El País de la Nostalgia

España. Galicia. Las Fraguas de la Fuerza

Por las calles de las ciudades y de las grandes villas corre todavía sangre labriega. El noventa por ciento de la población gallega vivía en el espacio rural hasta 1900, pero hoy, la mayoría de ellos viven en el mundo urbano y es en villas y ciudades que crecieron alrededor de centros históricos de espléndida belleza. En ellos surge la creatividad económica y cultural del país, que en el caso de la ciudad vieja de Santiago de Compostela -la capital histórica y administrativa- alcanza valores universales.
Volcadas al mar, A Coruña y Vigo son llas ciudades más grandes; Lugo, Ourense, Pontevedra y Ferrol mantienen una actividad industrial y de servicios al lado de la tradicional función administrativa.

Por toda Galicia las villas medievales conservan su encanto, desarrollándose al mismo tiempo que las que surgieron en el siglo XIX, uniendo nuevas funciones industriales a su papel en las comarcas.

El Turismo y la Hospitalidad cree escuchar una canción que habla de la esperanza trasmutada en tierra:

“Sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
Por eso vive triste, porque te busca siempre
Sin encontrarte nunca.
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!”

“En las Orillas del Sar”, así decía Rosalía de Castro desde su Santiago de Compostela a su Galicia.

La tierra de Galicia es un paisaje de relieves suaves con profundas penetraciones marinas llamadas rías. Así las costas gallegas son recortadas, altas, con acantilados quebrados y profundos, a causa de las cadenas montañosas costeras.

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En esa geografía, los ríos son cortos y caudalosos como el Miño y su afluente el Sil, como el Verdugo, el Ulla y aquel Sar inmortalizado por la romántica Rosalía.

En ese entorno, la vegetación atlántica natural predomina con sus bosques de hayas, castaños, abedules, robles y tilos y en los sotos, los brezos, las retamas y los helechos y tras la ceja del monte, los prados naturales siempre verdes.

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Entre mogotes, montecillos y bajíos aparecen y se ocultan corzos, gamos y jabalíes, mientras en sus ríos deambulan truchas, salmones, sábalos, sollas y anguilas.

Con temperaturas suaves, Galicia no conoce estaciones secas. Con una pluviosidad elevada, las nieblas y los días cubiertos otorgan al paisaje ese neblinoso encanto que torna en “morriña” la nostalgia.

Hacia el Atlántico, surge pletórico el otro paisaje gallego: la costa, poblada de rías y de acantilados apretando las pequeñas playas, puertos naturales de lanchas marisqueras y bateas siempre listas. Y como símbolo de una tierra que supo ser refugio de vándalos, suavos, visigodos y espíritu celta, la geografía gallega está salpicada de hórreos y cruceiros y sobre el mar, de mejilloneras y redes en ásperas manos pescadoras.

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Si a esa realidad el viajero agrega romería tras romería, bailes y arte, la visión de Galicia se torna arrebolada y grandiosa. Así sucede en Galicia, una brisa de húmedos bosques y neblinosos acantilados tras las voces eternas de Rosalía (2), de Emilia Pardo Bazán, de Castelao, de Cunqueiro y de Camilo José Cela.