ALICIA STEIMBERG
 


El barco de los inmigrantes


(para el Tercer Encuentro de Escritores Judíos-Latinoamericanos
realizado en San Pablo, Brasil, en agosto de 1990)



   En el año 1980 mi finada tía Esther Steimberg, hermana de mi padre, escribió e hizo circular una pequeña historia de su familia mi familia paterna que sólo se remonta hasta sus bisabuelos (mis tátarabuelos). En esta historia, que sólo ocupa unas diez páginas dactilografiadas, hay muy poco de la vida de la familia en Rusia. Sólo dice que vivían en Besarabia y que eran campesinos que cultivaban el tabaco. Cuando, hacia fin del siglo pasado, el Zar dictó una ley que prohibía cultivar la tierra a los que profesaban la religión judía, mi bisabuelo, su esposa y sus jóvenes hijos (es gracioso que un bisabuelo pueda tener jóvenes hijos, pero entonces él ni sabía que llegaría a bisabuelo) partieron hacia Palestina, a la sazón en poder de los turcos. La suegra de mi bisabuelo (otro parentesco que parece imposible) debía permanecer en Rusia en razón de su avanzada edad. Mi bisabuela lloró al ver correr a su madre detrás del coche en el que ellos se alejaban para siempre, y volvió a llorar el resto de su vida al recordar esta escena, cuyo indudable patetismo disminuye si pensamos que desde entonces pasaron cien años, pletóricos de acontecimientos familiares y sociales aun más patéticos, dramáticos y hasta trágicos.

   Mis bisabuelos por parte de abuelo paterno (no olvidar que, como todos los seres humanos, yo tuve ocho bisabuelos, de los cuales sólo llegué a conocer a una), llegan al puerto de Buenos Aires en el vapor Pampa en 1891, y los trasladan primero a un lugar a orillas del Atlántico llamado Mar del Sur, donde los inmigrantes sufren nuevas penurias y epidemias. Finalmente los llevan a la provincia de Entre Ríos donde ellos iniciaron los asentamientos construyendo casas de adobe. Según mi tía Esther, cuado llegaron los Rosenbaum de Rusia en otro barco, "encontraron todo hecho". Pero traían muchas cosas y eran muy trabajadores, agrega, como para disculpar que no hubieran estado presentes en los difíciles días del comienzo. Mi abuelo, que ha dejado atrás su adolescencia, se casa con una joven de la familia Rosenbaum y tiene con ella por lo menos nueve hijos. Es posible que hayan sido más y que algunos hayan muerto en la infancia, pero éste es un comentario maligno de mi otra abuela, que vivía en la ciudad y consideraba a su consuegra una mujer rústica, sin instrucción, lanzada al mar proceloso de la maternidad sin límites.    El resto de la historia de mi tía Esther se refiere a los descendientes más jóvenes de la familia y carece de interés; prefiero volver a los barcos y los viajes para encontrarme con la llegada a Buenos Aires de una niña de once años, huérfana de madre, que venía de Kiev, y que con el tiempo vino a ser mi abuela, y la de un jovencito socialista que llegó en otro barco de Rumania. También para estos jóvenes pasó el tiempo, y eventualmente se casaron y llevaron una vida por cierto muy diferente de la de la familia de papá en las colonias. Sobre ellos no hay historia escrita, pero yo, escuchando detrás de la puerta las conversaciones que no debía oír, me enteré de que habían vivido en un conventillo, una casa grande y pobre compartida con familias de inmigrantes de distintos orígenes. Nada de la poética vida en los ranchos de adobe de las colonias de Entre Ríos. Duras consignas ateas y socialistas que intentan borrar las huellas y hasta los idiomas de la época anterior a la travesía en el barco, un pasado que se quiere olvidar para siempre, aunque conservando de él vagas leyendas de riqueza y aristocracia que nunca pude comprobar.

   Estos barcos que trasladaron a mi familia de Europa a América, cortaron de un rápido tijeretazo una identidad que venía fortaleciéndose a través de las generaciones; mis abuelos eran judíos rusos hace cien años, sus hijos, por ejemplo, mi padre y mi madre, fueron judíos argentinos con grados diversos de aceptación y consustanciación con la identidad de sus padres, pero ellos no eran del todo responsables de estos fenómenos, puesto que sus padres mismos, en el trance de la inmigración y la transculturación, perdieron pedazos de su identidad para adquirir, como pudieran, pedazos de las del nuevo país donde debían criar a sus hijos.

 

© 1990 Alicia Steimberg.

 

ALICIA STEIMBERG
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