Altiva, firme y delicada: su transparencia se sostiene en 18,000 piezas métalicas y su ligereza en el paisaje oculta 7,300 toneladas de hierro a lo largo de 318 metros.

Con permiso para permanecer tan sólo 20 años en el escenario parisino ya ha superado la centena y, declarada en la lista suplementaria de monumentos de patrimonio nacional en 1964, por Malraux, seguramente permanecerá indefinidamente como símbolo de París.

 

La Torre Eiffel ha sido, a veces simultáneamente, sede del periódico Le Figaro, observatorio, estación meteorológica, telegráfica, de radio, de televisión, oficina postal, oficina del ingeniero Eiffel, pista de patinaje en hielo inaugurada por el oso del Circo de Moscú, anuncio espectácular de la empresa Citroën, sede de encuentros científicos...

 

Diversos deportistas han sucumbido a la tentación de retar a La dama de Hierro: competiciones en sus escaleras a pie, en bicicleta y bici-sierra, paracaidistas, salto libre. trapecismo... El primero en realizar una hazaña aérea fue el brasileño Antonio Santos Dumont al dar la vuelta completa a la punta de la torre Eiffel en un zépelin, una despedida digna del piloto que realizó el primer vuelo libre de Europa, cuatro años antes.

Y'a d'la joie! La tour Eiffel part en ballade
Comme une folle, elle saute la Seine à pieds joints Puis elle dit: « Tant pis pour moi si j'suis malade J'm'embêtais tout' seule dans mon coin... » Charles TRENET Y'a d'la joie

 

Además de albergar por varios años un teatro, la torre ha sido escenario de espectáculos multitudinarios: para su medio siglo, los grandes de la canción francesa de la época, a quienes el fonógrafo y la radio había convertido en las primeras estrellas de masas, ofrecen un concierto inolvidable, entre ellos una joven y aún alegre Edith Piaf. Casi 60 años después, Johnny Hallyday sorprende a 400 mil seguidores al cantar Non, je ne regrette rien en la celebración por cuatro décadas de joven rockero en el Campo Marte.

Estandarte de lo nuevo, la torre Eiffel está unida al nacimiento de los espectáculos luminosos, y el cine, desde su inauguración en 1889: los hermanos Lumière filman el primer traveling del cine en el elevador; cineastas de las más diversas tendencias la han tomado como motivo o fondo, Méliès, René Clair, Abel Gance, Claude Cabrol y hasta Woody Allen sucumbió a la dama en su primero y único musical Todos dicen I love you.

El ingeniero Gustave Eiffel, constructor de puentes, del observatorio de Niza, de la estructura de la estatua de la Libertad, entre otros muchos proyectos, retó las concepciones estéticas de la época y a los ataques de la intelectualidad respondía "¿Qué las condiciones de la fuerza no están de acuerdo con las condiciones secretas de la armonía?"

 

Il est une nuit encrassouillée, déboulonnée, boiteuse et calme. Doucereusement calme. Un croissant de lune sert de petit-déjeuner à la Tour Eiffel qui s'est allumée.
Benjamin Husson © Zoomrang Février 2001

 

 

Icono de la modernidad, la torre ha sido un fenómeno de apropiación popular que superó todas las predicciones. Entre aquellos que crecieron bajo su influjo, observandola, viendo crecer su mito y su encanto, está el investigador y escritor Roland Barthes. El escritor y periodista Pablo Espinosa hace una revisión de algunas de las ideas, construcciones y deconstrucciones de sentido, de la irreverencia y el humor que Barthes dedicó a la dama fálica.

¿Cómo Cambiar el mundo?

   
         
   

 

El 14 de febrero de 1887 el rotativo parisiense Le Temps publicó una airada "Protesta de los artistas", entre quienes figuraban el compositor Charles Gounod y los escritores Alexander Dumas hijo y Guy de Maupassant.

Se cernía un atentado sobre el espíritu culto por excelencia, según los atribulados abajofirmantes. La inminencia de una erección amenazaba sus mentes delicadas. La tinta era fiera: "Escritores, escultores, arquitectos, pintores y aficionados apasionados por la belleza hasta aquí intacta de París queremos protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés mal apreciado, en nombre del arte y de la historia franceses amenazados, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel".

La mera idea del mástil lastimaba su pudor: "¿La ciudad de París seguirá por más tiempo asociada a las barrocas y mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas para deshonrarse y afearse irreparablemente? Pues la Torre Eiffel, que ni la misma y comercial América querría, es, no lo duden, la deshonra de París. Todos lo sienten, todos lo dicen, todos se afligen profundamente, y no somos más que un débil eco de la opinión universal, tan legítimamente alarmada".

El-qué-dirán acechaba sus temores: "Cuando los extranjeros vengan a visitar nuestra exposición exclamarán sorprendidos: '¿Cómo? ¿Es este el horror que los franceses han encontrado para darnos una idea del gusto del que tanto presumen?' Tendrán razón si se burlan de nosotros, porque el París de los góticos sublimes, el París de Puget, de Germain Pilon, de Jean Goujon, de Barye, etcétera, se habrá convertido en el París del Señor Eiffel".

Un buen día de 1964, el señor Roland Barthes (1915-1980) entregó a la imprenta un libro titulado La Torre Eiffel, que dio a la luz la editorial Delpire de inmediato. La edición incluía fotografías de la autoría de André Martin y el texto se alzó de inmediato, entre una ventisca alta de metáforas sin freno, como un monumento eréctil, contráctil, sinuoso y suave y rígido y preciado y transparente. Una pieza maestra del género ensayístico, una puesta en carne y hierro y viento de los mejores momentos del estructuralismo y la semiología en un complejo y al mismo tiempo simple juego de vasos comunicantes, cuya razón de ser radica en la poesía, en el acto poético.

Este ensayo, un libro en sí mismo, está incluido en el volumen La Torre Eiffel. Textos sobre la imagen, de Roland Barthes (Paidós), texto de reciente aparición en el mercado editorial de habla hispana que también incorpora textos periodísticos sobre Pasolini, Robert Bresson y Michelangelo Antonioni, entre otros maestros del cine, pero también acerca del fotógrafo Richard Avedon, el pintor Henri Matisse y el mismísimo Marqués de Sade.

El grado cero de la escultura

En un momento climático del ascenso literario del autor por entre las faldas de hierro de esa torre babélica, escribe Roland Barthes en ese libro: "Más allá de estos signos sociales, la torre desarrolla símbolos mucho más generales que pertenecen al orden de las sensaciones totales, a la vez poderosas e indistintas, que vienen, no de un sentido determinado, como la vista o el oído, sino de la vida profunda del cuerpo; se les llama cenestésicas. En este caso, todos los grandes arquetipos de la sensación se mezclan para consagrar finalmente a la torre como un objeto poético".

El libre flujo de las metáforas llega a un punto culminante barthesiano: la Torre Eiffel es el grado cero de la escultura.

Hoy, 114 años después de la airada protesta de los artistas, la torre es orgullo del planeta. Su falo, su mástil, su matriz, su falda, su sueño nutricio, su llavero, su cartel, su recuerdito, su foto del recuerdo, su paisaje sentimental, su sueño incumplido, su ansia de fantasías cumplidas...


Raymond Moretti 1989

La torre, escribe Roland Barthes, "está primero como símbolo universal de París en todos los lugares de la tierra donde ha de ser enunciada en imágenes del Middlewest a Australia; no hay viaje a Francia que no se haga, en cierto modo, en nombre de la Torre, ni manual escolar, cartel o filme sobre Francia que no la muestre como el signo mayor de un pueblo y de un lugar: pertenece a la lengua universal del viaje. Mucho más: independientemente de su enunciado propiamente parisiense, afecta al imaginario humano más general; su forma simple, matricial, le confiere la vocación de un número infinito: sucesivamente y según los impulsos de nuestra imaginación, es símbolo de París, de la modernidad, de la comunicación, de la ciencia o del siglo XIX, cohete, tallo, torre de perforación, falo, pararrayos o insecto; frente a los grandes itinerarios del sueño, es el signo inevitable; del mismo modo que no hay una mirada parisina que no se vea obligada a encontrársela, no hay fantasías que no termine hallando en ella tarde o temprano su forma y su alimento; tomen un lápiz y suelten su mano, es decir, su pensamiento, y, con frecuencia, nacerá la torre, reducida a esa línea simple cuya única función mítica es la de unir, según la expresión del poeta, 'la base y la cumbre', o también, 'la tierra y el cielo'".

La torre, siguiendo el orden de las ideas barthesianas, es un objeto completo que tiene, por así decirlo, los dos sexos de la mirada. Entre sus prodigios, transforma "el rito turístico en aventura de la mirada y de la inteligencia". Podríamos hablar, propone Barthes, "de un verdadero complejo de Babel: Babel tenía que servir para comunicar con Dios, y sin embargo Babel es un sueño que alcanza profundidades muy distintas de las del proyecto teológico".

31 de diciembre de 2000

Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito. "Espectáculo mirado y mirador, edificio inútil e irremplazable, mundo familiar y símbolo heroico, testigo de un siglo y monumento siempre nuevo, objeto inimitable y sin cesar reproducido, es el signo puro, abierto a todos los tiempos, a todas las imágenes y a todos los sentidos, la metáfora sin freno; a través de la torre, los hombres ejercen esa gran función del imaginario que es su libertad, puesto que ninguna historia, por muy oscura que sea, ha podido quitársela".

La Torre Eiffel domina el mundo. Es más, desde aquí se puede ver.

 

 

Pablo Espinosa
La Jornada