MARCELO DiMARCO

 

Élida volvió para quedarse


   
De pronto Leonardo oyó la puerta del ascensor. Tuvo un escalofrío. En un segundo se secó la mano y se abrochó el cinturón. Apagó la pantalla, escondió la caja del video bajo los almohadones y se sentó en el sillón con el libro que encontró más a mano. Trató de calmarse. No había contado con que su cuñada y los chicos volverían media hora antes que de costumbre. Pensó que la visita habría sido más corta.
    Pero no abrieron con llave, tocaron el timbre.
    Se levantó y por la mirilla vio a Eduardito y a Lucía. Sin su cuñada. A lo mejor Marta se había demorado comprando cigarrillos.
    Les dio un beso y les preguntó por ella.
    -Dónde dejaron a la tía -dijo.
    Los chicos no contestaron. Notó que Lucía tenia los ojos colorados. Había estado llorando.
    Eduardito empezó a decir algo. Leonardo tuvo un presentimiento. Oyó otra vez el ascensor, ruido de llaves.
    Supo que no era Marta quien estaba por entrar.
    La puerta se abrió, y apareció Élida.
    Instintivamente se interpuso entre ella y los chicos.
    -Quise darte una sorpresa -le dijo su mujer, sonriente.
    La vio más enorme que nunca. Una vaca, un hipopótamo. Élida lo miró desde las alturas y se puso muy seria. Olisqueó sonoramente como perro de presa, ensanchando las fosas nasales en medio del living.
    -Vos has estado fumando -dijo.
    -Eli, ¿dónde esta Marta?
    -Has estado fumando. ¡Has estado haciendo esa porquería otra vez!
    -Eli, fue apenas un...
    -¡Calláte, imbécil!
    Élida empezó a cruzar el living, olfateando. Sus pasos retumbaban, La mantecosa papada parecía algo con vida independiente, palpitantes ondulaciones de grasa. Leonardo recordó a la imposible walkiria que había visto en el Colón, cuando todavía iban juntos. Debía pesar unos ciento veinte kilos.
    Élida se acercó a la mesa ratona, sin dejar de olfatear. No tardó en encontrar lo que buscaba. La cara se le puso roja.
    -Vean, hijitos -dijo, alzando el cenicero que él había estado usando-, ¡vean cómo el demonio sigue valiéndose de su padre!
    -Élida. . .
    -¡Ya les decía yo que el pobre no tardaría en caer de nuevo!
    Mudos, tomados de la mano, Eduardito y Lucía parecían una ilustración de Hansel y Gretel perdidos en el bosque.
    Élida rió a carcajadas. La odió. Odió aquello en que se había transformado, se odió por haber sido tan cagón, por no haber sabido atajar las cosas a tiempo. Respiró hondo y optó por manejarse como le habían indicado.
    -Pensé que no te molestaría... -dijo con voz calma-. Pensé que si vos y los chicos no...
    -¡Silencio, demonio! -gritó Élida, con los ojos en blanco-. ¿No ves que el Señor quiere hablar por mi boca?
    Él se mordió los labios. Élida había "entrado en éxtasis". Recordó la última vez que intentó sacarla de aquel estado. Observó cómo sopesaba el cenicero.
    -Satán, niños -dijo ella con una mueca de asco-, es astuto.
    -Mami... -gimió Lucía.
    -Él conoce la debilidad de tu padre y se sirve de ella para perdernos a todos.
    Lucía empezó a llorar. Eduardito la abrazó.
    -Luci -dijo-, vení a nuestra...
    -¡Deteneos, niños! ¡Ved como el Señor combate al enemigo!
    Leonardo alcanzó a cubrirse la cara. El cenicero se estrelló contra el marco de la puerta. Puchos y ceniza y trozos de vidrio volaron en todas direcciones.
    -¡Élida! ¡Controláte, por el amor de Dios!
    Eduardito y Lucía corrieron hacia él y se le pegaron a las piernas. Élida, con la mano extendida, señaló a los tres. La voz le tembló al gritar.
    -¡Escrito está! ¡No dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano!
    Leonardo oyó risas. Los hijos de puta del 7º.
    Élida resoplaba, el sudor le hacía brillar los pliegues del cuello.
    Dio un paso y se detuvo, aparentemente exhausta. Miró a cada uno y lanzó otro grito.
    -¡Castígalos, Señor!
    -Por favor, basta -dijo Eduardito, llorando-. Por favor, mamá.
    Pero Élida alzo las manos, cerró los puños y avanzó hacia ellos. Tenía una expresión horrible. Caminaba muy despacio, como si calculara cada movimiento.
    Leonardo se soltó de los chicos y la enfrentó. Ella se le tiró encima. Erró un golpe y trató de agarrarlo del cuello, pero él logro sujetarle las muñecas con rapidez.
    -Eli... -dijo, mirándola a la cara-, te pido por lo que más quieras.
    Ella lo escupió, forcejeó y se puso a sacudir la cabeza frenéticamente. Gritó que el Señor era su escudo y su roca y cosas por el estilo y lo basureó de arriba a abajo. Él no la soltó.
    Lucía se tapó la cara y Eduardito corrió directo al teléfono. Levantó el tubo pero Leonardo le pidió que no marcara.
    -Colgá -dijo- . Puedo controlarla solo.
    Pero no estaba muy seguro. Élida no dejaba de pegar alaridos y de tirarle patadas. Consiguió llevarla hacia el sillón, quería usarlo para derrumbarla. Entonces tropezó con algo duro y Élida pudo soltarse y lo atrapó del cuello y lo arrastró como a un muñeco hasta el teléfono y con la mano libre arrancó el cable. Eduardito corrió a abrazarse con Lucía.
    Leonardo cayó y desde abajo trató de agarrarle las piernas. Pero Élida lo dio vuelta de una patada. Y cuando lo tuvo boca arriba le encajó un terrible pisotón en el pecho. Fue como una explosión de dinamita, un martillo neumático.
    Quedó en el piso. Los gritos de ella le llegaron como a través de un denso y rojo cortinado.
   


Miró a su marido con satisfacción. Había vencido. Siempre vencía. Pero estaba deshecha, el corazón le latía como nunca.
    -Jehová destruirá... Babilonia -dijo, jadeante.
    No podía más. Vio que a aquél no le iba mejor, ahí tirado casi sin poder respirar, como desmayado, moviéndose apenas. No recordaba haber tenido jamás una pelea como ésa.
    Era rarísimo: en la pared todavía estaba su foto de recién casados. Los dos muy juntos, a punto de subir al avión. Había sido la más solicitada de toda la facultad. Volvió a verse dulce y sensual con su altura y porte de reina y aquel pelo tan rubio y tan largo que dejaba sin aliento a cualquiera.
    Le dolió el pecho, como una puntada. Se sintió desnuda, expuesta en todo su ridículo, en toda su deformidad. Lloró un poco. Leonardo le sonreía desde el cuadrito. Pensó que aun estaban a tiempo. Pensó que antes de ver dónde habían ido los chicos, debería levantar a su marido, ayudarlo...
    Entonces, repentinamente, oyó una voz.
    La Voz.
    La Voz de alguien, un Invisible que ya la había visitado infinidad de veces, sin que nadie le creyera. Excepto sus hermanos de Sagrada Siembra.
    Pero ahí estaba. Ahí estaba de nuevo.
    La Voz. Como una música.
    El Invisible le decía que no fuera débil, que aprovechara. Que ahora tenía a aquel inepto en el suelo y que le sería muy fácil aniquilarlo de una vez y para siempre.
    El teléfono, hija mía, dijo la Voz.
    Obediente, tensó el cable del teléfono y probó la resistencia con dos o tres tirones.
    Se acercó al pecador. El impío se había puesto de rodillas y empezaba a levantarse. Despacio, con mucha dificultad.
    -Élida. -Casi no le salía la voz-. Eduardito...
    Élida vio, a su derecha, una lámpara. Soltó el cable. La lámpara parecía como de cerámica. Pesaba. La enarboló bien alta y la descargó en la cabeza de Leonardo con todas sus fuerzas.
    Se dejó caer en el sillón. Los chicos ya no estaban, habrían escapado al descubrir qué clase de blasfemo era su padre. Sin embargo, no habían salido del departamento: las llaves las tenía ella.
    El dormitorio.
    El dormitorio, estarían allá. Claro que si.
    Quiso incorporarse, pero no daba más. El inmundo pecador yacía con una mano en el pecho, cubierto de sangre y boqueando como Leviatán. Seguía con vida. Le dio asco, ahí tirado.
    Se levantó como pudo y fue a la cocina. Unos días antes de que la encerraran había comprado la tijera, segura de que la usaría muy pronto. Buscó atrás de los potes de plástico.
    Estaba.
    Estaba, gracias al Señor.
    Corrió hacia el living. El demonio seguía sobre la alfombra. En alguna parte, los niños lloraban a gritos. Ya les daría también lo suyo a aquellos frutos corruptos del pecado.
    -Como que hay Dios -dijo.
    Se arrodilló junto al impío y le clavó la tijera en el pecho, a la altura del corazón.
    -¡Seas maldito! -gritó-. ¡Maldito para toda la eternidad!
    Vio cómo la sangre salía de la boca del condenado. Hundió las hojas otra vez, por debajo de las costillas, aplicando todo el peso de su cuerpo.
    Había triunfado. Definitivamente. Comenzó a entonar un cántico de victoria con toda su voz, en honor a Jehová.
    Oyó risas.
    -¡Un día de estos va a tener que llamar a la policía, mi amigo! -dijo alguien.
    Estaba por contestar pero se contuvo. Quien se irrita contra su hermano es digno del infierno, recordó.
    Desenterró la tijera del cuerpo del endemoniado y se dispuso a buscar a los niños.
    Prestó atención. No oía nada, salvo al estúpido del piso de arriba.
    Los encontraría. Dios sabía cuánto lo deseaba. Los encontraría aunque tuviera que dar vuelta el departamento,
    Salió del living. Caminó a oscuras por el pasillo, en puntas de pie. Los vecinos habían parado de reír.
    Se sentía renovada, llena de fuerza, bendita. Llevaba en su mano la espada flamígera del arcángel.
    Desde el cuarto de los chicos oyó algo.
    El llanto de Lucía.
    Invocó al Señor de los Ejércitos Celestiales, tal como se lo habían enseñado los diáconos de Sagrada Siembra.
    -¡Cúbreme con tu gloria, Señor!
    Eduardito fue el primero. Cayó llevándose las manos al vientre, con un chillido. A Lucía alcanzó a agarrarla de los pelos. Le atravesó los riñones y la remató en el piso.
    Al rato oyó dos, tres timbrazos.
    Los del 7º, le dijo el Invisible.
    El timbre sonó de nuevo.
    Juró que los mataría, que los liquidaría sin piedad, que acabaría con su vida de mierda. Muy pronto.
    Otro timbre.
    Le costó reconocerse en el espejo del living: estaba radiante.
    Fue hasta la puerta. Sacó las llaves del bolsillo, se escondió las tijeras detrás de la espalda.
    Y abrió.


 

© 1996 Marcelo di Marco

 

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