarca 9.000 metros cuadrados y remata en una hermosa cúpula de 60 metros de altura.

Con él se cierra el eje cívico, histórico y cultural de la Reina del Plata, enlazando encarnaciones, imágenes caras al sentimiento argentino. Dos plazas, dos instituciones en cada extremo, y una arteria sin descanso transportando el númen de un motivo de ser, de una justificación en la inmensidad de los tiempos.


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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