CAPÍTULO V

La Tesorería de la Aduana - Denuncia Contra Izquierdo - Nuevas "Arribadas" - Las "Memorias" del Virrey Avilés - Muerte de Izquierdo - Asume Brevemente Justo P. Linch - José de Proyet, Nuevo Administrador - El Virrey del Pino - Su Informe al Rey - Sobremonte - Las Invasiones Inglesas - Las Importaciones Británicas - El "Reglamento de Comercio" - La "Representación de los Hacendados" - Cisneros - "Reglamento de Comercio Directo" - Los comerciantes ingleses.

A la separación del ámbito de la Aduana de los Resguardos, el 5 de marzo de 1798 se sumó la Tesorería de la Administración. Es posible -como quiere Garrell- que tal resolución se hubiera debido al recuerdo de la sonada estafa de Ximénez de Mesa. También pudo haber sucedido que el virrey Olaguer y Feliú sospechara de la brusca caída de la renta aduanera, que, de los cuatrocientos mil pesos anuales de 1795, pasara a sólo cien mil en ese año. Todo esto porque las sospechas sobre la conducción de la Aduana volvían a la luz luego de lo ocurrido con el primer Administrador, y de los recelos sobre la actuación de Núñez.

El 28 de abril de 1798, en carta a la Corte, don Pedro Ateacsarra se quejaba del mal manejo del Administrador de la Real Aduana, don Ángel Izquierdo, del Vista don Juan Francisco Vilanoba y del Oficial Mayor de Contaduría don José Dionisio de Vilanoba. Gracias al enlace y parentezco que tienen entre sí, "introducen en los Almacenes de vuestra Real Aduana facturas boluminosas de generos españoles, y entre ellos los mas son prohibidos por V.M. uno a otro se disimulan las faltas que hacen a la oficina. Ellos ponen muchas imposiciones sin licencia de V.M. de que toda la ciudad esta muy quejosa. Dispensan a los de su faccion de que contribuyan el derecho de Alcabala y ramo de guerra al tiempo de embarcar cueros para Europa, concediéndoles plazos indeterminados".

Nada se pudo comprobar, y los acusados permanecieron en sus puestos sin ser molestados. Pero si bien es cierto que el tráfico había mermado -lo que abría la oportunidad para las especulaciones- la verdad es que la situación no se debió para nada a las supuestas actividades de algún mal funcionario.

La actividad portuaria se resintió a raíz de la reacción de los monopolistas a la política real de los barcos neutrales, lo que provocó el dictado de la Real Orden del 20 de abril de 1799, reiterada el 18 de julio de 1800, que intentará salvar el progresivo deterioro del comercio español en la propia Península.

Pero, pese a esto, las cosas no mejoraron mucho y los procedimientos tampoco. Como ejemplo vale el permiso dado en octubre de ese año de 1799 para que los comerciantes Manuel de Aguirre -dueño de lanchas que hacían el transporte entre Buenos Aires y Montevideo- y Pedro Duval -conciliario del Real Consulado- extrajeran en la fragata dinamarquesa "La Fortuna" cueros, cobre y artículos varios amparados en la disposición que permitía tal acción, siempre y cuando se hubiese producido el ingreso de esclavos en una anterior nave, en este caso la española "San Felipe Neri".

Además, por entonces las autoridades debieron aumentar los controles ante la aparición de navíos estadounidenses que se amparaban en su bandera neutral. Estas llegadas fueron promovidas por varios fuertes comerciantes de ultramar, como Manuel de Sarratea (17741849), Iuego destacado hombre público argentino, Tomás Antonio Romero y Gaspar de Santa Coloma.

Fue en este momento cuando el 14 de marzo de 1799 se hizo cargo de su puesto el sexto Virrey del Río de la Plata, Gabriel de Avilés y Fierro, marqués de Avilés (m. 1810), hasta entonces Capitán General de Chile.

Una de las primeras preocupaciones del nuevo funcionario fue la de oponerse a la entrada semiclandestina de géneros ingleses a través del regreso del "contrabando ejemplar".

Avilés no tardó en advertir el juego del que se valían los "introductores", cual era el de apelar a la Audiencia mientras coimeaban a los Vistas de Aduana y a los Consulares del Consulado. Los intereses en juego eran grandes, y Avilés tuvo que admitir sus limitaciones. La resistencia a la Real Orden de abril quedó expuesta palmariamente cuando el Bando que mandó fijar con su letra, fue arrancado y destruido por manos anónimas.

Pero no se siempre se trataba de solapadas actitudes. En el Consulado, el síndico Antonio de las Cagigas acaudillaba a la mayoría de los consulares a favor del comercio libre, argumentando que, como lo menciona José María Rosa, "había aumentado las recaudaciones de la aduana". Por supuesto que hubo voces encontradas, como la de los comerciantes monopolistas Martín de Álzaga (1756-1812) y Martín de Sarratea, a Ios que se sumaban los hacendados, como en este caso Manuel de Arana.

Hacia fines de su virreinato, el 21 de mayo de 1801, el Marqués de Avilés remitió su "Memoria" para "ir corrigiendo los errores que pueda haber cometido en dos años y dos meses que he gobernado ", y que estaba destinado a su sucesor, Joaquín del Pino y Rozas (1729-1804).

Estas "Memorias", dadas a conocer oportunamente por Antonio Zinny (1821-1890) resultan de sumo interés para una mejor comprensión de lo que estamos tratando.

Del largo memorial, recogemos aquí partes del apartado titulado "Comercio Marítimo ". "Este Río de la Plata, para cualquier buen gobernador que no tenga más interés que el cabal desempeño de su cargo, es especialmente en el tiempo actual de guerra, el río de las congojas y desabrimientos. Por mayor referiré a V.E. algunos acaecimientos sobre el comercio y concurrencia de extranjeros.

Deseoso el Rey de atender a las necesidades de este reino, así en la introducción de efectos necesarios para su consumo, como en la extracción de frutos del país, y para fomento de su agricultura permitió pudiesen los españoles introducir los efectos de lícito comercio en embarcaciones neutrales, desde países ertranjeros, con preciso retorno a España, permitiendo al mismo tiempo el comercio de frutos de las colonias amigas, en cambio de otros que se sacasen de nuestras producciones naturales.

De lo primero resultó tanto abuso como que, en primer lugar, prestaban los españoles sus nombres a los extranjeros, y ningún retorno se hizo a España del producto de las introducciones de aquí, protestando la imposibilidad de entrar en puerto de la península por los muchos enemigos que lo impedían, y armando artículos sobre que aquella condición sólo debe ser verificable conseguida la paz. En fin, fue tal el desorden en todas partes que S.M. mandó en Real Orden del 20 de abril de 1799, que cesasen absolutamente el permiso y, sin embargo, continuó por bastante tiempo pretextos de haberse hecho las explicaciones en tiempo hábil y otros efugios bastantes para aparentar justicia, aunque no para convencer a quien conoce los ardides de los comerciantes que se emplean en estos rigores.

El de frutos por frutos no se ha prohibido aún, y es origen de infinitos contrabandos que, además de perjudicar al estado, resulta también contra los comerciantes juiciosos, que no usan de medios ilícitos.

Aunque ya el comercio de negros ha cesado, queda aún el permitido en embarcaciones españolas directamente desde la costa de África. Sin embargo, estos giros de las limitaciones rigurosas de sus condiciones, han causado mucha extracción de dinero, además del contrabando, pues permitiéndose sacar en moneda el valor de las negros cuantos han venido en barcos nacionales y extranjeros, después de haberlo extraído ocultamente, han pedido licencia para sacar su importe, según los asientos de la aduana con cuyo arbitrio ha salido del estado, por lo menos, duplicada cantidad de que correspondía.

(...) También merece lamentarse el abuso que se ha hecho del muy benéfico real permiso para comprar embarcaciones extranjeras en lastre, con el designio interesante al estado y a los particulares, cual es el de aumentar la marina mercante. Es grande el número de permisos y patentes que se han dado, y que solo a servido para negocios que han hecho los agraciados con los extranjeros, vendiéndoles sus nombres y patentes, y cuando debían hallar estos puertos con un crecido número de embarcaciones así compradas, experimenta su muy notable y escandalosa falta, y si se han presentado algunas, han venido a dar que hacer a este gobierno con los cargamentos que indebidamente han conducido, valiéndose a ir para no aparecer más o para repetir sus molestias y perjudiciales arribadas. Por tan escandalosa experiencia, he procurado excusar el cumplimiento del citado real permiso, que, aunque es en si muy benéfico e importante nunca se dejará abusar de él, por lo que creo conveniente se suspenda su ejecución hasta que informado S.M. de lo funestamente acaecido, lo modifique o resuelva otra cosa que sea de su soberano agrado".

El momento histórico en que se mueven los intereses que retrata el Marqués de Avilés un momento de euforia comercial para las colonias americanas.

Al respecto, Edmundo A. Heredia dice: "Esta actitud ( comercial ) estaba en correspondencia con la situación europea, a raíz de la guerra entre España e Inglaterra. El momento fue propicio para reemplazar el flujo mercantil entre Cádiz y los puertos americanos por el comercio entre colonias y con los Estados Unidos".

Las "Memorias" del Virrey Avilés son pesimistas y por momento doloridas, comprensible, si tenemos en cuenta que él veía con sus propios ojos los manejos tan opulentos de una enorme cantidad de personajes que aprovechaban para sus intereses el menor resquicio que ofrecían reales órdenes y permisos. Él comprendió qure era válido para muchos, y que las disposiciones (reales o no) sólo resultaban obstáculos con más o menos dificultad para vencer. Eso impidió que advirtiese también los beneficios a lograrse sin la derogación de la Real Cédula del 20 de abril. Pero para 1801 -año en que se escriben las "Memorias"- tampoco las restricciones eran agobiantes y las prerrogativas libre comercio se mantenían.

El miércoles 12 de agosto de ese año, el periódico "Telégrafo Mercantil, Rural, Político Económico e Historiográfico del Río de la Plata"; transcribe el artículo XXIV del "Reglamento de Libre Comercio ".

"Los géneros nacionales de lana, lino, algodón y cáñamo, son libres de derecho y arbitrios a su salida de España y entrada en América, y los de seda pagarán 34 maravedies, por cada libra de 16 onzas de peso. También son libres de derecho el acero, alambre de hierro y latón, peltre, azúcar, bermellón, birrete de seda, blondas, cafés, carnes y pescado salado de nuestro Dominios, y de la América cerveza, cedazos, cerraduras, y clavazón de metal dorado, chocolate, cristales, cuchillos, encajes, espejos, fideos y demás pastas, harinas, hoja de lata, de espadas, sables, y espadines, lacre, ladrillos y loza, navajas, nueces, papel blanco y pintado, piedras de marmol y jaspe, plomo, pólvora, romero, sal, sebo, cidra, sombreros, vidrios, zapatos y juquillería".

A todo esto, en el ámbito de la Aduana nuevamente sucedía una desgracia. El 24 de octubre de 1800, en nota enviada por el contador Justo Pastor Linch al Virrey Marqués de Avilés se informa:

"Excelentísimo Señor: Entre siete y ocho de esta misma mañana falleció el Administrador que fue de esta Aduana don Angel Izquierdo, después de diez meses de enfermedad que ha padecido, cuya fe de muerte acompaño a VE. a los fines que estime correspondientes. Dios guíe a VE. Buenos Ayres 24 de octubre de 1800 ".

De inmediato fue designado en su reemplazo el hasta entonces contador y firmante de la comunicación, Justo Pastor Linch. La sola mención que sobre éste hemos encontrado es la de haber tenido una hija que, años más tarde, se casaría con otro de los administradores que tuvo la Aduana. Linch vivía en la calle Corrientes 115 de la antigua numeración.

La permanencia del nuevo Administrador fue breve -apenas de dos años- pero estuvo marcada por una actividad comercial cambiante y vertiginosa para esos tiempos. Diríamos que también le tocó actuar en una época que bullía en los prolegómenos de grandes y trascendentes cambios.

En 1802 el Rey nombraba como titular de la Aduana en reemplazo de Linch -que regresaba entonces a su antiguo puesto de Contador-, a José de Proyet, quien hasta ese momento no tenía vinculación alguna con la Aduana. Se convertirá así en el primer funcionario no formado en la Institución.

EI reemplazo del Virrey Avilés por del Pino trajo aparejado el intento de éste de cortar el creciente flujo de naves norteamericanas, siguiendo lo aconsejado por su antecesor. De inmediato el esfuerzo chocó con la resistencia de los comerciantes interesados en la conveniencia que anticipaban los barcos de aquella procedencia. Por otra parte, debía considerar que esos mismos comerciantes preferían la paralización del intercambio con Cádiz, que la posibilidad de quedar fuera del circuito comercial que se avizoraba.

De todas maneras, como aclara Edmundo A. Heredia, "no obstante la decidida acción del Virrey, era difícil interrumpir abruptamente el flujo, que había adquirido considerables dimensiones. Algunos barcos se encontraban en viaje al Río de la Plata; otros estaban ya anclados esperando la oportunidad de cargar", con lo que se corría el riesgo de provocar no sólo la ruina de muchos comerciantes sino también el de crear una relación tirante con los Estados Unidos.

Tal situación fue la que hizo que del Pino cumpliera con gran atención la Real Orden del 22 de agosto de 1802 sobre la situación comercial del Virreinato, y suministrara detenidamente todos los datos de las operaciones que se producían en los Puertos de Buenos Aires y Montevideo, detallando valores, procedencias, derechos y especies de los barcos ingresados, la cantidad de negros introducidos y sus precios, actividad esta última que para nada había mermado como lo hacía suponer el Marqués de Avilés.

Tal información no era de fácil acceso, no porque se ocultaran datos, sino por la importancia del intercambio que se establecía en los puertos del Río de la Plata. Como ejemplo, digamos que en ese año, los hacendados solicitaron la habilitación de 389 embarcaciones, las que serían tripuladas por 7780 hombres. Esta nada menor flota pensaba transportar a Europa 1.800.000 quintales de carne salada -que en el Viejo Continente se cotizaba muy bien en ese momento- más el agregado de 72.000 de sebo siempre requerido y bien pagado por la industria europea, astas y otros productos derivados. El quintal de carne salada era pagado en España a razón de 4 pesos, motivo por demás auspicioso para los hacendados de Buenos Aires. En su obra "Cuando Sarratea se Hizo Revolucionario" , Heredia dio a conocer el documento por el cual el Virrey del Pino elevaba al rey la información requerida, la cual se encuentra en el "Archivo General de Indias" en Sevilla.

Transcribimos el documento, que estimamos de sumo interés para comprender la situación mercantil de principios del Siglo XIX en el Río de la Plata, no sin antes aclarar que había sólo dos formas bajo las cuales se presentaban en Buenos Aires los navíos extranjeros: el comercio de negros y el intercambio de frutos, siendo ésta la preocupación e interés que tenía la Corte al momento de solicitar a del Pino el informe.

"Exmo. Señor - Por RealOrden del 22 de agosto de 1802, se me previene que remita una razon de los frutos, generos y efectos que entraron en estos puertos de cada una de la America Española en 1792, con expresión de Especies, cantidades, procedencias, valores y lo que adeudaron distinguiendo los destinos; otra semejante de los que entraron desde las Colonias, y paises extrangeros, con especificación de número de Negros introducidos en !as primeras, y sus precios, otra de los que se extrageron; otra de los Bugues que entraron desde ellos; otra de los que salieron especificando en esta, y en la anterior su naturaleza y clase; y otra del numero de Buques, y Marineros de este Puerto; y que en lo sucesivo diga con puntualidad las propias razones de seis en seis meses, manifestando los incombenientes que sufre el comercio, industria y navegacion del distrito de este virreynato, y los medios mas conducentes de conseguir el bien estar, que desea S.M. facilitar á estos sus amados vasallos.

Para dar el devido cumplimiento á esta Real Orden inmediatamente que la recivi la mandé comunicar a los Administradores de las Aduanas de esta Capital y Montevideo, con prevencion de que formasen respectivamente, y remitiesen las razones, que se pedian, informando al propio tiempo, guanto se les ofreciese y pareciese en orden a los puntos que abraza, é igualmente se ordenó á la Comandancia de Marina, dirigiese la razon del numero de Buques, y marineros de estos Puertos, y haviendolo executado cada uno en el tiempo, modo y fórma que se manifiesta de los adjuntos Estados, é informes respectivos que acompaño, los hará presentes VE. a SM. para los efectos de su soberano agrado, cerciorando de mi puntual cumplimiento a sus Soberanos Mandatos.

Como sobre los datos que se me piden, se me manda también informar en orden a los incombenientes, que experimente el Comercio, industria, y Navegacion del distrito de este virreynato, y de los medios mas conducentes a la prosperidad a los vasallos de estos Dominios segun los soberanos deseos de S.M. me ahorran la dilacion analizada, y por lo menos, los informes de l3 de agosto del presente año que acompaño dados por Don Josef Proyet Administrador de esta Read Aduana, muchos mas solidos, y fundados, que el que ha producido el de Montevideo Don Josef Prego de Oliver que asi mismo dirijo, remitiendome á mayor abundamiento á mis informes de 15 de marzo de 1802, sobre el estado de los dos Comercios, á saver el de Negros, y el de cambio de frutos de las Colonias Extrangeras.

(...) Pues primero lo respectivo al cambio de frutos con las colonias extrangeras hasta el dia muy distante de fomentar la agricultura de esta Provincia, camina con la propia languidez, que en años pasados, y siendo muy inferior la exportacion de numeros frutos al retorno de los Coloniales como manifresta el estado o razon de esta Aduana, es visible la preponderancia del lucro extrangero, sirviendo tan solo para su fomento la Real gracia del cambio de frutos sin provecho de nuestra Agricultura, y menos utilidad de los que comercian con sus producciones, porque prestan infielmente su nombre para retornar a sombra en el valor de los frutos que se suponen cambiados, crecidos intereses extrangeros cuyo producto en la mayor parte buelve á sus manos en dinero contante extraido por los medios mas sagaces burlando la actividad del Gobierno, y diligencias del Resguardo además de la proporcion de exercitar el contrabando de efectos Europeos, como se ejecuta sin cesar con gravisimo daño de nuestro comercio Nacional, sin que baste á precaverlo mayor vigilancia, y energia por la facilidad del trasbordo en este Rio de la Plata, desembarco en sus dilatadas, y desiertas costas á donde por falta de auxilios no llega el zelo del Resguardo, presentandose despues los Buques en estos Puertos con solo los frutos permitidos al cambio".

Es interesante hacer un alto en la transcripción para recordar que lo expresado por del Pino es exactamente la idea que anticipaba el Marqués de Avilés en el "Memorial" que dicta justamente para del Pino. Esto indica que del Pino copió directamente la opinión de antecesor o que, con seguridad, comprobó a su vez personalmente la realidad que vivía comercio marítimo. Del Pino no era un advenedizo, así que debió tomar sus recaudos, actitud que no hace más que confirmar entonces, las denuncias del Marqués de Ávila dándoles fe.

"De suerte, que sino se ha conseguido, el fomento de la agricultura de esta Provincia produciendo un ramo util, y ventajoso de industria Nacional, con la Real gracia de cambio de frutos con las Colonias estrangeras, antes vien ha servido y sirve este lisonge proyecto en la teorica de rica, y pingue mira en la practica á la codicia extrangera, mismo tiempo que es combeniente cultivar y hacer productivo el fertilisimo y vasto terreno de esta Provincia, es necesario adoptar otros medios, que concilien un tan interesante objeto con la extincion del contravando, y no se presente otro mas propio y adecuado que abolir el comercio de frutos con las Colonias extrangeras, y establecerlo unicamente con la Habana, costas de Caracas y Cartagena con la livertad de derechos, que propone Administrador de esta Aduana ".

Vale aquí también un breve paréntesis para recapitular sobre la identidad de conceptos tributación aduanera y política que tenían el Virrey y el Administrador de la Aduana. Es muy posible que el nombramiento de Proyet estuviera impulsado por el convencimiento del Pino de que esa comunión de ideas haría de la administración aduanera un logro que necesitaba imperiosamente.

"Bajo este nuebo Plan de comercio de frutos reciprocamente Nacionales, y sin perder de vista la importante maxima Politica de desterrar por todos los medios posibles el contrabando de los Extrangeros, es consiguiente á tan necesario principio en que deve apoyarse la prosperidad y engrandecimiento de nuestro Comercio Nacional con la Metrópoli, que el Trafico de Negros si ha de continuar por el tiempo que sea del Soberano agrado del Rey, se exercite exclusivamente por los Españoles en Buques Nacionales, y de ningun modo por los Extrangeros en sus Barcos, respecto a que la gracia que á estos tambien comprehendia en el trafico de Negros no ha influido en el aumento y felicidad de la Agricultura, pues ó bien la escases de Esclavos, y su valor excesivo, ó la abundancia momentanea con precios equitativos, no ha aumentado los brazos trabajadores para el cultivo de las tierras, y servicio de las Haciendas de Ganados, por ser en general de Iimitadas facultades para comprar Esclavos los que se dedican á estos Ramos de industria, que sirva de base á el Comercio de frutos, y tan solo ha facilitado el monopolio de los mas acaudalados para engrosar sus fondos, y la correspondencia y estrecho trato de los Españoles con los Extrangeros, para que estos á nombre de aquellos, ó por si mismos en su arribo á estos Puertos, bajo el salvo conducto del Trafico permitido de Negros hayan introducido continuamente crecido contrabando de toda clase de efectos, aun los mas prohibidos, cuya abundancia ha corrido por todo el Reyno con mayor descaro, Ilevando en retorno crecidos caudales en plata, oro y frutos, sin ser producto de sus Esclavos, sino de sus efectos clandestinamente introducidos, a pesar de toda la vigilancia de este Govierno con manifiesto perjuicio de nuestro Comercio Nacional ".

A continuación, Del Pino abogaba resueltamente en la prohibición del comercio fuera del que se realizaba con España y las demás colonias.

"(...) Y la entera prohivicion de venir á estos Puertos Buques algunos extrangeros, con ` Negros, ó sin ellos, con pretexto alguno, aunque sea en Lastre, y con el fin de estar comprado por algun español para el trafico de Negros á la costa de Africa, pues todo es una apariencia, y especiosos motivos para tener la Puerta franca al Contrabando, no solo careciendo como se carece de medios en la fuerza, y vigor del Resguardo, sino aun quando tuviera auxilios mayores que los que tiene, porque siempre burlaria la mas activa vigilancia la gran proporcion de la situacion local de este Río, y sus dilatadas costas del Sur y Norte, empleandose privativamente dos Españoles en el expresado trafico de Negros de la Costa de Africa, con las franquicias y gracias concedidas para su fomento, y otras que se juzguen oportunas para animar a los emprehendedores, menos la de comprar Buques Extranjeros, que vengan á estos Puertos con esta calidad sino que los que quieren comprarse despues que adquirida su propiedad se españolizen y matriculen en los Puertos de España que designe S.M. y desde alli hagan sus expediciones á estos Puertos pa dirigirse al Africa, ó á esta en derechura, segun les acomode a los Traficantes, y con calidad de no poderse despues enagenar, sin licencia del Rey, á persona alguna extrangera, y para dar principio á esta providencia importante, como unico remedio pa evitar sino en el todo en la mayor parte del contrabando, y fraudulento Comercio de efectos extrangeros".

La información del virrey está fechada en Buenos Aires el 26 de agosto de 1803. No hace falta comentario de nuestra parte; el informe cuenta con claridad lo que por esa época se vivía en el Río de la Plata.

El espíritu tolerante del Marqués de Ávila hizo que la realidad portuaria se modificara radicalmente con la asunción del Virrey Del Pino, decidido a eliminar la llegada de barcos extranjeros en lastre.

Uno de los primeros perjudicados con esta determinación fue Martín de Sarratea, el que vio cómo sus seis barcos estadounidenses -entre ellos las fragatas "Washington", "Cantón" América", de 800, 600 y 600 toneladas respectivamente- se vieron bloqueadas a sus arribos al Puerto de Montevideo. De nada valió que aún en 1810 Sarratea se quejara amargamente aludiendo, más allá de sus derechos vulnerados "á unos perjuicios tan enormes que consumieron toda la fortuna del exponente, y considerable parte de la de la casa de su padre".

Mientras tanto, el virrey continuó quejándose del poco celo de muchos de sus funcionarios por contener, por ejemplo, la semiclandestina introducción de mercadería, principalmente inglesas.

Pero no vaya a pensarse que todo el comercio clandestino estaba en manos de aleves funcionarios que cooperaban con los hijos de Albion. Algunos años más tarde, el comerciante inglés Alexander Mackinon, sobre el cual hablaremos luego, en carta al Ministro de Relaciones Exteriores George Canning (1770-1827), y refiriéndose a sus colegas catalanes y gallegos aseveraba: "Ellos han sido hasta aquí los principales conductores del sistema de contrabando; muchos de ellos han ganado fortunas defraudando al fisco y vendiendo su mercancías a muy poco menos a los americanos nativos, que son los que pagan Ia totalidad de sus derechos".

Pese a todo lo que anticipa este accionar, la Aduana, con Proyet a la cabeza, intentaba frenar el aluvión ilegal, pese a las claudicaciones, inevitables dentro mismo de su escasa dotación.

Pero -"sospechosamente", al decir de José María Rosa- el 11 de abril de 1804 el Mariscal de Campo Joaquín del Pino falleció.

La corrupción imperante era tal que la "sospecha" inicial llevó a pensar luego, que el causante de su muerte bien pudo ser un funesto complot.

Pero la irrefutable verdad era que el enemigo de los buques extranjeros llegados en lastre a puertos del Río de la Plata había muerto.

Por "pliego de mortaja" quedó a cargo del virreinato el Subinspector de Tropas Regladas y Milicas, Rafael de Sobremonte y Núñez Carrasco (1745-1827), el que el 10 de noviembre fue confirmado como titular.

Dos años más tarde, Sobremonte se enfrentaría con un acontecimiento que lo doblegaría, y en el Río de la Plata produciría un sacudimiento político de enorme significación: las invasiones inglesas.

Fue la estratégica derrota franco-española en Trafalgar (1805) la que produjo la puesta en marcha de un ambicioso plan inglés que se amparaba en la supremacía de la escuadra británica en los mares del mundo.

La razón de la pretendida conquista del Río de la Plata fue la de apoderarse de nuevos mercados capaces de absorber la producción manufacturera que, en esos momentos, desbordaba de las fábricas a causa del cierre de los mercados europeos provocado por la guerra entre los tres países.

Tal es lo que se desprende, por ejemplo, del 'Memorial" presentado al gabinete inglés por el Ministro de Guerra Henry Robert, visconde de Castlereagh (1769-1822), el 1° de mayo de 1807. En él, el visconde se explaya sobre cómo entendía las relaciones entre Gran Bretaña y las colonias españolas. Al respecto, José María Rosa hace el siguiente análisis: "A ~Castlereagh no le interesaba la popularidad sino la eficacia de una política externa. Su objetivo debería consistir en ganar mercados de consumo y de producción de materias primas. Lo esencial era el beneficio comercial que podía lograrse y mantenerse por un control indirecto sin requerírse un dominio directo". Aclarando al respecto, el ministro inglés escribía: "Si nosotros nos acercamos a ellos como comerciantes y no como enemigos, podríamos dar energía a sus impulsos locales, y conseguiríamos abrogar las prohibiciones contra nuestro comercio. Que es nuestro gran interés".

Los hechos corroboraron las palabras. Junto con las tres flotas invasoras de 1807 venían buques mercantes que transportaban productos manufacturados ingleses para ser comerciados no bien los soldados pusieran sus pies en Buenos Aires.

Si bien las alternativas gloriosas de estas jornadas escapan a las intenciones de este trabajo, debemos efectuar dos breves acotaciones. Durante la primera invasión, una de las primeras disposiciones de William Carr Beresford (1768-1854) fue la de -so pena de despido- hacer obediencia a Jorge III a todos los funcionarios y al clero. Ante la amenaza, luego del juramento de lealtad de los religiosos, lo hicieron los integrantes del Cabildo, el Consulado, los funcionarios y los oficiales de tropas. No todos lo efectuaron: no lo hizo la Real Audiencia, ni Manuel Belgrano como Secretario del Consulado. Lamentablemente, no sabemos la actitud asumida por José de Proyet, pero su permanencia en el cargo, por otra parte tan importante, hace suponer que fue uno de los funcionarios que juraron lealtad al Rey inglés.

El otro punto de mención sucedió cuando la segunda invasión, durante la cual -como sabemos- actuaron veintiún cuerpos reglados de españoles y americanos. El más importante, y poderoso de éstos fue el de Patricios, compuesto por 1421 hombres.

En un artículo titulado "Oficios Porteños en Vísperas de la Revolución de Mayo", Alberti M. Salas dio a conocer en 1981 un documento existente en el Archivo General de la Nación en el que aparecen las actividades declaradas por 1017 integrantes de la fuerza. Así, entre " 1 escuelero, 1 enfermo habitual, 133 zapateros, 1 maestro de pala, 17 barberos, 12 trajinistas, 1 pobre de solemnidad, 1 mercachifle, 3 chancheros, 3 peineros", etc., figura un "meritorio de la Aduana".

Fuera de esta última curiosidad, lo que sí nos interesa de estas trascendentes jornadas, es Io que acarrearon en el aspecto comercial y en su lógica influencia aduanera.

Mientras las mercaderías inglesas traídas calculadamente por los invasores se agotaban en las tiendas porteñas gracias a los que se entusiasmaban con ellas, como Mariquita Sánchez con los jabones de olor, los ingleses desplegaban los principios del libre comercio.

Claro que ese libre comercio era una particular versión, muy al estilo inglés. Como Io señala el historiador británico H.S.Ferns, la libertad consistía en la participación de la colonia en el mercado de las islas.

Igualmente proteccionista que la española, la nueva política comercial era sólo más generosa, digamos más elástica.

De inmediato, la apertura se dio de narices con los intereses de los monopolistas españoles y lo que era más inesperado, con las expectativas de los que, restregándose las manos pretendían comerciar libremente con todo el mundo.

El 29 de junio de 1806 Beresford dio una proclama en la que esperaba que la ciudad gozara de las ventajas del "tráfico mercantil sin trabas que harán de la rica provincia de Buenos Aires y Sudamérica en general, los más prósperos países del mundo".

El próximo paso inglés fue dar a conocer el 4 de agosto de 1806 un "Reglamento de Comercio", por el que Beresford establecía las futuras normas a las que deberían ajustarse Administración de Aduana y los comerciantes.

El documento consta de 16 artículos. Primeramente se enumeran los productos que estarían sujetos al intercambio, y se establecen los derechos respectivos. Éstos eran rebajados considerablemente: del 34 % pasaban al 12,5 % para los productos ingleses, y a 17,5 % para los extranjeros.

Precedía el articulado una declaración de propósitos:

"El sistema de monopolio, restricción y opresión ha llegado ya a término", siendo para Gran Bretaña la única aspiración "la felicidad y prosperidad de estos países".

De la noche a la mañana el puerto se convertía de un destino cerrado en una esperanzada "factoría británica", al decir de Pérez Amuchástegui, que agrega: "Allí habría de concentrarse el mercado atlántico de exportación e importación, con el auspicio de la Marina inglesa". Fue un golpe mortal para los monopolistas, encabezados por don Martín de Álzaga (1756-1812). Pero para todos en general resultó una toma de conciencia de las enormes posibilidades que ofrecía la apertura formal del comercio libre, por lo menos con los mercados ingleses y sus colonias.

Los acontecimientos se precipitaron, y provocaron las sucesivas y determinantes derrotas inglesas de 1806 y 1807. Desde entonces, a pesar de un intento en 1808 (abortado antes de nacer), los británicos buscarán otras armas para imponer su hegemonía: su avasallante presencia mercantil.

Si algo había cosechado la Aduana en estas jornadas, lo logró a través de la persona de su Administrador, don José de Proyet. El alto concepto que Carlos IV tenía del funcionario probado con la emisión de la Real Orden del 9 de julio de 1807, dictada -sin saberlo el monarca- cuatro días más tarde de la rendición inglesa, durante la Defensa de Buenos Aires. Por dicha Orden se nombraba a Proyet "Comisario Gobernador Honorario de los Ejércitos", mandando que se lo reconociera por tal "y os guarden y hagan guardar los honores, gracias y preeminencias que os corresponde y deben ser guardados sin que se os falte en cosa alguna".

Debieron ser altos los méritos del Administrador para inspirar un honor como el que se le dispensaba. ¿Respondían a actos heroicos o distinguidos efectuados durante la Reconquista?. Lamentablemente, la documentación que lo pruebe no ha visto aún la luz.

Pero lo cierto es que, alejados los ingleses - por lo menos militarmente-, nada sería igual el Río de la Plata. Desde entonces, nuevos aires políticos y comerciales soplarían incontenibles.

Enfocados desde un punto de vista aduanero, el más importante de estos sucesos será la "Representación que el Apoderado de los Hacendados de las campañas del Río de la Plata dirigió al Excelentísimo Señor virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros en el Expediente promovido sobre proporcionar ingresos al Erario por medio de un franco o con la Nación Inglesa"; y conocida por el más breve título de "Representación de los Hacendados", presentada por José de la Rosa, procurador de Manuel Belgrano, el 6 octubre de 1809 y que todos atribuyen al Doctor Mariano Moreno (1778-1811).

Este documento tendría un efecto inmediato y eficaz en el logro de las metas que pretendía. Reconocía un antecedente presentado quince años antes, en 1794, en el seno del Consulado por el conciliario Francisco Antonio de Escalada. Según las palabras de Mitre, este petitorio -en donde las ideas del Secretario Manuel Belgrano se advierten con claridad al punto de hacer presumir su propia letra- abogaba por " los oprimidos por el monopolio (...) En ese documento notable (...) se establecen los fundamentos de la libertad de comercio ".

El escrito anota que "Sólo un gobierno indolente pudiera despreciar estas ganancias, que resultarían de la exportación de nuestros productos a las colonias extranjeras; ellas no tienen cotejo con el momentáneo y mal entendido perjuicio que pueden causar a algunos países de la España". Si bien este intento no prosperó, la guerra europea urgió -como vimos- a ejecutar los permisos temporarios, haciendo realidad (por lo menos en parte) la aspiraciones en juego.

Claro que el gran enemigo de estos intentos fue siempre el propio Consulado, el mismo que hizo decir a Mitre, "tan funesta como fue la influencia del Consulado en lo relativo a la franquicias del comercio exterior". Pero los tiempos consumían otras expectativas con demasiada rapidez para el gusto de los monopolistas. Una de ellas llegó con la "Representación de los Hacendados".

La actualización del petitorio de Escalada arribó en un momento neurálgico, de extremada dificultad, cuando los apremios económicos de la Renta pública eran ya inocultables.

Para 1809 la Tesorería enfrentaba una necesidad de tres millones de pesos, mientras que todas las rentas disponibles producidas a través de los tributos, el 80 % aduaneros, no alcanzaban a originar un millón anual, y los comerciantes cerraban las cajas a cualquier empréstito. Es en ese momento histórico que llega la "Representación" de Mariano Moreno.



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