ANDRES RIVERA

 
 

UNO

Mi padre murió y lo cremaron. Pero no todo fue tan fácil como lo acabo de decir. Ni tan breve. Hubo que llenar formularios extendidos por el médico que firmó la defunción, por los empleados de la empresa de pompas fúnebres, por los empleados del crematorio, por el cajero del banco que le pagaba la jubilación, por las empleadas de los servicios sociales, por los empleados del Registro Civil y, capítulo sorprendente pero no inconcebible, por el abogado que se encargó de tramitar la pensión a mamá. Ocurrió que mi padre aparecía con un nombre en la partida de casamiento y con otro en el carnet de jubilado. "Señora dijo el abogado, la ley permite sospechar que hubo dos hombres con los que estuvo casada. Contempla, además, la posibilidad de otra mujer, que se presente y alegue que era la esposa del señor Reedson". 
  Mi madre no es, exactamente, aquello que la columna de sociales de nuestra prensa tradicional identifica con una dama; sin embargo, la insinuación de adulterio o como quiera que califique el Código Civil la convivencia de un ser del sexo femenino con dos tipos a la vez le provocó una considerable zozobra. Me puso de testigo, por razones que prefiero no objetar: "Mi hijo precisó tiene cincuenta años; desde los tres, desde que nos mudamos a la calle Paramaribo, y él, yo y mi esposo dormíamos en una sola pieza, se acuerda de cómo fue nuestra vida". No se mostró indulgente con el Derecho: le contó al abogado su historia y la de mi padre; evocó, sin transiciones y eso sólo podía preverlo quien la conociera, al irreparable atamán Simeón Petliura, cuyas huestes, en una larga y fría noche, irrumpieron, atroces y piafantes, en Proskurov, ciudad natal de mamá y sus hermanos y, en un mismo escalón de importancia, nudo de comunicaciones en el dilatado sur de Ucrania, y degollaron, desventraron, mutilaron, ultrajaron a sable, en tres horas, a seis mil judíos, para gloria de Occidente. (Mamá, quiero aclararlo, jamás tuvo noción cabal de las identificaciones simbólicas; acepta que la tierra es redonda; a partir de allí, para ella, un malayo equivale a un boer de pura cepa. La mención que hizo de Occidente debe atribuirse a un fervor, inusitado y reciente, por los sofismas. En alguno de sus instantes de exaltación, suele preguntar: ¿Quién inventó las fábricas de jabón? Y sin hesitar, se responde a sí misma: Hitler. ¿Y quién creó a Hitler?, vuelve a preguntar. Occidente, proclama con una arrogancia que no admite objeciones. Observo que, en mamá, con la madurez, esos pasmosos atentados a la lógica formal son progresivos.) Descripta, con un júbilo amargo y distante, la ejemplarizadora filiación de Petliura, habló de cómo ella y su familia se salvaron del acero de los bárbaros: "Por una palabra, doctor, por una sola palabra, menos fortuita que Dios. Mi mamá la abuela que mi hijo no conoció les gritó tifus a los carniceros y toda nuestra manzana se vio libre de ellos tan veloz y definitivamente que todavía no alcanzo a comprenderlo". Le narró la huida a Polonia ("aquello no era un país, sino una mezcla, ¿sabe?, de Follies Bergères y Hamlet"), y su llegada, con la familia, a la Argentina. Y su trabajo de obrera en una fábrica de caramelos. Y el hallazgo de papá en un hospital. "Un hombre, doctor, que a los doce años desistió ser el rabino más brillante de Lomza: comió cerdo delante de los notables de la sinagoga y ellos Dios se apiade de sus almas lo excomulgaron". Reflexionó un rato, y agregó: "Siempre lo excomulgaron, aun los que fueron sus camaradas, porque amaba más a la verdad que a la vida". Trazado ese epitafio sobre las dispersas cenizas de papá tal vez confiando en que doblegaría la inmanencia de las pautas legales con el consumado patetismo oral de su raza prosiguió acumulando datos, que suponía irrefutables para cualquier mente sensata, probatorios de su legítima e incompartida viudez. Y aquí, puntualmente ganada por el estupor y, de inmediato, por la indignación, exclamó: "¡Cómo otra mujer! ¿Quién hizo esa dichosa ley? ¿O no me conocen?" 
  El abogado pareció salir de un prolongado sopor: no, cabeceó, no la conocen ni Gladstone, ni Jefferson, ni Dalmacio Vélez Sarsfield, ni Rafael Bielsa que fue mi maestro, ni la cultura jurídica grecorromana de la que se dice que somos herederos, ni la inimaginable fulana, pobre, que pretendiera usurpar los títulos que usted, señora, le arrebató al cielo o al infierno. Todos ellos, incluida la cultura grecorromana la fulana no cuenta por inexistente respiran en paz, dondequiera que estén, el incienso que se ganaron en jornadas provechosas y normales. 
Espere dijo el abogado, que se había inclinado sobre el escritorio y procuraba, moviendo las dos manos a pocos centímetros de la cara de mamá, tal vez mortificado, tal vez poseído por una sombría desesperación, restaurar hasta donde pudiese como se vio luego en ese despacho confortable, espacioso, dotado de toques de buen gusto, los códigos civilizados de su pensamiento. 
Espere repitió el abogado, rígido, la espalda en arco, la cabeza gacha, las dos manos tendidas hacia adelante, como un boxeador que se recupera de un mal golpe, respirando, creo, con fruición, asombrado de la mudez de mamá. Espere: es mi turno... Deposité mis esperanzas, ¿me oye?, en el estudio, en la razón y en el testimonio del hombre a favor o en contra de lo que sea, hasta que se demostrara lo contrario; nunca en el azar o, para que usted me comprenda, en la suerte. Hoy sé, señora, que la suerte me acompañó en veinte años de profesión. Y que acabo de perderla por imbécil. 
Bueno dijo mamá. 
  El abogado volvió a sentarse y, a continuación, declaró, con una sonrisa fatigada: uno, que iniciaría las gestiones para que mamá obtuviese la pensión, convencido de dos cosas: a) que se la concedieran; b) que la misoginia era la terapéutica adecuada para arribar a una vejez serena y ecuánime; y dos, que la ira y las abominaciones de una anciana incrédula no iban a persuadirlo de que dilapidó sus mejores días en una carrera que le había deparado, hasta ese momento, hasta que mamá violó su despacho, algunas horas de pasión y esplendor, algo de fama y algo de hastío. No, su vocación era tan firme, dijo, como en la remota mañana en que, por vez primera, pisó los umbrales de un aula universitaria. 
¿Sí? preguntó mamá. 
  De modo que hubo más formularios que llenar y más presentaciones que firmar; y hubo, por fin, que reunir tres testigos que dieran fe de que Mauricio y Moisés Reedson fueron, antes que el fuego devorase sus huesos, una sola persona. Así es la ley: sobrevive a los hombres porque es menos contingente que ellos; y desafía a las revoluciones porque es una rutina. 
  Entonces, tuve que llevar y traer papeles sellados cubiertos de tediosas invocaciones que mamá rubricaba con una letra grande, despareja y angulosa, no sin repetir sus invectivas a una legislación que comenzó a fundarse cuando el ocupante de las cavernas dio sus primeros pasos, y que el abogado debió escuchar para su eterno martirio, pero que yo, que pretendo conservar mi sano juicio, no voy a reproducir. 
  Una tarde de viernes mi día franco en el diario con un aborrecible escrito a cuestas, llegué a la tranquila casa que habita mamá, a pocos metros de lo que fue el arroyo Maldonado, escenario, entre otros, de taitas que hablaban por el filo de sus puñales, según las dudosas prescripciones de Borges. 
  El señor Poccioni barría la vereda. 
  La casa que habita mamá consta de tres departamentos en la planta baja, tres en el primer piso y uno en la azotea. Mamá ocupa un departamento en el primer piso, con balcón a la calle. El señor Poccioni es el propietario del último departamento de la planta baja, el que da al fondo del pasillo. El señor Poccioni es calvo y grueso. Serio. Más aún: grave y brusco. Enterado de la enfermedad de papá, pero no de su pasado, me dijo: "Estoy a sus órdenes". 
  Cuando, a instancias de mamá, que lo había seducido con la tersura de sus mejillas, sus quiméricas deducciones y opulentos platos de guefilte fish, le insinué que teníamos dificultades para adquirir un específico de origen norteamericano detenido en la Aduana por no sé qué diversa interpretación de su nomenclatura el señor Poccioni se acarició la frente, la cara afeitada, el severo bigote y dijo, irrevocable: "No se preocupe, mi amigo". 
  A las doce horas de haberle develado, al señor Poccioni, mi condición de ciudadano que carece de prestigio profesional o intelectual, que no integra la directiva de un club que cuenta en sus filas con un astro futbolístico cotizado en tres millones de dólares, y tan insolvente que el Banco más propenso al despilfarro no le concedería crédito para adquirir el calefón menos caro en plaza (todo ello con una desamparada turbación, que mamá literalmente profanó: "Acaso, hijo, el Presidente no saludaba a la URSS el siete de noviembre de cada año"), el señor Poccioni, el ubicuo señor Poccioni, ponía el específico gotas para irrigar el cerebro de papá en mis manos. 
  En verdad, papá no necesitaba las gotas. Su cerebro funcionó y bien durante medio siglo. Se extenuó persiguiendo un único sueño. Después, solo con sus banderas, decidió callar. Se mantenía en calma, a su manera y en silencio, excepto cuando sostenía que le introducían hierros calientes en la cama para hacerlo sudar como a una bestia de carga, para que la cama oliera como una jaula de leones, o cuando le decía a mamá que ella estaba muerta, y si está muerta, doña, por qué usa la ropa y la cara de mi mujer. Dentro de todo, ahora que lo pienso, oírle tenía su gracia. Era mucho más divertido, estoy seguro, que un safari de Hemingway, si uno se siente dispuesto a creerle a ese viejo y enajenado fabulador. Y si esas benditas gotas lograban empapar las curtidas arterias cerebrales de papá, ¿qué favor se le hacía? Simplemente multiplicar esas inasibles figuras que rodeaban la casa y que proferían interjecciones breves y cortantes, que se deslizaban suavemente por la escalera, que escuchaban detrás de las puertas, que anotaban, febriles, en sus pegajosas libretas, las veces que papá se sentaba en el inodoro o que se negaba a tragar un puré de banana, o los sarcasmos que lanzaba, dormido, en las horas yermas del amanecer, al corazón de una multitud acongojada. 
  El señor Poccioni se apoyó en la escoba y me saludó: 
¿Qué tal? 
Oh, corriendo: no se termina nunca con los papeles. Problemas con la pensión de mamá... dije, me imagino, con la suficiente despreocupación como para cerrar el paso a un nuevo y generoso ejercicio de las omnipotencias del señor Poccioni que desembocaría en el legajo que contenía los ¿por qué no? inquietantes antecedentes de papá. (Mamá me anticipó las enervantemente tranquilizadoras justificaciones que expondría en tal caso, pero yo ya cité mi deseo antiedípico de mantener indemne mi sano juicio, y a él me atuve.) 
¿Problemas? inquirió el señor Poccioni, mirándome fijo. 
Solucionables exclamé, ensayando un vago gesto de alegría. Perfectamente solucionables, señor Poccioni. Nada del otro mundo; cosa de gringos. Vienen de Europa con los nombres que parecen una sopa de letras... Usted sabe: en la caja son rigurosos. Piden, una pavada, que los documentos concuerden. 
Ah dijo el señor Poccioni, algún trámite judicial. 
Eso dije yo. 
Muy bien afirmó el señor Poccioni. ¿Encarrilado el asunto? 
Encarrilado, señor Poccioni. Todo se encarrila en esta bendita tierra nuestra. 
Sí, la Justicia arregla esas cuestiones en un dos-por-tres-se-lo-digo-yo fraseó el señor Poccioni. ¿Y la señora mamá? 
Guapa, señor Poccioni. 
La veo poco dijo el señor Poccioni. El trabajo de uno. No tengo horario. A veces, no vuelvo a casa en dos o tres días. 
Eh dije yo. 
Sí, dos o tres días sin parar, de aquí-para-allá. Y déle fumar como un murciélago. No es vida, pero las obligaciones son las obligaciones se exaltó el señor Poccioni, y volvió a clavarme la mirada. 
Es lo que yo siempre pensé, señor Poccioni. 
Sólo que me falta sueño se lamentó el señor Poccioni. Y para colmo, la otra noche, no sé si le habrá contado su señora mamá, pusieron música a todo lo que da en ese piringundín, disculpe la grosería, de la avenida Juan B. Justo... 
¿Piringundín? 
El de la esquina de Trelles... Me calcé la pistola en la cintura, me hice abrir la puerta y puse a todo el mundo contra la pared. Y los interrogué. ¡Y cuando yo interrogo, señor mío, interrogo!... Al otro día, en el trabajo, me dijeron que procedí correctamente, con un exceso de energía, comprensible, claro, por mi temperamento, y que me tomara una semana de descanso... En fin, los dueños del local prometieron cambiar de disc-jockey. 
Magnífico dije yo. 
Hay-que-cuidar-a-la-madre, señor mío meditó el señor Poccioni, en voz alta, con repentina calma. 
Eso es dije yo, pensando en las inapelables defecciones de mis sucesivas concubinas que se propusieron, incautas, lidiar con una Clitemnestra judía, sin importarles las premoniciones que se escribieron, hace cincuenta siglos, acerca de la esposa de Menelao, una mujer que salvó su alma porque, accidentalmente, no pertenecía al pueblo del Exodo. 
Yo tengo una añadió el señor Poccioni. Ochenta años, señor mío. Ochenta. Si no fuera por ella... 
  Guardé un prudente silencio: madre hay una sola, proclama el eterno desconsuelo porteño. 
A veces dijo el señor Poccioni, con la vista perdida por encima de mi hombro, tengo ganas de meterme un balazo en la cabeza. 
Por favor, señor Poccioni. 
Sí, señor mío, sí. Pero dejar sola a la viejita... ¿Usted vio a mi nena? 
La vi, señor Poccioni: una preciosa criatura. 
  Y lo es, sin duda alguna: rubia, esbelta, de ojos claros, tiene cinco años y no habla. Emite chillidos cortos y agudos, como un animalito desvalido cercado por la noche. Su madre, una mujer de cara macilenta, lo más cercano a la imagen de una institutriz victoriana que los aficionados a la narrativa británica puedan imaginar, con una voz similar a un silbido helado, a un satinado rumor sonoro que, al oírlo, causa escalofríos, perdió a la nena en una esquina del centro de Buenos Aires, cuando la nena cumplía tres años. La encontraron después de varias horas de rastreo: ahora la nena se refugia en los rincones, araña a quien se le acerca y empavorece a grandes y chicos con sus i-i-i-i-i-i angustiosos e injuriantes. 
Usted-lo-ha-dicho, señor mío: una criatura preciosa se animó el señor Poccioni. Un ángel. Sin embargo, se hace pis en la cama. 
Un buen tratamiento psicológico... 
¿Psicólogos? el señor Poccioni frunció el ceño. No. Para nada. Mi médico nos indicó que pongamos el despertador, cada dos horas y media, durante la noche, y la levantemos a orinar, con perdón de la palabra. Y nos da resultado. 
Dios es justo dije yo. 
Dios es justo repitió el señor Poccioni, conmovido. 
Hay que tener fe, señor Poccioni agregué, enfervorizado catequizador. Hay que tener fe. 
  El señor Poccioni puso una mano sobre mi hombro, y musitó: 
Gracias. Gracias. Usted es un amigo. 
  Subí al primer piso. Mamá, que me había escuchado desde el balcón, abrió la puerta del departamento con una dulce sonrisa en los labios.

 

   

de "La lenta velocidad del coraje", publicado por Alfaguara en 1998. © Alfaguara.