Recorriendo
Agra es posible advertir la influencia musulmana que durante 100 años nutrió a esta singular ciudad. Sin embargo, en el ajetreo diario, en el ritmo de sus calles amplias o recoletas, mora incesante e imperdible, La India. Palpita en sus rústicos negocios callejeros, embalsamados de aromas intransferibles, en sus arterias mundanas congestionadas de vida pobladas de automóviles, triciclos y cambiantes tonalidades. Sus bazares, por ejemplo, son una de las delicias imperdibles para el visitante que se ve sumergido de improviso, en un universo de color, de talares vestimentas y artesanías sin par.

La madera, el mármol, el metal, la piedra y la seda, aportan a los artistas indios, la sustancia para que sus manos y sus espíritus trasciendan en obras de acabado arte. Ninguno de sus trabajos es igual como ninguna de sus espectativas será la misma.

Los bordados, las incrustaciones de piedras semipreciosas, las alfombras con reminiscencias mongólicas tal cual fueron diseñados para los emperadores, los colores y la riqueza artesanal, configuran un espectáculo que colma de alegría los ojos y el corazón.

Así Agra se nos entrega con su entorno, ofreciendo el encanto de sus campos cubiertos de arrozales y del continuo afán humano. Los campesinos cordiales y generosos aportan la gracia de sus vestidos y la bienvenida de sus manos extendidas.

Cuando el sol juega con la floresta cálida y húmeda, tiñendo de rojo encendido el poniente y de exótico tornasolado a las plantaciones aquietadas un hálito de intensa paz y sosegados rumores anticipan la noche distinta reinando en este rincón elegido.

Pero Agra, "La Gloria de los Mongoles", atesora aún mucho más: el Taj Mahal. Éste es, a primera vista, un mausoleo, pero quien detiene su paso a su vera y recorre sus perfiles adentrándose un instante en su historia, comprenderá que es, sobre todo, un altar al amor.

Fue construido por el Emperador Mongol Sha Jahan, para albergar los restos de su adorada esposa Mumtaz Mahal, que así le dio nombre.

La Emperatriz murió en junio de 1631 al dar a luz a su décimo cuarto hijo. El dolor que Sha Jahan sintió entonces, se tradujo en esta obra de arte inigualable. Veintidós años se tardó en su construcción comenzada en 1630.

Está edificado sobre una terraza de mármol blanco, al igual que sus muros cubiertos de piedras preciosas como diamantes, zafiros, turquesas y amatistas. El sol y aún la luna, se encargan de dotarlo de las luces titilantes de la vida en una recreación casi sobrehumana.

En las cuatro esquinas se alzan esbeltos alminares, mientras que una gran cúpula, capaz de transmitir la dignidad que el Emperador quería otorgarle al mausoleo, la corona reverencial.

El Taj Mahal es también un juego de imágenes que se repiten constantemente en las quietas aguas de su estanque contiguo al sencillo vergel, y en las que transcurren admiradas en el vecino Río Yamuna.

La historia de amor de los emperadores no terminó con la muerte de la pricesa, Sha Jahan fue encarcelado por su propio hijo en la cercana fortaleza.

Es posible que muchas noches de sus labios escaparan las palabras del Ramayana, al contemplar la figura del Taj Mahal reflejada en el río eterno:

"La noche pasa y no regresa jamás, la Yumana toda llena va hacia el océano de aguas cambiantes. Los días y las noches pasan para siempre".

Dicen viejas voces, de emoción rumorosas, que el Emperador pidó un último deseo antes de morir prisionero, ser llevado hasta la ventana de su prisión para poder ver por vez postrera la tumba de Mumtaz Mahal.

Hoy ambos descansan, uno junto al otro, en la hermosa obra fruto del amor que nadie pudo vencer.