Abel Posse

sobre la destrucción de la cultura argentina

del libro Biblioteca esencial



    Si Tarija o Villa Constitución se declarasen independientes alguien escribiría una historia de la literatura tarijeña en diez volúmenes, como hizo Ricardo Rojas con nuestra literatura. Es un provinciano "nacionalismo" literario. En todo caso, Argentina es realmente una importante provincia de ese gran continente cultural que es Iberoamérica y en particular la lengua castellana, el idioma hispanoamericano.
    En el centenar de los grandes libros [mundiales], Argentina contribuye con dos autores: Hernández (o mejor, con ese gaucho Martín Fierro cuyo nombre y estatura sobrepasan en mucho al apellido del autor, que parece un hijo modesto de su terrible personaje), y Borges. No es poco para un país, si se tiene en cuenta que Bélgica, Canadá, Australia, Suecia y Holanda no aportan ningun nombre mundialmente valedero.

    Anotar esto es triste. Nos lleva a comprobar que nuestra agredida cultura está tan amenazada por el complot de los mediocres que ya más bien parece cosa de un glorioso pasado. Potencia transformada en impotencia. Como cuando hablamos del subterraneo que inauguramos en 1913 y era uno de los primeros del mundo, o cuando recordamos que fuimos capaces de edificar en 1907 el Teatro Colón y el palacio del Congreso. Entramos en este siglo con fuerza y convicción para ser uno de los primeros países de la tierra, sobre todo en lo cultural; y estamos saliendo del mismo con la cabeza baja, como un pura sangre devorado por invisibles insectos. Si Argentina es todavía algo en el mundo y en Iberoamérica es por su cultura. Por su Universidad, sus biólogos, su escuela de medicina, sus escritores internacionales y también sus deportistas y su tango. Todo esto es cultura.

    Es precisamente lo que destruye la Iegión de liliputienses que con el nombre de "clase política" liquida la esencia de esa aventura que se llama Argentina y que en treinta años (más rápidamente que los hoy famosos procesos desarrollistas de Israel o de Canadá) logro pasar del desierto a una sociedad civilizada, de primera. Esos treinta años que van de 1890 a 1920. Pero no hay quien pueda cuando los liliputienses atan al gigante. Son una xiristocracia, un desgobierno de mediocres e ignorantes adueñandose de la formidable arma del poder, que en sus manecitas ladronas se torna solo en impotencia y reiterada frustración.

    Sean uniformados, en camisa o de corbata, están unidos por un común denominador de fervorosa incultura. Ninguno de ellos podría explicarle a un político extranjero cual es la importancia de Borges o de Petorutti.

    La diferencia de cultura entre quienes construyeron la gran Argentina y quienes se encargan de desmantelarla, es evidente. Sarmiento, uno de los estilistas mayores de nuestra lengua; Mitre traductor de Dante, historiador, arqueólogo; Nicolás Avellaneda, brillante publicista. Hasta un general como Mansilla, que hizo la famosa excursión a los indios ranqueles llevando un tomo con la obra de Shakespeare bajo el apero. Nalé Roxlo, con su agudeza incomparable solía decir que Arturo Frondizi había sido el último presidente que había leído libros en Argentina.

    En veinte años, los mediocres encaramados en el poder lograron desmantelar la industria cinematográfica que había hecho de Argentina el Hollywood o la Cinecittá de Iberoamérica; desarticularon la primera industria del libro de Hispanoamérica, lugar que nuestro país conservó hasta 1970, proporcionando desde el Billiken hasta los textos de derecho, medicina y literatura a todo el mundo de nuestra habla. (Yo estuve presente en la Feria del Libro cuando un presidente mintió diciendo que se había sancionado la Ley del Libro y que se habían levantado los gravámenes para el papel). Pero lo que es todavía mas grave: en el récord de veinte años lograron poner en estado agónico el sistema universitario y educacional sarmientino, de educación obligatoria, nacional y gratuita, sustituyendo ese pilar que funda nuestra Argentina por un sórdido comercio de educación paga que termina diezmando las posibilidades de una maravillosa y tenaz clase media. Sea en nombre de la democracia boba o de la criminal preventiva doctrina de seguridad, el efecto es el mismo. Lo cierto es que en veinte años transformaron un país de primera en un mendicante de quinta, sin comprender que la única doctrina de seguridad es la cultura.

    La Generación del 80 (1880), imaginó ferrocarriles, hospitales, correos perfectos (ganamos el famoso premio de la Unión Postal Internacional), una flota que nos uniera con el mundo. Todo se cumplió, pero un siglo después, por causa de los xiristócratas somos los protagonistas de algo así como el revés de la Generación del 80, somos el anti-ochenta. Llegamos al siglo XXl como la nave de Phileas Fogg en "La vuelta al mundo en ochenta días"; quedan solo algunos tablones: no tenemos ni barcos, ni aviones, ni teléfonos propios que nos comuniquen con el mundo; hemos quemado los hospitales, los servicios sociales, la educación sarmientina. Tal vez a fin de siglo el barco fantasma toque puerto, pero sera Londres, como en la mencionada novela, o cualquier puerto, pero de los otros.

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    Quiero dedicar este par de líneas como homenaje a todos los hombres que crean cultura, desde los lectores que llenan la Feria del libro (sin poder comprarlos) hasta esos escritores y poetas llenos de fe y cada vez más expulsados por la subcultura invasora. Nuestra cultura en alpargatas todavía no llegó al punto de necrosis. Sigue combatiendo para que Argentina no termine perdiendo su alma, porque su única alma, desde el tango hasta Borges, es la cultura. Esos oscuros creadores, tenaces, heroicos, son lo que impiden todavía que este país sea un estéril páramo, una sociedad de poetas muertos.

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extracto del libro "Biblioteca esencial" de Abel Posse. ©1991 Emecé