por Carlos Horacio Bruzera  
Las Ordenanzas Españolas de 1523 especificaban las virtudes que debían poseer los sitios elegidos para asentamientos de poblaciones. Así decía: "Sitios sanos y no anegadizos, y de buenas aguas y de buenos aires y cerca de montes y de buena tierra para labranza, a donde se pueda aprovechar de la mar para cargar y descargar".

Pedro de Mendoza, aquél 3 de febrero de 1536 cuando funda el Puerto de Santa María de los Buenos Aires, juzgó que había elegido el sitio ideal. Un paraje por cierto sano, con agua próxima, montes vecinos de talas, espinillos, zarzamora y duraznillos y, como si fuera poco, alto.


La meseta, que era extensa y terminaba en barranca bien señalada, dominaba el paisaje aportando algo de sumo interés, la seguridad, el ver primer. El piloto portugués Hernando Báez que viajaba con Mendoza, vió al Puerto mejor que el de la Isla de San Gabriel, frente a la actual Colonia del Sacramento en el Uruguay que acababan de abandonar.
Pero pese a estos anticipos alentadores, las cosas no resultaron al final de cuentas felices y la empresa terminó en absoluto fracaso, un poco por ellos mismos y otro poco por los indios.
En la segunda oportunidad con Garay, Buenos Aires se mudó más al norte produciendo

con esto mejores frutos. Pero nosotros nos quedaremos en la pelada meseta que, al paso de los tiempos, olvidó cómo era el río. Ubicado hoy en uno de los extremos del barrio de San Telmo, limitado por las actuales calles Defensa, Brasil, Avenida Paseo Colón y Avenida Martín García, se halla el Parque Lezama, heredero de aquel rellano de la primera aventura.
Al contemplarlo desde la otrora "Punta de Doña Catalina", actual ángulo Sureste, Colón y Martín García, resulta casi imposible retrotraerse a 1536, y ver en ese paisaje un páramo desolado...

Pero dicen que así fue.

Durante los dos siglos que siguieron a su primer protagonismo de 1523, el futuro Parque Lezama tuvo una existencia digamos, marginal. Claro que esto no impidió que recibiera, por lo menos, un nombre aunque más no fuera temporario se lo pasó a conocer como el "Bajo de la Residencia". Esto lo tomó prestado justamente de la Residencia de los Jesuítas, situado junto a la Iglesia de Nuestra Señora de Belén, actual San Pedro González Telmo, en la calle Humberto I, entre Balcarce y Defensa. En La Residencia, dicho sea de paso, se instaló en 1795 el Hospital de San Martín, atendido por los padres betlemitas, una orden llegada de México y ducha en el arte de curar. Por sus densas barbas se los conoció como los "Barbones".

Pero el Bajo de la Residencia, distante del centro de la ciudad, asomado inútilmente al río sobre una barranca incómoda, lejos de la "calle larga" que conducía al Puerto de La Boca, se convirtió en un lugar de pescadores y huertos.

Como buen terreno, tuvo dueño. Primero los indios y luego un mortal enemigo: la infausta "Real Compañía de Filipinas", que allí construyó un miserable galpón para albergar a negros esclavos. Esta segunda mención en la crónica del lugar tuvo felizmente corta duración.

La tercera mención es de 1805, para ser exactos, los días 5 y 6 de junio cuando un viento huracanado del sudeste, cuándo no, destruyó varios edificios, entre ellos, la Casilla del Cuerpo de Guardia del Puerto que estaba ubicado al borde de la barranca, o sea, la después llamada "Punta de Doña Catalina". Según Eduardo H. Pinasco que es quien nos lo cuenta, el temporal llegó a destartalar el Cuartel del Retiro y el Parque de Artillería.
A poco se produce la cuarta referencia. En 1806, durante la Primera Invasión Inglesa. En esa oportunidad, el General Beresford procedente de Quilmes ingresa resueltamente a la ciudad bajo una torrencial lluvia. Era el 27 de junio en horas de la mañana. Subía por la "Barranca de Marcó", actual límite oeste del Parque sobre la calle Defensa, cuando una pequeña partida de criollos y españoles les hace frente cerrándole el paso. La lucha fue breve, sin bajas, constituyéndose en el último obstáculo que debieron sortear los invasores para cumplir a medias su misión de gobernar el Virreynato. Y digo a medias porque sólo 45 días fue lo que tardaron los criollos y peninsulares en reaccionar de la abulia.

Ocho años más tarde, la meseta es escenario de un hecho inesperado: un duelo.

Los protagonistas fueron dos chilenos, los Generales Luis Carrera y Juan Mackenna, de origen irlandés, llegados hacía poco a la Ciudad en busca de apoyo para la empresa de dar la libertad a su patria.

Parece ser que ciertas opiniones del segundo molestaron al primero, distanciados ambos por fuerte rivalidad.

Carrera no trepidó en enviar a su compatriota una esquela desafiante: "Usted ha insultado el honor de mi familia y el mío con suposiciones falsas y embusteras".

Pese a las inmediatas intercesiones no hubo nada que hacer, por lo que en la noche del 21 de noviembre se presentaron ambos acompañados de sus padrinos, el Almirante Guillermo Brown por Carrera y el Comandante Vargas, edecán de Mackenna, por éste, en la meseta.


El Bajo de la Residencia, cubierto de más sombras que de costumbre, apaciguada de rumores como en un presagio, vió cómo los dos hombres, separados por breves pasos apretaban al unísono el gatillo. El sombrero de Carrera atravesado por el disparo cayó a sus pies.

Una luz de esperanza iluminó los corazones intentando, quizás, se aventara la oscuridad terrena.

No hubo reconciliación.


Los segundos disparos resonaron funestamente en la meseta. Esta vez la bala de Carrera había destrozado el cuello de Mackenna. Después, sin ningún tipo de ceremonia, el cadáver del irlandés fue sepultado en el Claustro de Santo Domingo. Allí, extraviado, descansa sin haber visto a su Patria Libre. Carrera fue detenido y recobró su libertad a las pocas horas. Tal fue la impresión que causara el luctuoso acontecimiento, que el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas firmó el 30 de diciembre un Decreto condenatorio: "... están por repetidas disposiciones prohibidos los duelos bajo las leyes más severas. A cuyo efecto se aplicará a los duelistas el rigor de las leyes que los consideran como verdaderos asesinos". Lamentablemente el decreto no impidió que los duelos continuaran pavoneándose en Buenos Aires.

Ya era época de quintas en la zona, de tal manera que es posible ubicar para 1817 las de Fair, Cope y Brittain, si bien en todos los casos más allá de la "frontera" de Martín García.

La de Brittain, ocupaba la mayor parte de lo que hoy conocemos como Casa Amarilla. Según cuenta Santiano Calzadilla, fue en esta quinta que se plantaron por primera vez las peras de agua, llamadas del "Buen Cristiano Williams", que maravillaran a los porteños.

Brittain no vivía en la quinta, sino en la suntuosa Casa de Martín de Sarratea, ubicada muy cerca, en Venezuela 469 que alquilara seguramente a buen precio. Le fueron bien los negocios al inglés porque a poco adquirió otra quinta por lo que hoy es la Plaza Rodríguez Peña.

Por aquel tiempo, la zona que historiamos se había puesto de moda como lugar de vacaciones, por lo que fueron muchas las familias que compraron terrenos en las inmediaciones.

Así que, sin duda por este motivo, otro inglés, Daniel Mac Kinley, se interesó en la propiedad de Brittain y finalmente y a buen precio, la compró.

El nuevo dueño, además de plantar árboles frutales y laborar una huerta, construyó una casona sobre la Barranca de Marcó y en ella pasó sus horas de descanso alejado del trajinar de la ciudad.

Inglés indomable, Mac Kinley, permanentemente enarbolaba sobre la finca el Pabellón Británico. Así que, ante tanta demostración de identidad, la quinta pasó a ser conocida como "la del inglés".

Según nos lo cuenta Lucio V. Mansilla, en la quinta pasó a vivir luego el General Oriental Antonio Díaz, pariente del también General César Díaz.

El nuevo ocupante de la quinta era un personaje de vasto saber, pintor y hombre de mundo.

Las reuniones en la casona pasaron a ser famosas como lo fueron sus cuadrillas, contradanzas y valses, incluyendo pericones y el minuet federal.

Alejada aún, entre barriales y escasas veredas enladrilladas, la propiedad pasó a manos de un norteamericano, mister Ridgley Horne.

Nos sigue contando Mansilla, que éste era corredor marítimo y, sobre todo, gringo federal y como tal, no dejaba de lucir ni a luz ni a sombra su corbata colorada.

El rincón continuaba siendo algo remoto al punto que, el camino que mediaba entre la Iglesia de San Juan a la quinta, insumía algo así como una hora de andar por un camino lleno de "precipicios".

Es en tiempo de Horne que acontece la nueva mención.

El suceso ocurrió durante el sitio que el Coronel Hilario Lagos, confederado, impone a la ciudad en 1853.

El 27 de mayo el Regimiento Nº2 de Línea, junto al Batallón de Guardias Nacionales comandados ambos por el Teniente Coronel José María Bustillo y que respondían a órdenes del General Gregorio Aráoz de Lamadrid, se enfrentan a tropas sitiadoras que habían tomado la quinta. Luego de un duro combate, los porteños lograron desalojar el lugar haciendo retroceder a los invasores hasta inmedaciones del Riachuelo. Posteriormente, el General Lamadrid hizo fortificar la barranca con cañones, alejando definitivamente las pretensiones de los sitiadores de apoderarse del importante bastión.
El combate se conoció según el Parte Militar como Combate de la Quinta de Horne.

Cuatro años más tarde, la finca pasó ser propiedad de don José Gregorio Lezama, quien en una nueva operación anexó a la posesión algunos terrenos vecinos con lo que dio los límites actuales al parque.


Este próspero comerciante salteño mejoró notablemente el lugar, incorporando árboles y plantas de los más diversos orígenes, a la vez que la adornaba con estatuas, copones y bancos de mármol.

Trazó también pintorescos senderos que, a poco, se tornaron en sitios recoletos de descanso y contemplación.

Para seguridad e intimidad, mandó construir una verja de hierro con la que cubrió el perímetro. Además, restauró el viejo y enorme caserón.


En 1863, la quinta fue espectadora privilegiada de un adelanto avasallante: el ferrocarril. En este caso, el del Sud que, partiendo de la Estación Venezuela -Venezuela y Paseo Colón- llegaba a Casa Amarilla bordeando la barranca, sobre tierras que el río había abandonado.

En 1871, como compensando la ingrata historia de la Real Compañía de Filipinas, el casco de la finca fue utilizado como "lazareto" durante la aciaga epidemia de fiebre amarilla, seguramente desocupada con la "huída" de los dueños de casa. A mediados de ese año, pasadas las terribles jornadas, la Familia Lezama volvió a ocupar la Residencia.

En 1889 fallece don José Gregorio y si bien la viuda continuó brevemente en ella, el acontecimiento marcará definitivamente el futuro de la meseta "mendocina". Así es que la señora ofrece en venta la quinta al Gobierno Municipal, el que luego de cabildeos y ya en posesión de la propiedad, la adquiere en 1893 al precio de un millón y medio de pesos, con la sola condición de que fuera destinado a paseo público manteniendo el nombre de Lezama.

Inicialmente, conservando la verja perimetral, la quinta pasó a ser lugar de caminatas y descanso de los habitantes de la ciudad.

En la esquina de Paseo Colón y Martín García, la antigua "Punta de Doña Catalina" está ubicado el "Mirador", desde el cual era posible años ha, ver transitar los barcos en el incesante ir y venir hasta el Riachuelo. Sobre Martín García se halla el bronce que la Ciudad de Montevideo obsequiara a Buenos Aires con motivo del "IV Centenario" de su Fundación. Es obra del escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. El llamado "Monumento a la Cordialidad Internacional", consta de una columna de cuatro metros de diámetro y quince de altura, que emerge de una proa en el vértice de la cual, una figura femenina ofrenda el espíritu que atesora la obra. El conjunto se completa con caballos marinos y un grabado de las constelaciones astrales.

Sobre la antigua Barranca de Marcó aún perdura la añosa casona convertida hoy en el Museo Histórico Nacional, fundado el 24 de mayo de 1889. En un ámbito de profunda evocación, se atesoran las colecciones museológicas más importantes del pais, abarcando desde los Sucesos de Mayo hasta los Testimonios de la Guerra de la Independencia y de la Organización Nacional. Ubicada en el interior del Parque se halla la "Loba Romana" o "Loba Capitolina", un regalo que la Ciudad de Roma ofreciera a la Argentina cuando la conmemoración del Centenario de Mayo. El escultor argentino Gonzalo Leguizamón Pondal fue el encargado de la realización del basamento decorativo consistente en una fuente con bajorrelieves de bronce, representando cada una de las figuras masculinas, los Ríos Tiber y de La Plata. El Monumento fue inaugurado el 21 de abril de 1921.

Otra bella obra que adorna el paseo es la "Fuente Du Val D'Osne", ubicada en Paseo Colón y Brasil, fundida en los talleres franceses que le dan nombre, e inaugurada en 1931. Se trata de una fuente circular con reminiscencia de mirador en su balaustrada superior. En una hornacina se destacan las figuras de Néyade y Neptuno, en un juego de dioses de los mares, los ríos y los manantiales.

Por medio de un camino ornamentado con esculturas y bancos que convidan a la contemplación y al reposo, como hace algo más que un siglo, se llega al Templete, un lugar habitado de alegorías entre las que se destacan la "Diana Fugitiva", "Palas Atenea", "La Vid", "El Invierno" y "La Primavera".

Dando fin a la calle Balcarce se ubica el "Anfiteatro", que aprovecha el desnivel natural de la otrora meseta fundadora. Fue inaugurado en 1914, poseyendo inocultables aires de los inspiradores Anfiteatros Griegos. El más evocativo monumento del Parque es, sin duda, la escultura y fuente a don Pedro de Mendoza, ubicado en la esquina de Defensa y Brasil, obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro, inaugurade el 23 de junio de 1937.La obra está conformada por una fuente cuadrada en donde vuelcan sus aguados vertederos que representan a los Ríos Guadalquivir y de la Plata, los puntos de partida y llegada de aquella histórica expedición. La estatua del fundador en bronce lo inmortaliza clavando la espada en la tierra en actitud de tomar posesión de ella. Una figura indígena y dos bajorrelieves complementan la escultura que une el bronce y el mármol. En la parte posterior aparece la nómina de los veintisiete compañeros del Adelantado.

Cercana, integrando por derecho propio el escenario, se alza la Iglesia Ortodoxa Rusa de la Santísima Trinidad, en Brasil 315. Inaugurada en 1904 responde a un proyecto original del arquitecto del Santo Sínodo de Rusia Mihail Preobrazensky, adaptado y ejecutado por el también arquitecto Alejandro Christophensen.


Las cinco clásicas cúpulas acebolladas de color turquesa recubiertas de chapas de zinc, son las encargadas de darle el rasgo distintivo a esta construcción inscripta en el estilo moscovita del Siglo XVIII.

Sobre cada una de las cúpulas se encuentran cruces que señalan el Oriente. En el frontispicio se destaca un mosaico veneciano representando a la Santisima Trinidad realizada en San Petersburgo.

También formando parte del Parque gracias a sus años de existencia, en Defensa y Brasil,nos encontramos con el "Bar Británico", un negocio tradicional que atesora como probanza, su "Salón para Familias".


Mientras dejamos el verde y añejo rellano intentando aronizar recuerdos con imágenes, de algún rincón umbrío del Parque, entre los giros sonoros de la calesita y risas de chicos, una voz invocante nos repite una vez más como despedida, los versos de Gagliardi:

"Nació Buenos Aires y fue su padrino/ un sol que doraba su tez colonial,/ salió de madrina la orilla del río/ y un canto moreno lavó su pañal!"...




Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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