PABLO URBANYI

 


Silver

Hay 193 especies de monos y simios vivos.
192 de ellos están cubiertos con pelo. La excepción
es el simio desnudo que se llamó a sí mismo Homo sapiens.
Desmond Morris.

Un simio nunca parece tan simio como
cuando viste bonete y toga de Doctor.
Thomas Fuller, Gnomología Nº 6382





Dedico este libro a la memoria de mi padre y a la de mi madre.
Y a mi hermana que comparte conmigo nuestra breve historia,
para algunos simiesca, que nos tocó vivir.

 

 

I

En el Campus, por el sendero de grava roja sobre una ladera, subía rumbo al salón donde se realizaría el "party" de beneficencia de la Fundación con los beneficiados presentes.
Una norteamericana, una amiga, en fin, que distraía mis horas de tedio que no eran pocas (de esto no estoy muy seguro, era más bien yo quien llenaba algún hueco de su agenda atestada con miles de tareas), activista entusiasta y enérgica de la Fundación, más que invitarme, había solicitado mi "colaboración" para "entretener" y "divertir" tanto a los invitados como a los beneficiados. Con placer hubiera dicho que no, gracias, pero me había asegurado que yo tendría mucho "fun" y que sería una "experiencia" única, original, fantástica, no sólo por la naturaleza de la fiestita, sino por ser una ocasión "especial" en la que se repararía una antigua injusticia. Ah, y que yo, a pesar de la originalidad de los beneficiados, no correría ningún peligro. Ante la amenaza de perder su favor, la pereza de buscar otra, yo, resignado, había aceptado.
La grava crujía bajo mis pies. Arriba, las puertas de cristal del salón brillaban reflejando el sol. Vi a otros que entraban. Miré la hora, todavía tenía algunos minutos. Me detuve, giré y observé el Campus: desierto. Tal vez no; el sol arriba, el camino de grava que se perdía entre unos árboles, allá un banco, demasiado lejos para ir a sentarme y descansar un rato; verde, mucho verde, el césped prolijamente cortado, ni un yuyo, nada original diría, sólo lo esperado, arbustos, plantas, flores, a la izquierda un río o un lago, bosques, ardillas saltarinas, pájaros piadores, todo esto me decía que el ser humano era bueno y tolerante, que el mundo era bonito, que sólo había que saberlo vivir y desmentía que fuera un desierto; no sería más que mi sensación.
Suspiré. De sobra conocía el tipo de "colaboración" que se me había pedido y la naturaleza de esos "partys". En quince años de emigración había visto más de uno. Hasta, para hacer "circular" mi nombre y acrecentar mi fama de realizador cinematográfico, fui "sponsor" o "patrocinador" de alguna banda alegre de niños mogólicos o idiotas, o paralíticos en sillas de ruedas. Más de una vez, me vi obligado a "infundir optimismo", a declamar un mensaje de aliento, de fe y esperanza, a hablar del progreso imparable de la ciencia, de un futuro de dicha, futuro, en el que, los que en ese momento parecían escucharme, sin importarles mucho ni entenderme, estarían tan muertos como yo. Finalmente, miraba con alivio, cómo los retiraban y los volvían a guardar en el mismo lugar de donde los habían sacado. Esta "metodología" de infundir optimismo, si la puedo llamar así, era y es universal y se aplica no sólo a los idiotas, mogólicos o paralíticos, sino también a los ancianos, a los enfermos terminales, a todas las deformidades de la vida que no queremos aceptar. O, en el caso del "party" de ese día, a unos seres "very and really" originales.
Crujió nuevamente la grava, llegué frente a la puerta, pisé el escalón del umbral y empujé la puerta; que no habría alcohol, ni una miserable cerveza, que estaría prohibido fumar, de eso estaba seguro. Adentro, aire acondicionado, animación, pero una animación discreta, serena, un murmullo equilibrado, un deslizarse de observaciones que no pueden herir; los beneficiados, vestidos con vaqueros, algunos sentados con una pipa apagada en la boca, o un bastón, o un vaso en la mano, asentían o gruñían ante las observaciones delicadas o preguntas, probablemente más delicadas aún. Sentí un ligero mareo; ¿quién beneficiaba a quién?, ¿quién entretenía a quién?. Era la imagen perfecta de un mundo ideal lograda nada más que con la dulzura de las palabras. Ninguna violencia.
Al descubrirme, mi amiga se precipitó con los ojos brillantes de entusiasmo y una carpeta en la mano sacudida por la emoción. Buscó entre los papeles de la carpeta, sacó uno, (oh, organización admirable en la que la organización lo devora todo y no queda más posibilidad que admirarla), me arrastró y me presentó al candidato que yo tendría que "entretener y divertir". "Ven, te presento a Silver. Es más gentil que un ser humano". Saludé con un "Hi" y le di la mano; me la estrechó suavemente, inclinó la cabeza y lanzó un suave gruñido. Su actuación o imitación era perfecta.
Yo, loco de alegría al ver que estaba en una silla de ruedas, tomé dos vasos y una botella de jugo de naranja (vasos y botella de plástico, probablemente para que los beneficiados en un arrebato de la loca alegría de vivir, no se partieran la cabeza o se cortaran con los vidrios rotos), los puse en la bandeja de la silla, me aferré de las manijas que asomaban del respaldo y lo empujé hacia la puerta; mi agasajado o paciente o beneficiado, no sabía cómo llamarlo, pesaba como una mole. Mi amiga, con la preocupación en la cara, me pareció, me siguió hasta la puerta dándome consejos, informándome que el "party" culminaría con la entrega de no sé que a no sé quién, y que Silver desempeñaría un papel importante, que no me perdiera el remate o la mesa de los "souvenirs", y que por favor lo trajera de vuelta para esa hora, mientras trataba de alcanzarme el papel que había sacado y que recomendaba leer encarecidamente para saber cómo debía tratar y comunicarme con mi agasajado. Abrí la puerta, tomé el papel, lo doblé, lo metí en el bolsillo, y dejando detrás las ineludibles presentaciones con los "His", los "Nice days", los "Hav are yous", los "Reallys", los de dónde es usted, los qué interesante, los cómo es el clima de su país, los cómo son los indios de allá, en resumen, la "alegría que reinaba" y la "atmósfera agradable", enfoqué la silla de ruedas por la rampa para discapacitados, le dí un empujón y dejé que me arrastrara al aire libre, hacia la libertad. Mi entusiasmo para escaparme me impidió registrar la hora exacta en que debería traerlo de regreso.
La grava cuesta abajo fue la prolongación natural de la rampa; la mole me siguió arrastrando, pasé al lado del árbol con el banco y seguí, seguí empujando hasta que me cansé. Me detuve entre unos árboles, y no podía ser menos, bajo uno de ellos, a la sombra, todo perfecto, todo está previsto, una mesa de pic-nic combinada con asiento ofrecía su albergue.
Con un último esfuerzo, lo empujé al lado de la mesa, lo inmovilicé con el freno y con un suspiro de alivio, me senté. Saqué los cigarrillos y la petaca de vodka, me serví, la diluí con jugo, prendí un cigarrillo, pité, un trago, pité, y dispuesto a olvidarlo hasta que llegara la hora de devolverlo a su jaula acolchada, traté, una vez más, de perderme en mis ensoñaciones para que me llevaran lejos, no sé a donde, pero muy lejos, fuera del Campus que sería seguramente el oasis del saber pero que, para mí, era el desierto de la vida.
Un ligero roce en mi manga. Lo miré: con su dedo grueso y peludo, estaba señalando el vaso que había quedado en la bandeja. Le hablé en español.-
Perdonáme. Soy un mal educado.
Llené su vaso con jugo de naranja.-
A tu salud -le dije en español y alcé mi vaso.
No tocó el suyo. Estiró el brazo y señaló la petaca.-
WAW, como dicen por acá. Te enseñaron o aprendiste bien.
Eché un chorrito en su jugo. Ahora sí, lo tomó y fue él quien recordó el brindis, brindamos. Mi repetición de la palabra "salud", pareció tener un eco. Su "hacer como si" era perfecto. Más que humano, diría, nuestra caricatura; sus ademanes, apuntando el paquete de cigarrillos y sus dedos índice y medio que se llevó a sus labios, me lo confirmaron.-
Mi Dios, vos sí que sabés vivir. Sólo te falta hablar y tener una novia.
Le di un cigarrillo. Se lo encendí. Pitó con deleite, con placer, entrecerrando los ojos, y largó el humo de la misma manera. Pensé que satisfechas sus necesidades primarias, me dejaría soñar tranquilo. Volví a mi trago y a mi cigarrillo. -
Lo siento. Yo no hablo español, -oí en inglés, una voz honda, gruesa, que salía de un pecho que vibraba.
Miré alrededor. Nadie. Lo miré a él; barba y pelo casi blancos, dos ojos redondos, azules, tal vez tristes, una sonrisa melancólica, o quizá ligeramente irónica.-
¿No... serás de...Alabama?...¿No? -pregunté en inglés, dudando, inseguro.
Acentuó su sonrisa.-
No, soy de Gabón y me llamo Silver. Pero eso ya lo sabes. -de un trago se bajó el vaso.
Me quedé observándolo.

 

II

Decir, como decía Marlow sobre Lord Jim, que "era uno de los nuestros", probablemente fuera inapropiado. Hablar de mutantes o fenómenos o milagros religiosos o científicos, también. Afirmar que lo tomé como un "fenómeno natural", sería una mentira; que me asombré, verdad a medias. Hablar de una ambigüedad de mi parte, una duda, como cuando uno está frente a un loco dado de alta, o a un idiota que esgrime su certificado de inteligencia, por lo menos al principio de su relato, sería lo más apropiado. Si bien yo no fui educado, acostumbrado ni domesticado por Disneylandia y su magia, después de haber vivido quince años en tierras en las que los saquitos de té y las galletitas hablan y bailan en las pantallas de televisión, es posible que mi capacidad de asombro se haya deteriorado y corroído.

Dos palabras sobre mí. Mis padres eran franceses, colonos en Argelia, "botas negras" como se los solía llamar. El triunfo de la revolución argelina, no habiendo lugar para ellos en Francia, los obligó a mudarse a Argentina, a una provincia del norte del país. Yo tenía siete años y una hermana de quince. La ayuda recibida del gobierno francés, pronto se acabó y la prometida por el gobierno argentino, por rebeliones inútiles de mi padre que nunca se pudo adaptar, o por error, nunca llegó. Nos fue muy mal. Mi madre desapareció a los tres años y pronto la siguió mi hermana. Por el prestigio de las "francecitas" que todavía latía en el corazón de los argentinos, encontraron una manera fácil y cómoda de ganarse la vida. Yo me quedé con mi padre que se volvió alcohólico y murió años más tarde, borracho, cantando la Marsellesa. Me fui a Buenos Aires. Trabajé en todo lo imaginable. Hablar francés me dio la oportunidad de encontrar trabajos mejores. Tal vez en los bares, por demasiados sueños no realizados y de ver tantas películas, se despertó en mí la pasión por el cine. Estudié dirección cinematográfica. Obtuve un título y no supe qué hacer con él. Creí, como un tonto, por anécdotas, por uno o dos ejemplos de triunfo que ocultan miles de fracasos, que el Norte me brindaría lo que no me daba Argentina. Emigré a Canadá. Perdí para siempre a mi madre y a mi hermana, descubrí que mi lengua ya no era el francés y el inglés nunca lo llegará a ser. Escribo en castellano.
Durante quince años di vueltas erróneamente, buscando el lugar justo y exacto en el que me encontraría con el triunfo y el éxito, en vez de buscar el lugar que me diera la tranquilidad y la paz. Como si fuera un aparte en el mundo, en los laberintos que recorría, encontraba a muchos iguales a mí. Pocos triunfaron, muchos desaparecieron o se esfumaron. Más de una vez estuve a punto de lograr el éxito, o me pareció. Ocultando mi origen francés-argelino, obtuve una aureola de latinoamericano, una atmósfera "interesante" a mi alrededor. Soy moreno y unos bigotes estilo mejicano me ayudaron. He hecho algunas películas cortas, escrito algunos argumentos de películas largas que nunca se filmaron. Nunca le he hecho el juego al folclorismo que esperaban de mí; siempre me he negado a poblar mi país adoptivo con espíritus, gauchos, gnomos u otras magias. Como director de cine fracasado, me gano la vida como profesor de la materia. En mi portafolio de profesor ambulante, contratado a tiempo parcial, tengo otros cursos que ofrecer, "La historia del cine latinoamericano", "El cine latinoamericano y la censura...o las dictaduras, militares o no", temas éstos muy valorados en Canadá y Estados Unidos, países libres y democráticos por excelencia. Probablemente yo sea el único que sabe que después de quince años estoy tan lejos de Latinoamérica como de Marte. Los magníficos archivos de las Universidades y de diversas Fundaciones, iluminados y sin cucarachas, compensan y suplen con verosimilitud esa deficiencia.

 

III

Me quedé observándolo, había dicho, con la deformación profesional con la que me gano la vida y como si fuera la única manera de sobrevivir hasta la tumba, con la zanahoria de la ilusión frente a mi nariz, la de haber encontrado, por fin, el tema, "mi película", que me llevaría a la fama; entrecerrando los ojos, a través de una lente que formé ahuecando las palmas de mis manos: el pelo que le cubría los brazos era blanco con destellos plateados, hubiera pasado por albino si algunas manchas marrones, incluso en su barba y su pelo como una cresta, no lo desmintieran; su frente era amplia, no de mono precisamente, pero tampoco de un ser humano, o tal vez, alguna variante de las tantas registradas por los antropólogos; los años, la pérdida de pelos, habrían contribuido a ello. Las cejas eran espesas y blancas, con algunos pelos negros, pronunciadas sobre sus ojos azules que muchos alemanes envidiarían, con algunas nubes, ahora lo notaba, ojos que lanzaban de vez en cuando un destello, quizás el alcohol había empezado a circular por sus venas; la piel de su cara era color piel justamente, dorada o tostada. Hablar de su altura en ese momento, sentado en la silla, era difícil; digamos que su cuerpo era macizo, grueso y emanaba solidez. Pantalones vaqueros, camisa roja a cuadros, un reloj digital en su muñeca, eran sus adornos exteriores y ayudaban a completar la sensación o la imagen humana. Se dejó "enfocar", muy satisfecho de sí mismo me pareció, con una sonrisa debajo de su nariz ancha, ligeramente respingada, sonrisa que acentuaba de vez en cuando y que dejaba ver una hilera completa de dientes perfectos, blancos, con los incisivos apenas pronunciados. Debo decirlo, era atractivo. O fotogénico. Su mandíbula recordaba a algunos actores de Hollywood, famosos por sus mandíbulas, justamente.
Bajé las manos. -
¿Soy bonito? -preguntó mientras yo notaba o tomaba conciencia de una banderita norteamericana en uno de los caños del respaldo de su silla.-
Aceptable.
Adelantó el corpachón y puso el vaso sobre la mesa.-
Un poco más, por favor -pidió- ¿Cómo te llamas?.-
Marco, para servirte-, y le serví una buena dosis, puro.
Alzó el vaso, dijo "Salud" en español y se lo bajó de la misma manera que antes; de un golpe.
Silver estuvo callado un rato. Serio, mientras sus ojos cada vez más brillantes recorrían los alrededores, yo eludía la pregunta más obvia "¿Cómo aprendiste a hablar?". Como desconozco el arte sutil, quizás derivado de la educación inglesa, de hablarle a un sordo como si me oyera, para mostrarme "natural" y hacer la vida más bonita y agradable, articulé la siguiente:-
¿Cómo llegaste hasta aquí?
Silver detuvo sus ojos sobre mí y echándose hacia atrás, sonrió. Ya no me cupo ninguna duda que poseía todos los atributos y adornos del ser humano. Apenas hubo comenzado su relato, la duda que me hubiera podido quedar sobre su capacidad y nivel mental, también desapareció.

Algunas aclaraciones más: en mi relato utilizo la palabra "americano" o "norteamericano" según "el punto de vista". Ninguna de las dos corresponde a la realidad; ¿quién creería que un argentino no es también un "americano" o que un mejicano es un "norteamericano"?. Tal vez ésta sea una aclaración inútil. El mundo está "americanizado". Prueba: mi madre y mi hermana para obtener el éxito que obtuvieron como "francecitas", ahora tendrían que teñirse el pelo de rubio, usar vinchas, polleras y camperas de cuero. O, por lo menos usar "jeans" para participar de la marcha colectiva, sonámbula, del mundo.
Las palabras entre comillas y las traducciones son debidas a mi propia decisión. Silver no tuvo la oportunidad de revisar la versión final. Las interpretaciones sobre el mundo y sobre los seres humanos, son de Silver. Que era culto, mucho más culto que muchos "cultos", de eso no me cabe duda. Disponía de mucho más tiempo para culturalizarse y humanizarse, (si estas dos palabras pueden considerarse sinónimas), que los seres humanos propiamente dichos que hablan de "las grandes cosas de la vida".

Pasó más de un año desde esa tarde de verano, un sábado, durante la cual, en el Campus de la Universidad de Stanford, Silver me relató su historia. Ahora, en otra Universidad, en otro desierto, en el oasis de mi habitación de una residencia estudiantil, más barata que la de un hotel, transitoria como todas, en Canadá, afuera frío, viento y nieve, después de leer una noticia en una revista científica que me llegó como me llega todo, por pura casualidad, por no tener a quién contarle la historia, la cuento en el papel. Y escribo sobre Silver, como sobre un amigo, a veces sospechosamente, sin exclamar "Silver soy yo", como sobre mí, como sobre un rincón cálido, acogedor, que ha desaparecido para siempre. Me doy cuenta ahora.
Pero esencialmente, la historia es de él. Probablemente, los arrebatos poéticos u otras banalidades, sean míos.


 

de "Silver", publicado por Ed. Atlántida. ©1994

 

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