ALAN PAULS

 

El coloquio (fragmento)


El asalto a la casa de Dora D. llevado a cabo por Pablo Daniel F. debió producirse entre las últimas horas del día sábado y las primeras del domingo. Para disipar toda posibilidad de error, alrededor de la medianoche del día sábado, así al menos se aseguró. Minutos antes de la medianoche, según la Policía, minutos después de la medianoche, según el padre de Pablo Daniel F. Tal vez fuera Brod, uno de los agentes que participaron de la operación, el que propuso el término asalto para referirse a la acción emprendida por Pablo Daniel F. En cambio Werfel, encargado del patrullaje nocturno, prefirió al parecer aludir a la acción con la expresión tentativa criminal, mientras que el doctor Kalewska la denominó, por su parte, arrebato de insania. Invocando su vasta experiencia en la materia, Brod, el agente más viejo del grupo que procedió en el caso, insistió en designar el hecho como un asalto, y habría desistido de discutir el problema de la denominación del hecho con Werfel (por ser Werfel un subordinado) y aún más con el doctor Kalewska (por ser el doctor Kalewska por completo incompetente en asuntos policiales). Brod se habría hecho presente en el sitio del asalto poco después de que el asalto se hubiese consumado (según Brod), y demasiado tiempo después (según el padre de Pablo Daniel F. y según el cloctor Kalewska). En la zona del barrio Este donde estaba situada la casa de Dora D., la medianoche, sus minutos previos y sus minutos inmediatamente posteriores eran el momento de máxima desolación y peligro, y por lo tanto eran el momento de máxima posibilidad de éxito para cualquier intento de asalto criminal. Todos habrían confirmado esa impresión, pero sobre todo Werfel, encargado del patrullaje nocturno de la zona desde hacía cinco años. Si Brod tenía sobrada experiencia en asuntos de asaltos en general, Werfel era absolutamente experto en cuestiones de asaltos particulares cometidos en esa zona de ese barrio. Durante cinco años había recorrido la oscuridad de las calles y en el transcurso del tiempo había tropezado con toda clase de criminales y delincuentes y con todo tipo de intentos de violencia contra los habitantes de esa zona del barrio Este. Alrededor de este punto, absoluta coincidencia, aparentemente, entre las opiniones de Brod y las de Werfel. Todos los delincuentes aprovechan la hora de la medianoche, esa no hora o ese límite de toda hora, para llevar a cabo sus propósitos, habría dicho Brod. Según Werfel, a esa hora no hay testigos, el estado de amenaza y riesgo es permanente. Sin embargo Mossalini, un vecino de Dora D., había asegurado que poco antes de dar el asalto Pablo Daniel F. había estado merodeando la casa de Dora D. Según Mossalini, un hombre extremadamente parecido a Pablo Daniel F. había dado vueltas alrededor de la casa asaltada en vísperas de la medianoche. No sabía, dijo, si quince o veinte minutos antes de la medianoche. Esa hipótesis, Mossalini la habría sostenido aun contra la opinión de Werfel, quien evidentemente aseguró que durante su patrullaje nocturno no había visto nada extraño ni distinguido a persona alguna en las inmediaciones de la casa habitada por Dora D. Había pasado tres y hasta cuatro veces frente a la casa de Dora D. y nada le había llamado la atención. Sin embargo, las ventanas del segundo piso estaban iluminadas, aseguró Mossalini. Durante el patrullaje nocturno, las ventanas iluminadas de una casa no constituían señal de alarma alguna, dijo Werfel. Sin duda Pablo Daniel F. debía haberse demorado un buen rato merodeando la casa de Dora D., su ex esposa, según el padre de Pablo Daniel F. Habría examinado la casa desde afuera, del rnismo modo en que la había examinado tiempo atrás, cuando por todos los medios había intentado que su ex esposa lo admitiera nuevamente en casa, dijo el doctor Kalewska. Pero Brod no pareció darle la menor importancia a ese hecho : él era policía, habría dicho ante el doctor Kalewska, no tenía por qué mezclarse con esa clase de asuntos. Mossalini había dicho que probablemente Pablo Daniel F. habría merodeado la casa de su ex esposa para cerciorarse de que su tentativa de asalto no encontrara obstáculos en el camino. Brod habría dicho que Mossalini estaba allí en calidad de testigo, y no como autor de conjeturas que no admitían verificación alguna. Que el autor del asalto (otra manera de llamar a Pablo Daniel F.) hubiera merodeado la casa o no, ése era un detalle por colnpleto irrelevante para él, para un policía como él. Todos habrían acordaclo, sin embargo, que Pablo Daniel F. había postergado el momento del asalto hasta estar completamente seguro cle que el único habitante de la casa era Dora D. Según Mossalini, los hábitos y costumbres de Dora D. hacían pensar que nunca pasaba las medianoches acompañada. Había hablado dos o tres veces con Dora D., dijo Mossalini. Las dos o tres veces se había encontrado con una mujer entregada por entero a la soledad, habría afirmado. Durante esos fugaces encuentros, Dora D. Ie había impresionado como una mujer apartada del mundo, privada de amistades y casi de contactos con el exterior. Brod prácticamente no había oído hablar de la existencia de Dora D. Werfel, en cambio, sabía que Dora D. sólo salía de su encierro para asistir regularmente al Centro de Recuperación de Discapacitados ubicado en el sector norte del barrio Este, donde desempeñaba funciones. Funciones de reeducación de discapacitados, según Mossalini. A1 parecer, todos los pobladores de la zona del barrio Este en la que vivía Dora D. estaban al tanto de las actividades que cumplía en el Centro de Recuperación. Partía hacia el Centro de Recuperación por la mañana y volvía al atardecer, dijo Werfel. Mossalini habría asentido. Sólo cada tanto podía vérsela en la zona comercial, abasteciéndose de provisiones. No hablaba con nadie (según Mossalini). Hablaba muy poco (según Werfel). E1 resto del tiempo permanecía encerrada en la casa, a la que había hecho rodear de un cerco de acacias que le daba el aspecto de una fortificación impenetrable. Ella sola había plantado las acacias, dijo Werfel. De acuerdo con Mossalini, en más de una ocasión él se había ofrecido a ayudarla y en más de una ocasión ella había rechazado cortésmente el ofrecimiento. E1 doctor Kalewska habría deducido que el cerco de acacias obedecia al temor experimentado por Dora D. de que su ex esposo reanudara alguna vez sus asedios a la casa. Brod desestimó terminantemente esa hipótesis por considerarla fuera de lugar. Nada se podía saber, dijo, acerca del propósito perseguido por Dora D. al plantar el cerco de acacias: para conocer ese propósito había que colocarse en su lugar. ¿En mi lugar?, dijo el doctor Kalewska. En el lugar de Dora D., tal la respuesta de Brod. Los comentarios del doctor Kalewska irritaban en sumo grado a Brod, y los de Brod no irritaban menos al doctor Kalewska. Brod se limitaba a hablar de crimenes, el doctor Kalewska hacía referencia a perturbaciones nerviosas. E1 doctor Kalewska era un temperamento hipotético (en opinión de Brod), el pragmatismo policíaco de Brod resultaba nauseabundo (según el doctor Kalewska). De Dora D. nadie hubiera podido decir mucho, habría asegurado Mossalini. Ni siquiera él, dijo, hubiera podido afirmar nada. Durante sus esporádicos encuentros, le había parecido que Dora D. en verdad buscaba tomar distancia respecto del mundo. E1 mundo, para ella, debía ser algo hostil, habría aventurado Mossalini. Sus contactos con los demás habitantes de ese sector del barrio Este tenían lugar cuando salía a comprar provisiones. Compraba alimentos en cantidades exorbitantes, de ese modo podía permanecer semanas enteras sin salir de su casa; Werfel dijo que según comentarios de un vecino (no era Mossalini, eso era seguro), Dora D. ni siquiera hablaba al hacer sus compras. Al parecer, se limitaba a detenerse frente a un puesto de alimentos y a señalar los productos que deseaba comprar. Llenaba cajas y cajas de provisiones que señalaba con un dedo. Pocas veces se la oyó cambiar una palabra en el momento de pagar (Werfel). Nunca hablaba en el momento de pagar (Mossalini). Nadie pasaba inadvertido en un barrio como el barrio Este, había dicho Brod. En el barrio Este tarde o temprano todo salía a la luz, la maledicencia y el chismorreo estaban a la orden del día y ningún habitante de la zona, por secretas que fueran sus condiciones de existencia, podía escapar del asedio. Mossalini habría preguntado si el término asedio no era en verdad un poco excesivo para referirse a las murmuraciones que caracterizaban, en opinión de Brod, a los pobladores de ese sector del barrio Este. Asedio es la palabra correcta, dijo Brod. Todos los habitantes asedian a todos los habitantes, los vecinos a los vecinos, los parientes se asedian entre sí, unos a otros, como fieras hambrientas. Bajo ningún concepto un tipo como Brod hubiera podido vivir en un sitio como el barrio Este, y mucho menos en ese sector del barrio Este. Con todo, la existencia de las murmuraciones constantes favorecía considerablemente el eficaz desempeño de las fuerzas policiales, habría admitido Brod. Conocemos todos los adulterios gracias a las murmuraciones (Brod). Gracias a los chismosos ninguna violación escapa a nuestros oídos (Werfel). Mossalini habría declarado que solo gracias al tráfico permanente de información el sector del barrio Este en el que él vivía podía garantizarse ciertas condiciones de seguridad mínimas. La expresión tráfico de inforrnacíón resultó atinada para Brod. Sin embargo, las murmuraciones no impedían en nada el normal desenvolvimiento de criminales y delincuentes, según Werfel. Werfel tendía a considerar que el incremento de chismes y delaciones era proporcional al incremento de asaltos, asesinatos y delitos de todo orden que afectaba a ese sector del barrio Este. Ese sector especialmente, habrían sido las palabras de Werfel. La delación informa a la policía y forma a los criminales, ironizó Werfel. Todos aprobaron el hallazgo del patrullador y asintieron en silencio. Brod permaneció serio y Mossalini habría desviado la mirada. Sin embargo, a Werfel no dejaba de sorprenderlo que al asalto de Pablo Daniel F. no lo hubiesen acompañado las señales típicas de todo asalto. Werfel dijo que las señales del asalto eran a menudo las que impedían la consumación misma del asalto. E1 asalto se tiende su propia trampa, habría bromeado Mossalini. Los chistes de Mossalini pasaban por completo inadvertidos para los demás. ¿Cuáles eran las señales que Werfel hubiera esperado advertir? Movimientos extraños en el barrio, caras infrecuentes, encuentros furtivos en la oscuridad del barrio, toda clase de sigilos y escaramuzas. En verdad, resultaba anómalo que Pablo Daniel F. hubiese emprendido su plan de asalto sin compañía, había dicho Brod. En zonas como ésas, los asaltos nunca eran de naturaleza individual (Werfel). Todo asalto, sobre todo en el barrio Este, es de índole eminentemente grupal (Mossalini). Los asaltos comenzaban por lo general con la destrucción parcial o total de la puerta de entrada de la casa, según Werfel. Por sorpresa se invadía así la vivienda elegida para el asalto, según Brod. Mossalini habría confirmado que la sorpresa era un elemento fundamental en el tipo de asalto practicado en aquel sector del barrio Este. Apenas sorteado el primer obstáculo, la puerta de entrada, los asaltantes se dispersaban por la casa, de acuerdo con Mossalini. Uno en la puerta para vigilar, otro revisaba toda la casa, todos los cajones y todos los arrnarios en busca de dinero o de objetos de valor, un tercero inmovilizaba a los habitantes de la casa, a partir de allí denominados las víctimas. Guay de que el segundo asaltante no encontrara dinero ni objeto de valor alguno, habría exclamado Werfel. No encontrar botín alguno significaba automáticamente el desencadenamiento de la violencia, en opinión de Werfel. Todas las noches, y sobre todo todos los amaneceres, dijo Brod, nuestras comisarías reciben decenas y hasta centenares de personas lesionadas por grupos asaltantes que no dieron con el botín (en dinero o bien en objetos de valor: joyas, piedras preciosas, obras de arte y todo eso, acotó Mossalini). El ensañamiento con las víctimas es, en esos casos, terrible (Werfel). Y Brod: la ausencia de todo botín enfurece a los asaltantes de un modo inconcebible. Intentan sustituir lo que no han encontrado por el tormento que aplican a sus víctimas: eso fue lo que debió decir el doctor Kalewska. Brod ni le prestó atención, pero hizo una mueca de disgusto. E1 doctor Kalewska dijo que desde su punto de vista había mucho para decir acerca del comportamiento de estos grupos de asaltantes. ¿Desde su punto de vista?, habría preguntado Brod. Desde el punto de vista del estudio de los desarreglos nerviosos, debió decir el doctor Kalewska. ¡Criminales, no desarreglados nerviosos!, gritó encolerizado Brod, dirigiendo una mirada fulminante hacia el doctor Kalewska. Ni los niños ni las mujeres ni los ancianos estaban exentos de las vejaciones de estos asaltantes decepcionados (Brod). La clemencia es un sentimiento inexistente en estos delincuentes (Werfel). Los niños, golpeados con cachiporras o quemados con brasa de cigarrillo. Los ancianos, maltratados con palos o tajeados con tijeras. Las mujeres, violadas una y otra vez y en formas diversas por los asaltantes, y a veces incluso violadas por dos asaltantes simultáneamente. ¿Y los hombres qué?, habría preguntado el doctor Kalewska. Los hombres son literalmente eliminados, dijo Werfel. Se dispara contra los hombres (Brod). Se los acuchilla sin piedad (Mossalini). Se les prende fuego como a una pila de leños resecos (el doctor Kalewska). Nadie, ni Brod ni Werfel ni Mossalini, habían oído nunca hablar de esa última alternativa de tormento. A ninguno de los tres se le hubiera ocurrido nunca imaginar la posibilidad enunciada por el doctor Kalewska. Sin siquiera ponerse de acuerdo entre sí, los tres consideraron la tercera variante como el producto del llamado temperamento hipotético del doctor Kalewska. Pocos hombres lograban sobrevivir a estos ataques, dijo Brod. Sólo en aquellos casos en que los asaltantes encontraban un botín satisfactorio podía una familia de esa zona del barrio Este salir indemne del ataque. Pero esos casos eran escasos, bromeó Werfel. Brod lanzó una carcajada y luego se puso repentinamente serio. Alarmados por la frecuencia con que los asaltos se sucedían en el barrio, especialmente de noche, los pobladores o candidatos a asaltados tendían a borrar de sus casas todo rastro de riqueza. Para Brod, de ese modo los pobladores sólo se aseguraban una tumba en tiempo más o menos cercano. Era la pobreza, y no la riqueza, lo que atraía las iras de los asaltantes, habría afirmado Mossalini. Fingir un estado de desposesión extrema era, según Brod, el camino más corto hacia la muerte. Nada peor para un asaltante, dijo Werfel, que irrumpir en una casa con las paredes peladas, con muebles baratos y gente vestida como campesinos, ¡nada más irritante para un asaltante!, subrayó con entusiasmo. Sin embargo, con Pablo Daniel F. nada de todo eso había ocurrido. Bueno, había habido destrucción de la puerta de entrada, habría dicho Werfel. La intención de asaltar de Pablo Daniel F. habría sido evidente, aun cuando el asalto mismo no hubiera respetado al pie de la letra el estilo de los asaltos habituales en el barrio. Destrucción de puerta de entrada, irrupción violenta en domicilio ajeno, tentativa de asesinato (según el doctor Kalewska) eran los rasgos que caracterizaban a todo asalto y que el asalto de Pablo Daniel F. observaba rigurosamente. Se olvida usted del asalto, debió decir Werfel. ¡Claro! ¿Dónde ha visto usted un asalto que no incluya un asalto?, habría dicho Brod. Se asalta para robar, dijo Mossalini, si no hay nada para robar se mata lo que hay para matar. En Pablo Daniel F. el motivo del robo estaba por completo ausente. . . .

[...]

 

Fragmento del libro "El coloquio", de Alan Pauls ©1990 Alan Pauls. ©1990, Emecé Editores, S.A.

 

 

 
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