por Carlos Horacio Bruzera                        

Cuando en 1536 Pedro de Mendoza funda por primera vez Buenos Aires, mandó construir dos capillas de adobe las que al poco tiempo fuerron destruídas por una inundación y una Iglesia parroquial arrasada no muchó más tarde por un incendio.

En 1537, alejado ya el Adelantado, el Gobernador Interino Francisco Ruiz Galán edifica un templo con maderas del galpón "Santa Catalina" expresamente desarmada para ese fin. El templo fue consagrado al "Espíritu Santo".
El Gobernador completó la tarea designando al Primer Párroco con que contó la Ciudad, Fray Julián Carrasco. Según los cronistas, se celebraba misa todos los días con asistencia plena de los primeros pobladores.

El Cura Carrasco al poco tiempo, partió por orden de Ruiz Galán a España con la misión de informar al Rey la Fundación y solicitar la ayuda necesaria para mantenerla.
Cuando en 1541 Buenos Aires fue abandonada, la Iglesia fue destruída por el fuego.
Treinta y nueve años más tarde, Juan de Garay retoma la posta fundadora y nace la segunda y definitiva Buenos Aires.


La ciudad estaba inicialmente conformada por 250 manzanas, de las cuales 46 fueron consideradas urbanas. En la distribución de los predios, se destinó como era obligatorio, el solar para erigir la Iglesia y que resultó el que hoy la alberga. Sin embargo y con bastante retraso, en 1585, el Templo fue edificado en el solar que en la actualidad ocupa el Banco de la Nación Argentina.

Por el tiempo que se tardó, no fue ésta la primera Iglesia de Buenos Aires. El privilegio corresponde a la Capilla de adobe conocida como "de Las Once Vírgenes", erigida por los recién llegados Padres Franciscanos en 1583.

La que tomaría el rango de Catedral, fue erigida como decíamos en otro predio distinto al actual, en el que el propio Garay había destinado para sí y que nunca llegó a ocupar, vecino al que le correspondió a su hijo, Garay "El Mozo" y al único con título de "Don" que llegó con la expedición, Gonzalo Martel de Guzmán. Se utilizó para templo un barrancón de adobe y techos de madera y para camposanto, una amplia parcela en el ángulo de lo que hoy es la esquina de Reconquista y Rivadavia, predio que al ser abandonado y por obvias razones,comenzó a ser conocido como el "Hueco de las Ánimas".

La Iglesia se mantuvo en el lugar hasta el año 1603 en que el gobernador, Hernando Arias de Saavedra, la traslada a su ubicación definitiva. El primer gobernador criollo no sólo aportó dinero para la obra, sino su propio trabajo dirigiendo las tareas. Según su supone ya que nunca había estado en Europa, que las nociones de arquitectura las había logrado leyendo y escuchando, razones que lo convertiría en uno de los primeros autodidactas del Río de la Plata.

Puede decirse que allí comenzó la larga y complicada historia de la Catedral de Buenos Aires, que junto al primeramente Fuerte y luego Casa de Gobierno, fueron los edificios públicos que más tiempo estuvieron en obra permanente: más de una centuria.
Volviendo a la Catedral, en 1616 se tuvo que cambiar el techo por encontrarse deteriorado, con tal mala suerte que durante los trabajos, directamente el templo se derrumbó.

De inmediato Hernandarias se ocupó de la reconstrucción pidiendo maderas al Paraguay y consagrándose a la dirección pese a su primer fracaso, con la colaboración del carpintero Pascual Ramírez, que propone efectuar la construcción ayudado por dos oficiales blancos y nueve indios.

Las tareas, comenzadas en febrero de 1618, quedaron concluidas el 18 de junio. Al respecto, decía Hernandarias en una carta: "... la hice derribar y fabriqué de nuevo (...) y así este templo con todos los demás de esta Provincia, de pueblos indios como de las ciudades, hasta la Catedral, puedo decir que las he fabricado no sólo con el trabajo y constancia de mi persona, sino a costa de mi hacienda".

En 1618 es designado -en reemplazo de Hernandarias, Don Diego de Góngora, el Primer Gobernador Independiente del Paraguay, y con esa libertad, da comienzo una época de progreso para la Catedral.

En 1620, Buenos Aires se convierte en Sede de un Obispado, titulándose la Diócesis, "Santísima Trinidad del Puerto de Buenos Aires". Para presidirla, fue designado el carmelita Fray Pedro Carranza, quien arribó a la ciudad el 9 de enero de 1621.

Elevada a la dignidad catedralicia, la Iglesia fue mejorada tratándose sin mucho resultado que desaparecieran las molestas goteras que ya habían provocado el primer derrumbe. Una de las mejoras dispuestas por el Obispo, fue la edificación de una Sacristía.

En una carta remitida por Carranza al Rey, fechada a los dos meses de su llegada, es decir el 4 de marzo, aquél se queja amargamente del estado de la ya Catedral, asegurando que en España existían muchos retablos más limpios y cómodos. Anota también que "... no hay tablas sino cañas en el techo con cantidad de nidos de murciélagos, todo lleno de polvo y un retablo viejo de lienzo, sin coro ni cosa que huela a devoción y decencia". Se olvidó el buen cura, o lo dejó de lado por desolador, que tuvo necesidad de designar a una persona para que ahuyentara los perros y cerdos que ingresaban como pancho por su casa en el Templo.

Mientras, la gente se bautizaba y casaba en ella. El primer bautismo anotado en los libros que se han conservado, lleva la fecha 16 de marzo de 1611 y corresponde a la niña Antonia Sosa, hija de Antonio y de su esposa Ana Escovar, siendo el cura Juan Martinez de Macedo. El primer casamiento fue consagrado el 6 de mayo de ese mismo año, siendo bendecido por el mismo sacerdote. Los contrayentes fueron Francisca Rodriguez y Francisco Gery. Los padrinos de Pancha y Pancho eran Juan Muñoz y su esposa Beatriz.

El tercer Obispo fue el Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco, propietario de uno de los primeros carruajes que rodó por las calles desoladoras de la ciudad, llena de pozos, inmundicias, barro y escaso empedrado.

De la Mancha y Velazco se dedicó a construir un edificio que estuviera más acorde con la importancia que iba teniendo el obispado. Imaginando seguramente alguna de las bellas Iglesias europeas, hizo proyectar un campanario que permitiera que las campanas tocaran cuando debían tocar, lejos de los mal entretenidos que tañían arrebato sin motivo alguno.

De la Mancha y Velazco se dedicó a construir un edificio que estuviera más acorde con la importancia que iba teniendo el obispado. Imaginando seguramente alguna de las bellas Iglesias europeas, hizo proyectar un campanario que permitiera que las campanas tocaran cuando debían tocar, lejos de los mal entretenidos que tañían arrebato sin motivo alguno.

De tal manera, en 1667, el Obispo nombró a Jacobe Ferreira Feo y Juan Maciel para proyectar las obras, las que dan comienzo un año más tarde. Poco antes de su fallecimiento, en 1671, se inauguró el nuevo templo, pero como si fuera un sino, el flamante edificio comenzó a padecer... de goteras, y de peligrosas rajaduras.

Pese a la voluntad de rehacer la Catedral, la falta consuetudinaria de dinero, hizo que se tuviera que esperar muy largos años para principiar las obras. Mientras, los sacerdotes y feligreses, seguramente elevaron sus plegarias para que el templo no se derrumbara.

Pese a los problemas, sin embargo, la Iglesia no era un edificio digno de menosprecio como el que el Obispo Carranza retratara en su tiempo con tanto dolor. A tal punto esto fue así, que el Jesuita germano Miguel Herre hablando de él en 1725 decía que la hermosa Catedral "se halla construida con cal y ladrillos y cubierta de tejas".

Entre plegarias de feligreses en aras de la Iglesia, llegó el año 1680, en que el Obispo Fray Antonio de Azcona Imberto hace construir un horno de ladrillos para proveer de material a la futura Catedral y quieren algunos cronistas, para recaudar algunos pesillos con la venta del vital elemento.

Trece años más tarde la obra está terminada. Es de ladrillo, en este caso casero.., y cal, con entramados de caoba, lapacho y cedro. Poseía, tres naves con areos, cuatro capillas y un pórtico con dos torres que no están más que en su primer cuerpo. La sacristía aun se hallaba en construción no habiendo superado los cimientos.

Los trabajadores, se pudieron precisar, fueron el Sobreestante Jorge Duarte, los carpinteros Francisco, el peón Andrés Fernández, el mulato Francisco y el herrero Manuel de Morales, más varios esclavos negros que cooperaron como albañiles y carpinteros.

Para 1695 las cosas mejoraron, ya que se terminaron de techar las tres naves, faltando sólo finalizar las torres, la sacristía y una capilla. Para 1727 la Catedral tenía ya su segunda torre terminada y lucía un pórtico de ladrillo y cal, encargados por el arcediano Marcos Rodríguez de Figueroa.

Tres años antes, el 9 de julio de 1724 procedentes de Cádiz, arribaron los Jesuitas Miguel Herre, del cual ya hablamos, Andrés Blanqui y Juan Bautista Premoli. Dos eficientes arquitectos que dejaron para Buenos Aires obras como el Cabildo, las iglesias de San Ignacio y San Francisco y el Colegio Máximo de Córdoba entre otras muchas construcciones. El primero, Andrés Blanqui, fue el encargado de continuar con el constante estado de obra de la Catedral.

En tres años las nuevas labores estaban efectuadas aprovechando las torres. Esto es importante ya que algunos cronistas aseguran que ellas fueron una innovación de Blanqui, desconociendo que las construcciones, como vimos, ya estaban terminadas o a punto de serlo en 1727. Estas torres son interesantes al punto de haber sido la causa del bautismo de la actual Calle Rivadavia en el tiempo que historiamos: se la llamó Calle de las Torres.

Pero las cosas no cambiaron demasiado ya que la "hermosa" Catedral se derrumbó. La noche del 23 de mayo de 1752 las tres bóvedas se vinieron abajo, destruyendo en su caída, "más de los dos tercios del edificio". Era Obispo en ese momento, Monseñor Cayetano de Agramonte, el que, a riesgo de su vida, salvó el Santísimo Sacramento antes que todo se desplomara. No todo en verdad, ya que la fachada y las torres terminadas por Blanqui permanecieron en pie.

Pero la catástrofe impresionó a Buenos Aires al punto que el Gobernador José de Andonaegui, fundador del Correo, atribuyó el derrumbe a "los continuos pleitos, odios y rencores en que se halla este vecindario y comercio, impelido a ellos por los abogados". Con lo que resultaba que el desastre había sido causado en realidad por los hombres de leyes y justicia.

Se sucederían a partir de entonces largos y trabajosos años catedralicios.

Las cosas principiaron con la contratación del Arquitecto turinés Antonio Masella, llegado a Buenos Aires en 1745, para la ejecución de las obras de la nueva reconstrucción. El proyecto de Masella contempla un edificio de 100 varas de largo desde la puerta hasta el Altar Mayor, realizada en material y a un costo de 200.000 pesos.

Si laborioso fue el proceso de dar formas definitivas a la Iglesia, no menores fueron los problemas y disgustos que padeció el bueno de Masella, como veremos.

Iniciada la tarea en 1755, en 1769 -pasados catorce años- la construcción parecía encaminarse al éxito. Así, permanecieron en su lugar las torres, la fachada de Blanqui y la bóveda nueva lucía en su lugar.

Y entonces las nuevas cuestiones. En 1770 hubo que rehacer la cúpula por motivos de serios problemas, se dijo, de construcción. El peligro había sido adelantado por el administrador de la obra, quien cargó las tintas contra el turinés, poniendo en duda su capacidad. Lo cierto fue que al retirar los andamios de la cúpula, se comprobaron algunas grietas. Problema para Masella a quien se le trabaron embargos sobre sus bienes a fin de cubrir los gastos de reparación.

Fue así que los causantes del derrumbe de 1752, los abogados, al decir de Andonaegui, entraron a actuar y entre un mar de pleitos el Arquitecto Masella partió para mejor vida.

Lo reemplazó en las obras de la Catedral, Manuel Álvarez de Rocha, exactamente en el año 1770. De Rocha había intervenido en 1758 en la construcción de la Capilla de San Roque, y le había ido muy bien. Pese a los resquebrajamientos, debemos decir que la obra de Masella es sin duda muy bella y armoniosa. Según algunos historiadores, los planos de la actual Catedral son obra del arquitecto turinés.

Las cosas no finalizaron en la reparación de la cúpula, para nada. E1 16 de noviembre de 1774, el inspirado Gobernador Juan José de Vértiz, opina que si bien el frente y las torres no habían sufrido en el derrumbe de 1752, era aconsejable la demolición de ambas por no ajustarse a lo que se había reconstruido desde 1753. Con atraso, según los cánones porteños, en 1778 se resolvió seguir el consejo de Vértiz y demoler la fachada y las torres. Las obras urgían entonces, por el peligro de derrumbe y como novedad, por ser deformes.

Esa era la opinión de los Ingenieros Ricardo Aymler y José Custodio Saa y Faría, a la que se suma la del constructor portugués Manuel Álvarez de Rocha.
Parece ser, que Saa y Faría proyectó una preciosa fachada y no menos elegantes torres, el que imprevistamente no pasó de los papeles. Así fue que la Catedral, sin poderse concluir nunca, se quedó sin campanarios y sin fachada por otros casi cincuenta años.

Como periódicamente se efectuaban retoques internos y externos, como para salvar aunque más no fuera las apariencias y el deterioro, los porteños, gente de ingenio agudo, acuñaron aquello "más largo que la obra de la Catedral", para referirse a algo que nunca se terminaba.

En 1780, el Obispo Sebastián Malvar y Pinto se quejaba de que, si bien la parte principal se hallaba terminada, aún faltaban el frontispicio, las torres, los altares, el enlozado y las rejas.

En 1791, faltándole la fachada y las torres, la Catedral fue consagrada.

Pero como no hay mal que dure Cien años, ni Catedral que lo tolere, casi al cumplir los 50, el templo dió otro paso adelante.

En 1822 se encargó el proyecto y ejecución de la fachada (se olvidaron de las torres) al Ingeniero francés Próspero Catelin, quien había concluido recién la construcción del edificio de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Alres en la Manzana de las Luces. Catelin había arribado al Río de la Plata contratado por Bernardino Rivadavia, para hacerse cargo del Departamento de Ingenieros. En 1823 había elaborado un proyecto para el Paseo de Julio.

El ingeniero francés empleó dos años en dar término a su muy hermosa tarea, en la que tuvo la colaboración del también francés Pierrs Benoit y del alarife José Santos Sartorio.

El peristilo elaborado, está inscripto en el neo-clasisismo y consta de doce columnas simbolizando a los doce apóstoles, rematando en un frontispicio que permaneció siguiendo la costumbre otros... casi cuarenta años inconcluso.

Las columnas de capiteles corintio, inicialmente estaban adosadas al piso, pero posteriormente se agregó la escalinata lo que les restó algunos centimetros a sus bases.

La obra de Catelin es naturalmente bella. Muchos han creído y creen, que no se trata nada más que de una copia de la Madeleine de París, sin reparar que la porteña se terminó veinte años antes que la parisiense. Anotemos también que la Madeleine tiene ocho columnas contra las ya mencionadas doce de la Catedral de Buenos Aires.

Nuestra opinión sobre la belleza de la fachada no fue compartida por todo el mundo, por lo menos eso ocurrió con el escritor francés, como el autor, Xavier Marmier, que visitara Buenos Aires en 1850.

Hay también una Iglesia con pilares sin terminar, con una cúpula aplastante y fachada feísima que debe considerarse 'oficialmente' (apostilla esta palabra) como una "obra maestra de arquitectura". Démosle por lo menos un crédito, en el momento que Marmier la

viera faltaba el frontispicio y es posible, que algunas de las columnas estuvieran cascadas, pero basta ver la Acuarela de Pellegrini de 1829 o su Litografía coloreada de 1841, para comprobar que en verdad la obra de Catelin era y es hermosa.

Pero todo llega a su fin, desvirtuando aquello de "durar más que las obras de la Catedral". En 1860, se encarga al escultor francés Joseph Duibourdieu, la obra del frontispicio, aprovechando sin duda que en ese momento el francés junto al Ingeniero y Pintor Prilidiano Pueyrredón, se encargaba de la remodelación de la Plaza de Mayo y su Pirámide. Es así que Dubourdieu aprovecha el trazado generoso del frontispicio para desarrollar en bajorrelieve la escena del Antiguo Testamento en la que Jacob se encuentra con su hijo José en Egipto.

Algunos cronistas arriesgan que la obra no fue en realidad del escultor francés, sino que fue realizada por un preso que de ese modo logró su libertad. Anécdota que no pasa de ello y que por supuesto no empaña para nada la certeza que se tiene sobre la obra de Dubourdieu.

Como para contrariar a los que suponían que todo estaba concluido y dar la razón a los acuñadores de la famosa frase, hacia fines del Siglo XIX, se encargaron al Arquitecto José Luzzeti el proyecto de dos torres con campanarios a fin de reflotar las bautizantes de calles.

Feliz o desgraciadamente las obras no se realizaron y así quedó pues la Catedral sin el sello distintivo del común de las Iglesias. Claro, tuvo campanas aunque no torres para albergarlas.

Es este el momento de ingresar finalmente a la Catedral de Buenos Aires y a eso los invito.

Tres son las anchas naves que conforman el templo, guardando reliquias de gran valor artístico e histórico. Posee, además, dos sacristías, una de los clérigos y la segunda de los canónigos. En ambas, todos los muebles están realizados en madera de jacarandá, árbol autóctono argentino.
El Altar Mayor, una verdadera obra maestra del arte sacro, fue tallada y dorada por el artista vizcaíno Isidro Lorea en 1785. El artista talló también otras obras que se conservan en varios templos de la ciudad.


Lorea había llegado a Buenos Aires en 1760. Es bueno recordar que murió combatiendo junto a su esposa durante la Segunda Invasión Inglesa en 1807, mientras resistía al saqueo de su casa ubicada en la que hoy es la Plaza Lorea. Ambos fueron ultimados a bayonetazos por las fuerzas invasoras.

Otra obra de valor que guarda la Iglesia es el "Santo Cristo", realizado por el tallista Manuel Coyto.

Se encuentran también, la imagen de Nuestra Señora de la Paz, labrada en Bolivia en la primera mitad del Siglo XVIII y donada por el que fuera Obispo de Buenos Aires, Monseñor Cayetano de Agramont y La Virgen de los Dolores, adquirida en España por Jerónimo Matorras en 1756 y destinada inicialmente a la Hermandad de los Dolores. Es posible admirar, asimismo, un San Juan Bautista Niño, obra del escultor Manuel Díaz, nacido en Oporto en 1740 y llegado al Río de la Plata en 1764.

Se destacan también el Sagrario, el Taburnáculo y el órgano grande, dorados en 1790 por Antonio Ribera y Ramos, como los púlpitos tallados y también dorados por esa época por Juan Antonio Gaspar Hernández y restaurados no hace mucho tiempo.

De Ribera y Ramos es el estofado de la imagen de la Santísima Trinidad en el retablo mayor y la pintura de los seis ángeles que rodean el Tabernáculo.

También se conservan tres pinturas de Joseph de Salas datadas en 1791, "La Cruxificción", "Santa Bárbara" y una "Santísima Trinidad".

0bra también de Juan Antonio Gaspar Hernández, que en 1799 dirigiera la Escuela de Geometría, Arquitectura, Perspectiva y Dibujo del Consulado, se halla "Nuestra Señora de los Dolores" tallada y dorada por el artista.

Pero la Catedral custodia algo más, caro al amor y al patriotismo de los argentinos: el Mausoleo del General José de San Martín.

El 11 de abril de 1877 por inspiración del Presidente Nicolás Avellaneda, se creó la "Comisión Central de Repatriación de los Restos del General San Martín", la que además de su misión específica, debía llevar a cabo la elección del proyecto de mausoleo y del recinto en que se construiría la Catedral de Buenos Aires.

Para 1878 se habían presentado seis proyectos: el del Escultor francés Albert Carrier-Belleuse, el del italiano Antonio Tantardini, autor de "La Dolorosa" del Sepulcro del General Quiroga en La Recoleta; los de N. Burgos, Ernesto Bunge y Camilo Romairone, los tres argentinos; y el de un escultor italiano radicado en Buenos Aires.

Analizados los proyectos, se eligió el presentado por Carrier-Belleuse, autor de la figura del General Belgrano ubicada muy cerca, en la Plaza de Mayo, frente mismo a la Casa Rosada.

El historiador Jorge Manuel Bedoya dice al respecto:

"El mausoleo de San Martín es un claro exponente de los monumentos cívicos con que el Siglo XIX honró a los hombres ilustres. En él se encuentran elementos típicos del academicismo francés de la segunda mitad de esa centuria. Vemos así la utilización de formas neoclásicas en la composición simple y definida de la obra, en la confección de un sarcófago con reminiscencias de la antigüedad grecorromana y en la personificación de las tres repúblicas y mientras se insinúan aires románticos en el modo como asoma el capote sobre los bordes de la urna, en los intentos por otorgar individualidad a la figura y en el plegado de algunos paños."

El mausoleo se halla a la derecha, en la tercera nave, en la Capilla de Nuestra Señora de la Paz. Tres figuras femeninas que representan a Argentina, Perú y Chile custodian la urna talladas en mármol de Carrara. El basamento es de mármol rojo de Francia y el resto del monumento está realizado en casi su totalidad en mármol rosado, mientras la lápida está ejecutada en mármol rojo imperial. Sobre ésta está asentado el sarcófago de color negro belga.
Junto al Libertador se hallan las urnas conteniendo los restos de los Generales Juan Gregorio Las Heras y Tomás Guido y los del Soldado Desconocido de la Independencia.

Sobre la pared de la fachada del templo se advierte una llama votiva y la frase:

"Aquí descansan los restos del Capitán General
D. José de San Martín
Y del Soldado Desconocido de la Independencia
Salúdalos!.

 


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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