Tatarescu es invitado a comer en casa de Marcel
(a la manera de Proust)
 

 

 

   Francisca, que en lo referente a nuestras relaciones era tan inflexible y propensa a la susceptibilidad como en la realización de sus menús y que, así como no habría visto con buenos ojos que mi madre trajese alguna legumbre extraña que por azar hubiese encontrado en algún puesto de verdura, creyendo haber hecho un hallazgo para el famoso panaché que nuestra cocinera preparaba todos los viernes como un rito que obedecía a normas precisas e inalterables, de modo que la intromisión de una especie nueva o pintoresca y de origen más que dudoso podría ser, a juicio de ella, de efectos devastadores; de la misma manera, la aparición de ese rumano o lo que fuera, con un nombre tan increíble como Mirsha Tatarescu, que, para la mentalidad provinciana de Francisca, hecha a los Dupont o Delarue, constituía ya por su propio nombre una persona completamente sospechosa; la aparición de ese joven, que por añadidura era insolente y parecía no valorar el honor que se le concedía al sentarse a nuestra mesa, no sólo porque en esa ocasión estuviese presente el señor de Norpois, sino porque, lo que para ella era mucho más importante, era nuestra mesa familiar, debía provocar en su cabeza un curioso conflicto de sentimientos, que había de terminar con una sorda irritación contra las mismas personas que defendía mentalmente, es decir, contra mis propios padres, que, al fin de cuentas, eran los únicos responsables de que semejante individuo se sentase a nuestra mesa. De modo que el exceso de veneración hacia mis padres provocaba en ella, paradójicamente, una desvalorización de ese mismo sentimiento, pues la mala opinión que Francisca tenía de los rumanos en general (gente que no sabía bien si constituían una nacionalidad o una dudosa profesion) y de ese joven poeta en particular se proyectaba maléficamente sobre los seres que más admiraba y respetaba en el mundo.

 

aparecido en el suplemento Babelia del diario "El País", Madrid, 4 de marzo de 1995 . ©

 

 
ERNESTO SABATO
LITERATURA ARGENTINA