RODOLFO RABANAL

I

 

Cita en Marruecos

 

II

EN ESTE TIEMPO he aprendido a controlar mis pasiones. Quizá no sea justo decir tanto. Lo más apropiado sería sugerir que intento hacerlo. Cultivo una rutina que va trazando un sendero en mi espíritu. Pero sólo yo sé los esfuerzos a que me obliga la sensatez. Sólo yo conozco las difíciles, insostenibles relaciones que mi espíritu entabla con mis instintos. No obstante, hace poco, cometí un acto violento. Debí matar a un caballo de un disparo en la cabeza. Estaba enfermo y condenado y se supone que hice lo correcto, pero la violencia es la violencia, y a veces resuena en mi sueno como un martillo en la noche.
    No hace tanto, Cora y un grupo de amigos de Buenos Aires vinieron a visitarme. Estaban de paso rumbo al sur. Uno de ellos supuso que la casa estaba en venta, hasta especuló con una cifra. Lo miré como para disuadirlo, le dije que se equivocaba doblemente, ni la casa estaba en venta ni ese precio irrazonable existía en el caso de que lo estuviera. El incidente pasó sin consecuencias y todos volvieron al vino y al asado. Pero me sorprendí a mí mismo por lo rotundo de la negativa.
    Ese día, por un momento, me sentí el más feliz de los hombres, porque la casa adquiría ahora un nuevo sentido, una utilidad social y cálida: la casa llena de amigos. Preparé un asado y les mostré el lugar. Se deshicieron en elogios bucólicos absolutamente civilizados y cada uno de ellos expresó su estólida y acaso cordial necesidad de vivir en un sitio como éste y dejar atrás la existencia infame a que los obliga la ciudad.
    Yo me reía por dentro. Yo sentía que ellos no sabían de qué hablaban. En realidad, pensé, es gente que no sabe de qué habla. Creo que yo era como ellos hasta antes de venirme a San Antonio.
    Cora notó mi risa secreta. Esa facultad suya es (probablemente) el borde que nos acerca y la brecha que nos separa. Me di cuenta sin embargo de lo poco que me interesaba la agitación de esas conversaciones. Nadie había que destacara, salvo un borracho que había perdido una fortuna en no sé qué negocios donde intervenían bonos del Estado y ahora celebraba su fracaso leyendo textos políticos nacionalistas y hablando del derrumbe de las estrategias solidarias.
    La noche del domingo, poco antes de que todos se fueran, ella me preguntó si me sentía a gusto con mi nuevo modo de vivir. Medito en el desierto, le dije. Le hizo gracia. Cuando a Cora algo le hace gracia (es casi fatal que así ocurra) se expande mi sistema nervioso central. Los ojos amarillos le brillan y enverdecen como si los cubriera la maleza, y esa luz de gran intensidad se clava como un dardo en la parte posterior de mi retina. Sus reflejos llegan a mis pupilas a un promedio de diez trillones de partículas de luz por segundo. Es el bombardeo de la especie. Sólo que este bombardeo, con el transcurso del tiempo y el olvido que trae la distancia, es hoy una salva más que un impacto.
    De golpe me preguntó si me acostaba con la sirvienta. La miré sorprendido por lo inesperado del atrevimiento. Y, también de golpe, me figuré yo mismo acostándome con Charito.
   

El efecto maravilloso (bombardeo o salva, al fin se parecen) se opacó en menos de un instante y el súbito ensueño se retiró de mí a la velocidad del sonido. Le dije que no. Qué raro, comentó. Su cinismo me llevó a imaginar que algo no andaba en su vida. Estábamos en el parque bajo los robles y la luz última del otoño le daba un tono juvenil a sus pómulos lisos. Pero indicios insignificantes denunciaban una acritud novedosa en su persona. Estuve a punto de pedirle que se quedara por lo menos esa noche, pero no lo hice.
    Nos despedimos con un beso amistoso. La tropa partió haciendo ruido y prometiendo volver muy pronto. Sonreí generosamente y, cuando se perdieron a lo lejos, suspiré aliviado. Charito observaba, como una reina distante, desde las sombras de la galería.
   

La soledad. Es posible que ahora yo sea otro del que fui. Escribo en soledad, acaso la única manera de escribir: en soledad, para la soledad propia. Horacio, retirado en las afueras de Roma; Ovidio en el destierro. Y yo aquí (las inmodestas referencias anteriores son eso, no comparaciones), buscando una idea que no se afirma en torno a un pasado que no se muestra. Sin duda, Charito lo intuye y se aparta siempre que puede. Mi actividad debe de parecerle un despropósito, y tal vez esté en lo cierto, a pesar de ella.
    Sin que nadie lo estableciera, Charito come en la cocina, un lugar suficientemente vasto como para reunir a una familia entera. Esta casa fue levantada con criterios feudales en épocas que permitían semejantes alardes. Sin embargo, mi padre debió adquirirla por muy poco. Mi padre nunca fue rico. Es más: hasta fue pobre. Yo nunca esperé esta herencia, no había razón alguna para esperarla. Quizá por eso, lo primero que se me ocurrió al tomar posesión de la casa, fue la idea de venderla. La casa era una abstracción.
   

De hecho, la puse en venta: recibí interesados que hacían preguntas inverosímiles y desatinadas. Cada uno buscaba su ventaja y yo tenía la decisión última. Durante unos meses me entretuve disfrutando de esa nueva condición. Todavía hoy sigo maquinando esa probabilidad.
    Cora está al corriente del dilema. A ella le dije que me iría a Europa, a Portugal. Y luego a Marruecos. Mis tendencias a la itinerancia, mis debilidades por todo exotismo, no están acalladas. Si me viera obligado a trazar una síntesis de mi vida hasta hoy, debería poner especial énfasis en esta manía, acaso infundada, de estar siempre en otra parte.
    He llegado a pensar (desde los más arbitrarios fundamentos) que ser extranjero es ser libre, ser nadie siendo uno mismo. Se trata de un espejismo, o de una jactancia. Pero me complace no desestimarla. Ahora soy una especie de señor rural, fantasía que jamás tuve. Desde cierto punto de vista es un disparate. Tal vez se nos dé lo que no soñamos, o lo que soñamos sin saber que soñamos. Quizás, un sueño ajeno fuertemente acunado se nos transfiera como una orden.
   

En su momento, Cora opinó que no sería sencillo dejar una casa como ésta, sobre todo cuando no se tuvo nunca nada parecido. Recuerdo que le dije: "Mi padre lo hizo. La compró, y la olvidó para siempre". Pero, desde luego, él era mi padre y yo soy yo. El intendente me ha hecho una oferta aparatosa: "Convirtamos la casa en un centro cultural". Le confesé que no imagino un centro cultural en San Antonio. Me miró con recelo y pasó a explicar que se podrían montar espectáculos de luz y sonido. Le pregunté sobre qué. Frunció los labios y revoleó los ojos. "No sé, eso lo veríamos más tarde." Le contesté que no estábamos en Caracalla y añadí que personalmente esos espectáculos me parecían deplorables. Consideró adecuado escandalizarse: "Pero qué gracioso. ¿Cómo dice eso?". El intendente juega al billar en el Club Social, pero siempre pierde frente al cura. Es un hombre simple sin remedio.
   

Charito barre los viejos pisos de roble. Viéndola, se diría que jamás hizo otra cosa. Pero viéndola del modo en que yo puedo verla es imposible creer que haya nacido sólo para eso. Después baldea la galería y allí se queda mirando la luz entre los árboles. Antes de ella, Saturna se ocupaba de todo con mayor esmero, pero su trabajo era doble porque la casa no terminaba nunca de arreglarse. Tampoco ahora lo está completamente y quizá jamás alcance a lucir como una auténtica casa habitada, pero ese ideal carece para mí de toda importancia.
    A veces, si me encuentra cerca, Charito ensaya un comentario:
    Las mujeres de este pueblo barren contra el vientome informa.
    Yo la escucho mientras arde el fuego en la chimenea. La escucho porque apenas habla, y lo que dice es como el rumor de la lluvia, no hace falta entenderlo:
    ...Pedazán y otra gente, Toribio Solsona, la cuñada de Anastasio Peña, que la operaron el año pasado, y el yerno de Florencia, fueron ayer hasta el pueblo. Hubiese visto, señor...
    Un rumor de agua me envuelve.
   

En los primeros tiempos, en los tiempos que estuve solo, me desplazaba por el interior de la casa explorando un territorio ajeno. Era como visitar distraídamente un museo abandonado. Sin quererlo, evocaba incesantemente la figura de mi padre. Me parecía verlo aquí mismo (pero en otra edad) palpando los muebles con algún desconcierto, tocando esto y aquello quizá para convencerse de que no vivía en un sueño. Yo trataba de pensar sobre los motivos que lo llevaron a invertir en esta propiedad y terminaba perdiéndome en vacías conjeturas.
    Recorría la planta baja y el piso de arriba, pasando las manos por las paredes frías como si al hacerlo pudiese obtener alguna respuesta. Hasta proyecté un libro, en esas primeras semanas, sobre el hijo que reconstruye la vida secreta del padre. Me limité a trazar un retrato acaso injusto y a anotar algunos acontecimientos que entonces me parecieron memorables y hoy me suenan prescindibles.
   

Al cabo, me aquietaba en cualquier parte concibiendo ideas extravagantes.
    La vida solitaria tiene la virtud de incrementar nuestras inclinaciones más recelosas y menos confesables. Un mudo alarido o una sonrisa en la oscuridad expresarían quizás ese pavor y ese aturdimiento.
   

Tal vez la palabra sedentario, comencé a pensar entonces, signifique otra cosa que lo que designa. Tal vez quiera decir cauto, medroso, poseído por mórbidos pensamientos informulables.
    Recuerdo que había descubierto una laucha. Solía verla de madrugada merodeando en la cocina, como yo mismo lo hacía. Era pequeña, de un color arenoso subido. Mi presencia le infundía un inmediato temor. Yo esperaba domesticarla ¿pero quién domesticaría a una rata?
    Y sin embargo, era un animal doméstico. Le encantaba vivir en los zócalos y robar las cosas de mi mesa. Su actitud era casi humana.
    En esos primeros tiempos cualquier motivo servía para desvelarme. El hambre o la sed eran los más frecuentes, y allá me iba, a hurgar en la cocina. Un poco de queso, otro poco de fiambre, una rebanada de pan, una lata de cerveza, quizás alguna fruta y a veces un té. Entonces aparecía ella, los ojitos marrones endurecidos de tensión porque entendía que yo me estaba dando el banquete y que aquella era su oportunidad de compartirlo, y sabía por "cultura" instintual que no debía atreverse. Apiadado, le dejaba un trozo pequeño de queso en el piso, apagaba la luz y salía. Pero entonces ya no podía verla, la imaginaba, del mismo modo que ella imaginaba comer cuando me veía hacerlo a mí.
    He aquí la complicada relación que las distintas especies establecen entre ellas. Un drama de silencios en el que predomina una tensión peligrosa. A la larga, es el amor o la guerra. La primera laucha trajo a otra y ésta a una tercera. Una noche, consciente de que irían multiplicándose, acabé con todas. Fue una batalla santa, con trampas y venenos. Hasta llegué a entusiasmarme con mi afán de exterminio.
   

Algo similar sucede con Charito. Nos comunicamos apenas, con muy poco, como si habláramos distintas lenguas y el esfuerzo de la traducción nos obligara a la síntesis, o a concesiones incomprensibles. La timidez mutua nos paraliza. Su belleza lo admito contribuye a esta poquedad. Como si lo manifiesto de la belleza impusiera una distancia, sólo equivalente al deseo vital de abolirla.
    Tal vez ocurra que el tácito convenio sobre nuestras diferencias propicie el distanciamiento. No lo sé, ni hice nada todavía para averiguarlo. Vivimos, como dije, en medio de un visible silencio. Pero es verdad que ella es una mujer, la semejante distinta, cuya presencia descubre las curvas (para mí ocultas) de la casa angular.
   

En aquellos días, cuando Saturna abandonaba el reino y partía a su casucha en las afueras, al norte del pueblo, la cocina era mía. Ahora, con Charito instalada, siento que la he cedido. Desde luego, si lo deseo voy hasta la cocina en plena madrugada y me quedo allí sentado a la mesa, observando por la ventana alta las ramas de los árboles en la oscuridad. Pero no lo hago con la frecuencia con que solía hacerlo.
    Mucho antes, quizás en las primeras semanas, creía oír rumores de voces en plena noche. También he oído pasos, en ocasiones tan próximos que parecían provenir del cuarto contiguo. Pero no había nadie, salvo yo mismo. Nadie habitó esta casa durante años, de modo que no puede guardar "resonancias" ni espectrales ecos humanos. A menos que haya cobijado un fantasma, pero esa posibilidad escapa a mi sistema de creencias. Lo cual, en algún sentido, es una lástima, porque tal vez haya alguna belleza en la visión de aparecidos y, en ese caso, sería lamentable perderla. Como quien viese salir la luna llena y no sintiera nada, absolutamente nada.
    Estas cosas ocurren en la intimidad de una casa grande, en el campo, mientras una cierta desolación se desata con la noche y vela las desmanteladas calles del pueblo. Estos sentimientos son imposibles en una gran ciudad. Aquí he llegado a pensar en el ser a solas, en sus ventajas y menoscabos.
    En la soledad, decía Stendhal, todo puede adquirirse menos el carácter. Pero Stendhal creía demasiado en la gente, y por otra parte yo he llegado aquí con un carácter formado (o con lo que supongo es un carácter); o, si se quiere, con los restos de un carácter.
    En alguna oportunidad le he dicho a Cora: "Ahora tengo la casa; yo, que nada tenía". Y empecé a construir inútiles explicaciones que justifiquen esta nueva situación. Por ejemplo, esta idea insostenible, según la cual la unidad de medida de la existencia personal está dada por la razón de tenencia. Cora opinó que yo jamás había pensado de este modo. Admití que era un juego, pero ella me dijo que tal vez no lo fuera.


   

de "Cita en Marruecos", publicado por Planeta. ©1998 R. Rabanal. ©1998 Planeta.

 

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