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CLARIN, 16 de abril de 2000

 

ENTREVISTA CON JUAN MARTINI

ANA LAURA PEREZ
El escritor imperfecto

Irónico, el narrador rosarino habla de su novela "El autor intelectual", editada por Norma, y dispara contra quienes, sedientos de experimentación, se olvidaron de los lectores y de contar historias.

El día otoñea en el Botánico, barrio que el escritor Juan Martini comparte imaginariamente con su colega Mario Barberi, protagonista de su última novela, El autor intelectual.

Mientras Martini afina el lápiz para recrear espacios reconocibles por lectores esquivos a la narrativa local, su personaje sale a la búsqueda de Lola, una adolescente pizpireta que desapareció después de hacerle un reportaje en una FM trucha. Barberi, que se acomoda a una incómoda separación y se acostumbra al nuevo departamento de divorciado, posterga su crisis de cincuentón para encontrar a la piba cuyos rastros se pierden en una Buenos Aires que no para de cambiar de aspecto y costumbres.

Martini desembocó en su décima novela (precedida de La vida entera y El fantasma imperfecto entre otras) después de tropezar con un libro que se negaba a ser escrito y un cuento -"El Ejército Rojo"- que daba para más. Este rosarino de 56 años, autor también de cuatro volúmenes de relatos, que acredita los oficios de librero, periodista y editor literario, rescata su derecho de lector para sugerir que la crisis de publicación y venta de narrativa nacional fue provocada, en parte, por los "autores intelectuales" que privilegiaron la experimentación por sobre las historias a contar.

-Tanto El autor intelectual como su anterior novela, La máquina de escribir, están protagonizadas por escritores. ¿Qué encuentra de atractivo en ellos?
-Es verdad. En mis últimas dos novelas los personajes principales son escritores. Y en ésta, muy deliberadamente. ¿Por qué? Porque la misma novela busca una cosa narrativa muy clara. A diferencia de, por ejemplo, La máquina de escribir, ésta pretende ser no una novela absolutamente lineal y transparente pero sí muy fácil de seguir... Y la idea de un escritor tiene que ver con el deseo de dar al lector referencias que le resulten familiares. O sea, que la acción, sus causas y la ciudad donde todo transcurre no le sean ajenas.

-¿Por eso hay tantas referencias a lugares, bares, negocios y marcas?
-Es un hecho de la vida cotidiana ver cómo la ciudad de Buenos Aires, en los últimos diez años, ha cambiado. La novela, entre algunos de sus temas, cuenta eso: su propia transformación en una ciudad que necesita la globalización. Por otra parte, la elección del escenario tiene que ver con que Buenos Aires está llena de escritores.

-Paradójicamente, el protagonista de El autor intelectual es menos "intelectual" que sus antecesores de La máquina de escribir.
-Mario Barberi, el protagonista, no es un escritor que tenga una actitud intelectual ante lo que está pasando como sí la tienen los escritores de La máquina de escribir, que expresan una conciencia o una ambición mayor respecto de lo que hacen. Barberi es un tipo que ni siquiera puede escribir. Se está separando de su mujer, tiene una nenita relativamente chica, está involucrado en la desaparición de una piba. Ni siquiera puede empezar una novela. Me parecía que yo podía narrar eso con el respaldo de la experiencia.

-¿Cuánto de Juan Martini hay en Mario Barberi?
-La novela no tiene nada de autobiográfico. Pero sí sé lo que es el trabajo de un escritor; sí sé lo que es una mudanza, lo que es tener 50 años, separarse y tener una hija. En ese sentido, pretendí que la experiencia de ese tipo, con esa crisis de la mediana edad, tuviera puntos de referencia más o menos en común con tanta gente que hoy, en esta ciudad y este mundo, se separa, trata de armar otra vida, cambia de trabajo, etcétera.

-¿Coincide con el personaje cuando dice que la ciudad está llena de escritores que hicieron una muy buena novela y después se olvidaron de cómo escribirlas?
-Es una frase exagerada de un personaje, pero creo que, de todas maneras, Buenos Aires es una ciudad donde hay muchos escritores. Lo que no quiere decir que sobren, ¿eh? Así como hay muchos psicoanalistas y arquitectos, suele haber escritores con un solo libro interesante, significativo, que ocupó un lugar importante en la literatura de un momento y luego no se continuó en una obra extensa.

-Juan Rulfo, por ejemplo, escribió pocos libros...
-Y es excelente... pero me acuerdo, por ejemplo, de Miguel Briante, que para mí fue un gran escritor que, hasta su muerte a los 50 y pico de años, escribió nada más que un libro y medio. También Germán García, para mí, es un escritor de un solo libro, por la significación que tuvo Nanina en el cuerpo de la narrativa argentina.

-A Osvaldo Soriano, que aparece como personaje en la novela, ¿lo considera también un escritor con poca obra?
-Fui amigo de Soriano y tengo una gran consideración por algunas de sus novelas. Pero, más allá de esto, elijo a Osvaldo porque es un escritor no canónico que tiene muy poco reconocimiento como escritor intelectual. No hubiera sido lo mismo que el personaje se encontrara con Juan José Saer en cada uno de sus viajes a la Argentina. También soy amigo de Juan, y tengo un respeto enorme por su obra, pero eso hubiera sido una elección intelectual. La de Soriano es una elección que busca poner ese tono de cosa menos consagrada. El personaje que narra la novela es un escritor de cierto reconocimiento pero no es un consagrado y sus amigos son escritores que tampoco ocupan, en el campo intelectual, lugares tan gravitantes.

-¿Por qué es tan irónico respecto de la actitud intelectual?
-Porque me parece que tenemos que empezar a pensar si no nos hemos creído demasiado inteligentes, demasiado geniales y que escribimos novelas tan maravillosas. Y me incluyo. Todos los escritores, por lo menos los de mi generación, tenemos que preguntarnos si no nos hemos creído un poquito más de lo que nuestras obras son. Porque, finalmente, lo que un escritor cree que es tiene una importancia casi privada, pero lo que queda es la obra. Y me parece que muchas obras no están a la altura de la importancia pública que adquieren ciertos escritores. Estoy casi seguro de que la historia de la literatura argentina del siglo XX se va a reescribir muchas veces y no será la que hoy estamos aceptando como historia oficial.

-¿Y qué dirá esa historia oficial?
-Que hay escritores que han ocupado lugares desmedidos mientras otros han quedado en el más terrible de los olvidos.

-¿Cómo quién, por ejemplo?
-Creo que Macedonio Fernández ocupa un lugar demasiado relevante entre los escritores argentinos del siglo XX y Silvina Ocampo o Elvira Ortiz son casi desconocidas. Hoy encuentro que Silvina Ocampo es una escritora de una estatura admirable, mientras que la obra de Macedonio es una obra de vanguardia: muy significativa para entender ciertas torsiones y rupturas. Pero pretender que eso es la literatura argentina del siglo XX me parece un malentendido del que todos formamos parte. Para ser más claro: como operación intelectual, como corte de la vanguardia en el cuerpo de la literatura argentina, la figura de Macedonio es insoslayable. Ahora, cuando hablamos de leer, yo creo que la obra de Ocampo está en un lugar injustamente olvidado respecto de la obra de otros escritores canonizados.

-Usted afirmó hace poco que el abuso de la experimentación en la literatura argentina provocó el alejamiento masivo de los lectores. ¿Sigue creyéndolo?
-Sí. Hemos desembocado en una encrucijada donde no se sabe qué novela escribir para que un editor la acepte y tres mil personas la lean. Los escritores nos quejamos mucho de que nuestros libros no se venden, de que los editores no publican novelas argentinas y yo -que, a pesar de haber sido editor, no voy a defender ni a la figura del editor ni a las corporaciones- digo que, en general, las empresas editoriales no son tontas y si un escritor vende, lo van a publicar.

-¿No es un análisis exclusivamente mercantilista del problema?
-Esto es una simplificación, pero hay que empezar a pensar que el escritor y su texto forman parte del problema. ¿No estaremos escribiendo novelas en las que el público no encuentra referentes claros y en consecuencia se desanima y deja de leerlas? La literatura argentina, que ha producido novelas maravillosas, dificilísimas de leer, ha contribuido a que el lector se aleje de las novelas. Y por otro lado, ha habido un abuso de la experimentación y la parodia en la novela argentina. Los libros que escribimos tienen pocos lectores por su naturaleza. El público está fatigado de leer novelas que no entiende.

-¿Las constantes referencias periodísticas que aparecen en El autor intelectual buscan reforzar ese marco común de realidades con el lector?
-La manera más exagerada de decirlo es que la realidad es la que los medios describen. Pero más allá de este primer consumo, de la versión periodística y de la no periodística y de los rumores a que dan lugar, hay una segunda intención en la novela que es marcar todo el tiempo las apariencias de las apariencias.

-¿El grupo de amigos que rodea al protagonista ayuda a poner, en un mundo de apariencias, las cosas en su lugar? -Claro. Por un lado, ese grupo está porque necesitaba una zona del libro donde se hablase de los temas más importantes y más tontos de este tiempo, y eso es típico de los asados con los amigos. Quería también, hacer un apunte de época sobre esta sociedad de entornos despersonalizados por Internet, TV satelital, delivery y demás. Estos amigos, llenos de ironía y afecto, se encargan de lo contrario: personalizan todo el tiempo ese mundo. Yo viví unos cuantos años muy encerrado en mi casa hasta que un buen día, casi de casualidad, a través de una amiga escritora desemboqué en una escena de amigos como hacía muchísimo tiempo que no tenía. Ese grupo -que de alguna manera reflejan estos personajes- es una de las cosas más lindas que me ha pasado en los últimos tiempos. En esa zona, que parece un poco frívola, yo me siento muy feliz.


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