Las Rías y sus Puertos


     Decía Otero Pedrayo, sin duda alguna el más sensible intérprete del paisaje gallego, que la roca granítica y esquistosa, el mar y la atmósfera atlántica, el prolijo tapiz vegetal y la acción de una larga historia campesina son los principales factores del paisaje de Galicia.

     Y es verdad. Nuestra naturaleza está apoyada sobre el granito, pero la tierra, la lluvia y el tiempo lo han moldeado y suavizado hasta crear nuestras montañas que redondas o bombeadas, sin agresividad recortan el horizonte.

     Nuestra naturaleza está hecha de mar, un mar que si a veces mantiene una lucha gigante con el bravo litoral, esculpiéndolo con relieves titánicos, las más de las veces penetra manso en las rías lamiendo apaciblemente las playas.

     Pero esta naturaleza no se explica por sí misma. Está profundamente humanizada, convertida en cada momento en circunstancia vital gracias al hombre que se vincula a esta naturaleza prodigiosa, sometiéndola, pero al mismo tiempo sometiéndose a su imperio.


     Esta simbiosis perfecta entre el hombre y su medio ha creado algo irrepetible: un pueblo que ha construido durante miles de años para sí un mundo distinto, un mundo mítico-mágico presente en nuestras leyendas y tradiciones, en nuestras fiestas religiosas o paganas, un mundo vertebrado por un discurso y un idioma propio que indisolublemente unido a esta naturaleza privilegiada ha sobrevivido hasta hoy.

     Fue así como este pueblo supo extraer de la tierra y del mar, sus dos despensas, los más exquisitos productos: las ochenta variedades de pescados, una docena de variedades de crustáceos, más del doble de moluscos de concha, las quince variedades de carne, sin contar la caza, la docena y media de variedades de verduras y hortalizas, la docena de variedades de vino, frutas, etc...

     Dentro de esta Galicia única, pero plural en sus hábitos, espacios y costumbres, las Rías constituyen posiblemente la aventura más gozosa para el viajero y el turista. Los 1.300 km de costa, las 772 playas que salpican el litoral son la puerta de entrada de la Galicia más profunda. Porque las rías gallegas son caminos del mar que confluyen siempre en los caminos de la tierra, a veces anchos (autopistas, autovías, carreteras) pero a veces simples caminos de a pie que conducen al viajero atento y curioso a las humildes casas campesinas y marineras o los suntuosos pazos de aldea, a las pequeñas capillas o los monumentales monasterios, a las fiestas y bailes populares, en fin, a la Galicia misteriosa.

     Aquí ni la tierra ni el mar han sido nunca fronteras. Desde el siglo IX, el Camino de Santiago, el Camino Francígeno de las Crónicas nos ha enseñado lo que es la Hospitalidad y en esta escuela de afecto y generosidad hemos vivido durante más de mil años. Este sentimiento hoy está racionalizado, convertido en infraestructuras, industria y servicios, pero mantiene en la mayoría de los casos el aroma de la vieja hospitalidad.

     El pueblo gallego, institucionalmente o en forma privada, ha realizado un gran esfuerzo pensando en el viajero y el turista. Ofrece una amplia oferta hotelera, balnearios y turismo rural; ha organizado puertos deportivos, construido campos de golf, posibilitado espacios para congresos.

     Todo esto para que los que nos visiten disfruten de una tierra privilegiada, verdadero PÓRTICO DE LA GLORIA.

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