PARIS Y SUS PINTORES
 
París representa muchas cosas. Es dueña de tantas facetas y poseedora de tanta gesta y de tantos fastos, que casi podría asegurarse que todo está allí. Por sobretodo, París encandila con sus colores. Un raudal, una cascada de matices que pinta como nadie la esencia de la Ciudad Luz, la Urbe de las Luninarias.
 
Y fue el impresionismo el encargado de perpetuarla con infinitas tonalidades que reflejan espontáneamente la vida que palpitaba en sus calles y sus cafés. Los impresionistas abandonando atelieres, estructuras fijas y colores delimitados, incorporaron con su fascinación por la luz, el colorido y los espacios libres. Despidieron los marrones y los negros y se convirtieron en anfitriones de los tonos primarios, de la pincelada breve y de la realidad.
 
Camile Pissarro detiene así el tiempo en "La Plaza del Teatro Francés en París", con sus árboles de verde iluminado y su gente circunstancial. En 1876 Auguste Renoir se encarga de detallar en destellantes tonalidades blancas y movimiento, la muchedumbre feliz en "Le Moulin de la Galette" divirtiéndose al sol parisiense.
 
Sin embargo, fueron Edgar Degas y Henri de Toulouse-Lautrec quienes, como ningún otro artista, se encargaron de inmortalizar a la gente y a la Ciudad. Degas sintió placer por retratar bailarinas y cafés con su depurada y nueva técnica del pastel. La figura humana y sus movimientos, encontraron en Degas y en su eterno colorido, un artista acabado. "Las Bailarinas Azules" fulguran entre brazos y escotes iluminados, contrastando con tules en añil y en un nervioso movimiento de ensayo antes de salir al escenario en busca de los aplausos. En "El Ensayo", en 1875, demuestra el interés por la animación, la luz y las sombras se regocijan en los frágiles cuerpos humanos, dejando sobresalir, sobre un fondo ocuro, deleitosos espectadores casi compitiendo con un director sumergido en el torbellino del ballet.
 
En 1876 retoma la impronta de los cabarets en "El Café Concierto Des Ambassadeurs", en donde detalla la realidad de un mundo que lo había incorporado.

El otro artista de encantador apasionamiento por París y sus seres, es Henri Toulouse-Lautrec. En una vorágine incontrolable retrata prostitutas, bailarinas y cafés en un movimiento de formas personalísimas. Formas y agitación que prevalecen sobre el mismo color, haciendo que la realidad se destaque sobre una luz por momentos opaca. Su técnica de diluir óleos en alcohol, influyó decididamente sobre los artistas que lo siguieron. Con el ascendiente de Degas, Toulouse-Lautrec supo crear su propio e inconfundible estilo que lo convirtió en el más grande cartelista de todos los tiempos.
 
Su inspiración quizás más intensa provino del Moulin Rouge, al que perpetuó en carteles sin par y en lienzos vibrantes.
 
"En el Moulin Rouge", de 1892, se advierte su interés por los seres anónimos que desfilan por el cabaret, dibujando sus modelos con preciosa espontaneidad. Sus carteles sobre el Moulin Rouge, Place Pigalle o El Ambassadeurs, son hoy considerados obras pioneras y llenas de maestría de un arte innovador.
 
"Mujer Quitándose la Media", de 1894, retrata la despreocupada actitud de una prostituta, seguramente transida de resignación. "Jane Avril Bailando", de 1892, o "En el Salón de la Rue Des Moulin", una de sus obras más famosas, son capaces de inmortalizar sus sentimientos de una manera casi fotográfica.
 

Con ellos, todo el color de una ciudad contrastante es capaz de sobrevivir evocando antiguas postales que supieron conservar la misma vida. Todo un universo poético transita por sus telas, un universo que cada uno de los visitantes de París reclama, en la seguridad de que nada de ese pasado ha muerto, inmortalizado por sus artistas, los bohemios de París.

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Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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