MARĶA ESTHER DE MIGUEL

 


El general, el pintor y la dama


I. PAPELES DEL GENERAL


Tenía un rostro de óvalo agraciado y perfil rotundo, la piel oscurecida por vientos y soles, firme el trazo de la boca, amplia la frente, brillantes los ojos de reflejos verdosos. El tiempo había aventado ya bastante pelo de su cabeza oscura, pero un hábil peinado disimulaba la calvicie. Era general pero vestía traje de paisano, altas las botas de reluciente cuero, chaqueta blanca la suya, pantalón oscuro, y en la mano ese latiguillo que jamás abandonaba, como no abandonaba su chambergo, aunque el chambergo no estaba entonces porque lo había dejado en la Secretaría Pública, desde donde había enviado una carta al gobernador de Corrientes, quien le pedía la venia para que el señor Domingo Faustino Sarmiento pudiera comprar ciertos bienes raíces en la provincia. "El es un arjentino y tiene derecho por ese título tan simpático para mi, a vivir en cualquier provincia nuestra siempre que las autoridades locales no se lo impidan...Yo desearía que hallare bienestar para él y para su familia", acababa de escribir en las oficinas del frente de su estancia de San José, que era ese Palacio en medio de la selva montielera, desde donde comandaba todo el país, menos la díscola Buenos Aires.
Pendiente le había quedado la correspondencia con los caciques Culfucurá y Calíbar, a quienes solía tranquilizar accediendo a los pedidos de comida, armas y ropas con que dos por tres le daban el sablazo. Y también pendiente la respuesta a varias cartas enviadas desde Nueva York y Londres por Juan Bautista Alberdi, impenitente trotamundos siempre esforzándose por relacionarlo con el universo civilizado.
Pero, apenas se secó la tinta de sus misivas, salió para ver en qué andaba su pintor. Se asomó primero a una de las galerías, y se acercó al rincón donde el pintor desplegaba el lienzo en el cual estaba tomando forma la escena por él bien conocida, porque la había vivido hacía mucho y rememorado no hacía tanto ante ese muchacho más bien agreste, de ojos inteligentes y barba renegrida, a fin de que fijara en la tela la suma de sus recuerdos.
¿Para qué?le preguntó Dolores, su mujer, no muy contenta con ese intruso que durante meses se apropiaría de un ala de la casa con sus trebejos.
Para confirmar la memoria y de algún modo recuperar la gloriale respondió él.
Y vaya a saber qué había entendido Dolores. Era tan joven Dolores.
Al muchacho se lo habían ofrecido unos meses antes: es bueno, le informaron, pinta que es una preciosura, y aunque ésa no era palabra de su vocabulario, le había gustado la idea de que sus hazañas permanecieran más allá de los recuerdos propios, de allegados o enemigos.
Para la posteridadhabía dicho su asesor inseparable, Benjamín Victorica, hombre letrado y amigo que terminó convenciéndolo.
Aunque estaba más que alhajado su hermoso establecimiento de San José, con árboles traídos de Australia y de medio mundo, muebles importados de Hamburgo y damascos de Oriente y alfombras de Samarcanda y pianos de Alemania y platería del Perú, él sospechaba que algo faltaba. Algo casi imponderable como ese sueño de injertar, en medio de tantas comodidades, lujos y modernidades trasladadas de Europa, aquellas hazañas bélicas que habían fraguado su destino. Y hacerlo entonces, cuando ya parecía estar en paz.
Porque se libran batallas para alcanzar la pazdecía siempre.
Y decía, además:
Las guerras pudren los campos, pero también las almas.
Es curioso como la vida resuelve en ocasiones por uno, incluso cuando uno es alguien acostumbrado a decidir siempre por sí mismo. El lo estaba probando.
Era Justo José de Urquiza.
Era Presidente de la Confederación Argentina.
Era 1857, un año complicado. Como tantos.
De modo que, en la ocasión, aceptó al muchacho que se estaba haciendo hombre en lides de vocación y trabajo, y el hombre vino desde el Salto, desde la otra banda del río, con la carga adicional de una familia recién estrenada, a saber: su mujer, un crío, y otro en la panza de la doña, que se llamaba María.
El pintor Blanes se la había presentado unos días atrás.
María Linari de Copellodijo la señora, con vocecita leve, como aleteo de paloma, y cadencia que en seguida don Justo José adivinó italiana.
¿Y eso?preguntó Urquiza, más bien asombrado, porque el contratado era de apellido Blanes, y Blanes, al presentarla, había dicho: mi mujer.
La fuerza de la costumbre, señorla excusó el pintor sin perder su compostura. La señora estaba casada con el señor Copello. Pero desde ahora es mi mujer y la madre de mis hijosagregó señalando a una criatura en brazos de la correspondiente criada y al otro ya insinuándose en su vientre.
¿Y aquélla?preguntó el general estanciero presidente, a quien nada se le escapaba, mirando a la niña, de unos diez años, que correteaba, en un lugar remoto del parque, tras Purvis, el perro traído como único trofeo de algunas batallas en la otra Banda, y al que había puesto el nombre de un general aliado.
Es mía y de mi anterior esposoacotó la mujer con un leve rubor que descubrió Urquiza, como descubrió en la cara, levemente pálida por trajines de viaje pero ciertamente hermosa, rastros de años que sin duda superaban en número a los de su marido pintor. Se llama Ana María. Ven, niña, saluda al señor.
La niña llegó corriendo, Purvis tras ella, pues buenas migas habían hecho can y criatura, y en tanto el animal iniciaba sus zalemas al amo y buscaba la correspondiente caricia, que el hombre otorgó palmeándolo cariñosamente, ella, la niña, con elocuentes modales de buena educación, hizo graciosa reverencia al señor del Palacio. Entonces se oyó un chillido y era chillido infantil, y era del niño en brazos de la criada y tal chillido sin duda recordó a la madre la hora de alimentarlo porque, después de solicitar el pedido pertinente para retirarse, se la entrevió en la sombra de una habitación en menesteres de madre, al aire su pecho y en el rostro ese gesto como solemne que las mujeres adquieren cuando amamantan.
Pensativo quedó don Justo José por un detalle para nada escamoteado a su perspicacia: nadie había dicho si la señora María Linari era supérstite del marido difunto, vale decir, viuda, o separada del fugazmente mentado señor Copello. Pero mejor no desperdiciar tiempo en acertijos de tal calaña y respetar en silencio el silencio de la pareja, se dijo el general. ¿Acaso podría tirar la primera piedra? Si sabría de las complicaciones insólitas que suele originar el amor o simplemente el trato con mujeres. Cuando apenas tenía diecinueve años, él había iniciado su larga carrera de progenitor (o de padrillo, murmuraban por ahí) Un hermano zafado solía decirle: a éste se la ponen dura los tiros y las campañas. Vaya insolencia la del hermano, que era Cipriano, siempre boca suelta. Pero, en verdad, había empezado bien mozo en esas cuestiones de las polleras. Concepción: así se llamó la hija que tuvo con Encarnación Díaz (entre nominaciones sacras parecía andar esa niña concebida no sólo detrás del sacramento sino casi casi en casa pública).
Se entresonríe el general: aunque amigo de la risa, cuando ríe lo hace con ganas, pero no suele desperdiciarla. Fornido y enhiesto, curtida la tez por tantos soles recibidos, avizores los ojos, firme la mirada, retoma la marcha por la galería. El asunto de la Encarnación había sido en los comienzos de su virilidad y en un rancho al que su hermano, sin duda por paterna orden, enderezó los pasos del jovencito alborotado, aunque ya, por las suyas y a escondidas, el mozo andaba en trotes similares.
La Encarnación era una muchacha querendona y al alcance de más de uno, sobre todo si ese uno era hijo de don Joseph de Urquiza. Y la Encarnación dijo que sí una vez y otra y cuántas, vaya a saber, hasta que un día lo esperó, entre lagrimones y risas de contentamiento, para anunciarle: estoy gruesa. E1 vaya a saber qué dijo; no se acuerda ni hace falta, pero seguro que fue cortito, porque en momentos así los hombres se apabullan, sobre todo si es la primera vez. Pero de lo que entonces estuvo seguro, y ahora lo sigue estando, fue de cómo el corazón se le ensanchó en el pecho: pucha que es lindo ser padre, se dijo. Los viejos, a su manera, se dieron por enterados. Doña Cándida, la madre, santiguándose con apuro:
Vaya con el benjamín, muy mozo para empezar.
E1 padre, con consejito y moraleja:
Hijo, dicen que quien hace el amor, engorda; quien sólo lo ve hacer, desmejora; pero quien abusa, enloquece. No lo olvides.
Recuerda el general que la mujer del caudillo oriental Artigas, la paraguaya Melchora Cuenca, fue quien alzó a la niña en la pila bautismal. Porque por aquellos días él andaba metido en líos que lo iban introduciendo en la política y en la Otra Banda. Hasta entonces, undécimo hijo de don Joseph Narciso Urquiza y de doña Cándida García, sólo se había preocupado por dirigir a la peonada en esos duros trabajos de acrecentar el fundo de la familia en la agreste geografía montielera: montes impenetrables, bichaje de toda laya, gauchos cimarrones. Pero a esa tarea comenzó a sumarle otras, las de la política.
Así va pensando Urquiza en tanto recorre las vastas galerías de la casa y mira al pintor Blanes, empeñado en su tarea, y a la mujer de Blanes alejándose, con sus niños, entre nubes de polvo, en la calesa que los había traído, y que entonces está viendo en el portalón de salida, y ya introduciéndose en el camino rumbo a la villa de Concepción, ex del Arroyo de la China.
La historia de aquel momento lejano había sido así:
su hermano Cipriano José, arrimado al oriental Artigas, tuvo dificultades políticas. La volteada terminó arrastrándolo a él y al padre, y en la caída, por ese devanar de arriesgadas aventuras en la Banda Oriental, se les confiscaron bienes, perdieron ganado y él tuvo que alejarse de la susodicha Encarnación Díaz pero no de la hija, a la cual, en el momento oportuno, reconoció y ayudó a criar y también, pasados los años, a casar, que uno es padre una vez, pero lo es para siempre, como en tantas ocasiones se lo han recordado los curas y su propio corazón. No hace mucho le comentaron a Urquiza:
La Encarnación Díaz es mujer de todos menos de sí misma. Todo el día está dándole al trago. Dicen que dos por tres se la ve, pasada en copas, gritar por calles y caminos: mírenme a mí que he sido la amante del Gobernador y ahora soy pura piltrafa.
Así las cosas (sigue rumiando el general presidente camino a su Secretaría Pública), cuando él, Justo José de Urquiza, vino de sus correrías orientales, ya andaba enceguecido por otros ojos, que eran los de Segunda Calvento. Como para acordarse de Encarnación Díaz estaba.
Segunda Calvento, niña de familia principal (según comentó a muchos Beatriz Bosch, conocedora como ella sola de la estirpe), era hermana de Norberta, una muchacha que había noviado con Pancho Ramírez, el Supremo Entrerriano, aquél que en los años veinte, para susto de porteños, ató su pingo y el de sus lanceros en la mismísima Pirámide de Mayo, después de la batalla de Cepeda. Pues bien, por culpa de la Delfina, brasileña entrometida y valiente, la Norberta Calvento se quedó sin poder usar el traje de esponsales que sólo le sirvió como mortaja. De su hermana Segunda se enamoró el menor de los Urquiza. La hizo suya debajo de una pérgola, al anochecer y en verano. Y con ese encanto de criatura tuvo un hijo y después otro y otro y otro más, que fueron serios y consecuentes esos amoríos con la Segunda, damita bella y entretenida que se le entregó, sin decir ay, una vez y otra y muchas y tantas como para parirle cuatro hijos al hilo. Aunque sin casorio.
Espumas de recuerdos invaden al general estanciero, hoy Presidente de la Confederación Argentina, ya cincuentón largo: para la gloria y también para las injurias, en su vida han contado siempre las mujeres y los hijos. Pero nunca le incomodaron ni tales glorias ni tales injurias. ¿Por qué no se casó, teniendo como tenía una familia casi constituida? En verdad, eran años de tumulto y sedición en los que no había ocasión para cumplir el débito matrimonial con la mujer propia y apenas si para picotear con las ajenas.
Pero, reflexiona, ¿acaso fue sólo por eso? Ahora, ya entrado en años y experiencias, Urquiza tampoco sabe qué responderse, como no lo supo en la ocasión. Probablemente fue porque todo su empeño estaba puesto en hacer lo que estaba haciendo: construir fortuna y prestigio político. Desde joven la había visto clara: por un lado estaban las regiones y sus banderas federales, y por otro los porteños mandamás, llámense con el nombre que se quiera: Junta, Triunvirato o Directorio. Ya había sido la batalla de Cepeda, ya estaba vencido el poderío directorial, ya había corrido sangre y muerto de muerte injusta Pancho Ramírez, el Supremo que soñó con hacer de la región, República. ¿Qué más? Acabado el tiempo de las armas, venía el de la política. Los vecinos lo quisieron diputado y fue diputado, lo eligieron gobernador y fue gobernador. Ahora lo quieren Presidente y ahí está, Presidente. Para defender las autonomías provinciales, para buscar empréstitos a fin de fomentar la ganadería y la educación, para arreglar la deuda pública (válgame Dios, si aún siguen impagas las del año 10, contraídas para gestar la revolución). Pero, sobre todo, ser presidente significa dar una Constitución a este país de díscolos e intemperantes.
Y díganme, con tantas gestiones, hilvanadas una detrás de otra, ¿había tiempo para pensar en casorio?
De modo que ahí está el general, en esa mañanita de agosto más bien fría, recordando a sus mujeres, presentes gracias a esa María Linari venida con su cría propia y la que ha tenido con Blanes, el pintor recientemente contratado para fijar en el óleo las glorias de sus batallas.
Urquiza sabe que ha amado a muchas mujeres. Y si para tantos los amores posteriores al primero no son más que variantes y repeticiones del inicial, para él cada una ha sido distinta. Desde la Díaz hasta Dolores Costa, última y definitiva, entonces con él en San José. Aunque mediante ceremonial que no termina de convencer al padre Ereño, como moscardón siempre encima: hay que arreglar, general, hay que arreglar la papelería.

Ahora es otro día y Juan Manuel Blanes lo ha visto llegar, galería abajo, y se le acerca, pincel en mano, sonrisa a flor de labios y una demanda, la misma que lo tiene en suspenso durante muchas horas y muchos días:
¿Tendrá tiempo ahora, general?pregunta, y está claro: el tiempo que le solicita al general, es el de su atención para mirar el cuadro que está pintando.
Es joven Juan Manuel Blanes. Ha de rondar los veinte y pico, sin llegar a los treinta, es más bien bajo pero delgado, tiene barba renegrida y espesa, dos ojos que son carbones encendiéndole la cara y una voz cadenciosa que sabe siempre decir lo que quiere decir.
Esta vez son pocas sus palabras porque el tema ya ha sido conversado: el general se ha ofrecido para ir explicándole las batallas que quiere ver en el lienzo: el orden de los soldados, el punto en que se encontraba, la hora de lo acontecido y tantas cosas atinentes. E1 cuadrolos cuadros, porque en ocho está pensandoserá obra de los dos: uno pondrá colores y el otro pondrá recuerdos.
Quiero que vea cuánto he avanzado, señor.
E1 pintor se empeña con fervor: es apenas un principiante, sin escuela ni prestigios, con el solo respaldo de su habilidad innata y una lógica ambición: el espaldarazo de Urquiza mucho significará en su vida si logra salir airoso del trabajo encargado. Urquiza, por su parte, apuesta a su memoria. Pero ¿podrá hacerlo? Han pasado muchos años, en algún caso hasta veinte y, lo que es más, mucho ha vivido y sigue todavía viviendo. ¿No será todo un confuso magma, imposible de transmitir? ¿Acaso esa estancia, llamada San José en honor del padre, pero a la cual todos se empeñan en llamar Palacio, es el refugio de paz por él apetecido? Nada de eso. Si más que sede de ese gobierno que acaba de dejar en Paraná, en manos de su vice, parece ser el centro del país. En ese momento mismo se siente alboroto en la puerta por el lado de la guardia. Algún chasqui, sin duda, porque pronto oye el arrastrar de nazarenas por el patio embaldosado y ve al secretario, como pidiéndole venia para entregarle la carta que trae en manos, y presiente su contenido antes de abrirla: sin duda, algún lío de esa ciudad siempre alborotada, de ese estado rebelde que tanto jode la paciencia, Buenos Aires.
Recibe la carta, entonces, pero anuncia: ahora estoy en otra cosa, y ve cómo se marcha el secretario y escucha a Blanes repitiéndole:
Mire, señor general.
Y se acerca a Blanes, y Blanes descubre el lienzo y en el lienzo ve el general sus legiones, y se ve a sí mismo, era 1839, era el 31 de marzo, era Corrientes y en Corrientes el Pago llamado Largo. El, Urquiza, hombre de Echagüe que era hombre de Rosas, a la vanguardia del ejército, con su caballería entrerriana sorprendió al gobernador correntino, don Genaro Berón de Astrada, lo atacó, y fue brava la batalla de Pago Largo, la que entonces padeció y ahora está viendo entre colorado, sepia, blanco y azul de cielo.

Los soldados unitarios
andan malevos por áhi;
si el federal los agarra
le hai tocar el violín.

¿Está lo acontecido en el cuadro que está pintando el pintor?
El general mira la planicie, y en la planicie su caballería colorada arremetiendo con bravura, y a los otros los ve, pero ya en son de huida, uno ha perdido el caballo, otro está perdiendo la vida, él azuzando a los suyos, de galera, como estila, montado en caballo blanco, según costumbre, movido por el viento mañanero y otoñal, el poncho también blanco, alta la banderola federal en la mano alta, contra el cielo distante y ajeno, fuerte la voz no escuchada desde el lienzo pero que aún suena en sus oídos, a la carga, dice la voz, y es el desbande, y él en medio del fragor y del desbande, con el aplomo de siempre, insoportable para muchos, como a otros insoportable les resulta esa inconmensurable fortuna que ha ido amasando por prepotencia de trabajo y envión de audacia.
Blanes, expectante, balbucea su demanda:
¿Qué le parece, señor?
Está bien, pintor.
¿Falta Purvis, señor?
No, pintor. Purvis no estaba, todavía. Nada falta.
Pero Urquiza calla lo demás que falta: los más de mil trescientos muertos difunteados en el campo, y los dos mil prisioneros, y de los dos mil los pocos que quedaron para contar el cuento porque ochocientos cayeron bajo las armas o el degüello, al son de una chachana, dijeron los enemigos, como dijeron lo demás: Berón de Astrada, encontrado dos días después, con el cuerpo en parte putrefacto, y la espalda en carne viva, porque una lonja de su piel había ido a parar a la menea que alguien, ingenioso detalle del agravio, hizo con esa lonja de piel. El, Urquiza, fue acusado de haber sido autor de tamaño estropicio en cuerpo de cristiano y gobernador. Pero, en verdad, había sido un muchachito desalmado a quien ni se pudo castigar por inimputable.
Me limpio el culo con esa infamiadijo su hermano Cipriano.
Pero él sí se quedó dolido porque ¿quién borra una infamia cuando la infamia echó a volar?
Duras las luchas entre federales y unitarios. Durísimas. Cómo se moría en esos tiempos, caray. Pero sólo dice:
Está muy bien, Blanesy palmea al pintor que ha pintado Pago Largo, poniendo tanta armonía en el cuadro como horror tuvo la batalla que lo inspiró. Y agrega:Su pincel está reconstruyendo mi pasado, pintor.
No, señor. Son sus recuerdos los que me están haciendo el cuadro.
Está bien, pintor, está bien...repite el general y se aleja por la galería, el látigo en la mano, el ayer en el alma.
¿Qué recuerdos recuerda el general Urquiza en tanto avanza por la galería camino a su Secretaría Pública, desde donde está manejando no sólo los asuntos de su establecimiento o los negocios de la provincia, sino los intereses de la nación entera, salvo los de esa pequeña porción rebelde que es la provincia de Buenos Aires? No son asuntos comerciales ni políticos. Son asuntos del corazón desatados por esa batalla de Pago Largo que ha visto tan bien pintada por Blanes. Junto a la sangre y la muerte y la victoria, y el humo de la pólvora y el ladrar de los perros, acaba de pasar por su memoria, ya que no por sus labios, el cortejo de mujeres que amó por esos años de empuje juvenil, y de las que guarda memoria, entre tantas sin nombre y ya, ay, sin rostro recordado por el borrar insidioso del paso de los años. Encarnación Díaz, Segunda Calvento, la tan amada, Cruz López Jordán...
Qué bella era Cruz. María de la Cruz Jordán.

Aquella noche de veinte años atrás estaba Justo José en casa de los López Jordán, con su hermano Cipriano, casado con María Teresa de Jesús López Jordán. El casorio había intensificado los lazos fraternales que desde muchos años atrás unía a las dos familias, sobre todo a partir de esos ideales comunes alimentados por sueños de libertad para el país y de federalismo para la provincia que, en ambas familias, fundadoras de la sociedad lugareña, habían provocado tantas persecuciones políticas, enajenaciones económicas, y hasta muertes. Cipriano había sido ministro de Francisco Ramírez, el Supremo Entrerriano, y esa noche, alto y fortachón, la cara invadida por grueso bigote, la voz enérgica y el ademán firme, correspondía en aspecto al prestigio de su historia.
De esas materias se hablaba.
Esa noche Cruz, la menor de las hijas de doña Tadea Jordán, de Ramírez en primeras nupcias y de López en el matrimonio bis, prolífica matrona en ambos matrimonios, estaba deslumbradora. Y Urquiza, joven y enamoradizo, se sintió deslumbrado. Delgada en su figura, alegre en su trato, incapacitada para la torpeza, expansiva sin mengua de su femineidad, Cruz Jordán emitía como resplandores mágicos desde el lugar en que se encontrara. A1 menos para Justo José.
La tertulia había derivado hacia temas políticos, siempre candentes, dada la índole de los tiempos y la categoría de los reunidos, pero, en la ocasión, para nada infundían regocijo en el mozo Urquiza tales efusiones, porque sus ojos volaban al encuentro de la niña Cruz. De pronto, generosamente, el azar vino en su auxilio y la niña Cruz comenzó a mirarlo como si nunca lo hubiera visto antes.
Los varones rememoraban incomprensiones, cicatrices y esperanzas, prestándole a la Historia la apariencia de la anécdota, y a la emoción familiar el encanto de la cercanía; doña Tadea organizaba el orden de aparición de vituallas para que nadie quedara sin tener entre pecho y espalda el milimetraje óptimo de bebida y los gramos necesarios de alimentos; las muchachas, expertas en atenciones, ponían manos a la obra esforzadamente, pues por lo común los hombres engullían más de lo que ellas tenían tiempo de ofrecer; Justo José y María de la Cruz se miraban a los ojos, nivelados en una mutua y muda admiración. En sucesivas horas, de los ojos pasaron a las manos: un roce aquí, una breve caricia allá, otra más acá, todo bajo el amparo de la contradanza y sus felices compases que, a cierta hora de la tertulia, había comenzado.
La genérica visión maternal de doña Tadea, aunque preocupada por la marcha del servicio y la atención de los hombres, para nada dejaba de medir los avances del joven Urquiza con su benjamina, la María de la Cruz. Y los siguió observando y promoviendo con el correr del tiempo, en oportuno oficio de celestina, hasta que un día su sueño casamentero se vino abajo: imposible innovar en el desordenado régimen amoroso del menor de los Urquiza, de quien ya conocía sobrados antecedentes, como la hija con la muchacha Díaz y los cuatro de la Segunda Calvento.
Fue así: un día Justo José dejó el pueblo, en campaña nuevamente para defender las fronteras de la provincia. María de la Cruz quedó sola, y quedó triste, y quedó muda, muy recatada dentro de sus amplias vestimentas a la moda, hasta que llegó el momento en que ni esas recatadas vestimentas pudieron seguir ocultando lo inocultable: María de la Cruz estaba embarazada y con casamiento en veremos .
Doña Tadea lamentó su fallida esperanza y¿qué otra cosa le quedaba?disimuló la situación: crío y madre en la casa y aquí no ha pasado nada, pues vergüenzas de deshonras se esconden siempre puertas adentro. Pero, además, gravitó sobre el perdón maternal el recuerdo de su propia experiencia: entre la defunción del primer marido, Ramírez, y el casamiento con el segundo, López, ella, Tadea Jordán, madre del Supremo Entrerriano, había dado a luz un crío, pues las mujeres también suelen sentir los rigores de la carne, sobre todo si son jóvenes y cojonudas como lo fue doña Tadea.
En fin: nació una niña y la niña fue llamada Ana, y la hermana de Justo José levantó a la niña en la ceremonia bautismal, y doña Tadea lloró de emoción, y en la casa de los López Jordán se crió Ana. Después, como los otros hermanos desparramados por la zona, Ana llegó a San José, convertido en un parvulario, para completar su educación a la sombra de profesores traídos de donde hiciera falta. Y, según pasaron los años, acompañó a su padre en las ceremonias oficiales, porque la muchacha se había puesto toda una señorita y el padre, durante mucho tiempo, fue un general solterón que en lides oficiales necesitaba al lado una dama.
Urquiza, ya casado, aunque sin tener todo en regla, según el padre Ereño, antes de volver a su Secretaría Pública, alcanza a escuchar que alguien de la villa anda buscando al pintor oriental.
¿Qué pasa?pregunta Blanes.
Lo necesitan con urgencia en lo de Carrasco.
¿Por. . . ?
Se les ha muerto un hijo en un accidente y quieren que vaya usted para retratarlo antes de que lo entierren.
Dicen que el médico dijo que no puede resucitarlo, pero los padres dicen que, si usted pinta su retrato, el niño siempre estará con ellos. Eso dicen.
Voyescucha Urquiza responder al pintor Blanes.
Y escucha, también, que las cigarras, silenciadas por el bochorno de la hora, han comenzado nuevamente a cantar.

 

© 1996 M.E.de Miguel. © 1996 Editorial Planeta, Argentina.

 

MARĶA ESTHER DE MIGUEL
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