El tetrágono de Lisandro Medina
(a la manera de Borges)
 

 

 

   Abulgualid Muhámmad ibn-Yussuf, heresiarca siriaco del siglo VI, en sus comentarios apócrifos sobre El libro de los Reyes, mantuvo (libro decimonono, apartado séptimo) que el doble tetrágono irregular no es una representación del Innominable, sino el propio Dios. Jorobado y falaz, no logró dirimir la secular disputa, pero sus cacofonías envilecieron considerablemente el problema.
   Mil doscientos veintitrés años después, mientras caminaba en el crepúsculo por la calle Cochabamba, meditando en aquel capítulo del irrisorio gnóstico, tuve de pronto la revelación de su sentido secreto, o lo que, de alguna manera, podía ser uno de los infinitos significados de su afirmación.
   Enrique Amorim me había mandado desde el Salto Oriental un ejemplar de la primera edición del Fausto criollo. Descuidado o haragán, lo había dejado sin hojearlo sobre un anaquel de mi biblioteca. En ese instante, la negligencia o la pertinaz estupidez me impidieron rememorar que el descuido no existe y que nada de lo que sucede en el Universo deja de estar sometido a una ley rigurosa y secreta, y que infinitos actos habían prefigurado y determinado aquel modesto acontecimiento. Supuse (creí suponer) que el Fausto criollo quedaba abandonado en mi biblioteca por un trivial ataque de negligencia.
   (Incompleto) [anotación de Ernesto Sábato].

aparecido en el suplemento Babelia del diario "El País", Madrid, 4 de marzo de 1995 . ©

 

 
ERNESTO SABATO
LITERATURA ARGENTINA