TURISMO EN BUENOS AIRES
Visita al Jardín Japonés.


Sumergidos sin darnos cuenta en el trajín incesante de la Ciudad, nos cuesta comprender que casi
en medio del nerviosismo ciudadano, exista un lugar que es una verdadera aproximación al paraíso.

Un retazo escapado de lejanas tierras, habitado por una naturaleza serena, aquietada.

Entre remansos, cascadas , puentes y esculturas, El JARDÍN JAPONÉS, creado en 1967 dentro del Parque Tres de Febrero, es capaz de convertir el tráfago urbano en sosegada contemplación de la naturaleza.

Entre las autóctonas pitas y palos borrachos, se ambientaron el sakura, el acer palmatum y las azaleas. Desde el vivero, fluyen las flores multicolores y los trabajados bonsai.

A la vera de la vegetación armoniosa, las pequeñas cascadas trasmiten su milenario  ritmo, como la cultura que la atesora.

El poeta japonés Kamo No Chomei supo cantar poéticamente al agua murmurante haciéndonos detener ante el curso diminuto y serpenteante: "El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma. Las burbujas que flotan en un remanso de la corriente, ora se desvanecen, ora se forman, pero no por mucho tiempo; así también en este mundo son los hombres y sus moradas."

Así, todo el Jardín está destinado a liberar de preocupaciones la mente y de esa forma, adentrarse en el hondo paisaje espiritual convirtiendo todo en equilibrio y recatada armonía.

 

II

JARDÍN JAPONÉS


Sumergidos sin darnos cuenta en el trajín incesante de la Ciudad, nos cuesta comprender que casi
en medio del nerviosismo ciudadano, exista un lugar que es una verdadera aproximación al paraíso.

Un retazo escapado de lejanas tierras, habitado por una naturaleza serena, aquietada.

Entre remansos, cascadas , puentes y esculturas, El JARDÍN JAPONÉS, creado en 1967 dentro del Parque Tres de Febrero, es capaz de convertir el tráfago urbano en sosegada contemplación de la naturaleza.

Entre las autóctonas pitas y palos borrachos, se ambientaron el sakura, el acer palmatum y las azaleas. Desde el vivero, fluyen las flores multicolores y los trabajados bonsai.

A la vera de la vegetación armoniosa, las pequeñas cascadas trasmiten su milenario  ritmo, como la cultura que la atesora.

El poeta japonés Kamo No Chomei supo cantar poéticamente al agua murmurante haciéndonos detener ante el curso diminuto y serpenteante: "El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma. Las burbujas que flotan en un remanso de la corriente, ora se desvanecen, ora se forman, pero no por mucho tiempo; así también en este mundo son los hombres y sus moradas."

Así, todo el Jardín está destinado a liberar de preocupaciones la mente y de esa forma, adentrarse en el hondo paisaje espiritual convirtiendo todo en equilibrio y recatada armonía.

 

El movimiento de los árboles producido por el viento, el discurrir de aguas cristalinas y burbujeantes y la nerviosa agitación de las carpas, constituyen la única rima posible que la naturaleza pone al andar cansino de los visitantes pensativos.

Como tocando por un momento la realidad cotidiana, el "Monumento al Sudor del Inmigrante Japonés", inaugurado en agosto de 1967 por el Ministro de Relaciones Exteriores del Japón, Sundac Sondoa, intenta hacernos comprender la relación de este pueblo con las experiencias crudas del honmbre. Para complementarlo, la Campana de la Paz Mundial parece vibrar desde su silencio cargado de advertencias.

Entre puentes cargados de simbolismos, una pareja de novios se integra aportando la espiritualidad de sus palabras, su alegría y sus palabras apenas murmuradas.

La presencia despreocupada de patos y palomas, el dejarse estar de los visitantes, la expresiva quietud de las rocas emergiendo sus perfiles de las aguas, parecen evocar el decir simple de la poetisa Sei Shonegon, hablándonos de un mundo bucólico y lleno de ternura.

"En una noche de clara luna
cuando se cruza el río,
me fascina ver el agua dispersarse
en gotas de cristal al paso de los bueyes"

El jardín embelesante limita con la Casa de Te que, suplantando al templo tradicional, convoca con sus imágenes a otras facetas de la cultura milenaria.

La poetisa Sei Shohagon, que vivió en el Siglo XI nos habla, en su "Libro de Almohada", de una imagen que perdurará en nosotros.

"En el verano, las noches. Qué bellasson cuando brilla la luna, cuando en la oscuridad se entremezclan enjambres de luciérnagas, o cuando son una o dos las que vuelan solitarias con sus luces fugaces..."

En el secreto ángulo del jardín solitario nos hemos quedado aguardando el atardecer cercano y las luciérnagas de Sei Shonagon.


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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