HOTEL DE INMIGRANTES Y DESEMBARCADERO



En este espacio, en donde hasta casi fines del Siglo XIX se enseñoreaba el río, estuvo el punto de partida, la génesis de millones de argentinos. Estas siluetas sencillas, remarcadas por un paisaje de agua y cielo, fue el sitio donde en marzo de 1908, se inauguró el Desembarcadero del Puerto de Buenos Aires, primera imagen que se grabaría en las retinas curiosas y anhelantes de los inmigrantes.

Los bellos aleros vieron desde entonces arribar a olas de mujeres, hombres y niños en busca de paz y trabajo. Así, entre 1911 y 1920 fueron un millón doscientas mil las personas que desfilaron por la misma galería en donde hoy una fuente, con su rumor y movimiento, parece conservar el espíritu de la vida que no se puede detener.

 

Los recién llegados, los gringos (denominación que muchos suponen tiene su origen en las dos primeras palabras de una canción patriótica entonada por los primeros inmigrantes irlandeses: green go...) eran recibidos por funcionarios aduaneros encargados de guiarlos. Un inmigrante del cantón suizo de Valais (pronúnciese Valé -perdón, estoy seguro que lo sabían) recordaba muchos años después, que los aduaneros los trataban con cariño, "haciéndome recordar un poco a mis tíos europeos".

 

Controlados sus equipajes y la documentación, y mientras sus pertenencias eran conducidas por un sistema de zorras, los recién llegados se ubicaban en el Hotel de Inmigrantes, un amplio edificio de 10.600 metros cuadrados construido en tres niveles. En tan generoso espacio se llegó a albergar a 1.500 viajeros.

 

El Motel de Inmigrantes fue inaugurado en 1912, a fin de reemplazar al viejo y redondeado Hotel de la Rotonda, ubicado en la Dársena Norte.

 

La planta baja estaba ocupada por el gran comedor, donde 700 personas podían alimentarse por vez, en cuatro turnos. El hotel poseía, además, cocina, lavaderos, zonas de talleres y sectores para empleados.

En los pisos superiores se ubicaban los dormitorios y baños. Las camas de cuero crudo, cobijaban en estancias separadas, a hombres y mujeres.

 

Los inmigrantes que habían llegado contratados por empresas particulares o compañías de colonización, no se hospedaban en el Hotel, el que era reservado para quienes con la sola asistencia de sus sueños y sus brazos llegaban en busca de una nueva alborada. Estos permanecían cinco días, durante los cuales podían aprender en la biblioteca con que contaba el Hotel, algo del pasado y presente como así también del idioma del país al cual pensaban integrarse. En los talleres a su vez, lograban los rudimentos de algún oficio mientras que los enfermos eran asistidos en un hospital modelo instalado ex profeso.

Casa FOA efectuó este año su Exposición "Argentina 1910-Memoria del Porvenir" en estos edificios declarados Monumentos Históricos en 1990.

Con participación de la Comisión Nacional de Museos y Lugares Históricos, se restauraron los edificios tales como el diseño original de la fachada del hotel lo que permitió recuperar el revoque símil-piedra. También se construyó la llamada Plaza del Inmigrante y sobre la Calle Histórica que unía el desembarcadero con el hotel, se reconstituyó el piso de adoquines inicial.

En el interior se restablecieron los pisos calcáreos y los azulejos, restitúyéndose los vidrios policromos en el trayecto de la escalera.

 

En este ámbito restaurado, Casa FOA inauguró la cálida y emotiva exposición con la ambición de que ella constituyera a corto plazo, la base del tan ansiado Museo del Inmigrante.

Como un rosario de emotivas cuentas, la muestra recreó la ansiosa vida cotidiana de los inmigrantes. El entrañable emblema que marcó el espíritu que vinculó la muestra con la evocación del pasado, estuvo representado en los baúles, bolsos, valijas y carretillas, y el trozo de amarra descansando en el cesto protector. Es decir, uniendo por un lado las ilusiones y tristezas de los equipajes y, por el otro, el lenguaje del cable de amarre diciendo de atadura, de sujeción a la nueva tierra.

Con un libro de ingreso original se iniciaba la historia que transitó luego por elementos de control, piezas hospitalarias, documentos y enseres queridos traídos de lejanas patrias como ser libros, lozas, ropa, zapatos acompañados de las infaltables fotos familiares.

En otro sector nos maravillamos con antiguas fotografías que muestran casi invariablemente rostros admirados, sorprendidos, temerosos.

Cuando partían del hotel, muchos eran los inmigrantes que se unían alquilando camiones y de esa forma transportar económicamente sus equipajes; tal como nos lo muestra la fotografía evocadora.

La hogaza, imaginémosla caliente, preside las largas mesas del amplio comedor. Si prestamos atención, hasta es posible que escuchemos las voces que alguna vez las poblaron, el ruido seductor de las cucharas buscando en el hondo plato la sopa reconfortante y caliente, y veamos los movimientos mesurados, las miradas preocupadas.

Llevados por la amplia escalera nos encontramos con los dormitorios, evocados en la muestra con retazos de deseos y temores dejados como testimonio hoy muy lejanos, por los que recién bajaban de los barcos.

 

El palpitante espacio histórico convocó a la emoción del visitante a través de un cálido retorno a tiempos fundacionales, al origen de tradiciones que hoy conservamos y que fueron traídas por los que llegaron un buen día, Seres anónimos, la mayoría de los cuales dejaron para siempre su impronta en cada uno de nosotros y en las cosas que amamos.


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
Derechos Reservados. Prohibida su Reproducción Total o Parcial