Fragmentos de El largo atardecer del caminante

de Abel Posse

FUI EL CONQUISTADOR DESNUDO, EL PEATóN. De todos los naufragios que narré sin verguenza ni jactancia, hubo uno decisivo, merced al cual me convertí en conquistador indigente, caminante. Fue en aquel 5 de noviembre en las costas maléficas del Mal-Hado.
   Bajaron los demonios para burlarse de mí, para jugar con sus manos de agua como gato con ratón, sin siquiera dignificarme con la muerte. Los demonios del agua, entre juguetones y pérfidos.
   Rápidos, enérgicos, azotes despreciativos de las manos del agua. Nuestra barca, calafateada con resina de los pinos y armada con clavos caseros, se iba desarmando en esa fiesta de demonios. Gritos, súplicas, blasfemias y plegarias. Los hombres se ahogaban. En el instante final se veía las manos como garras tratando de asirse a una imaginaria cuerda de agua o a una indiferente orla del manto del Señor. Algunos lograban mantenerse de la borda y con las piernas desolladas, quebradas, sangrantes. Trataban de alejar la barca de los arrecifes.
   Era el agua enemiga, que yo bien conozco, de las noches de naufragio. Fría y espesa como acero líquido, con una espuma salada que vuela en el torbellino como baba de una risotada demoníaca. (Nada que ver con el agua inocente de los días de bonanza.)
   En la noche helada de noviembre habíamos tratado de salvar las ropas, armas, yelmos y corazas, dejándolos en la barca. Allí estaba todo el material fino, de guerrero de buena familia que se lanzó como un Amadís a la aventura del mundo, despedido por la madre en el umbral de la casona de Xerés.
   Los diablos del huracán saltaban en el viento. Las olas cortas nos daban secos bofetones y latigazos. Uno se mareaba y trataba de mantener la cabeza fuera de la marejada para respirar. Era un maligno endriago de corrientes bajas, encontradas y desencontradas en un laberinto de corales. Creo que cuando advertí el riesgo de ser aplastado contra los arrecifes, intuí que era mejor abandonarse al destino y a la suerte de las aguas. Vi a Palacios debatiéndose desnudo con los calzoncillos ridículamente bajados hasta los talones como una siniestra burla de Belcebú. El oleaje me levantó y me hundió, me arrolló y me rescató del fondo. Me arrancó la camisa y hasta la venda que tenía por causa de un flechazo. En la penumbra vi entonces la destrucción de la barca y sentí la curiosa alegría de estar llegando al fin de algo. Se desarmó como un hato de leña caído en el torrente, y así fue al fondo mi primera armadura. Era del maestro Foggin, de Florencia, y mi madre le había encargado labrar el peto con el escudo familiar. Allí en la profundidad del mar de los Caribes siempre imagino, en el crepúsculo de los abismos, ese metal seguramente eterno, inútilmente eterno, que fue cayendo llevado por las corrientes, perdiendo las plumas del penacho, como un vencido gallo de riñas que muriera antes de su ataque.
   Las manotas de agua me echaban de aquí para allá, como a pelele. Y yo, en algún momento aflojé el cuerpo como para reírme con los labios, y a partir de allí todo fue distinto. Traté de agregarme a la fiesta de los demonios. Se me ocurrió no resistir el aquelarre. Me di cuenta de que el agua era más caliente que el aire del amanecer, y hasta me pareció que tenía cierta acogedora tibieza. Reflotaba coronado de espuma fosforescente. El azar quiso que el mar me levantase para luego arrojarme sobre la playa, no sobre las piedras. La fiesta de los diablos había terminado. Respiré entre cantos rodados, algas y caracoles. Mordí esas algas que me parecieron un manjar tibio y partí con los dientes algunas conchas de berberechos y los mastiqué bien. En ese tiempo uno tenía todos los dientes, todas las ganas. Todavía hoy recuerdo que sentí que había sobrevivido por haberme sabido agregar sin resistir a la danza de las brujas. Así resisten las gaviotas al furor del mar, sin resistir.
   Estaba en calzoncillos ante la inmensidad de la noche fría y estrellada.
   Había perdido vestiduras e investiduras. El mar se había tragado la espada y la cruz.
   Quedábamos sólo cuatro en el amanecer de aquel 5 de noviembre. Sólo cuatro de la poderosa flota de Narváez.
   Ése fue el verdadero naufragio: desnudo y sin España.


REALMENTE NOS HABÍAMOS CAÍDO EN AMÉRICA. Éramos como indios entre los indios; tal nuestra pobreza, nuestra falta de imperio y poder. Curioso destino: haber llegado con voluntad e investidura de conquistador y enseguida haber caído en una posición inferior y más penosa que la del último conquistado.
   Además, desde aquel terrible amanecer en la isla del Malhado, se puso en evidencia que sin los indios y sus artes eficaces y primitivas, no hubiésemos podido sobrevivir.
   Nunca podría comprender un oficial del Consejo de Indias que, desde un punto de vista estrictamente natural, nosotros estábamos comparativamente disminuidos frente a ellos. Simplemente eran mejores animales de la tierra. Sabían encontrar tunas, olfatear bayas, atrapar peces cuando se tiene solamente las manos y preparar trampas para venados, que son tan desconfiados y huidizos.
   ­¿Pero qué pasó? ¿Qué fue de Vuesamercé y de sus compañeros?
   Le explico entonces a Lucinda que cuando estábamos muriéndonos de frío en las playas del desastre final, nos vimos rodeados por los dakotas adornados con sus terribles figuras en negro y rojo, sus colores de guerra, y que en vez de matarnos, como tal vez hubiese ordenado Narváez de encontrarse en la situación inversa, abandonaron sus armas en la playa, nos rodearon, se arrodillaron y empezaron a llorar a gritos para reclamar la atención de sus dioses en favor nuestro. Era un ritual de compasión, de conmiseración, tan sentido y desgarrante que Dorantes supuso que eran verdaderos cristianos. Dibujó una gran cruz en la arena de la playa pero el jefe la miró con indiferencia, sin dejar de clamar a los cielos. Lágrimas como de lluvia de verano corrían por sus rostros pintarrajeados. Nuestro dolor, nuestro desamparo, fue como absorbido por aquel gran gesto de pena ritual.
   Traté de explicarle que este hecho, del que no tenía yo referencia que hubiese acontecido antes, pasó a tener una importancia decisiva en mi vida. Al menos en mi vida de "conquistador".

   Era evidente que un diablo juguetón se había ensañado conmigo: los bárbaros ­esos que mataban por centenas hombres como Narváez o Pizarro para establecer la verdadera fe­ eran quienes lloraban por mi desamparo, condoliéndose de nuestra inhabilidad y desdicha. Nosotros, los dominadores del mundo desnudos y sin coraza ni espada, debíamos aprender de los salvajes a coger peces y raíces no venenosas.
   ¡El colmo fue que en ese mundo al revés de la isla del Malhado, fuimos nosotros, los civilizados, los que nos descalificamos a la categoría de verdaderos monstruos por causa de nuestro canibalismo! Ocurrió que un grupo de cinco náufragos de otra de las barcas que habíamos construido y botado en la bahía de los Caballos, se refugió en una choza en otra punta de la isla.
   Se fueron devorando entre sí hasta que después de varias lunas quedó uno solo, seguramente el más astuto. Los dakotas lo descubrieron en la atroz cabaña, solo, gordo, rodeado de huesos y con tiras de carne salada con sal de mar previsoramente colgadas del techo. Los dakotas se horrorizaron y comunicaron la nueva de semejante escándalo incluso a las tribus enemigas, como si estuvieran ante una explosión de peste o ante un peligro de tal magnitud que los obligaba a aunar fuerzas. Eso fue muy malo para todos nosotros. Con ese hecho perdíamos predicamento ante gentes que habían estado dispuestas a creer en la divinidad de todo barbado que llegase por mar desde el Este.
   No olvidaré el nombre de los caníbales sucesivamente devorados: López, Corral, Palacios y Gonzalo Ruiz. Esquivel después prepararía en tasajo a Sotomayor y, según confesó meses después llorando, había también devorado a dos frailes que habían dado por muertos en manos de los indios. Lo indignante de Esquivel sería tal vez que hasta había aumentado de peso. Recuerdo ahora, a la vuelta de tantos años y tantas cosas, su mirada resbaladiza, viscosa, intoxicado de tanta condición humana. Se instaló a vivir entre nosotros sin siquiera mucha culpa, como si más bien hubiera sido víctima de una mala jugada del destino. Trataba de pasar inadvertido.
   Creo que los indios se asombraron de que nuestra justicia no lo hubiese condenado a muerte. Habían visto cómo ajusticiábamos a hombres por desertar o por robar bastimentos y les escandalizó nuestra pasividad ante Esquivel.
   Supe que tiempo después, cuando ya nos habían separado en varios grupos, los indios lo mataron porque una mujer había tenido el sueño premonitorio en el que lo veía devorando golosamente a su niño. Lo entregaron a los feroces chacales.


TRATÉ DE EXPLICAR AL CACIQUE NUESTRA TEOLOGÍA. Traté de ser lo más discreto y displicente posible, tanteando sus reacciones. Porque nada despierta más los odios.
   ­¿Pero cuál es vuestro dios? Dices que creen en uno solo. . .
   Expliqué como pude, que es uno pero que es tres, con el Hijo y el Espíritu Santo. Un ser que es padre e hijo a la vez.
   Dulján se rió con benevolencia . Esto me desarmó, me hacía sentir como un delirante y desistí de mis propósitos de pedirle autorización para hablar de nuestra religión entre su gente. Sin embargo se interesó mucho en nuestra versión de los primeros hombres, los primeros padres, Adán y Eva. Hablé del pecado, de la expulsión (y clausura) del Paraíso Terrenal, de la condenación eterna de la especie humana, sólo redimible por el bautismo y la verdadera fe. Repetí muchas veces mis palabras pues no tenían equivalencia. El cacique escuchó más bien regocijado. Por la noche, junto al fuego, me llamó hacia donde estaba con algunos temibles chamanes y jefes guerreros y me dijo:
   ­Blanco venido del mar, cuéntanos esa historia de la mujer bella y del primer hombre. Lo de la víbora y la fruta roja...
   Traté de repetir lo narrado pero me resultó muy difícil ante las miradas hurañas. Algunos se rieron con el cacique. Yo no alcanzaba a transmitir la gravedad bíblica. Hicieron preguntas irreverentes. No les parecía necesario ni verosímil que Cristo hubiese tenido que nacer de mujer virgen 1Y me pareció que hasta desconocían ese término). Atur, el jefe guerrero, se enfurecía preguntando sobre el pecado original. Creo que no entendió ninguna de mis palabras. Lo tomaba más bien como un insulto a su dignidad. ¿Por qué el hombre debe tener un castigo que no tienen el águila ni el tigre, animales no menos crueles?
   El momento más crítico de esa larga y peligrosa noche fue cuando el gran brujo se levantó y gritó desde la horrorosa máscara de corteza pintada (nadie debe ver nunca su rostro, ni el cacique sabe quién es):
   ­¿Por qué el hombre tiene que ser hecho para señorear sobre las aves, y los peces y las bestias de la Tierra?
   Yo no encontraba debidas respuestas. Era evidente que mi imprudencia pastoral había ido demasiado lejos y yo estaba desarmado de las sutilezas teológicas de un jesuita o de un doctor de Salamanca. Por suerte, omití toda referencia al sacramento de la comunión. Después del incidente de Esquivel habría caído muy mal.
   Mi fe era algo claro y absoluto, indiscutible desde los días del primer catecismo. Había cometido un error al tratar de arriesgarla al duro y simple razonar de los bárbaros.


de "El largo atardecer del caminante" de Abel Posse. © Abel Posse,1992 ©Emecé Editores,1992