CAPÍTULO III

La Política Europea a Fines del Siglo XVIII - El Virreinato del Río de la Plata - Pedro de Cevallos - El "Auto de Libre Internación " - La Erección de la Aduana de Buenos Aires - El Primer Administrador: Francisco Ximénez de Mesa - El Personal Inicial -La Primera Sede - "La Ranchería " - Las "Instrucciones Aduaneras " - Pragmática de Comercio Libre - La Aduana de Montevideo - La Casa del Asiento - Su Arrendamiento.

Finalizada la Guerra de los Siete Años, que entre 1756 y 1763 involucró a Austria, Francia y Rusia en contra de Inglaterra y Prusia, y que aún relacionó a la misma España con los primeros y a Portugal con los últimos, un nuevo orden político se estableció no sólo en Europa sino también en las posesiones del Viejo Continente en el nuevo. Una especie de cambio de piezas en los grandes escaques coloniales.

Los Tratados de París en 1762, y de Hubertsburg un año más tarde, apuntalaron -además- las fuertes relaciones entre Inglaterra y Portugal, hecho que éste aprovechó hábilmente para presionar sobre las posesiones españolas en América, con pretensiones, por otra parte, de vieja data.

Pero, modificando el tablero geopolítico, todavía había algo más: ese algo era nada menos que la declaración de independencia de las colonias angloamericanas.

Entonces, recelosa con justicia de los vínculos de Inglaterra con Portugal y sin deseos de caer en los brazos de Francia, España actualizó el añejo juego político que periódicamente enfrentaba y alejaba a las cuatro naciones. Y lo hizo con serenidad y aplomo. La premisa fue: conflicto sólo en América. Así, por un lado resolvió recuperar Río Grande, tomada por los portugueses en mal momento, y, por otro, reorganizar sus posesiones en el Nuevo Mundo.

La estrategia dio resultado. Francia encontró a Portugal como invasor, y aprobó una acción militar española para recuperar sus territorios, e Inglaterra, con sus propios problemas coloniales, dejó que Portugal se arreglara solo con la situación que había generado.

Los borbones, especialmente Carlos III (1716-1788), ya tenían en carpeta un plan general de reformas administrativas que respondían a un mejor conocimiento geográfico y político de la América española.

Es posible que los acontecimientos apresuraran la toma de decisiones. La primera medida fue la creación -provisoria por el momento- del Virreinato del Río de la Plata a través de la Real Cédula del 1° de agosto de 1776. Por medio de la Real Cédula del 27 de octubre de 1777 la condición de provisoria daría lugar a la de definitiva.

La primera idea sobre la creación del Virreinato se debe al Fiscal de la Audiencia de Charcas, Tomás Álvarez de Acevedo, y fue formulada en 1771. El proyecto tenía la particularidad de integrar dentro de sus límites a las gobernaciones que seis años más tarde conformarían realmente el Virreinato. El notable informe fue respaldado por el Virrey del Perú, Manuel Amat y Junient.

Creado por fin por la Real Cédula del 1° de agosto de 1776, el virreinato estaba integrado por las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Cuyo, Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz.

El segundo paso de la política española fue el resolver el envío de un poderoso ejército capaz de reconquistar no sólo Río Grande, sino también Santa Catalina.

Para ocupar el cargo de virrey y el de general de la expedición, la Corte se decidió por el Teniente General Pedro de Cevallos (1716-1768) que se desempeñaba como Gobernador militar de Madrid. Un hombre decidido, y estratega muy capaz, que había sido Gobernador del Río de la Plata en 1756, conocedor -por lo tanto- de la geografía y de las necesidades de esta parte de América.

El nombramiento lo designaba "Virrey, Gobernador, Capitán General y Superior Presidente de la Real Audiencia del Plata (...) por todo el tiempo que VE. se mantenga en esta expedición militar (...) hasta su regreso (...) concluido que haya la expedición y conseguidos los importantes objetos a que se dirige, dejando VE. entonces el gobierno y mando militar y político de las provincias del Río de la Plata".

El 13 de noviembre de 1776, al frente de su armada, Cevallos se hizo a la mar en "El Poderoso", desde Cádiz con rumbo a Santa Catalina. Eran 115 barcos tripulados por 4500 marinos que conducían un ejército de 9500 hombres.

Escapa a nuestro trabajo historiar las alternativas de esta poderosa expedición, aunque deberemos detenernos en las medidas que enmarcaron económicamente este ambicioso proyecto.

El novel virrey, recibido jubilosamente en Buenos Aires, va a echar las bases de una importante transformación comercial para la sociedad que comenzaba a gobernar. Así, antes de su instalación a partir del 6 de noviembre de 1777, el 6 de octubre daba el primer paso en el gran cambio, y autorizaba a Buenos Aires a comerciar por el denominado "Auto de Libre Internación" con la Gobernación del Alto Perú.

La medida fue confirmada y ampliada por la Real Cédula del 2 de febrero de 1778, por la cual Buenos Aires se incorporó al libre comercio con España. Pero hay más; el 12 de octubre de ese año, y mejorando la nueva posición del Virreinato, treinta y tres puertos (catorce de la península y diecinueve de América) quedaban en libertad de comerciar entre sí sin necesidad de acudir a la Corte en busca de la correspondiente licencia. Claro que, según lo aclara José María Rosa, tal medida sólo buscaba proteger a "todo buque español que saliera de determinados puertos de la península y protegido por fomentar el transporte de manufacturas españolas".

Así, los productos españoles pagaban un arancel de 3 % y los extranjeros el 7 %, dejando libres de tributos por diez años a las manufacturas españolas de algodón, lana y lino, y a las exportaciones americanas de carnes saladas, lana de vicuña, algodón, lino, pieles y yerba mate. Se esperaba que renaciera una industria metropolitana que encontrase mercado de consumo en América.

Y el proceso continuó estudiadamente. Así, el 16 de febrero de 1778, por Real Cédula, se establecían los aranceles a cobrar por los escribanos de Registro en los Puertos de Indias para las embarcaciones del comercio libre: "(...) Me he dignado también, demás de rebajar la mitad de la Real Contribución sobre los géneros y frutos españoles prohibir por el artículo décimo de mi Real Decreto (de fecha 2 de febrero) que los puertos de España y Indias, Administradores de Aduana, Oficiales Reales, ni demás empleados pueden pedir, ni tomar derecho, graficación o emolumento alguno a los Dueños de las embarcaciones, sus Capitanes y Encomenderos, por los de registro y demás necesarios para su habilitación y pronto despacho exceptuando solamente el costo por cada pliego del papel y derechos de escrito".

Pero lo realmente importante para nuestro estudio es que a causa del régimen de libre comercio autorizado, el 2 de febrero de 1778 Carlos III daba nacimiento a la Aduana de Buenos Aires. Para ello, en Aranjuez, el 25 de junio de ese año el soberano firmaba la Real Cédula de creación.

"El Rey - Por haber considerado que con la gracia del Comercio Libre a la Provincia de Buenos Aires, y las particulares atenciones de los Oficiales Reales de aquellas Casas Matrices del Virreinato, queda expuesta mi Hacienda a sufrir perjuicios en el adeudo de Derechos que causan las embarcaciones en la entrada y salida de efectos y frutos comestibles, y también mis vasallos a experimentar demoras en el avalúo y pronto despacho de las cargazones, he resuelto que se erija una Aduana en el Puerto de Buenos Aires y a este efecto he mandado ya anticipar algunas prevenciones. Y siendo preciso poner la Administración de este nuevo establecimiento al cuidado de persona de inteligencia e integridad que según la Instrucción que ha de formar el Intendente del Ejercito y Real Hacienda de aquel Virreinato desempeñe este empleo bajo circunstancias y disposiciones correspondientes a su manejo; hallándome con satisfacción del celo y buena conducta de don Francisco Ximénez de Mesa, he venido en nombrarle por Administrador de la citada Aduana del Puerto de Buenos Aires, reuniendo en este propio empleo el de la Administración del Ramo de Alcabalas de aquella capital y su partido para que le gobierne en la conformidad y bajo las reglas que sean correspondientes.

"Por tanto, mando al Virrey Gobernador y Capitán General de las Provincias del Río de la Plata, y al Intendente de Ejército y Real Hacienda de aquel Virreinato, se ponga al mencionado Francisco Ximénez de Mesa en posesión del citado empleo de Administrador de la Aduana del Puerto de Buenos Aires y de las Alcabalas de la capital y su Partido, guardándole y haciéndole guardar las honras, gracias y prerrogativas que por este empleo le pertenezcan, dando a reconocer como tal Administrado; para que cada uno de los empleados de mi Real Hacienda concurra por su parte a que ejecute y ponga en practica cuanto para su mejor manejo y gobierno se establezca, e igualmente mando al referido Intendente de Ejército y Real Hacienda, se le asista por todo con el sueldo anual de 2500 pesos que le he señalado y ha de empezar a gozar desde el día de su posesión, y declaro al mismo tiempo que por este empleo no debe pagar el Derecho de Media Anata por ser primera creación, que así es mi voluntad y que de esta Cédula se tome razón en la Contaduría General de Indias y en los Oficios de mi Real Hacienda a que corresponde en Buenos Aires Dada en Aranjuez a 25 de junio de 1778.

"Yo, el Rey"

El 7 de abril, José Gálvez (1720-1786), Ministro General de Indias participa al sucesor de Cevallos, Juan José de Vértiz y Salcedo (1719-1799) que "el Rey había resuelto se erigiera en el Puerto de Buenos Aires una Aduana". De tal modo, Cevallos había estado al frente del Virreinato el breve lapso de seis meses, lo que le impidió ser quien pusiera formalmente en funciones a la nueva dependencia.

Es de interés asentar aunque sea brevemente quién era José Gálvez, que tan importante papel jugará en la instalación aduanera. Había nacido en Málaga en 1720. Recibido de abogado, actuó en México como Visitador, y volvió a España en 1775, momento en que el Rey lo nombró Marqués de Sonora, y lo designó Ministro General de Indias. Era de carácter sombrío y despótico, pero sobresalió como un administrador hábil, sumamente trabajador y por sobre todo, notablemente honesto.

El segundo personaje que tendrá vital importancia en el establecimiento y funcionamiento de la Aduana será Manuel Ignacio Fernández. Oriundo de España, se vinculó tempranamente con Carlos III, siendo condecorado por éste con la Real Orden de su nombre. Ministro de Plaza de Capa y Espada en el Consejo de Indias, acompañó a Cevallos en su expedición a América. Fue posteriormente Consejero del Virrey Vértiz, y asesoró e inspiró la implementación de la imprenta. Murió en Madrid el 8 de enero de 1790.

Fernández -que, como decíamos, llegó a América con Cevallos- se desempeñó como Intendente de Guerra de la Expedición. Cuando se le dio al Virreinato el carácter de definitivo, pasó a desempeñarse como Superintendente de Guerra y de la Real Hacienda, cargo éste que, entre otras cosas, despojaba a los virreyes del manejo de las finanzas reales con la intención primera de aliviar a éstos y al Cabildo del cobro, custodia y empleo de la renta, pero, fundamentalmente, con la encubierta intención de evitar los abusos. Fernández era un muy capaz y comprensivo funcionario, que permanentemente alentaba a los empleados de cargos inferiores a progresar en sus tareas administrativas.

El Superintendente, de quien iba a depender la Administración de Aduana, estaba representado en las distintas jurisdicciones, tituladas Intendencias, por oficiales con funciones similares y definitivamente desligados de los virreyes.

Entre sus varias obligaciones, el Superintendente debía remitir los excedentes de las recaudaciones a España y ejercer, además, autoridad sobre la Aduana de Montevideo.

Como vimos, por la Real Cédula del 25 de junio que creaba la Administración de Aduana, se designaba Administrador a Francisco Jiménez de Mesa, el que también detentaba el cargo de Recaudador del Impuesto de Alcabala. Pero como por la distancia las comunicaciones con España no eran fáciles, recién será el 3 de marzo de 1779 que, previo inventario de rigor, el designado titular asumirá sus funciones. Así, en esta fecha se hace cargo "Don Francisco Jiménez de Mesa Administrador propietario que empieza hoy el ejercicio de su Empleo".

El próximo paso administrativo fue el de nombrar a los funcionarios que lo acompañarían. Así, ese mismo día se designó a Nicolás Torrado como Contador, a Martín Sánchez Cavello como Alcalde, como Escribientes a Eustaquio Outon, Miguel Obles, Francisco de Paula Marín, Fernando Echalecu y Manuel Espinoza. Como Oficial 1° de Tesorería se incorporó a Gregorio Cancedo. Como Escribiente, también de Tesorería, a Bernabé Gonzalo Bueno, y como Cajero a Luis Zuldarriaga. Como Vista, tercer cargo en importancia, a Juan Francisco de Vilanova.

Con fecha 9 de julio se agregaron José Dionisio Vilanova, hijo del Vista, como Oficial 1°, y Francisco Esteban Gaviri como Oficial 2°. En 1782, ante el fallecimiento de Nicolás Torrado, primera muerte de un funcionario en actividad, ocupó su lugar como Contador Juan José Nuñez, sobrino del Superintendente Miguel Ignacio Fernández.

El objetivo siguiente fue el de disponer de un edificio acorde con las misiones de la nueva Dependencia. Inteligentemente y de inmediato, Fernández pensó en la casa llamada "Del Real Asiento de los Ingleses", propiedad de don Vicente de Azcuénaga (1717-1787) utilizada por los comerciantes negreros de esa nacionalidad, y situada a espaldas del Convento de Santo Domingo sobre la calle de este nombre, actual avenida Belgrano, pero debido al alto precio del alquiler requerido se vio en la necesidad de desistir, como lo expresa en carta al Ministro Gálvez, debiendo resignarse a arrendar una casa establecida en la Ranchería.

"(.)Siendo constante que además de las proporciones de esta nueva Aduana, tiene la más recomendable de hallarse en el centro de la ciudad, a la vista de un Cuerpo de Guardia y con una plaza enfrente, que facilita el reconocimiento de todas las carretas en que se conducen los géneros de España desde el muelle o sitio que llaman de las Barrancas pues aún que tube pensado erigir la Aduana en la Casa nombrada del Asiento por hallarse inmediata al Río, me pidió su dueño el asombroso alquiler de tres mil seiscientos pesos por año, por lo que lo desprecié, como no menos por estar vastamente retirada de las Casas de Comercio, cuyos Dependientes emplearían mucho tiempo en atender el despacho de sus géneros Baxo esta suposición, y la de que el Virrey, y el Pueblo, se hallan contentos de que esta aduana esté establecida en la Ranchería de los Indios Guaranis, espero que VE. sirva comunicarme su aprovación".

En verdad la diferencia del precio era notable si tenemos en cuenta que la Casa de la Ranchería fue arrendada en sólo 500 pesos anuales.

Así pues, luego de funcionar transitoriamente en el Fuerte mientras duraban las tramitaciones de arrendamiento de un inmueble apropiado, el 1° de mayo de 1779, con la aprobación del Ministro Gálvez la Aduana abrió sus puertas en el centro de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero las comodidades de la casa no eran para nada lo deseable para una oficina pública con un importante movimiento de personas y bultos. Así, en carta del 27 de marzo de 1779, que envía a Gálvez anoticiándolo que se hacía cargo de sus funciones, Jiménez de Mesa planteaba los problemas de alojamiento que tenía, y, sin aclararías, anticipaba las dificultades que encontraba en la Ranchería y que a su saber aconsejaban el arrendamiento de la "Casa del Real Asiento de los Ingleses".

"(..)Fundado en que es imposible servir al Rey y al pueblo (.) sin una comodidad que pasa a ser necesidad maiormente en la intemperie de este País y calidad de sus calles que inutiliza el recurso á coche en los inbiemos; son las distancias inmensas por ser las casas bajas, y como la ciudad está tan nuevamente elevada á la espera de Capital, tampoco se encuentran (..) la misma gracia pido á favor del Contador, y vista que aun no ha llegado (..) El intendente se á valido para lo preciso de Oficina y Almacén de una casa de los Indios de Misiones, nombrada Ranchería que presentemente se esta habilitando, supliendo en el interín, con infinitos trabajos, los cuartos bajos del fuerte; pero Señor la casa particular que se conoce por el nombre de Asiento, esta en paraje apropiado, puede dar habitación para los tres, y sobra con anchura para el Despacho, esta vacante sin alquilar y se pensó en ella antes que yo llegase y por el dueño pidió con desarreglo, se le subrogó la Ranchería".

Sin poder doblegar las intenciones de Azcuénaga y sin otro remedio que elegir entre lo poco que se ofrecía, Fernández alquiló la casa situada en Perú y Alsina, detrás de la "Manzana de las Luces", propiedad de las Temporalidades.

Poseía una sola entrada -tanto para los depósitos como para las oficinas- lo que al decir de Jiménez de Mesa provocaba que un "ruido bullicioso y constante impedía el trabajar con tranquilidad". El terreno era, sin embargo profundo, y los depósitos estaban a una cuadra de la puerta, lo que tampoco satisfacía al Administrador (seguramente por lo angosto del camino que impedía el traslado de piezas voluminosas).

Previo a esta toma de decisiones, y mientras la Aduana ocupaba los "cuartos bajos del fuerte", el 14 de julio de 1778 Carlos III encomendaba a Manuel Ignacio Fernández "del Consejo de Su Majestad, Intendente de los Reales Comercios y de todos los Ramos de su Real Hacienda del Virreinato de Buenos Aires, Superintendente General, subdelegado de la Real Renta de Tabacos de las Provincias de su Comprehención", la redacción de las Instrucciones a las cuales debían ajustar sus acciones el Administrador, Contador Alcalde, Vista, y el resto de los empleados aduaneros.

Las Instrucciones están fechadas el 15 de febrero de 1779. Ellas pasan a constituirse en las primeras reglas que establecieron las tareas de todas las aduanas virreinales. El trabajo de Fernández consta de siete capítulos. En el primero establece lo que ha de observarse con las naves de guerra en Montevideo. El segundo, con los buques correo del rey. El tercero se expide sobre las visitas y reglas para la carga y descarga, y mercaderías prohibidas del estanco de tabaco y naipes. En el cuarto se instruye sobre el régimen de alcabala en Buenos Aires y en Montevideo. En el quinto se establecen los aranceles a los géneros y frutos. En el sexto aparecen las disposiciones administrativas sobre el manejo de la contaduría y tesorería. En el último capitulo se reglamenta la policía aduanera, incluyendo las guardias terrestres en los caminos a Pergamino, Esquina, Villa de Luján y Capilla del Rosario. Hacía depender de la Aduana el Resguardo, hecho éste que, como veremos, se mantendría hasta la reforma de 1794.

Como expresa Garrell, el trabajo de Fernández es "el primer antecedente en la materia, cuya característica sobresaliente es la complejidad que evidencia; perfectamente explicable si se considera lo difícil que es conseguir soluciones de primera intención que, por otra parte, y como reafirmación de lo expuesto, se ha prolongado hasta el momento actual".

 


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