Situada a los pies del cerro San Blas, a orillas del río Huatanay a 3.326 metro de altura sobre el nivel del mar, llegó a ser con sus y a 300.000 habitantes y su condición de capital del Imperio Inca, la ciudad màs poblada y una de las mas importantes de América hasta principios del siglo XVI. La que fuera, según la traducción de su nombre, "El Ombligo del Mundo", fue fundada alrededor del siglo XIII, y así nos lo cuenta el Inca Garcilaso de la Vega:

"La primera parada que en este valle hicieron - dijo el Inca - fue en el cerro Huanacauri, al mediodìa de este ciudad. Allí procuró hincar en la tierra la barra de oro, la cual con mucha facilidad se les hundió al primer golpe que dieron con ella, que no la vieron más. Entonces dijo nuestro Inca a su hermana y mujer - En este valle manda Nuestro Padre el Sol que paremos y hagamos asiento y morada para cumplir su voluntad".

Lo primero que impacta hoy en el visitante es su edificación única aun en el Perú. Sus angostas y trepantes callejuelas atesoran lo más evidente de la "Ciudad de los Incas": la edificación hispana superponiéndose a la incaica. En un juego decenas de veces repetido a lo largo de su enigmática geografía, los grandes bloques de piedra amalgamadas sostienen la arquitectura del conquistador. Así, sobre el que fuera el Templo del Sol se alza hoy la Iglesia de Santo Domingo, sobre el Palacio de Huayna Cápac el templo de la Compañía de Jesús ; y sabro el Huiracocha, la Catedral.

Ordenada en fachadas coloniales e improntas de extrema originalidad que dieran vida un arte cusqueño sin igual, el conjunto da la impresión del retorno de la piedra inca a la cima. De tal manera que el arte indígena aportó su inspirada ornamentación en un florilegio de arcos balcones volados de madera y celosías y dejando incluso, espacio para torres románicas y los detalles platerescos.

De la Plaza Central partían las cuatro grandes calzadas que conducían a las cuatro provincias imperiales y que al mismo tiempo, se encargaban de dividir al Cusco en cuatro barrios.

Las crónicas hablan de numerosos templos y bellísimos jardines, de palacios y de súbditos llegados de las más lejanas tierras, que eran los encargados de dotar de vida la existencia dominante de la capital Incaica.

El: Inca Garcilaso se encarga de repetirnos que "Maravillosos edificios hicieron los Incas Reyes del Perú en fortalezas, en templos, en casas reales, en jardines y en caminos y otras fábricas de grandes excelencias,". Garcilaso amó profundamente al Cuzco y de ese amor, salvadas del olvido, logramos rescatar la magnificencia de la capital inca referidas en este caso al Templo del Sol:

"Fueron tan increíbles las grandezas de aquella casa que no me atreviera yo a escribirlas si no las hubiesen escrito todos los españoles historiadores del Perú. Viniendo pues, a la traza del templo, es de saber que el aposento del Sol era lo que ahora es la iglesia del divino Santo Domingo (...) Todas las cuatro paredes del templo estaban cubiertas de: arriba abajo de planchas y tablones de oro".

La Catedral fue construida entre 1560 y 1657. Posee tres naves con bóvedas en crucería y fachada barroca. Atesora sillera de coro de exquisita talla, retablos de madera ornamentados con finura y un ambiente recoleto que anuncia su majestad a poco de transponerse sus, bellos portales.

La Plaza de Romacpampa, La "Plaza que Habla", se destaca no solo por su hermosura actual, sino por ser el lugar en donde los Incas mandaban a publicar a viva voz as ordenanzas de buen gobierno.

En Cuzco se hallaba asimismo la Casa de las Vírgenes del Sol en donde sus reclusas, al mejor estilo de las vestales romanas, mantenían el fuego sagrado para el inca y en donde, curiosamente, como una invocación a la vida, se amasaba el pan.

La belleza de Cusco estalla por las noches con sus brillos diamantinos, creando un sortilegio de hondos significados. Parecen convocar roces que ya no están pero que sabemos, nos susurran en el oído misteriosamente su mensaje de tiempos y tradiciones. (que nos cuentan acaso, sobre la gran cadena de oro que sirvió para celebrar el nacimiento de Huascar. Una cadena jamás repetida por mano de hombre alguno y que dicen, daba tres vueltas a la Plaza de Cusco y que desapareciera, también dicen que dicen, en las profundidades de la vecina laguna de Urcos.

Allí en pleno Cuzco, haciendo perdurable leyendas ancestrales y hondos significados se afinca el "Hotel Monasterio del Cusco". En la más que centenaria construcción, asomada a la impagable Plaza Nazarena, conviven en singular síntesis, pasado y presente.

Un pasado renacido como el volver a vivir del cedro emblemático, que custodia con su bagaje de tiempo los claustros transformados del antiguo monasterio colonial.

Entre los gruesos muros, combinando legendarias horas con exquisitas comodidades de nuestro tiempo afloran los frutos mas distinguidos del arte de la hospitalidad.

Julián Marías decía sobre Cuzco restallando en sus ferias:

"No se trata de arqueología. Ahí están los indios; ahí están los españoles; ahí está el Perú, en las calles, en la sierra, en las aldeas andinas. El problema no está en libros viejos, sino en este drama sencillo que, es la vida cotidiana del Cuzco. (...) Y ésta es la cuestión: en el Cuzco está vivo, acaso algunas, cosas moribundas. Pero palpita, y el historiador tendría que inclinarse sobre estas vidas actuales, cuyo secreto se nos escapa".


El sortilegio de la cautivante v arcana Cuzco eclosiona en sus noches saturadas de aires diáfanos, de música contagiosa y por momentos melancólica. Las luces descomponen en un imaginario pentagrama luminoso, el ritmo, la armonía de una sociedad que desgranan en sonrisas la satisfacción de pertenecer a ese mundo.

Las lejanas y por momentos vecinas ondulaciones, quebrándose en las laderas perfumadas del San Blas, invocan antiguas vivencias que saben de tradiciones y de sueños renovados.

El visionario Cusco que fuera cuna de la rebelión del indio Pumacahua en 1814 y en cuyo intento ofrendara la vida. La ciudad que alguna vez soñara el general Belqrano como capital de un imperio sudamericano independiente, no detiene al sonido místico de su saga incaica, repitiendo con la paciencia de su verdad la razón de su perpetuidad.

Se nos antoja ahora que el inca Huayna Cápac, acunado por su amor a la tierra que lo vió nacer, es el que recorre las estrechas calles en pendiente de Cusco, convertido en viento cuentista de historias, que nadie se cansa de escuchar.

 


Carlos Horacio Bruzera

Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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