PABLO URBANYI

 

Fragmento de
2058, en la Corte de Eutopía


"Una civilización hecha de palabras es la
imagen de una civilización muerta".
George Steiner, Extraterritorial.

"No hay espectáculo público que no
violente al espíritu"
Tertuliano

"Cuando oigo la palabra cultura,
saco el revólver"
J.P. Goebbels

"Hay quien cuando oye la palabra
revólver, saca la cultura".
Fernando de Retamar




 


La Invitación

-Toc, toc, toc-suaves golpes sobre la puerta, pero fueron suficientes para que los escuchara y abriera los ojos. Después de un día de trabajo infernalmente agotador en su gabinete de trabajo, su torre de marfil aislado del mundanal ruido, se había tirado en el sofá para relajarse. -
Ya va, ya va. Ya estaba por bajar -respondió.
Danilo, el escritor, se puso de pie, se ajustó el cinturón del robe de chambre, su uniforme de fajina, dio unos pasos hacia el escritorio para recoger la pava y el mate con la yerba lavada al lado de la máquina de escribir, yerba de donde sacaba sus fuerzas y energías, el jugo de la vida para describirla con la letra muerta. Ups, casi se olvidó de la petaca de ginebra vacía que se metió en el bolsillo.
Los golpes se repitieron. Y él repitió la frase.
Algo no andaba, su cara mitad nunca repetía el llamado. Antes de dirigirse a la puerta, se inclinó y echó una ojeada por la ventana. Estaba nublado, casi oscuro por las nubes negras que, pesadas se deslizaban por los tejados y amenazaban con hundir las casas, el barrio y la tierra. ¿Qué hora sería? El hambre, su reloj interior, tanto podían indicar el mediodía en el que almorzaba solo, o el anochecer, hora en que lo llamaban para cenar en familia.
Orgulloso de su preocupación por el destino de la humanidad, también lo estaba por esa desubicación en el tiempo, el mejor lugar para preocuparse por ese destino. En sus raptos místicos, que no eran pocos, consideraba que vivir para comer, era una preocupación banal, digna de las almas vulgares. Este rapto le duraba hasta que abría la heladera abarrotada de comida. O se le terminaba antes con un buen trago de ginebra como aperitivo.
Salvo los golpes que ahora ya no estaba seguro de haberlos escuchado, desde abajo, trepando por las paredes, le llegaba el silencio de la casa como un vapor o una emanación amenazante. Si por unos segundos tuvo la sensación de flotar fuera del tiempo, los golpes, por tercera vez, irritándolo, lo ubicaron en la realidad.
Y con decisión, con energía, que desmentían un poco sus pasos vacilantes (pura energía y decisión interiores), se encaminó hacia la puerta y la abrió.
Oh, sorpresa; en vez de la cara de reproche de su mujer ya harta de recordarle que además de la letra muerta, allá afuera había algo que se podría llamar vida, se encontró con un lacayo con librea, peluca y empolvado de pies a cabeza. Este se inclinó levemente y con un acento gallego: "¿Tengo el gran honor de estar frente al Gran Escritor Danilo?"
Danilo sonrió. Las palabras "Gran Escritor" no dejaban de encajar con precisión entre otras tantas de sus ensoñaciones. Sin embargo, como la humildad y la modestia formaban parte de sus raptos místicos, respondió: "Con los tiempos que corren, no hay más que Grandes Escritores. Pero como en mi caso, humildemente, puede ser verdad, ¿qué desea?". Otra inclinación: "Sir, tengo el gran honor de invitarlo a participar del Gran Festival del Centenario de la Gran Comunidad que culminará con el Gran Banquete. Será una experiencia inolvidable". "Ah, la Comunidad, hermosa palabra. Me recuerda a Libertad, Igualdad, Fraternidad, los inventos más grandes después del fuego y la rueda". Como ante el verbo de un gran hombre que sólo emite frases famosas, el lacayo se inclinó profundamente. "Hombre, no se incline tanto que se va a quebrar. Pero, dígame, para tener las cosas claras, ¿Quiénes van a asistir? Un Gran Escritor, por humilde que sea, no puede codearse con cualquiera". "Oh, no se preocupe, el roce que le dicen, está garantizado, Grandes Personalidades, Grandes Figuras Representativas y Destacadas de las Artes y Letras, Grandes Eminencias. Y si me permite, además de las tres palabras que nombró, le aconsejo que no se olvide de la palabra Democracia". "Gracias por recordármela. Está más de moda que los aritos en las orejas y narices".
Sin duda, era una invitación mucho más importante que la de cualquier Embajada en la que, con suerte, uno puede destacarse como bufón intelectual. Es más, podría ser la definitiva, la que una vez por todas, lo pondría en el tinglado internacional donde hubiera debido figurar desde hacía mucho tiempo. Pero, por más humilde que sea uno, para hacerse valer, había que hacerse rogar. Siguiendo el modelo de un Gran Escritor Argentino, Danilo, después de un profundo suspiro, dijo:
"Hum, no sé. Es que pasan cosas terribles, ¡terribles!, todos esos Niños Pobres del Mundo, sin vacunas y sin leche, las Madres de la Plaza de Mayo, girando girando sin esperanzas. No sé. ¿Sabes cuántas invitaciones recibo por día? ¿Cuántos pedidos de entrevista? Además, no preparé mi discurso, algo vano pero necesario. No sé. El Dolor y las dudas Existenciales me carcomen. Desde que el materialismo del Siglo..¿o era el humanismo?...". El lacayo carraspeó. "Comprendo Sir, siento haberlo molestado. Otra vez será", y giró dándole la espalda a Danilo a quien casi se le cae la pava y el mate. "Eh, eh. ¿Qué te pasa gallego? ¿Te agarró la histeria de la época? Dame tiempo para pensarlo". El lacayo volvió su cabeza empelucada: "Sir, no hay tiempo, la nave está por partir. Discursos no hacen falta que de esos habrá de sobra. ¿Viene o no viene? Es así de simple". "Voy, voy, pero decime algo más del Gran Festival. Necesito saber y preparame con dignidad". A la cabeza del lacayo le siguió el cuerpo. "Sir, lamentablemente no conozco el programa completo, pero le puedo asegurar que va ser muy variopinto, interesante y entretenido. El Gran Coro, algo del Abrazo de... y muchísimas Buenas Noticias". "Interesante, muy interesante, interesantísimo. Todos son temas que atañen a mi inquietud intelectual como escritor. Creo que voy a ir". El lacayo se inclinó: "Sir, es mi deber aclararle que, a pesar de su gran calibre como creador, se lo invita en calidad de Perfecto, Alegre y Feliz Consumidor, no sé si...". Danilo lo cortó: "Escuchame gallego; me paso la vida Consumiendo Cultura para Reciclarla. ¿No te parece suficiente?" "No soy quién para juzgar, pero le aconsejo que lleve algún Producto de Consumo de Marca Internacional y Popular para participar con dignidad, algún símbolo de felicidad". "Te comprendo, algo que me de identidad en este mundo de seres anónimos y amorfos". El lacayo agregó: "O por lo menos algún elemento cultural típico pero universal, que lo destaque". Danilo pensó una fracción de segundo: "Ya está, la pava y el mate. Vamos, pero antes pasemos por la cocina".
Seguido por el lacayo, bajó a la cocina donde Danilo cambió la yerba y mientras esperaba que se calentara el agua sobre la hornalla, se le ocurrió que tal vez tendría que sacarse su uniforme de fajina y ponerse algo digno. Se lo preguntó al lacayo. "Sir, no me han dicho nada sobre eso, pero supongo que usted, como un Gran Escritor, es un hombre muy inteligente y debe saberlo mejor que este humilde servidor".
A pesar de la respuesta altamente satisfactoria para el espíritu de Danilo que se expandió gracias al incienso recibido, no dejó de cosquillearle un prurito sutil y delicado de ese mismo espíritu. Miró de pies a cabeza al lacayo: con tantos colores, su librea parecía un rompecabezas o un disfraz de Arlequín. Su lengua se trasformó en bífida y serpentinamente le preguntó: "¿Y esa librea tan bonita?" , "Es de la Comunidad, de la línea selecta de Pierre Garden", "Ajá, ¿y por qué tantos colores?" , "Son las banderas de los miembros de los Países Democráticos, es un... una...a ver, ¿cómo me lo dijeron?...ah sí, sí, una librea simbólica". "¿Simbólica? Sin embargo la tenés puesta, y hasta me da la sensación de que flotás adentro como si te quedara un poco grande". "Sir, es Made in Taiwán, el medium size me quedaba chico y como ve, el large size me queda un poco grande. Pero todo tiene sus ventajas; usted debe saber que, a mano de obra más barata, producto más barato". Danilo lanzó un silbido: "Cuernos, no sólo hablás inglés, sino que sos un economista consumado". Por primera vez, el lacayo sonrió: "Así me lo aseguran todas las voces que los poetas llaman La Voces del Espíritu del Tiempo: un Consumidor Modelo, Talentoso y Astuto. Y así lo prueban las medallas que me dieron. Sir, no se ofenda, no es nada personal, pero, por ejemplo, le hago notar que no tiene cocina a microondas".
Danilo se limitó a rechinar los dientes. Su mujer se lo señalaba todos lo días hablandole de las ventajas que tiene y asegurando que TODAS sus amigas la tenían. A falta de smoking o frac, decidió que se quedaría en robe de chambre, un uniforme de combate, cómodo para las maniobras más difíciles y retorcidas. Oyó la voz del lacayo: "Sir, apurémonos antes de que se termine todo y se esfume".
"Ya va ya va. Preparar el mate es un arte antiguo y tradicional. Tomarlo en círculo, es como fumar la pipa de los indios siux, crea amistad, fraternidad y hermandad. Creo que es un elemento ideal para la reunión. Para participar y ganarse la simpatía de los presentes, es casi tan bueno como repartir caramelos en una guardería infantil".
A falta de termómetro, sin tener en cuenta los descubrimientos de la higiene y del inmortal Pasteur, metió el dedo en el agua y, quemándose un poco, la encontró a la temperatura ideal. La sacó del fuego, dudó entre recargar la petaca con ginebra o llevarse la botella. "Gallego, ¿es muy largo el camino?" "Sir, todo es relativo". Danilo lo miró preguntándose si era el gallego el que hablaba o la Educación por su boca. Optó por la botella. Extrañando el corcho clásico, le desenroscó la tapa de metal, puso un chorrito en el mate, cebó, succionó, lo encontró bueno, y, como si fuera a atravesar un desierto helado se mandó en el buche una buena dosis de cuarenta grados sobre cero. Prendió un cigarrillo, guardó el paquete y el encendedor en el bolsillo, y anunció, "Estoy listo".

La Subida y el Salón

El lacayo se inclinó: "Por aquí, Sir" dijo, y extendió la mano para señalar una hermosa arcada adornada con flores donde nacía una escalera empinada que, allá arriba, se perdía en la niebla. Danilo dudó. Como vulgar tendero una tela, palpó los pétalos de las flores: "Hum. Son de plástico". "Sir, ya no hay flores. Hoy, hasta los tulipanes de Holanda son de plástico. Estas están hechas en Hong-Kong, donde la mano de obra....". "¡Basta!, aunque no huela nada, esto me huele mal. Vos, Sir, me vas a indicar el camino".
El lacayo, con la espalda encorvada, empezó a subir. Danilo, con el mate y la pava en una mano, la botella en el sobaco, el cigarrillo en la boca, lo siguió.
Subían y subían. Flotaban vapores de niebla, grises y pesados. La luz mortecina apenas entraba por unos ojos de buey. Los escalones, cada vez que los pisaba, se hundían como si fueran de cartón. Danilo, por miedo y para ayudarse, a cada paso se aferraba al pasamanos. Jadeaba; el cigarrillo llegó a pucho y lo escupió. Lanzó chispas cuando tocó el suelo cerca de los pies del lacayo. Este, como si hubiera visto una víbora, dio un grito. "¡Sir! ¡Cuidado! La escalera es de...y...y no sé si el seguro...". Infló las mejillas y lanzó un escupitajo sobre el pucho. Para rematarlo, con furia justiciera, como San Jorge la cabeza del dragón, lo aplastó con el taco. "Decime gallego, ¿adónde vamos?" "Qué pregunta, hacia el futuro, siempre hacia el futuro, al Gran Festival". "¿Y falta mucho? Mirá que estamos por llegar al cielo y yo soy alérgico a las plumas". "Sir, es por la seguridad. El nivel del mar ha subido mucho últimamente".
Si de explicaciones se trataba, aunque no le sirvieran para nada, Danilo no podía quejarse.
Se terminó la escalera, un breve pasillo y una puerta alta y ancha de dos hojas, de bronce o enchapada de bronce, hermosamente labrada con motivos Babilónicos, les cerraba el paso. La iluminaba un reflector y en letras en letras de relieve, se podía leer:
el Dilema eterno de eutopia
¿LA ESCLAVITUD ES LIBERTAD?
O
¿LA libertad ES esclavitud?
"Llegamos Sir, la entrada al Val...Valja...o algo así". "La entrada...¿a dónde?..". Pero ya el lacayo estaba golpeando la puerta con los nudillos. Esperaron. Ninguna respuesta. Un poco más fuerte, golpeó otra vez. Tampoco hubo respuesta. Danilo perdió la paciencia y, acercándose a la puerta, le dio una patada violenta. Un suave crac, y desapareció su pierna entera.
Con las manos ocupadas, y sin poder aferrarse a nada, perdió el equilibrio.
Si no hubiera sido por el gallego que lo apuntaló, se habría roto la botella y algunos de sus huesos. Mientras el gallego lo apuntalaba y él sacaba la pierna arrastrando pedazos de cartón, lanzó un juramento en voz tan alta que el gallego, horrorizado, casi lo suelta para taparse los oídos. Temblando, se limitó a farfullar en voz baja: "Shhh, coños, Sir, por el amor de Dios, baje la voz, si no...". Danilo recuperó la pata perdida. En posición de su equilibrio, de sus facultades y la dignidad, desafió al gallego: "Si no, ¡¿qué?!". "Sir, podría ser considerado rebelde o subversivo. Los únicos gritos y ruidos que están autorizados son los del progreso, el entretenimiento y la sana alegría de vivir". "¿Así que no se puede protestar?" El gallego susurró: "Sir, vivimos en la Democracia y la Libertad. Pero educadamente y en voz baja, por los canales pertinentes. Y si es con una nota, mejor". "Sos un pozo de sabiduría. ¿De qué estás hablando?" El gallego sacó pecho: "Sir, son leyes que aprendí en el Curso de Lacayo Distinguido en el que me gradué con Honores". "Bueno, joder, ¿y cómo entramos?" . "Sir, había algo. Déjeme pensar". "¿Y los gallegos, pueden pensar?". "Sir, me ofende. Las leyes de los Derechos Humanos, artículo N? 14, inciso N? 2, que se refieren al de los Lacayos, perdón, Servidores Voluntarios Clase B, me protegen". Danilo, que ya vivía abrumado por la cantidad de Derechos en los que no encontraba ninguno de los suyos, se calló. El gallego ya había sacado un walkie-talkie de su librea y lo estudiaba: "Hum...Botón rojo, casos de incendio...botón azul, casos de inundación...Hum, ninguno para puertas cerradas. Ah, coñazos, ahora me acuerdo. Por cortes de presupuesto, echaron...no, eso no se debe decir...le dieron las gracias por los servicios prestados al portero y ahora es un Ciudadano digno en Estado de Buscar trabajo". Extrajo una tarjeta que introdujo en una ranura del marco. Como por arte de magia, quizás por la presión atmosférica, se oyó una leve succión, y las hojas comenzaron a abrirse suave y silenciosamente.
Entraron. Un olorcillo raro cosquilleó en los tubos nasales de Danilo. Adentro, se encontraron en una plataforma desde donde se abarcaba un gran salón de distintos niveles. Tan grande que no se veía el fondo y algunos niveles se hundían y perdían en la bruma. Danilo observó, asombrado, las paredes curvadas del salón y los gigantescos ojos de buey.
"Gallego, ¿dónde estamos?" "En el auditorio del Centenario, una nave hacia el futuro". "No veo a nadie". "Oh, Sir, le aseguro que hay mucha gente. Es cuestión de aprender a ver o usar la imaginación. De usted depende. Mientras tanto, ¿nos haría el honor de firmar El Libro de Oro?".
Danilo miró hacia donde señalaba el gallego: sobre un atril de madera, hermosamente labrado, digno de un museo, había un libro más grueso que una Biblia de la Edad Media, y en un tintero, una gigantesca pluma de ganso. Se acercó emocionado hasta esas piezas que lo remontaban al pasado, a los tiempos mejores, a castillos con doncellas castas que hacían sus labores esperando a su amados. Si no llegó a la Edad Dorada, fue porque en esa época probablemente todavía no se había inventado el alfabeto y el analfabetismo, como ahora, era la felicidad. Tomó aire, sacó pecho y, con solemnidad alzó la pluma que disimulaba una birome. Después de gruñir, "Era de esperar. Todo es apariencia", a pesar de no ver ninguna firma, para destacar la suya, la estampó en letras góticas que resultaron un mamarracho.
Cuando terminó y se dio vuelta, el lacayo ya lo estaba esperando con una bastón de esos que se usan apara anunciar la llegada de seres importantes o inaugurar sesiones del parlamento. Era un bastón dorado y lleno de filigranas, brillaba, y el hermoso corazón rojo, traslúcido e iluminado por dentro que había reemplazado a la bola tradicional, brillaba mucho más.
"Che, gallego, ¿a qué viene ese corazón?". "Sir, según los últimos estudios, lo único que necesita el mundo es amor". El lacayo se encaminó hacia el borde de la plataforma. Golpeó tres veces el suelo con el bastón sin que se escuchara ningún ruido y anunció con un susurro: "El Gran Escritor....etcétera.... Antepasados Ilustres...Hijo de la Musa...etcétera...Caballero de la Orden de Escritura...Modelo de Consumidor...".
Danilo se preparó para escuchar la ovación. El lacayo acercó el corazón a una de sus orejas y apretó un botón: se intensificó la luz dentro del corazón y se escuchó un gran aplauso, bravos y vítores como de una cancha de fútbol que lo emocionaron. Estuvo a punto de pedir, "otra vez, por favor", pero el lacayo, con un "Sir, seguidme", pisó el primer escalón para bajar de la plataforma al salón.
Danilo se podría definir como un ser, si no asocial, con una carga de fobia social, una especie de outsider (de vez en cuando, para no usar la palabra "incomprendido", se consideraba como tal), intelectuales que estuvieron muy de moda en un tiempo, hasta que lograron una posición decorosa de insiders sociales, apreciados, alabados y queridos. Sin embargo, para asegurarse de que existía, aunque nunca llegara a ser querido, estaba dispuesto a socializar cada tanto. Para vencer sus limitaciones y sus inseguridades, en vez de recurrir a las pastillas en venta en las mejores casas del ramo y convidar, prefería los métodos tradicionales. Dejó la pava y el mate en el suelo y desenroscó la tapa de la botella de la que se mandó un buen trago a su buche vacío. Corrió el líquido, calorcito en el estómago, pasó a sus canales vitales y, sin saber si su mareo provenía de su interior por donde circulaba la ginebra, o del vaivén de esa extraña nave, o del embeleso mágico, hipnótico, de la música funcional con el sensual saxo que escuchaba, en cuyos compases reconoció una canción best-seller, muy popular en su momento, We Are the World, We Are The Children, siguió al gallego escaleras abajo.
Habían entrado en un círculo de luz. Como si se encontrara frente a una señal de "Stop", o al pañuelo de Magdalena con la imagen de Jesús, el gallego se detuvo en seco al lado de un cartel: "Wait to be seated", plantado cerca de una mesa. "Mi muy honorable Sir, aquí termina mi honrosa misión. Le ruego que espere aquí", y se inclinó tan profundamente que su nariz casi tocaba el suelo. Danilo vio su mano extendida y metió la suya en su bolsillo para buscar unas monedas. "Oh, lo siento profundamente gallego, me olvidé la billetera. Para otra vez será". Desde abajo, como de un sótano, le llegó una voz un poco irritada y gruñona: "Sir, acepto Visa, Master, American Express o Eutocard. No voy a protestar porque avasalló mis Derechos y me faltó el respeto tutéandome, pero no se olvide que le salvé la vida" y se enderezó para quedarse mirando a Danilo con una sonrisa mortecina de apaleado. "Joder, no exageres. Apenas me devolviste el equilibrio, cosa que era tu deber. Lo siento, mis tarjetas también están en la billetera. ¿No te basta el orgullo y el honor de servir a la Comunidad y haber escoltado a un Gran Escritor?". Y con elegancia y finura aristocráticas, le agradeció: "Mil gracias por tu extraordinario servicio. Fue un placer dialogar con vos, espero que se repita pronto". Y, para concluir, luego de un ademán del revés de la mano estilo aristocrático, dijo: "Y ahora aire. Vía".
El gallego, el lacayo, o el servidor, como si nunca hubiera existido, con un silbido similar a un gruñido, se evaporó como el genio de la lámpara de Aladino.
Y allí se quedó el Gran Escritor, al lado del cartel, con el olor cosquilleándole en la nariz. La música, con variaciones sobre el mismo tema, intercambiándose el saxo por el clarinete y el clarinete por el saxo, continuaba como un dulce molinillo que con suavidad le licuaba y embotaba los pensamientos. Resultado: imposibilidad de tomar una decisión. Observó la enorme mesa, ovalada o redonda, sin una cabecera precisa, democrática o igualitaria, rodeada de quince o veinte sillas vacías, con apoyabrazos de madera labradas, acolchadas de color rosa y de respaldo tan alto que podrían acoger con dignidad hasta a un rey.
Danilo, como casi todo el mundo, no sabía, sobre todo si se elimina el harén, qué significa exactamente "lujo asiático". Para el día en que escribiera esta historia, al faltarle las palabras, sin que él ni el lector lo entendieran, sin peligro, pura sugerencia poética, podría usar la expresión para describir ese lujo: debajo de una hermosa araña con velas gigantes sin encender, sobre un inmaculado mantel blanco, la cristalería, cinco o seis copas delante de cada plato. Pequeños floreros (¿porcelana de Sevrés?) con flores. Los cuchillos, tenedores, cucharas y cucharitas brillaban tanto que Danilo lamentó no haber traído los anteojos para el sol. Velas en sus candelabros. Como si todo eso fuera poco, los platitos con aceitunas, quesitos, gambas, cortes de jamón, los platos con aves pequeñas o tan grandes como pelotas de fútbol nro. 5. Se olvidó de sus raptos místicos y se le pusieron en acción las glándulas salivares. Por más que tragara, la saliva se acumulaba en su boca y si seguía así, corría el peligro de que tomara una dirección pública.
Miró alrededor. Nadie, absolutamente nadie, salvo quizás en las tinieblas de allá abajo, desde donde llegaba un murmullo que tanto podía ser de conversaciones como de olas del mar. Suspiró profundamente para tomar oxígeno (el olor nauseabundo le invadió los pulmones) y, cargado de energía, ignorando el cartel "Walt to be seated", se acercó a la mesa cuyo borde, como una ameba que avanza un pseudopodio, pareció estirarse hacia él para recibirlo y, cuando se sentó, retrocedió espantada, dejando un espacio vacío que lo puso en una situación ridícula.
Y, abandonado, herida su autoestima, no supo dónde poner la pava, el mate y la botella. Gracias a Dios, a pesar de que sus ideas estaban perdidas entre sus vasos comunicantes mentales, la frase "Lo único que le falta al mundo es amor", quizás envuelta en ginebra o por eso mismo, salió a flote: "Pichicho, mesita adorable, no me dejés solo, vení que te quiero y estoy solo en este mundo. Vení vení, cumplí con tu misión de sostener mis herramientas intelectuales". Para su alegría, como moviendo una cola invisible, la mesa se estremeció con un ligero sacudón, y con pequeños avances y retrocesos, terminó por brindarle su superficie. Después de tres o cuatro taps sobre el mantel para quitarle el miedo y felicitarla, aliviado, colocó la pava con el mate sobre el plato y la botella al lado de los vasos.
Al breve alivio le siguió otro sobresalto; una presencia a su lado. Giró la cabeza y vio la materialización de lo que, por su frac cuya cola de golondrina, por los saltitos de le pas d' un, una especie de ballet autista, no dejaba de ondular; en el acto clasificó de maître. Sin detener sus saltitos, agitando las manos y echando miradas de asco a la pava y al mate, le dijo en un fuerte acento francés: "Monsieur, cher Monsieur, temo, lamento, no quiero ofenderlo, pero desafortunadamente creo que éste no es su lugar". A pesar de estar a una cabeza o cabeza y media debajo del otro, Danilo, continuando con su estilo aristocrático, lo miró desde arriba: "Soy un invitado especial". El otro se inclinó: "Comprendo Monsieur comprendo, pero sea humano y comprenda usted también. Hoy hay tantos seres y tantas cosas "especiales", desde sardinas hasta automóviles, que uno se confunde. ¿Qué tipo de invitado especial?" Callándose su calidad de Alegre y Feliz Consumidor, para estar a la altura de las circunstancias, se puso de pie, sacó pecho y subiendo el volumen de su voz, trompeteó: "Gran Escritor". El maître paralizó sus saltitos y se tapó los oídos. Unos segundos y los destapó. Un espontáneo snap de su pulgar y el del medio, para decir: "Oh, Monsieur, qué alegría me da. Temo haber tenido razón. Este es el de los Grandes...perdón, Super Grandes Escritores Laureados, Sus Majestades y las Grandes Eminencias. El lugar de los Grandes Escritores y Artistas, se lo digo por su seguridad y para servirlo mejor, es aquel nivel". Danilo dio unos pasos y, en puntas de pie, observó el nivel que le señalaba el maître. Efectivamente, recortadas como siluetas pálidas, creyó distinguir una multitud alrededor de mesas como de bar. Le llamó la atención la inmovilidad o pasividad de las siluetas. Volvió sobre sus pasos: "¿No me estás engañando? ¿No serán muñecos? ¿O muertos mal conservados? Bueno, pregunto no más por el olor nauseabundo que siento, inaguantable..." . "Oh, no, están dialogando en paz y armonía, al estilo de los Super Grandes, intercambiando ideas fructíferas acerca del destino de la Humanidad. Es una verdadera Tertulia Artística al Estilo más Tradicional. En cuanto al olor, Monsieur, qué raro es usted, le hago notar que usted es la Primera Persona que se Queja. Sin embargo, claro, tiene derecho a la explicación, es un Derecho Humano básico. Monsieur es la Tierra que hiede, se está... y...". El maître se calló de golpe, se tapó la boca con la mano y empezó a temblar. Danilo le preguntó: "¿Qué te pasa? Te escucho". El maître se la destapó y susurró: "Ay, Monsieur, se me escapó, están prohibidas las malas noticias. Bueno, prohibidas no, se aconseja no darlas para mantener el entusiasmo, el optimismo y la alegría de vivir. Además, no está probado que sea así, se sabe que son exageraciones de los ecólogos pesimistas. En fin, se está echando a perder un poquitito. Pero hay una noticia buenísima: llegó el nuevo sistema de aire acondicionado, con filtros nuevos y mejorados. Se cambiarán muy pronto. Con ese sistema no se va a sentir el olor". El maître se inclinó: "Ahora, Monsieur, permítame que tenga el honor de conducirlo al lugar que le corresponde. Le aseguro que estará con gente de lo más selecta: además de Grandes Escritores y Grandes Poetas, hay Grandes Pintores, Grandes Músicos, con quienes podrá intercambiar ideas fructíferas que enriquecerán su espíritu. Su robe de chambre será allí algo completamente natural y por su buena conducta, como premio, recibirá una Suculenta Cena". Danilo mordió las palabras: "Escuchame franchute; te dije que soy un invitado especial y al Banquete. Hoy voy a tener la gloria que de Gran Escritor, me promuevan y enaltezcan a... -aquí vaciló, y aunque no le vino a la mente la Gigantomaquia de los antiguos griegos, recordó las clasificaciones de los tamaños de los huevos en el supermercado y más allá de los super grandes y super extra grandes, optó por los que se vendían con un elefante en la tapa, continuó-...a Mega Escritor. Así me lo aseguró el correo del zar que me invitó". El maître dudó y lo observó torciendo la cabeza de derecha a izquierda como gallina que apunta a un gusano para tragarlo. Danilo alzó la voz: "¿Dudás, franchute? ¿O querés que tome nota de la mala noticia y la difunda citándote?" El maître tembló y haciendo señas para que baje el volumen: "Haga lo que quiera, Monsieur. Pero por favor, le pediría algo muy importante para lograr una comunicación apropiada y armoniosa entre nosotros. Yo no soy un vulgar mozo, un "franchute", sino, el Maestro de Ceremonias, diplomado en tres Universidades Prestigiosas. Considéreme como tal. Es MI Derecho ¿Algo más?" "Sí, para ubicarme un poco, quisiera saber adónde me trajo el Honorable Lacayo". El Maestro de Ceremonias se inclinó: "Monsieur, estamos en España, cuya Capital, para este año que coincide con el Centenario de la Comunidad de Eutopía, fue elegida como Capital Cultural de la Comunidad. Y ésta es una réplica de la Nave de Odín donada por los países nórdicos para la festividad. A los Dirigentes Máximos, las Grandes Eminencias, les pareció encantador, romántico y un respeto a la tradición, recrear el Valhala. El Valhala es... ". "¡Alto! Informaciones sí, pero lecciones de mitología a mí, eso no. Espero que tengamos algunas Valkirias vírgenes que nos entretengan por lo menos sirviendo hidromiel. Bien, entonces estamos en el año dos mil y pico". "Su memoria es excelente, Monsieur, en el 2058 para mayor exactitud -aquí sacó pecho- en el 2058, el Centenario Glorioso de la Comunidad Triunfante, atravesando la barrera del shock del futuro". Danilo, no muy seguro, comentó como para sí: "Este habla como si el Centenario fuera de él. Claro, debe ser por eso de la Comunidad". y se quedó pensando. El Maestro reinició sus saltitos de pas d' un y la cola de su frac onduló. "¿Algo más, Monsieur? Mi tarea es infinita".
Danilo agitó el revés de la mano con un estilo para el que hay que nacer.
El maître tomó el cartel que había probado su inutilidad, y arrastrándolo, se retiró con la misma elegancia con la que había llegado: un pas de un, pero reculando.
Apenas desapareció el Maestro de Ceremonias, sintió un peso enorme, como si la gravedad universal se hubiera concentrado en su cuerpo. Se preguntó "¿Por qué estaré tan agotado, por la subida tan larga? Ay, temo que el cansancio sea de mi alma". Y se sentó para manotear la botella, sólo un sorbo, y continuar con el mate.
Ya sea por la música hipnótica y el embeleso mágico de We Are the World, We are de Children, o por el alcohol que lo calmaba y lo mareaba un poco, mareo que le permitía acompañar al compás del suave balanceo de la nave y escuchar el splash splash contra los cascos como dulces olas que morían en playas lejanas, logró olvidarse de sí mismo y, con los ojos, dar una vuelta alrededor.
Ya que lo tenía delante, terminó de observar la mesa.
La vajilla brillaba como si nunca hubiera sido usada. En vez de botellas vulgares, vio botellas de cristal talladas, quizás de vino por el color de su contenido. Botellas donde podía leer, en preciosas etiquetas doradas, las marcas, Lágrima de Cristo, Sangre de Cristo en los tintos, Lágrima de la Virgen, Jugo de Magdalena en los blancos. En las jarras, platos, vasos, se veían etiquetas como I ¿ France, I ¿ England, I ¿ Spain. Ay, cuántos países hay que amar, uno mejor que el otro, el otro mejor que el uno. Vio más etiquetas, como ser, o o ¿ o¿ o ¿, pequeñas cositas y toques de los que había que aprender a disfrutar, y los que, en su suma, alegran la vida y la hacen merecedora de ser vivida.
Su ojos pasaron al salón. Si bien no había aceptado las lecciones de mitología que le habían querido dar, eso no quería decir que fuera tan ducho en esas lides como pretendía. Por esa manía de poetizarlo todo en el pasado en vez de estudiarlo científicamente, las descripciones del Valhala que recordaba vagamente eran demasiadas y contradictorias. Sea como fuere, sus ojos dilatados recorrieron las paredes curvadas del salón o nave que estaban decoradas con hermosos escudos labrados, armas antiguas, espadas, hachas, lanzas, arcos y flechas que bien podrían ser de cualquier tribu americana o africana. Pero no, de ninguna manera. Tenían un no sé qué, una especie de aire tradicional tan particularmente eutópica que no había confusión posible. Esa hacha, por ejemplo, que no degollaba sino que separaba cabezas, bien podía ser el antecedente de la guillotina. O esa lanza que se remontaba a los orígenes del arte y cultura eutópica y que probablemente ya llevara en sí misma el espíritu del eficaz Exocet. O esa espada de la Edad Madia, de hoja ancha y tan pesada que hoy ya no habría héroe que la pudiera esgrimir, y la que, para la salvación de las almas de los cristianos, además de destrozar cráneos de judíos y de moros durante las Cruzadas, gracias a la Inmaculada Concepción, supo defender la fortaleza del pudor y la castidad de las doncellas del castillo, ya protegidos por los cinturones de castidad. Un arma para la nostalgia de la pureza, para las épocas en que ser casta y virgen no era una vergüenza como ahora. La presencia de los posters con fotos de las tumbas de los vikingos lo comprendió perfectamente. Traer allí toneladas de piedras auténticas para crear atmósfera, hubiera sido un gasto superfluo e inútil.
Una decoración para almas románticas. Danilo lanzo un profundo suspiro: qué tiempos gloriosos. Y siguió mirando.
La presencia de carteles con letras doradas en relieve, típicas de los estadios del Nuevo Mundo, eran una prueba de la ductibilidad y la adaptabilidad de la Cultura Eutopea a las exigencias del Mercado, fuente de riqueza y bienestar. Leyó los carteles electrónicos por los que desfilaban frases como: "Euto Coca Classic", "Deutsche Bank, SU Banko: asegure su futuro con el mejor euto", "Visite y Descubra Euto Disney", "Hamburguesas McEuto's, somos lo que comemos", "Para volar, zapatillas adidas, con alas Eutopeas", "Mercedes Benz, el auto que inmortalizó a Lady Di y viceversa", "Spaghettis La Mamma, mejores que La Nona", productos que si hacían al hombre de hoy, más aún harán al del porvenir, siempre Nuevos y Mejorados. La mente de Danilo, que por la rutina de los años de escritor todo lo trasformaba en materia de creación, vagamente se preguntaba si esa decoración, para describirla metafóricamente, se podría comparar con un Centro de Compras, ambiente familiar, o con una cancha de fútbol, ambiente popular. Epa, ¿qué pasó? Ahora leía: "Spaghettis La Nona, mejores que La Mamma", "Citroën, más económico que el Rabbit gasolero y mucho más sensual". "Hum -barruntó- ¿será esto riqueza del Mercado o Competencia Sana y Leal, Transparencia o Doblepensar?"
Y mientras descubría, aquí y allá, la bandera de Eutopía con sus doce estrellas invariables, símbolos de la perfección y de totalidad, vagamente oía que desde la plataforma inferior subía un rumor de conversación agradable a la que, actuando como sedativo, se sumaba la melodía de We Are the World, We ...esta vez tocada por trompetas con sordina al estilo de Ray Conniff. Negar que estaba en el mejor de los mundos posibles, hubiera sido un crimen. Prendió un cigarrillo, cebó mate al que, a la manera del gaucho de las pampas, le agregó unas gotas de su propio elixir.
A través de uno de los ojos de buey, de unos dos metros de ancho, en un acentuado tecnicolor, se veía un hermoso cielo estrellado con una luna llena que, sin atenuar el brillo de las estrellas, iluminaba una playa. Hum, raro, ¿a través de los ojos o en ellos mismos? En los otros, tres o cuatro, aparecían otras escenas del paisaje terrestre, del bello mundo que le fue dado, con una subtítulo que se desplazaba: "Gentileza de National Geographic. Suscríbase ahora, CD o Video. Descuento especial", se veían un volcán, posiblemente el Fujiyama a cuya sombra estarían meditando los monjes zen, las pirámides, un camello, un oasis, sol y media luna árabe, prados con caballos galopando desbocados, un gorila que se descuelga de un árbol, una pareja de leones con sus graciosos leoncitos en la tarea de comer suculentos pedazos de carne roja, relamiéndose con lengüetazos que limpiaban sus bigotes, hasta sus mejillas, en familia, a la manera tradicional, un ejemplo para la convivencia humana. Detrás, a poca distancia, ciervos o antílopes pastando mientras los leones terminaban de devorar a su compañero, sin miedo, otro ejemplo, este de convivencia pacífica. Bellos modelos de naturaleza natural, anécdotas o enseñanzas dignas de contarse a los nietos junto al calor del hogar en las noches crudas de invierno, si es que los nietos no sacan a patadas al abuelo para mirar tranquilos la televisión. Sea como fuere, imágenes realmente hermosas y conmovedoras.
Al ver a los leones comer con tanta fruición, recordó que para algo estaba en este mundo. Una misión posible, comer a su vez. Posó su mirada sobre la mesa y a pesar de saberlo desde la infancia, no se debe comer mientras no estén los comensales, estiró la mano: de entre los platitos con gambas, pescaditos fritos, quesos, jamones, aceitunas, como para liquidar el problema de una sola vez, la mano se le fue hacia un ave que, dorada a la perfección, bien podía ser un faisán o un pollo, o un pavo miniaturizado. Con el cigarrillo entre los labios, olvidándose completamente de los instrumentos de la civilización como tenedor o cuchillo, y decidido a seguir el ejemplo de los leones, en un regreso a la naturaleza, apoyó la mano que había estirado sobre el pecho del ave y, alzándose de la silla para maniobrar con comodidad, con la otra tiró delicadamente de una de las patas que apenas se movió.
Aumentar la presión sobre el pecho y tirar de la pata con más fuerza, no le dio ningún resultado. Alzó el ave con una servilleta y se sentó para buscar una palanca más eficaz. La aprisionó entre los muslos y siguió tirando. Por más que, gracias a su furia, los tirones iban aumentando de potencia, el resultado era el mismo: inexorablemente, después de estirarse, la pata volvía a su lugar como por una orden superior. Rabioso, lo llevó a la boca y le hincó los dientes que se hundieron sin el resultado apetecido. La estudió :las marcas de sus dientes fueron desapareciendo y la piel recuperó su tersura. La hizo girar: como grabado a fuego, en tres o cuatro idiomas (entre ellos el castellano), descubrió la inscripción: "Made in China" Y debajo, "Buen provecho. Gracias por comerme. Vuelva de nuevo".
Con la furia redoblada, se puso de pie y, dándole un impulso giratorio, la arrojó con violencia hacia el nivel de las mesas de los Grandes Artistas.
El bicho transformado en pelota, girando, se elevó elegantemente en el aire, trazó una parábola casi perfecta y, al llegar a destino, se dejó escuchar un bim bam bum, crach de vidrios o cristales rotos. Surgieron exclamaciones de Oh, Ah, y se alzaron voces entusiastas, masculinas y femeninas, "¡El Maná!", "¡Los Premios!", "Por fin", "¡Viva el Rey!" "¡Viva la Comunidad!" Pero hubo voces sensatas, "¡Calma! ¡Calma! Todavía no" . "No es más que un pollo simbólico". "Eso. Todavía falta mucho". "Sí, más Cultura", y surgió como una especie de zumbido: "Cultura", "Cultura, Cultura", que se fue apagando.
Danilo se sintió satisfecho. Se volvió a sentar. Pero la reaparición vertiginosa con su Pas d' un del Maestro de Ceremonias, le arruinó el placer. Esgrimía una vara con la que lo amenazó: "Malito, usted es un malito picarón. Está perturbando el orden. ¿No sabe que el único ruido que está permitido es el del Progreso, la Diversión y el Entretenimiento?" "Ese canto ya lo oí". Siempre impulsado por sus sentimientos espontáneos, Danilo se puso de pie y tomó una hermosa jarra de cristal de la que saltaron gotas o chorros de algún líquido. El Maestro dio un paso atrás: "Monsieur, Monsieur, su ademán es violencia y sería castigado con la cárcel. Comprenda, mi actitud es ejemplarizadora y simbólica, es por su bien, es para servirlo mejor, antes que cometa algún acto que podría considerarse de rebelión o subversión. Le recomiendo otros métodos, una nota de protesta silenciosa, por ejemplo". Danilo gruñó: "¿Esa vara también es simbólica?" "Efectivamente, Monsieur, mire -la dobló y la retorció-es de goma-espuma. Su utilización se basa en la pedagogía más moderna y avanzada: sugerir antes de castigar para despertar los arquetipos del pecado original y la culpa". "Distinguido Maestro de Ceremonias, no me interesa. Ya estoy harto, tengo hambre y quiero comer, pero comida comida. ¿Sabés lo que eso?". "¡Ay, Monsieur!, si lo sabré. Pero lamentablemente el Banquete aún no está listo. Y servirla sin la presencia de los Notables y las Altas Personalidades Prestigiosas sería una falta de respeto. Además sería alterar el Programa del Gran Festival".
Danilo, con fuerza, que bien podría considerarse violencia por el bramm que produjo, depositó la jarra sobre la mesa volviendo a saltar un chorro que se desparramó sobre el mantel inmaculado. El Maestro frunció la nariz con asco; el rincón de Danilo se estaba convirtiendo en un chiquero.
Danilo, un poco más calmado, dijo, "Sí, el lacayo me habló del Gran Festival, ¿no tenés un programa?" El Maestro hurgó en su bolsillo mientras decía, "Ay, Monsieur, con la muerte de los árboles, ni papel higiénico queda, una mala noticia. Pero hay una muy buena, se han descubierto nuevas técnicas de higiene, por ejemplo, el bidé computerizado con agua reciclable. -Dejó de hurgar y recitó apurado- "Uno: El Canto Optimista del Gran Coro. Dos: Conversación Kulta para elevar más los espíritus ya elevados. Tres: Discurso del Rey. Cuatro: Discurso del Super Gran Escritor Laureado. Cinco: El Informe Optimista del Heraldo Multimedia de las Buenas Noticias. Seis.......
El Maestro de ceremonias nunca terminaría la enumeración de los actos. Se apagaron las luces, cesó la música y todos los ruidos; la oscuridad fue total. Por unos segundos nada pareció moverse. Danilo, a través de los gigantescos ojos de buey, como si la nave se hubiera partido en dos, vio nubes negras que con sus bordes iluminados por los relámpagos, se deslizaban por el cielo, si es que eso era el cielo. De golpe, simultáneamente, con un balanceo violento, se escucharon los splash splash del agua contra los costados de la nave. Danilo empezó a temblar de pies a cabeza. Desde la plataforma inferior surgió un chillido como de laucha, agudo y penetrante, al que se le unieron otros, acompañados de gritos y ruidos. Aunque las ganas no le faltaron, en vez de unir su chillido al coro, le preguntó al Maestro de Ceremonias al que adivinaba en la oscuridad; "Fran...franchute ...¿qué m...pasa?". Pero no obtuvo respuesta. Sólo oyó su voz: "Rápido. Informe, ¿emergencia o qué? Roger".
Después de un rato, lentamente, las luces se fueron encendiendo y los chillidos calmando. Finalmente, la música envolvente pareció reponer todo en su lugar; dejaron de temblar las piernas de Danilo y volvieron los colores a la cara del Maestro ya bastante pálida en sí. Apartó el walkie-talkie de la oreja y como quien anuncia el nacimiento de un Nuevo Mundo, dijo: "Monsieur, una buena noticia, fue el cambio y la conexión del nuevo aire acondicionado. Ya no sentirá el olor". Danilo, todavía nervioso, le espetó: "Mirá, Monsieur Maestro de Ceremonias, me paso la vida tragando buenas noticias como veneno. Quizás no sienta el olor pero esto apesta. ¿qué de la seguridad?" El Maestro lo miró con lástima, "Monsieur, con tantas dudas, no creo que sea un hombre feliz. Las Generosas y Sacrificadas Grandes Compañías de Seguros, en un esfuerzo por colaborar con las Alegres Festividades y el Progreso, han hecho un Precio Especial de Seguro Contra Todo Riesgo, hasta contra los Actos de Dios", "¿Y eso nos va a salvar? ¿Incluso contra los designios de Dios?" Apareció una sonrisa sobradora en la cara del Maestro y suspiró como ante un ignorante, "Monsieur, yo no estoy aquí pare darle lecciones y educarlo. Yo no sé de qué mundo viene pero se ve que ignora que las Grandes Compañías no son idiotas para arriesgar su dinero en vano".
Y dando por terminado el asunto definitivamente, olvidando su pas d' un, giró, y, con el bastón debajo del brazo, empezó a alejarse. Danilo, tratando de susurrar, aulló: "Franchute, espero que se castigue a los de abajo que chillaron como ratas perturbando el orden. No fueron chillidos del Progreso o Diversión, precisamente". El Maestro se detuvo y se limitó a girar la cabeza para decir: "Monsieur, imposible, fue un acto unánime y mayoritario. Y la mayoría siempre tiene razón".
Y, con algunos pasos más, desapareció como en otra dimensión.

 

de "2058, en la Corte de Eutopía", publicado por Catálogos, Buenos Aires. ©1999.

 

PABLO URBANYI
ESCRITORES
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