Gustavo Nielsen
 

La flor azteca

 

PRIMERA PARTE


Once Años

 

Soy un chico que tiene las manos chicas.
Los objetos de magia parecen hechos a otras escalas, para manos adultas. Se me resbalan los globos, se me caen los naipes cuando intento empalmar, las pelotas de ping pong giran sin multiplicarse entre las lombrices de mis dedos y acaban rebotando en el piso.
También tengo, cuando salgo a escena, el corazón golpeante como un juguete de la fiebre.

La mirada de la gente es igual a la de los reflectores, sólo que ellos están al acecho. Tratan de adivinar el truco. Por eso me deslumbra la magia. Envidio la idea de no saber cómo se hace, de estar de aquel lado suponiendo que existe una trampa que no descubriré. "Nada por aquí, nada por allá"; y yo sabiendo que no es cierto; intuyéndolo.
La reunión sucede en el garaje de casa, ante la mirada de la gente del barrio. Tengo once años y vivo con mi abuela. Aprieto la varita con fuerza. La abuela reposa sentada en medio de todos, en su sillón hamaca. Tiene un cable con el interruptor de la luz sobre su falda. Los chicos están sentados en el suelo, adelante. Más atrás hay algunos vecinos de la cuadra, de mi edad, jugando a empujarse. Ultima, en un rincón, María Marta, que cumplió quince la semana pasada y me sacó a bailar en su fiesta. La varita es un palo de escoba pintado de negro y forrado en las puntas con papel metalizado. De mi mano izquierda cuelga la silueta de un pescado, recortada de una hoja de papel de los clasificados del diario La Nación. Sostengo el pescado desde la cola. Digo, impostando la voz (una voz especial para María Marta, que se apoya tan lindo contra la pared de mi garaje; para su hombro, para su brazo, para su cadera reclinada):
Damas y caballeros, quisiera contaros la historia de un pescador...
La abuela atenúa la luz.
...que extrajo de las aguas un pez de este tamaño. ¿Habéis visto alguna vez un pez tan grande?
La silueta representa un pez mediano, del largo máximo que permite la diagonal del matutino de páginas enormes. En realidad yo había visto pescados mayores en la pescadería, o por lo menos de ese tamaño, pero la novedad era modular la voz para que pareciera el pescado más grande del mundo. Los chicos dicen: "Sííííí", a los gritos. Están inquietos y se mueven en la semipenumbra como animales ciegos debajo de una manta.
-"Para mí que no era tan grande", le dije al pescador, y éste se arrepintió. "Hombre, me contestó, tienes razón. A fuer de ser sincero, creo que no era tan grande".
Doblo el pescado por la mitad, dejo la varita sobre el atril y agarro una tijera. Me preparo para achicarlo, cortándole un pedazo, y María Marta le pregunta al aire, desde atrás, soltando la pregunta como un dardo:
¿Por qué habla en gallego, este nene?
Está de pie; la voz llega clara. La abuela y algunos varones dan vuelta la cabeza. Dejo caer el pedazo de papel al piso, vuelvo a tomar el pescado solamente por la cola y lo suelto. La silueta se despliega, manteniendo su forma.
Todavía con extrañezadigo, envalentonado por el buen desempeño del truco, advertí a mi pescador de marras con estas palabras: "Gallardo caballero, es que aún me parece muy grande".
Qué pavada...
Ella vuelve a intentar interrumpir, sin derecho. El libro de magia es importado de España. ¿Para soportar esto me aprendí de memoria todos los diálogos, cada chiste, cada postura que indicaban los tomos de la Jackson? Horas y horas.
La miro mal, con ojos peleadores. ¿Qué está buscando esa malcriada, la hija del carpintero? Bastante con que los había invitado, a ella y a su hermano, que tiene casi mi edad pero no sabe ni bailar. María Marta sube los hombros, como si no le importara. Yo vuelvo a doblar el pescado, corto otro pedazo y lo despliego. Otra vez aparece entero, pero más chico. Toda la tarde me había pasado engomando la superficie trasera del papel con cola blanca en barra, para que se viera siempre entero. Mientras lo estuve practicando, logré el efecto casi todas las veces.
"¿Cómo lo veis?", osó preguntarme el pescador. "Mal, salao. Que no seré víctima de vuestro engañejo. El pez era más chico."
Lo doblo para hacer el último corte y María Marta grita: "BUUUU". Hasta los nenes vuelven la cabeza. La abuela sube un poco la luz.
¿Qué pasa?le digo.
Que hables en argentino, salamíngrita.
El coro de los nenes repite: "salamín, salamín". Miro a la abuela y siento que hasta ella lo está pensando, porque abre muy grande la boca, para evitar una carcajada. Le digo que, por favor, baje otra vez la luz. Aprieto los pedazos de papel, la cabeza y la cola del pescado una sobre la otra bien fuerte, para que se peguen contra un paquetito doblado que, desde antes de la función, está oculto detrás de la cabeza. Este paquete es un plegado que simula las vértebras y las espinas del animal. La gracia del truco es acortar el cuerpo hasta que no quede casi nada, y al final hacerle decir al pescador, firme en su tozudez: "Yo lo cené, y sé positivamente que era de este tamaño, aunque no lo creáis".
Y entonces soltar el esqueleto, como una guirnalda, hasta el suelo. Las espinas pegadas a la cola y a la cabeza hubieran dado una impresión extraordinaria, sobre todo entre los chicos. Y el discurso era especial para la abuela, que era española y le gustaría más ese lenguaje que el que usábamos nosotros en la calle. Aunque sonara extraño en la boca de un porteñito de barrio. Porque era el idioma de verdad, el de los libros v en particular el del Aprendiz de Mago, tomo I de la Biblioteca de Juegos e llusionismo de Barcelona; un idioma digno de vocalizar ante una audiencia. Esto era el espectáculo, aunque a María Marta le pareciera una bobada digna de un "salamín".
Suelto el pescado mirando hacia el rincón opuesto a sus ojos. Deseo escaparme de los faros de todos los que me alumbran ridiculizándome, sometiéndome a esa humillación, a esa pequeña pero enorme humillación del esqueleto que no se pega a la cola, que se traba a mitad del doblez y se rompe, que me deja con la aleta en la mano y un mínimo de espinazo colgante, indefenso. La cabeza cae al piso con el resto del paquete.
Ellos aplauden igual. Como si no les importara más que pasar el rato. La abuela se ríe, frotándose la panza. Parece una adivina con su bola de vidrio, en el balanceo continuo de la mecedora.
Vayanséles grito, enojadísimo. Todos se callan.
Vuelvo a gritarles. El calor se me inyecta a través de los ojos, hacia el cerebro mismo. Estoy violento como sólo un mago de once años puede estarlo.
Entre dos vecinos levantan a la abuela, que sigue tentada, sin poder parar de reírse. Uno a uno van desalojando el garaje. Al final quedamos María Marta, su hermano y yo. Ella se acerca hasta que nos separa solamente la distancia de dos baldosas.
Andatele digo, y me llevo las manos a la cara, tapándome.
No hay que llorar. Su voz es una caricia suave.
¿Qué le importaba cómo decía las cosas? Lo fundamental era lo que se estaba haciendo, la magia misma. Convertir un pescado en un esqueleto de pescado "para compartir un rato agradable en las propias barbas de los espectadores".
Andaterepito, pero se acerca una baldosa más. Apoya una mano en el medio de mis piernas, sobre el pantalón de frisa que uso para ir al colegio. Carlitos se queda atrás; tiene puesta la galera de cartulina negra y espadea al aire con el palo de escoba.
¿Qué hacés?le digo.
Siento la tibieza que nace de ese movimiento primero, de ese casi amasado que ella logra. La siento crecer adentro de su mano y me abrazo a su cuerpo para retenerla, para capturar este calor que en algún momento va a desaparecer, como todas las cosas. Es lindo; es suave. Descanso mi cara sobre los bultitos de su remera y me imagino la misma música que en su cumpleaños. Un vals. Su otra mano sobre mi espalda; su perfume; su pelo. Su segundo de duda; su paso hacia atrás que hace renacer en el piso una baldosa, dos. La voz de ella que vuelve a hablarme con dulzura, como si se disculpara por dejar de bailar.
Viste que yo tarnbién sé algunos trucosdice.
Sonríe como una chica grande.
Lo que a vos te falta es una parteneragrega, igual a la de los magos de la tele. La flor azteca de la que habla mi viejo.
Su hermano golpea la varita sobre el atril que yo mismo construí con maderas de cajas de dulce de batata, siguiendo un plano de la revista Lúpin. De un manotazo le arranco la galera.
Mujeres no.
Ella levanta los hombros, tironea a Carlitos de un brazo y salen sin hacer ruido. Me quedo solo otra vez con mis trucos tirados, las sillas revueltas. El calzoncillo humedecido.

 

de "La flor azteca", publicado por Planeta.
©1997 Editorial Planeta Argentina. ©1997 Grupo Editorial Planeta. ©1997 Gustavo Nielsen.

 

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