ANDRES RIVERA - La lenta velocidad del coraje

 

  Así, todavía - Parte I

El capitán Gustavo Hantín era el jefe de una guarnición que, más arriba o más abajo de un río cenagoso, custodiaba la existencia de poblados que supieron crecer, como ateridos, sobre el rugoso universo patagónico.
    Eso se escribió en un informe militar extraviado, dicen, en los laberintos administrativos de las fuerzas armadas, en los silencios del archivo histórico nacional, o vendido, por monedas, a un maníaco coleccionista norteamericano.
    El fortín que custodió la supervivencia de esos míseros poblados ?si es que esos míseros poblados existieron bajo la luz breve y fría del sur? estuvo allí, desde siempre, con su empalizada, foso, corral, troneras, unas pocas gallinas flacas, y unos pocos perros flacos, para que el mundo civilizado y católico admirase cómo la joven República afrontaba, con emblemática hidalguía española, el incomprensible malón del salvaje y el acecho del Chile hambriento y prusiano.
    El capitán Gustavo Hantín, alto, rubio, y buen mozo por añadidura, egresó de la Escuela Militar que Don Domingo Faustino Sarmiento tuvo a bien fundar para que perdurase el legado moral que el general Don José de San Martín entregó, en vida, a sus compatriotas.
    Se sabe: una Escuela Militar que se respete ?y la creada por el señor Sarmiento era para respetar, y mucho?enseña disciplina, y hace de la obediencia un culto, y forja, en sus alumnos, preceptos de ética imprescriptibles, y luminosas pautas de consideración hacia el mundo civil? damas, niños y ciudadanos probos y de fortuna?que paga sus maestros, libros de textos, gimnasios, caballos, armas, y los uniformes, incluidos los de gala.
    En la Escuela Militar, el capitán Gustavo Hantín aprendió, por lo tanto, que desde las guerras de la independencia, desde la expulsión del invasor inglés de las calles y orillas de Buenos Aires y, si se quiere, desde mucho antes de esas dos cuantiosas proezas, al soldado argentino le sobra coraje para lo que sea. Y una guerra civil interminable, por largos momentos atroz, atestiguaba ese oficio de la raza.
    El capitán Gustavo Hantín fue, siempre, para los que lo conocieron, un hombre de coraje. Pero astuto y prudente para callar cuando había que callar; para exhibirse como un subordinado rápido y dispuesto a cumplir lo que se le ordenara; para ser, con la aprobación de sus superiores, un jefe duro e inapelable.
    ¿En qué tiempo ciego, el capitán Gustavo Hantín se dijo que el cadete Fabián Maldonado no portaba lo que distingue a un soldado argentino de un ciudadano común, fuere quien fuese el ciudadano común, y eso sin hablar de la extranjería maloliente y obscena que el puerto de Buenos Aires no cesaba de volcar sobre el país?
    ¿Por qué y cuándo el capitán Gustavo Hantín se propuso enseñarle al cadete Fabián Maldonado que los atributos de la virilidad nacen con uno, y se prueban en la guerra y, aún, en los fugaces períodos de paz?
    ¿En qué instante abominable, loco, inconcebible, se dijo que el cadete Fabián Maldonado era un maricón?
    Nunca, nunca terminaría por saber qué ocurrió en las horas que precedieron a la mañana en la que olvidó, él, tan cauto y hábil para reconocer hasta dónde podía ir, la sonoridad, el valor, el peso que transmitía el apellido Maldonado.
    Hubo baile y alcohol esa noche. La casa era vasta, de mármol, piedra y cristal, y el perfume que entraba por los altos y estrechos ventanales era espeso y concupiscente, y brotaba del aire y el silencio de la primavera, y de los azahares que nacían en los bordes húmedos del lago de Palermo.
    Buenos Aires era, esa noche de octubre, una ciudad rica, y probablemente satisfecha, y las mujeres que bailaban y reían, en la casa de altos y estrechos ventanales, eran bellas y jóvenes. Y la mujer que jadeaba, arrinconada contra una pared, los pechos al aire, en una habitación en penumbras, era bella y joven. Y Gustavo Hantín, que era un oficial cuyo paso en los desfiles despertaba el aplauso de los asistentes, balbuceaba incoherencias, echado sobre la mujer joven y bella. Ella y él sudaban, y ella murmuró unas palabras que él no escuchó. Él, que vacilaba sobre sus pies, se desabrochó la bragueta, y llevó las manos de ella a su verga. Y suspiró, ronco.
    Ella le habló: su voz fue la que se usa para calmar a un chico caprichoso.
    Las manos de él buscaron, en la oscuridad, en la pequeña habitación sin ventanas y sin luz, la cara de ella. Las manos de él resbalaron en la cara de ella. Las manos de él se apoyaron en los hombros de ella y empujaron hacia abajo, hacia su bragueta, hacia su verga enardecida.
    Ella dijo:
    ?Ahora, no.
    ?Sí ?gritó él, la boca pastosa.
    La mujer apartó de su cuerpo las manos de él, y cubrió sus pechos, y musitó un insulto atroz.
    É1, compadeciéndose, afligido, injuriado, intentó golpearla.
    Ella eludió los golpes de él, le apoyó las manos en el pecho y, suavemente, lo echó sobre un diván.
    Cuando la mujer terminó de arreglar sus ropas, y salió de la habitación sin luz, el capitán Gustavo Hantín roncaba como un anciano asmático.
    No importa, ya, cuándo el capitán Gustavo Hantín, por lo que estimó eran flojeras del cadete Fabián Maldonado, mandó que ejecutara movimientos vivos.
    Los huesos y los tiernos músculos del cadete Fabián Maldonado, un enamorado de las soledades de la pampa, y miembro de una familia de antiguos estancieros, no soportaron la implacabilidad del ejercicio. Sus padres lloraron, a solas, abrazados, el horror que se precipitó sobre el cuerpo de su hijo; y los padres, dueños de vacas y tierras, y herederos de un apellido que atravesó, sin tachaduras facciosas, las heridas que le abrieron al país los enconos de federales y unitarios, buscaron, en el Ministerio de Guerra, a un amigo.
    El amigo de los padres de Fabián Maldonado era un soldado viejo y recio, que esperaba, paciente, su retiro del Ejército, harto, a veces, demasiadas veces, de esa burda mezcla de galantería francesa en el trato a niñas mayores de dieciséis años, y aplicación rioplatense de las incesantes fórmulas burocráticas y puniciones españolas, inglesas, zaristas, tártaras, que parecía regir la vida del Ejército.
    El viejo coronel, recio y cansado, contempló, por un largo rato, al capitán Gustavo Hantín, de pie al otro lado de su escritorio, las manos pegadas a las costuras del pantalón, las botas relucientes, la mirada al frente, alto y apuesto.
    Aquí está usted, capitán Gustavo Hantín, y aquí está su foja de servicios. . . ¿Y qué me dice su foja de servicios, capitán Gustavo Hantín?... Una mierda, me dice. Me dice, capitán, que a usted no le enseñaron, y usted prefirió no leer en libro alguno, que los generales Manuel Belgrano y José María Paz, antes que oficiales, fueron hombres cultos. Y comprensivos y bondadosos hasta donde su tiempo les permitió ser comprensivos y bondadosos... ¿Entiende lo que le digo, capitán Gustavo Hantín?... Una mierda entiende... Entienda, entonces, que estoy cansado.
    ...¿Y de qué más me habla su foja de servicios, capitán Gustavo Hantín?... Me habla de un par de ascensos ganados sin riesgo, y de las recomendaciones del caso por sus destrezas de jinete, y sus dotes de mando. . .     Aquí está usted, capitán Gustavo Hantín, y yo miro a un animal saludable, lustroso, joven, bien comido y bien dormido, un domador de chinitas desvalidas y putas de ocasión, que expropia los ahorros de esos tenaces comerciantes que son sus padres, y paga, con esas expropiaciones, sus caprichos, la bebida fuerte de sus amigos, las deudas de juego, las caricias de una mujer bonita... Sepa, capitán, que el infierno ocurre...
    El viejo coronel ?que ganó sus medallas en el aplastamiento de las insurrecciones unitarias, en la represión del montonerismo federal, y de las anunciadas rebeliones de un general que, entre una derrota y otra, traducía La Divina Comedia como si fuese un deber escolar? cerró los ojos y dejó de pensar. Sabía que pensar, cuando se es, todavía, un soldado inevitablemente viejo e inevitablemente cansado, apresura el encuentro con la muerte.
    El capitán Gustavo Hantín fue destinado a un fortín de frontera. Quedaba al mando, se le informó, de los hombres, bestias y armas que guardara ese fortín de frontera, si eran hombres, armas y bestias los que guardaba ese inubicable fortín de frontera al que lo destinaron.
    Las instrucciones que recibió el capitán Gustavo Hantín no pudieron ser más claras de lo que eran, pero el capitán Gustavo Hantín no las escuchó. Horas y horas, el capitán Gustavo Hantín, la cabeza en blanco, miró, en su habitación de hombre solo, el caño largo y azulado de su revólver de reglamento.
    A su antecesor en el mando del inubicable fortín de frontera al que lo destinaron, lo mató una desaforada lanza india: ¿por qué no una bala que le reventase el corazón, a él, en un barrio de Buenos Aires, de veredas anchas y altos árboles? ¿Por qué no apretar el gatillo de su revólver de reglamento, y que un plomo dijese en su corazón, lo que escritura y palabra alguna dirían por él?
    Para morir, ¿qué hace la diferencia? ¿Una lanza, una bala, los delirios de la guerra, las enfermedades del mundo civilizado?
    El capitán Gustavo Hantín se miró en los espejos de su pieza de hombre solo. Se miró de perfil y de frente, el revólver de caño azulado colgándole de la mano derecha.
    Se dijo, en el silencio de esa prolija habitación de hombre solo, que era un lindo tipo de hombre. De macho, aunque a algunas señoras esa definitiva palabra criolla les evocara emociones que no se nombran.
    Se dijo que renunciaría a la carrera militar.
    Se dijo que, al frente del negocio de su padre. allí, en el centro de Buenos Aires, tendría todas las fiestas a las que deseara concurrir, todo el champán y el vino que deseara tomar, todas las hembras que deseara se le abriesen de piernas.
    El capitán Gustavo Hantín llegó, un mediodía, a su innombrable destino. Reconoció, como un convaleciente, la luz blanca del sol, el fortín y sus alrededores. Esa noche la dedicó, sin pausa, a la caña.
    El capitán Gustavo Hantín se decía, cuando la resaca del alcohol se retiraba de su cuerpo, y echaba una mirada a la aborrecible ruina en la que ocurrían sus días y sus noches?cuatro paredes de adobe, techo de paja, piso de tierra?, que ya no saldría de allí, de ese desierto que demolía, lento y despiadado, a fortines anónimos y a sus anónimos defensores, y los volvía un triste juguete del viento, de la arena, del sol, del frío.
    Él era, se dijo, cuando la resaca del alcohol le recorría, como una sombra, los músculos del cuerpo, el héroe patético de reiterados folletines que había leído en horas venturosas, con ansiedad y fascinación. Se dijo eso, satisfecho. Y, al instante, olvidó el placer que le deparó ese hallazgo de su precaria sobriedad. Olvidó la promesa que se formuló, erguido, limpio de miedos y derrotas: viviría, como el héroe invariable de los folletines que leyó, la escena de su rehabilitación, con tambores que sonarían, a sus espaldas, metálicos y conmovedores.
    No había para él, siquiera, el previsible matrimonio con una joven de buena familia, que consintiese, sin chistar, a cambio de haber sorteado las devastadoras vergüenzas de la soltería, los lances del esposo, aún arrogante, pero que engordaba, con damas y barajas alegres y esquivas.
    Y cuando finalizara su condena, cuando se acordaran de él y le permitieran abandonar la inmutable eternidad del desierto, cuando retornara a Buenos Aires, ¿quién sería el capitán Gustavo Hantín para nadie? ¿Quién sería el capitán Gustavo Hantín para sí mismo? Podía responder con los ojos cerrados, como si atravesara, entero, infalible, el turbio espesor de los días que vendrían: el capitán Gustavo Hantín sería un hombre encanecido, encorvado, con alguna cicatriz dibujada en el cuerpo por un hierro indio, que cobraría su pensión mes a mes, en una ciudad extranjera, y que dormiría, panzón, siestas de horas o minutos en la pieza silenciosa que conoció las exaltaciones de su juventud.
    El capitán Gustavo Hantín, sobrio o borracho, solía mirar el caño azulado de su revólver de reglamento, su uniforme polvoriento, la barba de días en su cara, los restos de algún vómito sobre la camisa arrugada, las botellas vacías y quietas en el piso de tierra de la comandancia de un inhallable fortín de frontera y, de cara a ningún espejo, sonreía.
    Le sonreía a Buenos Aires que, lo sabía, no le eligió otro destino que ése.
    Le sonreía a las mujeres, que gimieron en sus brazos como perras impúdicas, y que le besaron las manos, y que gozaron su rigor, y que, en la hora de la desgracia, no fueron hacia él, ni le llevaron consuelo, ni, tampoco, creyeron necesario recordarlo.
    Pero sus botas le enorgullecían. Su brillo y su cuero.
    Eran botas de larga caña que hacía lustrar a la hora de la siesta y a la hora de la cena, y a la hora que le viniese en gana, y con las que salía a explorar los silencios que rodeaban lo que sea que el fortín representase.
    Era inevitable: el capitán Gustavo Hantín, sentado en su camastro, miraba sus botas, que brillaban a la luz del fuego encendido por soldados que envejecían.
    Y mirar sus botas, que brillaban a la luz del fuego encendido por soldados que envejecían era, con el vino y el aguardiente, uno de los pocos placeres que se concedía dentro de esa empalizada de troncos blanqueados por el sol, y en esas noches castigadas por la cólera del viento.
    Y era inevitable, también, que evocara, los ojos en el brillo de las botas, a una Buenos Aires tan lujosa, tan infinita, tan suspendida en el cielo, que le cortaba la respiración, y al niño que fue, todavía inocente, todavía puro, que entraba, deslumbrado, de la mano de su padre, a los vastos espacios del Colegio Militar.
    La mano de su padre era cálida y era ancha, y era como una caricia. ¿Por qué él era tan niño?
    ¿Por qué, entonces, volvía a él el recuerdo de una mujer, de espaldas a él, y a él levantándole el pelo de la nuca, y a él que le pasaba la lengua, áspera, rasposa, por el cuello, allí donde los huesos de esa mujer tenían la fragilidad del vidrio?
    La mujer doblaba las rodillas, y se sofocaba, y la piel de la mujer se enfriaba, y la mujer soltaba, desde las entrañas, algo que no era un grito, algo que él oía como un llamado, como un estertor, como una súplica gangosa, y él, poseído, bajaba una mano hasta las nalgas de la mujer, y la introducía, hambriento, en ese tajo que separaba las nalgas de la mujer y la mujer movía la cabeza, y la súplica gangosa de esa mujer le secaba la boca, y esa mujer cerraba las piernas, y él, enfurecido hundía su cara en la oscuridad, buscándola, los dientes al descubierto. y ella, esa mujer, era una mancha blanca que se desvanecía en la noche abominable.
    ¿Por qué él, sobrio, descargaba el tambor de su revólver de caño azulado contra las paredes de una cueva maloliente, y pisaba botellas vacías, y otras mierdas también vacías?
    ¿Por qué él, tirado en su camastro de un fortín de frontera sin fundadores y sin bautizo, tenía ganas de llorar?
    El capitán Gustavo Hantín, en noches en que la cólera del viento cruzaba el desierto, miraba, sentado en el camastro que le destinaron en el más abyecto fortín de frontera que imaginación alguna pudo concebir, el brillo de sus botas de alta caña.
    Hubo noches, frías y silenciosas como esa, y sin sueños, en las que se escuchó al capitán Gustavo Hantín llamar, con voz de borracho, a los generales argentinos que leían a Julio César, y trazaban fronteras de la Nación en piedra, en nieve, en bosques, en ríos, con espadas y fusiles, con fuegos y música y carne asada y discursos para la historia que escribirían, o que ordenarían escribir, el ojo atento a la gramática de la gesta, al dato puntual, al encomio sin recato; y brindis, muchos, con champán, con vino, con ginebra, por la gloria del país que amaban como no amarían nunca a sus mujeres ni a sus caballos.
    El capitán Gustavo Hantín los llamaba, sin la risa estentórea del borracho, a que se instalaran, vivieran, durmieran, comieran, y se masturbaran, a falta de perras a las que pudiesen montar, en ese pozo castigado por el sol, los vientos, la helada del desierto. Sólo ellos, sin sus engalanados asistentes, sus pingos de primera, sus mujeres de primera, sus carpas de primera. Sin que los diarios de Buenos Aires dieran cuenta, en correspondencias epopéyicas, de sus maestrías tácticas, de la veloz conquista del territorio indio, y del no menos veloz exterminio del indio, esa bestia ruin e incomprensible.
    Y que no deje de venir el general Remington, gritaba el capitán Gustavo Hantín, la voz pastosa, su sombra quebrándose a la luz del fuego encendido por soldados que envejecían, contra las paredes de adobe de una tapera mugrienta alzada sobre la pena embrujada del desierto. Reluciente que venga. Gran jefe el general Remigton.
    Venga, venga usted, mi general. Y usted, mi coronel. Y usted. Y usted. Vengan, vengan aquí donde la lanza del indio es más larga que el brazo de Dios. Dejen ese quilombo que es Buenos Aires, y no compren más judías y polacas y princesas de la Francia republicana, y cuéntenme qué paz y qué administración se defiende aquí, en el infierno.
    El capitán Gustavo Hantín, que vomitaba los nombres, a veces restallantes de la patria, vomitaba, en argentino, lo que alguien escribió en un idioma enjoyado por irlandeses y americanos, para hablar de la inexplicable desdicha de muchos desdichados.
    Gustavo Hantín gritaba, lacerado, que se encontró con la yegua de la noche, y la yegua de la noche lo cautivó.
    Gustavo Hantín, cautivo de la yegua de la noche, gemía en el abrazo, y gemía después del abrazo de la yegua de la noche, porque el abrazo de la yegua de la noche era insaciable y era vertiginoso, y lo dejaba exhausto, débil, aterido, y sin voz, como un niño enfermo.
    Los soldados que envejecían al mando del capitán Gustavo Hantín, en un fortín de frontera que no se incluyó, por pereza, por descuido, por opción, en la cartografía militar de la época, escuchaban, en silencio, las blasfemias del capitán Gustavo Hantín. Y movían, en silencio, las lerdas cabezas, y se miraban.
    Escuchaban, cuando se extinguía la luz del día, cuando la interminable noche del desierto giraba sobre sí misma, cómo decrecía el tono procaz de las imprecaciones de su jefe. Cómo, cautivo de la yegua de la noche, era carne disponible para el arrullo y para el martirio.
    Después, los soldados que envejecían, en cuclillas alrededor de un fuego de lenguas cortas y amarillas, escuchaban un susurro grave, ininterrumpido: el capitán Gustavo Hantín interpelaba a alguien, y la voz del capitán Gustavo Hantín era confidencial y astuta.
    Después, los soldados que envejecían escuchaban roncar al capitán Gustavo Hantín.
    Después, los soldados que envejecían daban fuego a sus cigarros de pobres, y se envolvían en unos ponchos que guardaban sus sueños?porque esos hombres soñaron, el olvido sabrá qué, antes de someterse a la resignación, a la pérdida de los asombros de la juventud?y hablaban, de a uno, como si pensaran en voz algo más alta que el silencio, de los generales que daban nombre y fronteras al país que amaban como nunca amarían a sus caballos ni a sus mujeres.
    Andaban a caballo, los generales, sí. Tenían barba, sí. Tenían mujeres de una hermosura que, ellos, paisanos capturados por policías tumultuosos, y remitidos a fortines de frontera, sujetos los tobillos por hierros y cadenas, no podían imaginar. Mujeres bellísimas, increíbles para ellos, paisanos sin codicia y sin nombre. Y sedosas como el sonido de algunas palabras sedosísimas.
    Y los generales, cuando enfermaban, subían a un barco y viajaban a Francia, patria de los hombres cultos, para que los curaran, para visitar damas lánguidas que escribían libros sonoros y olvidables, para comprar belleza y visitar a compatriotas que cultivaban el exilio.
    Usaban, los generales, galera y bastón, y ropa de tela inglesa. Leían y hablaban idiomas de gringos. Andaban en coche, sí. Tenían coraje, sí. Loco el coraje, a veces. Eran cultos, sí. Y de sobra. Como sus amigos y compadres. Redactaban memorias, cartas a amigos confiables, declaraciones de amor, profecías, balances, intimaciones. Mándeme los prisioneros, que no conviene aglomeración de indios en la frontera... los hemos de hacer marinos o agricultores en Entre Ríos o Tucumán. Y eran patriotas. Querían a esta tierra, donde nacieron los abuelos de sus abuelos, y morirían por esa tierra, por la posesión de esa tierra, como no morirían por causa, fortuna, caballos, sodomía, mujeres que el destino les ofreciese. ¿Esto ya se dijo? No importa. El Himno Nacional omite esa necesaria insistencia.
    Pero ellos, paisanos, soldados de mala muerte, errantes, no viajaban en coche al muere. El señor brigadier Juan Manuel de Rosas los tuvo a rienda corta. El señor Domingo Faustino Sarmiento los detestaba. Generales y coroneles, gauchos los generales y los coroneles, solían acortarles la vida en refriegas al pedo. Y ninguno de los soldados que envejecían fue presidente de la Nación. No eran, tampoco, hermanos ni cuñados del presidente de la Nación. Ni sobrinos, ni primos, ni edecanes del presidente de la Nación. No eran senadores ni diputados de la Nación. Ni amigos ni secretarios de senadores y diputados de la Nación. Ni parientes de parientes de senadores de la Nación.
    No eran estancieros.
    No fundaban diarios.
    No eran jueces. No eran policías. No eran amigos de jueces ni de policías. No leían La Nación. No leían La Prensa. No leyeron la Biblia. No había escuela para ellos. Pero no engordaban. Y no sabían qué designaba la palabra poesía. No eran laicos. No eran cristianos. No eran brasileños, ni chilenos, ni indios, para que la Patria los odiase. Eran menos que eso.
    Dormían con la muerte, en borrosos fortines, el ronquido de borracho de un capitán Gustavo Hantín y la noche del desierto sobre ellos. Y así serían las noches del invierno y del desierto, si una lanza india no les desgarraba la carne y los dejaba tirados, en suelo ajeno, boqueando fetideces, las tripas al aire. Allí se pudrirían sus cuerpos, sus vagos recuerdos, su remota juventud?si la hubo?, quizá la modulación de una palabra, en la que cuajó algo de cariño y algo de clemencia, que una boca quiso donarles cuando la ausencia es corta, cuando el día conserva, aún, la transparencia de la creación.
    Quedarían allí, boca arriba, boca abajo, un poco más silenciosos que en vida, desventrados, flacas y salobres las carnes, y flacos los huesos de hombres que nunca supieron del futuro, esa marca de todas las esperanzas.
    Después, siempre después, en el fortín, una voz monótona leería. en papeles ajados y mugrientos, palabras obvias en el idioma de los argentinos: Desaparecido en acción. Desaparecido. Desaparecido.

 

   

de "La lenta velocidad del coraje", publicado en 1998 por Alfaguara. © Alfaguara.