PABLO URBANYI

 

comienzo de
Puesta de sol

-Quisiera saber, señores-dijo el Hada volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho,-si este desgraciado muñeco está vivo o muerto.
Al oír esta pregunta se adelantó primero el cuervo y le tomó el pulso; después le tocó la nariz y el dedo meñique del pie izquierdo, y cuando lo hubo examinado bien, pronunció solemnemente estas palabras:
-Yo opino que el muñeco está completamente muerto; si por fortuna no estuviera muerto, entonces sería señal indudable de que está vivo.
-¿Estáis seguro de lo que decís? -preguntó el Hada.
-Segurísimo.
-Siento mucho no ser de la misma opinión de mi ilustre amigo y colega el cuervo -dijo a su vez el mochuelo,-yo opino que el muñeco está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviera, entonces sería señal indudable de que está muerto.
-¿Estáis seguro de lo que decís?
-Segurísimo.
-¿Y usted qué dice? -preguntó el Hada al grillo parlante.
-Yo creo que el médico prudente, si no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es permanecer callado.
De Pinocho de C. Collodi.







Estimado Doctor Brahe:

Si no fuera por la fecha de nacimiento asentada en nuestra libreta de matrimonio, no podría saber cuántos años pasaron desde que le prometí el informe que le mando. En aquel tiempo ( quizá lo recuerde entre tantos pacientes que tenía), el milagro de la cura, la vida, o la semivida, o la muerte, de nuestro hijo internado en el Hospital Argerich parecía estar en sus manos. En un momento de necesidad, probablemente por estar más atento o por justificarme ante lo que temía apareciera como un crimen (y quizás lo haya sido), mientras esperábamos que se decidiera su destino, le ofrecí poner por escrito mis sentimientos, pensamientos, deseos, odios y miedos, los míos y los de mi mujer, sobre aquel a quien, cariñosamente, o tal vez cruelmente, bautizamos Meninjito. Usted me dijo que, para aliviar mi alma, la idea era excelente, y que sería un testimonio muy original y útil para la ciencia.
Lo escribí prácticamente todo, creo, en una serie de fichas numeradas.
Me pregunté muchas veces y me pregunto ahora, ¿por qué no las pasé en limpio antes y no se las mandé o, tal como estaban, no se las entregué allá? De las explicaciones que se me ocurren, tal vez ninguna sea válida. El despecho: por sus ambigüedades, las dudas y temores que nos creaba, juzgamos severamente su conducta. Yo más que mi mujer. Es posible que me haya equivocado.
Luego, por algo tan tonto y banal como el paso del tiempo y la vida que continuó; trabajo, revoluciones tan argentinas, los otros hijos, el lento y penoso olvido. La necesidad imperiosa y la esperanza del olvido total, que, espoleado por la esperanza del olvido mismo, nunca llegaría. No quería recordar dónde había puesto el fichero; pero, por arte de magia, volvía a aparecer reclamando exorcismos. Y por último, si mis recuerdos no me engañan, por aquel entonces usted ya no era joven; como neurólogo y psiquiatra conocedor de las almas, la bondad y sabiduría que aparente o verdaderamente emanaban de sus palabras sólo se logra con la edad. Con el paso de los años, la pregunta que nos hacíamos podría tener cada día más sentido, "Brahe, ¿no se habrá muerto ya?"
No, usted no ha muerto. Larga vida para el Doctor Brahe. El fichero, que me acompañó miles de kilómetros, como una pequeña urna, está a mi lado, a la izquierda de mi escritorio, y espera que lo abra para cumplir mi promesa. Apoyada contra él, una revista argentina, abierta en la página en la que aparece su foto. El título del artículo: "A LA CIENCIA ARGENTINA, SALUD". Motivo del artículo, el galardón internacional que recibió por el descubrimiento de una nueva enfermedad, galardón que, por los malabarismos verbales del periodista, parecía ser más importante que el Premio Nobel. Sonreí ante esa banalidad nacionalista pero sonreí más, con una leve ternura amarga, como si el tiempo no hubiera pasado, ante su aclaración al periodista de cómo se debe pronunciar su apellido, tal como me lo había aclarado entonces en su consultorio.
Acerca de las fichas. Vagamente recuerdo (deben haber pasado unos veinticinco años), que usted, después de mi ofrecimiento, para que el "asunto sea serio", me pidió todos los detalles posibles, edad, sexo, fortuna y origen de todos aquellos que, incluídos los abuelos y parientes, tuvieron que ver con el destino de nuestro hijo. Cuanto más detalles mejor, y, tal vez para entusiasmarme y facilitarme la tarea, me aclaró que no me preocupara por el exceso o el desorden, que usted o sus ayudantes harían la selección.
Para hacerlo, entre un cuaderno de apuntes o una especie de diario que podía perder o olvidarme en algún bar, por una cuestión práctica, me inspiré en el método que utilizaba en el negocio de venta de alfombras donde trabajaba: un fichero con fichas para apuntar la información sobre los clientes.
De las quinientas fichas en blanco que tenía la caja que compré, con la sensación de que hacía un trabajo altamente profesional, numerándolas de ambos lados, habré rellenado unas 250 o 300. Al principio utilizaba biromes de punta dura y fina que me ayudaban a descargar mi rabia y, más adelante, una lapicera que se deslizaba con suavidad y dulzura liberándome de la amargura.
En la agenda de trabajo o preferentemente en el bolsillo interior de mi saco, fuera a donde fuere, siempre llevaba algunas; escribía en el tren, en los bares, en el mismo negocio donde trabajaba, y especialmente durante los fines de semana, cuando por el silencio, el miedo, el "no queda nada que decir o hacer" y la espera, se convertían en angustiantes a la ves que las esperanzas iban develando su inutilidad.
Mi tarea no va a ser muy difícil: abrir la caja cerrada desde hace diez o quince años, ordenar las fichas si están desordenadas y pasarlas en limpio con la máquina de escribir. Recuerdo que algunas están sucias y tienen manchas; me gustaría poder decir que son de las lágrimas vertidas por el dolor pero son de mate o café. De hecho, con sólo pensar en abrir la caja, el viejo temblor reaparece; la esperanza de olvidar se habrá convertido en droga y el remedio, en homeopático. Mi ilusión del exorcismo definitivo del sueño que me persigue desde hace décadas, la visita nocturna y fantasmal de Meninjito, se debilita. ¿Debo confesar de que, a pesar de todo, la espero?
¿Desde dónde escribo? Creo que no tiene mayor importancia. Este es un país de largo invierno, de verano breve pero con céspedes verdes y bien cortados, con muchas flores y árboles numerados. Un país de Utopía donde El Dorado, orden y limpieza en todas las estaciones, se ha convertido en realidad. Comienzo a escribir en invierno, en una casa, al lado de una ventana; afuera, un campo nevado del que asoman algunos pinos que no marcan ninguna senda. Los reflejos del sol sobre los cristales son violentos pero apenas entibian.
Por último, no pido disculpas por la calidad de escritura de mi informe. Si bien hubo días en que quise ser escritor (una caja grande de cartón con "material informativo" que me fue trayendo y sigue hasta hoy mi mujer para la gran novela, así lo indicaría), no fueron más que picazones primaverales como la de aquellos que, a los dieciocho años, enamorados, quieren ser poetas para expresar mejor su amor.
El camino duró un año, Doctor. Y como buena parte lo recorrimos juntos, es mejor dejar la despedida para el final.

Ficha 1
Los antepasados o los orígenes; mis padres:

Argentina es un país formado por inmigrantes que vinieron en busca de El Dorado que ya buscaban los españoles hace siglos y que nunca encontraron. La mayoría, agitando la bandera de la civilización en su marcha arrolladora, traía un relleno de alguna cultura para compensar el vacío que habían dejado las matanzas de los indios.
Mis padres también eran inmigrantes, con un relleno y una coraza de cultura europea, de Hungría, exactamente. Además de su cultura, nos traían a mí y a mi hermana.
Mi padre nunca logró triunfar en América. Su pequeño taller para fabricar juguetes de madera, jamás llegó a convertirse en una fábrica cuyas chimeneas se alzaran hacia el cielo para la gloria del Señor. Apenas logró comprar, al borde de la Pampa, una casa modesta con una cocina grande, de puerta y ventanas abiertas en verano. Allí mismo, en invierno, la cocina de leña alimentada por los recortes de su taller ronroneando constantemente, hablaba de las glorias y del refinamiento de la fabulosa cultura europea con las que justificara su fracaso: "Estoy imbuido de las normas del industrial europeo, de la honradez y del precio justo. Vivo entre bandidos, con una coraza, un chaleco de fuerza de moral y ética que no me sirvieron de gran cosa. No cabe duda, hijo mío (si estaba con mi hermana, "hijos míos") que cometí un error muy grave, en vez de conquistar y saquear, trabajé". Suspiraba. "O no tuve coraje para saquear. En otras palabras, no hice historia y nadie escribirá mi biografía como un modelo de los pobres que llegan en tercera clase y que hacen la América".
Vivió protegido por la coraza de cultura hasta que el óxido del tiempo y de la historia la perforó. Hombre ligeramente de izquierda, gran lector y orgulloso de su independencia, con una buena carga del Iluminismo y de la Ilustración a cuestas, a veces cansaba y aburría con su visión utópica del futuro, del paraíso que nos darían la ciencia y el progreso.
Igual que yo, se llamaba Pedro y con los años los vecinos le agregaron Don. Con el nacimiento de mi hijo, fue abuelo.

Nota actual: advierto que sobre mi madre, la cual también llegó a ser abuela, no escribí nada. No fue necesario. Baste decir que, sin hablar de la cultura europea, a pesar de su exagerada y a veces insoportable tendencia a la dramatización, vivió con los pies en la tierra. Enterró a muchos y a los ochenta y dos años, a pesar de los consejos de los médicos, sigue fumando su paquete de cigarrillos diario, comiendo su asado y bebiendo su vasito de vino. Se llama María, ahora le dicen Doña. Tampoco hablé de mi hermana. Ella es siete años menor que yo y por suerte los acontecimientos no la tocaron mucho.

Una observación: el temblor cesó en cuanto abrí la caja. La única novedad: las fichas se han puesto ligeramente amarillentas.

Ficha 2
Los padres de mi mujer:

Entre esas grandes oleadas de inmigrantes, no pocos fueron bandidos y ladrones arrepentidos que prometieron a Dios que, si los ayudaba y triunfaban, se portarían bien por el resto de sus días y hasta harían donaciones a la Iglesia y a los pobres. No sé si ésta es exactamente la historia de mi suegro. Era un holandés (o danés) que de joven pasó a Escocia. Allí tuvo un episodio, para mí oscuro, con la hija de un jefe de clan. Parece que ella dio un mal paso y el jefe, por una cuestión de honor, lo obligó a ponerse a la par. Como en Escocia no quedaba mucho territorio para conquistar, vino a la Argentina con una hija que sería mi cuñada. Dice la leyenda: como buen puritano trabajó de sol a sol, sin desfallecer, con esperanza y fe, luchó y amasó una fortuna no muy grande pero merecida. Dice la realidad: no tenía chaleco de fuerza entre los bandidos, comprando y vendiendo saqueó a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Pero, diga lo que digjera la realidad, tal vez él habría merecido una biografía como modelo de triunfadores.
Como era natural, tenía su coraza de cultura europea que rellenaba con whisky escocés y cigarros cubanos u holandeses. Hablar en inglés fue la prueba definitiva de su superioridad y la de la familia entera. Yo, a los diecinueve años, no era para él más que un gitano pobretón. Y no le faltaban pruebas: era húngaro y llevaba el pelo muy largo, en consecuencia, era indigno de su segunda hija, a la que yo, sin embargo, pretendía. Sólo lo vi una vez en mi vida, una noche de verano, en la que impulsado por el amor, el calor y el deseo, fui a su casa para buscar a la que era mi novia, Ana. Lo encontré sentado en el porche del hermoso chalet, fumando un cigarro y bebiendo whisky. Cuando, después de saludarlo, pregunté por Ana, me honró poniéndose de pie. Tambaleando, dio unos pasos para, de acuerdo con la hospitalidad escocesa, darme la bienvenida. Con fuerte acento, voz de mando y agitando el cigarro, me gritó: "Mí no lo conocer. Fuera. Desaparecer". Recuerdo que era pelado.
Para la familia de Ana, formalmente muy inglesa, yo siempre existí como si no hubiera existido. Aunque hubiera hecho el amor con Ana sobre el pilar del portoncito de entrada del chalet, habría sido lo mismo. Esas sí que son corazas de cultura.
No quiero hablar mal de mi suegro. A pesar de no haber querido verme jamás, en el fondo no era mala persona. Hasta humano, quizás. Gracias a la ley argentina, no hubiera podido, tal como amenazó muchas veces, desheredar a su hija si se casaba conmigo, un gitano. La herencia de Ana fue el pilar sobre el que construimos nuestro propio nido para la felicidad eterna.

Nota actual: veo que también me olvidé de mi suegra y de mi cuñada. Como tuvieron una participación sustancial en la historia, sólo diré algunas palabras sobre ellas. Ambas eran alcohólicas, sin embargo, gracias a la coraza, lo disimulaban con elegancia y educación. Además de esa cualidad, mi cuñada era estudiante de medicina fracasada. Cómo le robaron parte de la herencia a Ana, cómo los vaivenes de mi cuñada torcieron o decidieron el destino de nuestro hijo, no podré dejar de contarlo más adelante.

Ficha 3
Ladies first: mi mujer.

La que sería mi mujer, Ana, a pesar de haber nacido en tierras argentinas, creo que llegó al país unos cuatro o cinco años más tarde que yo. Hasta los once o doce años vivió dentro de lo que era la gran coraza o jaula inglesa: la familia, el barrio inglés, la iglesia protestante con su pastor inglés, el club de tenis, la escuela. No habló el castellano, excepto mal o algunas palabras, un balbuceo, hasta entrar en la secundaria donde lo aprendió. Allí la conocí, en quinto año, cuando, gracias al progreso, fueron levantadas las barreras que separaban los sexos. Técnicamente esto se llamó "La escuela mixta". Como siempre ocurre en estos casos, a pesar de que las conversaciones románticas posteriores hablen de destinos y de elegidos, nos encontramos por puro azar. Por su apellido, por su pelo rubio y abundante, que casi le tapaba uno de sus grandes ojos azules, la llamaban "La rubia" o "La inglesa". Hablaba poco en clase o casi nada. Buena alumna, atenta, silenciosa, bastante alta, de un andar ligeramente cadencioso, lánguido, a cada paso parecía dejar atrás parte de su cuerpo, que se demoraba en unirse a la parte que avanzaba. Su belleza intimidaba.

Ficha 4
Yo personalmente:

Mientras mi padre iba fracasando a medida que envejecía, yo iba creciendo de la misma manera. Cuando en los potreros y los descampados donde jugábamos al fútbol me preguntaban cómo me llamaba y respondía "Pedro", en el acto decían, "¿Pedro?, entonces sos polaco", por la cantidad de polacos, ucranianos o rusos que llevaban ese nombre. Aclaraba, "No, húngaro". "Ah, entonces tocás el violín" por esa asociación de los húngaros con los gitanos. Y siguieron llamándome "El Polaquito". Por la falta de coraza de cultura europea, o porque un niño no tiene ninguna, la Argentina, con la Pampa y su cielo estrellado, penetraron en mí con facilidad. Mis primeros años, los de la primaria, los pasé allí, caminando todos los días al colegio. De vez en cuando, desde un carro lechero, oía un grito, "Che, Polaquito, ¿te llevo?" y subía al carro de Sartori o Mansilla. Longchamps, que así se llamaba el pequeño pueblo donde pasé mi infancia (de geografía muy simple, la estación, el quiosco del quinielero, el bar; sobre el antiguo camino del rey o "real", el bar del Bocha, el almacén del gallego Manuel, la farmacia del Tío, una herrería; en una calle perpendicular, la iglesia, una ferretería; una estación de trenes con su bar, al otro lado de la estación, la escuela, un almacén, un bar más y alguna que otra panadería), fue mi mundo, por ese entonces un pueblo de gauchos lecheros. Puedo decir, sin mentir, que entre domas, asados, carreras de sortija, riñas de gallos y carreras de caballo clandestinas, deambular por pequeñas estancias, algunas abandonadas, por boliches donde el "mocito" tomó ginebra, crecí entre gauchos y supe más sobre ellos que muchos académicos especializados en el tema. Los gauchos desaparecieron de la mañana a la noche gracias al progreso, a la ciencia y la cultura francesa, especialmente la del señor Pasteur. En nombre de la salud del pueblo argentino, para evitar que los gauchos bautizaran la leche o la adulteraran de cualquier otra manera, cosas que hacían, ah, y por el peligro de los microbios y gérmenes, salió la ley que obligaba a pasteurizar la leche de todo el país. Los gauchos quedaron atados a las grandes compañías de productos lácteos, a La Armonía o a La Martona, a la oferta y a la demanda; todo muy bien explicado, pero se tuvieron que rendir. Muchos desaparecieron como empleados de las compañías con sus uniformes (parece que hasta la bombacha del gaucho era antihigiénica), o envejecieron en los boliches jugando al truco y tomando tinto quebracho. De allí en adelante hubo que ir a buscar la leche al almacén. Y el pueblo argentino siguió tomando leche adulterada, pero eso sí, con marca y pasteurizada. Ese era mi país.
Terminé la primaria y cursé la secundaria. Además de caminar hasta la estación, con un grupo de amigos, tomaba el tren todos los días y el mundo empezó a ensancharse. También comenzaron mis lecturas interminables y confusas, mi interés por las ideas que regían o cambiarían al mundo. Por esa época, en charlas y discusiones intelectuales, empecé a demorarme en los bares de Adrogué, Lomas de Zamora y Temperley; su continuidad serían los de Buenos Aires. Supongo que por esa misma época, alimentado por la cultura libresca, empezó a definirse mi carácter: fácilmente irritable, rebelde, podrido para muchos. Algunos intentos de mi padre para crearme una coraza de cultura europea, como aprender a escribir y a conocer la historia de Hungría en el Centro Húngaro, o enviarme como boy scout a alguna que otra colonia, fracasaron rotundamente. Si bien era verdad que ni tenía la coraza de cultura europea ni la adquirí, también lo es que, de mi padre, heredé esa manera un poco amarga, irónica, descreída de hablar, tan húngara y tan argentina.
A los catorce o quince años, perdí mi virginidad o gané la hombría, no como se la solía perder o ganar en esos tiempos, haciendo cola en las obras en construcción, sino gracias a un ferroviario llamado Pepe quien, en sus horas libres, los sábados y domingos, para ganarse algunos pesitos extra explotaba a la Turca, una árabe que se ganaba así su vida y la de sus hijos, después de que la abandonara su marido. Un domingo por la tarde, en que iba a jugar al fútbol, encontré a Pepe tomando mate frente al cuartucho del potrero en que vivía y me preguntó si conocía "la cara de Dios". Me ofreció "un servicio de primera", con "carne importada" para el banquete, con "el forro incluido" y "pago en cómodas cuotas mensuales, aquí tenés a un servidor y un amigo", porque yo no tenía todo el dinero.
Una pieza, una radio con música de tango, apenas un halo de luz por la ventana oscurecida con papeles de diario. Yo temblaba y buscaba en la oscuridad. Algunas palabras de la Turca como "vení, no te voy a morder", me orientaron. Manipulaciones de sus manos. Las mías, nerviosas, fueron frenadas antes de que llegaran a la cara de Dios: "No, la herramienta no se toca". Mirando sus ojos negros iluminados por un halo de luz, ojos lindos que se distraían con el cielo raso, grandes pero opacos, secos e indiferentes. Y con la esperanza de que me miraran para probarme que yo estaba allí y existía, llevé a cabo mi ceremonia de iniciación. Una vez terminada, sin haber visto la cara de Dios, sino sólo conocido algo, sin que supiera en ese momento qué, extrañé el calor y el amor. Me quedó el sabor amargo de lo no acabado.
De cualquier manera, el conocimiento me fue útil para pavonearme entre mis compañeros del Nacional.

Nota actual: terminé de pasar en limpio la ficha y releí lo escrito. Me pregunto ¿no estoy dilatando la historia? Es probable, parece que hablara del Paraíso Perdido. Después de los acontecimientos que fueron de dominio público, ese pueblo que fue mi segunda cuna, con una leyenda que dura hasta hoy, un polaco y una rubia que ahogaban niños en la bañadera, se convirtió en un nido de espinas. También me olvidé de tomar nota de algo importante. En esa época, quizás por la influencia de mi padre o porque estaba en el aire en las charlas con mis amigos, nacieron en mí ideas muy vagas de un mundo mejor, y de una manera más vaga aún, un mundo en cuya construcción participaría activamente.

Ficha 5
La fundación de una familia o de una nueva generación; el romance:

En "La escuela mixta", la nueva etapa de la humanidad progresista que vivíamos con los dos sexos estudiando en la misma aula no fue fácil de digerir. Veíamos a las mujeres, probablemente ellas también a nosotros, como seres de otro planeta. Ya no era cuestión de blebletear sobre cómo eran "las minas" y cómo maniobrar con ellas, sino qué hacer con las que teníamos allí delante. Las barreras levantadas no ayudaron a la timidez de nadie. Y a pesar de haberme diplomado de "hombre" con la Turca, tampoco a la mía. No sabiendo o no pudiendo acercarme verbalmente, entre los tantos dones de Dios o de la vida, recurrí al de la escritura. Con no poco trabajo, pensando, tachando, corrigiendo, por fin pasándola en limpio, escribí una carta. Después de consultar con varios amigos, que la rechazaron con un "no me metás en líos", se la hice llegar por un compañero medio bajo, gordo, anteojudo, que, contento con esta primera misión encontró el camino de lo que sería toda su vida, un mandadero.

Fin de semana de uno de los meses de verano. Con la lapicera Parker que me habían regalado mis patrones cuando renuncié al trabajo de vendedor de alfombras, estoy escribiendo el principio del informe para redondearlo. Dejo la lapicera sobre el escritorio. Sonrío, no sé si con simpatía, o con dolor. Antes de continuar, trato de recordar esa carta. Decía algo como "Querida compañera o Ana"...yo....digo vos...nosotros, no creo que sea por azar que nosotros.....". ¿Habré usado el "tú", haciéndome el romántico, o el "vos"? Estoy seguro de que ella debe guardarla todavía junto con las otras cartas y notas de aquella época.
Levanto la cabeza y, como si volviera de otro lado, me descubro en una casa quinta con un jardín sin cuidar, y por eso hermoso; veo a nuestros hijos, pequeños, una parejita, jugando en la arena. Ana, mi mujer, tendiendo la ropa en el jardín. Estoy cansado, hace tiempo que quiero dejar de escribir, de terminar, completar el fichero, tal vez mandárselo a Brahe, o cerrarlo para siempre. Me pongo de pie, empujo la puerta mosquitero y salgo.
Me acerco a ella, el olor fresco de la ropa húmeda me golpea la nariz. Me sonríe con la misma reserva de siempre. Le digo:-

Decime, esa carta que te mandé y por la que nos conocimos, mejor dicho, nos acercamos, ¿la tenés todavía?
Vacila. Se le borra la sonrisa. -
¿Para?-
La quisiera leer.
Piensa.-
La debo tener en alguna parte. -
¿La podrías buscar?-
Bueno, cuando termine...-sus ojos azules se me clavan-...creo que sería mejor que no la leyeras.-
¿Por las estupideces que dije? -ahora soy yo el que se sonríe.-
No, es que...¿sabés?...cambiaron tantas cosas -dice. -
¿Por las mentiras? -pregunto.
Antes de que le preguntara, ya sabía que ella no me respondería. Sin embargo, como una respuesta, sus ojos siguen clavados en los míos. Que yo interpretara o pensara lo que quisiera. -
No creo que yo...pasaron tantos años...no sé por qué...-y no sabiendo que más farfullar, me alejo. ¿O me escapo?
Tomo la Parker y continuo escribiendo. Era una carta larga, de eso me acuerdo. Debía haber muchas mentiras involuntarias, dictadas por el entusiasmo juvenil. A esa edad uno se cree las propias mentiras. Sólo años más tarde...sí, a veces, todavía, le digo que la quiero.
Recuerdo la respuesta que me trajo, contento, el que había encontrado la misión de su vida. Una hoja de cuaderno, sin encabezamiento, ni saludos, sólo dos frases breves y su firma: "Sí, podés acompañarme a la salida del colegio. No me molesta pero no sé si me gustará".

Nota actual: Ana, después de "La Turca", no fue mi "primer amor verdadero", hubo otra de la que dudé a pesar de haberme jurado que "era la primera vez". En algún momento, ¿habré cometido la estupidez de decirle a Ana que la dejé por ella? Es probable, yo, todos, para obtener la "prueba de amor", eramos capaces de decir cualquier mentira. Creo, quiero creerlo, que Ana, con su mirada, no hablaba de ese tipo de mentiras, sino de algo más profundo. Miro por la ventana; ahora veo un paisaje nevado de invierno en un país extraño. Nuestros hijos ya no viven con nosotros. De noche estamos solos, pero tampoco llega la hora de las confesiones, si es que hay algo para confesar y si las confesiones sirven para algo mejor que para empeorar las cosas. Sé que fuimos y somos solidarios. Los silencios entre nosotros son cada vez más profundos. Unos vasos de vino ayudan a soportarlos y sobrevivirlos. Quizás no sea más que el paso de los años. Sin embargo, creo que todavía estoy vivo: un deseo profundo de olor a pasto, noches estrelladas de verano, hasta el deseo del olor fresco, húmedo de la ropa que colgaba Ana, su propio olor que se mezclaba con el de la ropa. Ahora tenemos lavarropas y secarropas. Hemos logrado parecer civilizados. La ropa que lavamos tiene un delicado y suave perfume impersonal.

Ficha 6
Continúa el romance:

Ese día, o tal vez el siguiente, a la salida, corrí para adelantarme y la esperé. Como si no nos hubiéramos visto ese día, nos dijimos "Hola", muy formalmente. La acompañé cuadras y cuadras, por las calles de la pequeña burguesía de Adrogué, sin siquiera poder decir, como un burgués, justamente, "Qué bonitas casas. ¿Cuánto costarán?" De vez en cuando me miraba y sonreía. Yo, (¿"ahogado" es la palabra?), le reproché, secretamente, que no me ayudara o, como se dice en húngaro, que no me diera cartas en el juego. Para colmo, se sacó el guardapolvo; sobresalieron sus pechos, sus caderas se acentuaron gracias a la pollera escocesa que ajustaba su cintura. Más adelante me enteraría, como un secreto, que sus colores eran los del clan de su madre. También se dice en húngaro que no fue de tal manera que no fuera de alguna. Ya cerca de su casa, pude articular algunas preguntas "¿Te gusta la música clásica?", sí, Chopin y Schubert. "¿Qué libros leíste últimamente?", a algunos autores y libros en inglés que yo no conocía. No, mencionó a Somerset Maugham y "Al filo de la navaja". Nos despedimos.
Seguí acompañándola. Eran verdaderos paseos. Hablar sobre los compañeros de clase o sobre los profesores, no dio mucho resultado. "Me gusta" o "No me gusta" era lo más que conseguía de su sonrisa en la que brillaban sus hermosos dientes. Había sido educada en un ambiente inglés donde la discreción era la norma. Comprar y leer "Al filo de la navaja", para tener un tema en común, tampoco dio mucho resultado. Lo había leído hacía tiempo y no se acordaba bien y, lánguida, con un dejo de pereza, me dijo "No tengo ganas de leerlo de nuevo".
Las calles se convirtieron en túneles, y los paseos en desganados y aburridos.
Los conciertos gratuitos de la Facultad de Derecho por la noche, Chopin y Schubert, los cines los domingos por la tarde, fueron pretextos verdaderos para nuestras salidas. Vigilada severamente por su padre como virgen que era, por el honor que él no había respetado pero cuyas consecuencias conocía, no tuvo que inventar pocas historias y fabricar mentiras para que la dejaran volver a las diez de la noche. Hubo parques en vez de conciertos, corazones que latieron acelerados, caricias cada vez más audaces, el deseo profundo y el acuerdo mutuo. Y, un domingo por la tarde, en vez del cine, hubo un dormitorio donde, sin decir "es la primera vez", perdió la virginidad.

Nota actual: otra vez miro por la ventana. ¿Qué me hace desear que este campo nevado fuera el del sur argentino? Sí, también anduve por allí para hacer una pequeña fortuna, al estilo de un "negocio" muy argentino, y la nieve de la Patagonia me había recordado la de mi infancia, en Hungría. ¿Dónde estoy? Me reubico. Domino el impulso de levantarme e ir a verla en su estudio y decirle que ella, de alguna manera, también mentía cuando era joven. No, a esta hora ya no está en casa, está en su trabajo. Los impulsos de quererla cerca siguen. Oh, lo sé, llamarla por teléfono y decírselo es inútil. Si mal no recuerdo, alguna vez ya se lo había dicho. Y ella, con tristeza, me respondió: "Sí, pero lo hice por vos" o "Por nuestro amor" o "Por amor".

Ficha 7
Fin del romance:

Fue un romance o noviazgo, largo. Terminó el bachillerato y hubo que elegir carrera. Ana, que era el varón fallido de su padre y que lamentablemente no perpetuaría su descendencia, eligió medicina, la misma que su hermana. Yo, por presión del mío, para quien, como hombre progresista, orgulloso de su independencia y su cultura pero sin diploma, tener un título profesional era la única manera de ser alguien, de parecer un ser humano y circular entre los hombres con dignidad, elegí la misma. Mi verdadera carrera por aquellos años fue estar con Ana y hacer el amor en algún parque de Buenos Aires o en el departamento de algún amigo o, cuando la acompañaba a casa, hundidos en un ligustro. La carrera de medicina me hartó muy pronto. La di por terminada cuando fallé en los exámenes finales de primer año. Fallé en una carrera más; al año siguiente empecé cursar el profesorado de matemática y física. Sólo duró unos meses. Era mucho más cómodo, olvidándome de la Biblia, en un rincón de cualquier bar, leer libros sobre el universo y el infinito para viajar entre las estrellas.
Ayudando a mi padre en su taller ganaba unos pesos que no daban para mucho más que un viaje a Buenos Aires, una pizza, un paquete de cigarrillos y algunos cafés para charlar con los amigos en un bar, amigos que empezaban a desaparecer en sus metas del futuro. Pero en aquel tiempo todavía con un café se compraba un rincón cálido en un bar y una platea desde donde contemplar el escenario que es el mundo. Fumando, se podía dialogar con los amigos que no estaban, fantasear borrosamente con hacer algo grande en la vida o ser un gran novelista y compensar los fracasos que ya, sin darme cuenta, empezaban a corroerme. Los personajes del bar, aquel viejo jubilado que lee el diario, esa parejita, aquel, que como yo, está sólo de paso o espera, eran materia prima para tejer fábulas o perderse especulando sobre la vida de otros.
Doctor, creo que demoro lo esencial, pero mi profundo aprendizaje del dulce no hacer nada, el nirvana, ¿no es esencial? Bares, anochecer y lluvias a través del ventanal, el humo del cigarrillo, el incienso, frente a una taza de café vacía, un lugar, un templo pagano para mí. La Iluminación; a través de uno, el mundo fluía sereno y sosegado, sin angustias, pleno de reflexiones vagas y flotantes, mientras esperaba a Ana con su guardapolvo y su caja con instrumentos quirúrgicos que, como un sonajero, anunciaba su llegada. Sí, Ana, que sólo una vez me dijo que me amaba y que, tan reservada como siempre, se me había entregado totalmente. Su cuerpo, su abandono, fueron el lenguaje más elocuente. No le pedía al hombre más que eso, que lo fuera. Ningún reproche ni pregunta ni maldita planificación del futuro. Un refugio, alguien en quien apoyarse, era todo lo que quería. O así lo quería creer yo.
Un día la esperaba en un bar cerca de la Facultad. Oí el sonajero y apareció Ana con un pelirrojo con pecas, impecablemente vestido y con un portafolio de cuero: un modelo de ser humano. Graciosamente, oh Ana, no esperaba eso de vos, me lo presentaste como un ex pretendiente. Apenas abrió la boca para saludar, por su acento y su nombre, Robby, supe que ése era el ideal, el modelo que tu padre autorizaría. Sentí celos. Apenas se sentó con miles de cuidados para no ensuciarse, le espeté, "¿Sos inglés?". "Sí". "Pero ¿inglés inglés o naciste aquí?" "Por accidente nací aquí". "¿Y no hablás bien el castellano?" "¿No es suficiente el que hablo?". Una ironía suave, delicada, sugería que probablemente yo no hablara el inglés.
Era un personaje importante, agente y representante exclusivo para toda América del Sur de los famosos aviones Bac One Eleven con motores Rolls Royce, el último grito para vuelos internos. Con sorpresa, descubrí que los aviones se vendían como los caramelos o las galletitas, sólo variaba el precio. Fue como descubrir un mundo ignoto. Me preparó para más adelante para aceptar con naturalidad la venta de los Exocet, las bombas, los gases venenosos y los cohetes intercontinentales. No sé si para joderme a mí o para impresionar a Ana y probarle la calidad del tipo que se perdía, el Robby abrió el portafolio y sacó una carpeta. Después de llamar al mozo para pedirle un café y que limpiara la mesa, desplegó un folleto multicolor en el que aparecía el avión en corte transversal con flechitas y nombres. Más que explicaciones técnicas, Robby se explayó sobre el prestigio de los motores Rolls Royce, una de las compañías británicas más grandes del mundo, sobre velocidad, confort, altura de vuelo del avión y su precio: cada avión costaba, si mal no me acuerdo, once millones de dólares y la comisión de Mister Robby era del 4%. No me pareció mucho. Sabía que existían comisiones de hasta el 10 o 20 %. Por amabilidad, en vez de preguntarle por qué miraba el reloj cada 30 segundos, le pregunté: "¿Cuántos aviones vendiste?" "Todavía ni uno". "¿¡Ni uno!?", exclamé con la envidia satisfecha. "No, todavía no. Pero si vendo uno, y las posibilidades son grandes, son cuatrocientos cuarenta mil dólares. Me compro una estancia y no trabajo más".
Esa noche, cerca de la casa de Ana, después de salir del ligustro en el que nos habíamos perdido, durante el último abrazo de despedida frente a su casa, Ana me susurró: "Si fueras agente de aviones, con uno que vendieras, podríamos comprar una casa, vivir juntos y tener hijos".
Fue el fin del romance.

Nota actual: Me doy cuenta de que en esta ficha había escrito "Creo que demoro lo esencial". Le confieso con franqueza: no sé qué es exactamente "lo esencial". Si bien es verdad que el antiguo temblor desapareció o se atenuó, también lo es que la sensación de que nuestro hijo está en el hospital, y nosotros, él mismo, sin saberlo, estamos esperando el milagro de su cura tanto como la muerte, resurgió. De cualquier manera, usted me pidió "todo" y describo "todo" lo que me parece necesario. Tampoco dejó de señalar que seleccionaría el material; ya puede ir haciéndolo, saltando a la ficha 10, en la que, herederos de dos estilos que marcaban y marcarían hasta nuestra manera de enfrentar la vida, se describe cómo engendramos a ese hijo, o a la 14, el accidente de Ana ya embarazada y la intervención de un profesional médico para curarla, probablemente otro punto "esencial". Suprimo los tres abortos de Ana durante nuestro noviazgo, ya que con relación a los hechos objetivos, científicos, sólo jugaron un papel de culpa. Vuelvo a lo "esencial": ¿qué estuve o estoy escribiendo realmente? ¿el libro que me había pedido Ana sobre la historia de nuestro hijo, con el que me aseguraba que me haría famoso o, sin poder evitarlo, una extraña historia de amor?

Ficha 7 (continuación).
Intentos:

El deseo de Ana puso vallas a la Pampa infinita sobre la que yo estaba galopando. Aparentemente, nada nos apuraba. Ella recién estaba en tercer año de medicina y le faltaban otros tres o cuatro para terminar si todo iba bien. Sin embargo, algo había cambiado; los encuentros no eran los mismos y si bien ella no volvió a mencionar el asunto de la misma manera en que no volvió decir que me amaba, la cuestión del futuro estaba planteada y tenía que atornillarme a él. Decir que la idea me disgustaba sería una mentira; decir que me gustaba, también. Por ese momento, la idea de librarme de las historias monótonas de mi padre y de la dependencia económica, parecía una razón suficiente. Como vendedor ambulante de libros, diccionarios y colecciones, gastándome los viáticos en los bares, fracasé rotundamente. Había que buscar algo más importante.
Robby tenía la representación del Bac One Eleven y la de los Boeing y los DC parecía que las tenía algún otro. Vender cajas fuertes no era lo mismo, pero era algo parecido. Si vendía una caja fuerte o una cámara acorazada a cada banco de la argentina, podría pensar en no trabajar más. Vironia Escandinava era una compañía internacional en cajas fuertes, como Rolls Royce en motores. Por lo menos así lo aseguró el vendedor-profesor que dictó el curso para venderlas. Primera norma del vendedor, creer en lo que vende más que en Dios, en este caso, en que las cajas Vironia eran las mejores del mundo. Eran las únicas que sobrevivían a los incendios, terremotos y maremotos. Eran indestructibles o inmortales. Eran el altar de la seguridad. Con la nueva fe, aprendí a meter miedo a la gente, robo, incendio, un futuro aciago y miserable si no compraban la caja Vironia. Asimilé otros argumentos de venta para cuando el cliente preguntara por el precio, cómo responder con otra pregunta, "¿cuánto vale un hombre?", aprendí a explicar que si a un ser humano muerto se lo reduce a papilla, se lo seca, evaporada el agua, qué queda: un poco de calcio en polvo, algunos minerales y sales, en consecuencia, no vale nada. Conclusión: lo más importante es su función, lo mismo que la de la caja Vironia. Casi convencido de que no valía nada, pero con entusiasmo para hacerme valer, con un viático miserable, un portafolios de la empresa con folletos, facturas y recibos, salí a la calle. Destino y zona asignada: El Tigre. El libro para leer durante el viaje, como para no contaminar las cosas sagradas que acarreaba en el portafolios, lo llevaba en la mano.
En tres meses leí muchos libros sin que se me develara el misterio del universo y del infinito, de los que cada vez me alejaba más, y soñaba con mundos mejores en otros planetas. Nunca me enteré del por qué de esos sueños. Al fin y al cabo tan mal no me iba: mi libertad era total. Casi como un turista desocupado, conocí barrios y pueblos nuevos, me demoré en bares desconocidos, o en los ya conocidos, cada vez con menos amigos, y no vendí ninguna caja.
La libertad tiene un precio. Como no lo pagué, exactamente igual que en la compañía de libros, en Vironia me dieron las muchas gracias. Mi propias patitas me devolvieron a la calle.
Ana fue sabia: "Necesitás un trabajo con horario fijo".


Ficha 8
Que en paz descanse y el casamiento:

Sin pensar que a uno le puede tocar antes, es muy probable que muchas veces haya deseado la muerte de mi suegro, deseo muy humano. Nunca se lo pedí a Dios ni al Diablo, pero lo cierto es que por un cáncer que no le supieron diagnosticar a tiempo, lo tuvieron que internar. Su coraza de cultura europea no lo salvó de la muerte.
Murió porque todos somos mortales. Ana lo quería a pesar de que le repugnaba su alcoholismo. El día del entierro, alguien tenía que quedarse en casa y ella se había ofrecido para hacerlo. No había dejado de avisarme. Apenas vi desaparecer el cortejo desde la esquina, corrí, vacilé ante el portón de la entrada; no, mi suegro no estaba sentado debajo del porche. Recorrí el caminito entre el césped verde, pisé por primera vez el umbral del hermoso chalet de Ana, y entré.
Rara es la vida, no sé cómo se festeja la muerte, ni qué oscuras fuerzas entraron en juego en ese momento. Se cerró la puerta. No nos dijimos ni una sola palabra; ella empezó a retroceder o yo a avanzar. Los dos estábamos agitados. Un pasillo, su grito, el límite: "¡No, en ese dormitorio no!". Y fue en el suyo, donde dijo haber soñado conmigo tantas veces. Las lágrimas asomaron y después lloró, apretándome, sin soltarme, con su cuerpo, siempre más expresivo que sus palabras, me reclamó una vez más, abierta, desesperada por espantar y colmar el vacío que había dejado la muerte.
De la muerte no nace la vida. Ella dijo: "No fue elegido". Fue su último aborto.
Los gusanos de la tierra y los abogados se pusieron en acción casi simultáneamente. Si Ana era callada, se volvió más callada aún. Lleno de sospechas y temores, quise ayudarla en los trámites, pero, por ley, nada tenía que ver con el asunto. Cuando unos seis o siete meses más tarde, los abogados terminaron su tarea (como un mentís a las teorías de Vironia o a las técnicas de venta, el padre de Ana valía más muerto que vivo), se planteó qué hacer con la parte que le tocaba de la herencia. Le dije que podríamos comprar una casa y casarnos, comentó "Sí, de acuerdo, ya lo pensé, pero no era así como lo quería". Mi pregunta "¿Y cómo lo querías?", fue inútil y absolutamente estúpida, temo que hasta hiriente. Sus ojos azules, fijos en los míos, hablaron por ella. Recordé los Bac One Eleven y las cajas Vironia.
Ana recibió su parte de dinero con el comentario en inglés de mi cuñada, que Ana me tradujo: "Con ese gitano no vas a ir a ningún lado. Te va a dejar en la miseria". Nada respondí. Pensé en los gusanos que, como los abogados, ya habrían terminado con mi suegro y hambrientos, estarían frotándose las manitas esperando a mi cuñada.
Compramos una casa con un jardín descuidado al fondo, en el mismo pueblo en el que yo había crecido. El dinero no dio para más. Su única ventaja: no estaba al borde la Pampa, sino en el pueblo mismo, cerca de la estación para que Ana no tuviera que caminar mucho de noche cuando volviera de la Facultad. La cocina era amplia, como para vivir en ella, pero en vez del ronroneo y los chisporroteos de la cocina a leña, escucharía el siseo continuo del gas. Amoblamos la casa con los muebles los peores que le tocaron de la herencia, salvo un hermoso y antiguo reloj de pared, que su madre y hermana creían no funcionaba. Me bastó darle cuerda para ponerlo en marcha. Pudimos comprar algunas cosas. Ana tuvo un cuarto para estudiar.
Dos amigos, uno del Nacional y el otro de la infancia, del pueblo, como testigos en el Registro Civil, un almuerzo en casa de mis padres, ese fue nuestro casamiento.

Hogar dulce hogar:

La casa nueva, bien que nuestra, no era la de mi antiguo hogar. Aunque me sentí raro las primeras semanas, la presencia de Ana que se movía, hacía y deshacía como si toda la vida hubiera estado destinada para fundar un nuevo hogar, me despertaron a una nueva realidad. Ciertos toques femeninos, un mantel sobre la mesa, un jarrón con flores, un plato playo y encima uno hondo aunque no hubiera sopa, servilletas, copas, tenedores y cuchillos de un juego de uso diario, producto de la herencia (los de plata quedaron para su pobre madre), es decir, las sobras de un rico, me permitieron jugar al nuevo rico o al aprendiz de pequeño burgués y resultaron una novedad a la vez que una agradable sorpresa para mí. Para madre, que había pasado la guerra y perdido sus juegos de cubiertos, además de un hermano y parientes, los detalles y "toques" se habían vuelto vacíos. Tenedores y cuchillos diferentes, vasos diferentes y el mismo plato hondo para la sopa y las comidas que siguieran.
Aunque ya nada quedara de lo que me tironeaba hacia mi viejo hogar, sigo extrañando el ronroneo de la cocina a leña. El que crece al lado del fuego, sus llamas y el chisporroteo de la madera que se consume, sin saberlo, recorre la historia de la humanidad. El siseo de la cocina de gas, si bien es un consuelo para la soledad, mucho más sereno que el estrépito de una radio, no es tan apto para evocar leyendas y uno, por la nostalgia, idealiza cocinas legendarias.
Sea como fuere, yo era un ser con coraza de civilizado y la humanidad no había evolucionado en vano. Las sonoras campanas del reloj, durante los silencios, aunque hubiera perdido la fe, me permitían imaginarme en una catedral, en una unión o un encuentro que tal vez no llegara nunca.

Nota actual: mis sospechas se fueron confirmando con los años. En la última reunión familiar con el abogado (en el fondo una historia humana tierna y muy comprensible), como su madre había llorado acusándola de ingrata, Ana había firmado una serie de papeles y perdido una buena parte de la herencia, un valioso terreno en Miramar, a favor de su madre desamparada. Unos años más y supimos que todo, hasta lo que habría tenido que pertenecer a Ana cuando su madre muriera, había quedado a nombre de su hermana Jackie. Según Ana, hubo algo más. Un romance de su hermana con el abogado. Era probable, aun teniendo en cuenta el detalle de que Jackie estaba un poco hinchada por el alcohol, y que uno podía olvidarse de la espuma que se formaba en su boca, como así también de los escupitajos que lanzaba mientras hablaba, era una rubia no mal parecida.

 

de "Puesta de sol", publicado por Girol Books, Ottawa, 1998.

 

PABLO URBANYI
ESCRITORES
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