JUAN MARTINI

 

    La Inmortalidad

 

    Hay un episodio casi desconocido en la vida de Eva Duarte, una pelea, una separación, un alejamiento, en 1951, que dura no menos de dos semanas, es curioso que a los biógrafos se les pase por alto {sin hablar de los historiadores, en este país, a quienes todo se les pasa par alto}, el hecho está ahí, más o menos a la vista, podría decirse, ella no lo menciona, desde luego, en sus memories, pero tampoco lo niega, no le da el estatuto de un secreto, no le pide ni le exige silencio a nadie, sin embargo el silencio rodeó a este episodio como en custodia expresa de aquello que vulnera, ¿o es que otro, no Eva Duarte, construye el silencio, la cadena de encubrimientos, la obvia prohibición? El caso es que Eva Duarte, en 1951, se pelea con Perón, lo deja, y está decidida a dejarlo para siempre, a cualquier precio, herida, dislocada por el rencor no le importa, se cree, abandonarlo todo, perderlo todo, hacer de su vida otra vez una sombra, sumirse nuevamente en la penumbra de los pasillos de las radios y de los teatros de mala muerte, no le importa darse por vencida, rendirse, renunciar a su causa, a la razón de su vida, las cosas son así, hay una frontera para cada sueño y Eva Duarte encuentra la que le pertenece, la que le va como anillo al dedo, la que le calza como un guante, es la frontera del dolor, los celos, el límite que dibuja como un patíbulo, una horca, un salto al vacío: el engaño, la arbitrariedad machista, la infidelidad, es el narcisismo herido, se dice después, o la bronca, o un chantage, ésta es la teoría de los pretorianos Raúl Mendé, Miguel Miranda, Raúl Apold, Borlenghi, Alberto Teissaire, Armando Méndez San Martín, el caballo Aloé, ¿qué se puede esperar de esos parásitos?, le pregunta uno de estos días, lejos, en El Tropezón {mientras se prueba}, Eva Duarte a su modisto Luis Agostino, ¿Para qué -se preguntan, por su parte, los pretorianos- se sigue haciendo ropa si está dispuesta a renunciar? Es, desde luego, una pregunta sin respuesta, quizás un reflejo, una compulsión, un acto irreflexivo, no tiene importancia, ninguna importancia, vamos a ver, 40 años después de la muerte de Eva Duarte, ¿qué cosas, por triviales o escabrosas que sean, tienen importancia? El escritor encoge los hombros, mira la copa de las tipas, las flores amarillas, dos o tres nubecitas que van de árbol en árbol, que desaparecen, en seguida, tras el follaje de un monte de pinos, hacia el norte, el sol no cae pero se oculta, los árboles lo cubren, la brisa sopla siempre desde el este, mañana, tal vez, hará menos calor que hoy, el aire es seco, tibia, la brisa cruza el aire con un ligerísimo frescor, mueve las ramas de las tipas, de los ceibos, de las falsas acacias, algunas florecitas caen, el escritor camina sobre el tapiz de flores amarillas, se oye, ahora, que se lo ve por allá con alguna frecuencia, en estos días, que es un hombre marcado por una forma de la felicidad que no tiene definición, nombre, clase, se mueve, aquella figura, como una figura que no encaja en la escena pero que le da, a la escena, su motivo, las manes en los bolsillos del pantalón, el saco con dos botones abrochados, la camisa blanca, arrugada, las puntas del cuello hacen curvas como tiernos colmillitos de marfil, la corbata negra flota en el aire seco, tibia, se sostiene en el paso gentil de esa brisa tan ligera que viene del este, que trae, desde el mar, el mensaje de la sal, del cielo eterno, de las distancias oceánicas, el recuerdo de la furia del mar, y, de más allá, la idea inasible pero real de que hay otros mundos, otras escenas, otras figuras, orillas, playas, acantilados lejanos desde donde podría imaginarse el mar como la frontera más allá de la cual existe otro mundo, otra escena, etcétera, se lo ve, se recuerda, ahora, cuando pasan algunos años, con cierta frecuencia, al escritor, par allá, la casa de té de las hermanas alemanas, se cree {hormiguea el rumor en la parroquia como la inmediatez del pecado} que el tipo, con cierta frecuencia, en aquellos días, se refugia allá, se encuentra, con puntualidad y decoro, en las horas más solitaries de la casa de té de las hermanas alemanas, con Ute Wolf, beben té, pellizcan alguna torta, miran el río que corre frente a la casa, se miran a los ojos, Ute, a menudo, se pasa una mano par el pelo, una melena corta y rubia que le flota alrededor de la cara y que hace menos visible el rastro de los años porque una melena de pelo oscuro, corto y rubio le da, a Ute, esa constancia en la juventud {pierde peso, en los últimos meses, y la piel cobriza hace pensar en alguna mezcla, en una rara, por ejemplo, descendiente de noruegos}, no importa que haya cumplido ya 41 años, no importa que en las uñas lleve incrustadas las huellas de su juventud perdida en las fábricas de cerveza de Salzburgo, no importa que su marido, un alemán llamado Strauss a quien conoce aquí hacia 1972, le haya hecho la vida imposible, no importa que ella le tema a Strauss, como se teme al mal, no importa que se encuentre a punto de abandoner a Strauss, a su hija, su hogar, todo lo que tiene, o lo único que tiene, no importa qué hará de su vida desde entonces, ella no piensa en reconstruir su vida junto a este tipo huraño, inabordable, enigmático, no importa, Ute Wolf ama a este tipo, lo ama por encima de todas las cosas, daría la vida por él, sabe, porque lo sabe, en cualquier caso, que él no la ama, que ella es, para él, tal cual se dice, un sostén, una amigo, otra mujer, nadie podría reemplazarla, desde luego, pero el amor de ese hombre no es para alla, le tocan en cambio el cariño sin medida, el respeto, la consideración, el potente halago de sentirse nuevamente una mujer: eso se lo debe a él, aun cuando él no la ame {ella no puede jurar que él no la ama, pero tampoco puede jurar lo contrario}, no tiene ninguna importancia, nadie ha dicho que las cosas deben ser así pero son así: las cosas son así. En el aire que la brisa atraviesa como su propio aliento, en ese mismo aire que es, podría decirse, la materia misma de la memoria, la forma incandescente donde la luz revela innumerables, minúsculas galaxias que se expanden en la tarde como el símil menos visible pero exacto del universo, surge de pronto una voz, el canto de una voz, el piano que acompaña en su transcurso a la voz, desde sus antiguos discos Christa Strauss canto lieder de Schubert, a veces el piano calla, espera, se retira, o suena en notas casi aisladas, en el fondo del lied, de la voz de Christa Strauss grabada en New York en 1949, los lieder de Schubert son los preferidos de Picasso, es un lugar común, podría pensarse, más o menus como decir que la música predilecta de Picasso {o de Eiffel, se trata de un ejemplo} es el barroco, Haendel, Quantz, Pachelbel, Albinoni, Bach, esa especie de dulce de leche de la música llamada clásica, apta para todos los públicos, ahora bien, ¿por qué a Picasso, si así fuese, tendría que gustarle otra cosa, no el barroco?: los críticos de música se lamentan siempre de lo poco que saben de música los pintores, los ahora llamados artistas plásticos, es, más o menos, como si los críticos de arte le reprocharan a los músicos lo poco que saben de pintura, se está hablando, en uno y en otro caso, del conocimiento, siempre más amplio (ellos creen), de los críticos, sin embargo lo cierto, en esta ocasión, es que {se lo considere como se lo considere} Schubert es el músico cuyos lieder Picasso prefiere, y del repertorio entero de Christa Strauss, que ahora Picasso (después del Metropolitan de New York, de la Ópera de París, del Liceo de Barcelona) conoce de memoria, es donde él siente que la voz de la mujer que ama con vehemencia en estos días alcanza sus mejores momentos, toda su prodigiosa modulación y entrega: Pablo Picasso bordea, en estos días, si la memoria no nos falla, Los 70 años, vive en París, en Cap d'Antibes, en los hoteles de New York, de Roma, que más le gustan, va y viene sin cesar, trabaja sin cesar, pinta sin descanso, termina, en estos días, otra serie de grabados con motivos taurinos, esculturas, cerámicas a las que los críticos por ahora no le prestan casi ninguna atención, bocetos de una "indispensable corrección" {le escribe a Christa Strauss en el otoño de 1949} a la Sagrada Familia de Gaudí que se le pierden en un viaje entre Milán y San Petersburgo y que nunca rehace, comienza los apuntes críticos de Las mujeres de Argelia de Delacroix, y se entera por Le Figaro que Christa Strauss da un conjunto de tres recitales, la semana siguiente, en Venecia, de modo que llena como puede una maleta, se sube a un tren, envía un telegrama solicitando la major reserva posible de habitaciones en el Londra Palace, el hotel que más feliz lo hace en el mundo, sólo le avisa a Peggy Guggenheim que llega por unos días a Venecia, acepta, no hay remedio, cenar con alla, con Max Ernst, Michael Curtiz y el joven Jean-Paul Sartre el 13 de febrero de 1950, le ruega, a Peggy Guggenheim, por último, que nadie más se entere de nada, y viaja hacia Venecia con el corazón en la mano, en la boca, en el suelo, según las horas, su estado de ánimo, su depresión, o su euforia {Picasso oye hablar de un diario de Sartre sobre Venecia, la obsesión que le desencadenan el agua, los mosquitos, las ratas, el Tintoretto, la mezcla de asco y fascinación que Venecia despierta en Sartre: Lo que voy a escribir no lo creerá nadie. Me da pereza empezar. No importa. Asi es que estaba en una góndola...}, Christa Strauss canta en La Fenice, una noche de este mes de febrero, y luego ella, su hermana Margarethe, y Pablo Picasso cenan en el Antico Martini, comen pechugas de pato con crema y setas, beben champagne, brindan, ríen, Christa Strauss acepta acompañar a Picasso al Palazzo Nonfinito que Peggy Guggenheim acaba de comprar para radicarse en Venecia. Curtiz, le cuenta Picasso a las herrnanas alemanas, está perdido, se dedica de tarde en tarde al alcohol, no sabe qué hacer después de Casablanca, el tipo, sin proponérselo, sin darse cuenta, ha realizado su obra maestra, la vida es así, Christa Strauss, radiante, alza otra vez su copa, brinda por la alegría de Peggy Guggenheim, el talento de su marido, los diaries italianos de Sartre, la tristeza de Michael Curtiz, ella también, esta noche, es feliz, encuentra su habitación del Cipriani tapizada con las orquídeas que le manda Picasso, piensa, quizás, que su voz no es tan vulgar como ella cree, ni el lied el ejercicio de un arte menor, pero es tarde para todo, le dice a Picasso, yo soy una mujer de otra época, me hubiese encantado, estoy segura, asistir al estreno de La Traviata, hace 100 años, en La Fenice, ser la amante desconocida de un embajador o de un general de Napoleón III, algo así, no ser nadie, en rigor, morir en Crimea, en Saboya, no haber pisado nunca Venecia, San Marco, este maldito Campo San Fantin, no enamorarme de una ciudad, vivir de otra manera, Picasso escucha embelesado, palabra más, o menos, es de lo que se trata cuando él pinta, esa es la esencia de lo que hace hoy en día, las críticas, los comentarios a Delacroix, Velázquez, Gaudí, la pasión dislocada, el amor inconstante, el sexo desaforado, la voz de Christa Strauss se mueve en el aire como la brisa, como algo propio del aire, esta tarde el escritor, se dice, y Ute Wolf, caminan por los jardines de la casa de té de las hermanas alemanas, se internan en un bosquecito, escuchan, sin saberlo, el lied que Picasso más amó; en el Harry's Bar {fonéticamente Aris para los italianos} toman un mediodía carpaccio, shrimps with oil and lemon, cremas heladas, cafés, Picasso le confiesa a Christa Strauss que está loco por alla, y ella le dice que no exagere, que el entusiasmo sin límites es propio de los hombres enamoradizos, irresponsables o fugaces, que ella es muy dichosa, a veces, con él, aun cuando no hay nada posible entre ellos, Picasso es un hombre comprometido, y ella está convencida de que si a pesar de lo imposible ellos, de todas maneras, se casaran todo se transformaría de inmediato en el más vertiginoso de los infiernos, sin embargo, ante la insistencia apasionada de Picasso, le promete, por fin, ella a él, que lo pensará, esa tarde lo pensará, definitivamente, y esa noche, después del recital, le dará su respuesta, de modo que Christa Strauss suspende la tercera presentación en La Fenice , este mes de febrero de 1950, hace las maletas, paga la cuenta de las habitaciones en el Cipriani, a media tarde las hermanas alemanas abordan en la Stazione Santa Lucia un tren con destino a Munich desde donde, se dice, sin regresar a Berlín, sin visitar ni llamar a su agente artístico, sin prestarle ninguna atención a los contratos pendientes, los compromisos adquiridos, las cosas que cualquiera quiere poner en orden antes de partir, Christa Strauss inicia su viaje hacia donde vive desde hace un tiempo su hermano mayor, Margarethe Strauss no consigue hacerse oír, poner un poco de sensatez en el pánico de su hermana, así que lo único que puede hacer es comprar en Munich todos los discos de Christa que encuentra en dos o tres casas de música y con eso como único equipaje, además de las maletas, los baúles repletos de ropa de invierno, sigue a Christa Strauss hacia el tórrido verano del exótico estuario donde vive el mayor de los hermanos Strauss, se da, de esta manera, por terminada una carrera, por muerto un amor, por perdido el sueño que sueña vivir o morir en Venecia. Entonces una tarde, apenas un año después, una lancha se detiene en el muelle de la flamante casa de té de las hermanas alemanas (Strauss acaba de comprarle?gracias a la intermediación de Margarethe y Christa?su bar a Friedrich Hein, quien, resuelto este punto, regresa de inmediato a Friburgo donde, quiere creer, le espera su amigo Martin Heidegger), es una lancha blanca, lujosa, tripulada por tres o cuatro tipos vestidos de blanco que no pestañean, se mueven, a bordo, hacen su trabajo, con una precisión de relojeros, con el silencio de quienes reciben un salario por hacer su trabajo con precisión de relojeros y sin pestañear, y de la lancha, junto al muelle de madera, saltan a tierra, en seguida, una mujer y dos hombres, Margarethe Strauss, que lee de vez en cuando las revistas del corazón, reconoce en uno de ellos al actor Hugo del Carril, de modo que el otro no puede ser otro que Luis Agostino: la mujer, desde luego, es Eva Duarte. Los tres se sientan a una mesa, lejos de la casa, ella pide té y Scones, Hugo del Carril quiere café, el modisto de Eva Duarte, de mal humor, no quiere nada: Christa Strauss se ve en la necesidad de hacer café para Hugo del Carril, Margarethe Strauss se encarga del resto del servicio, Eva Duarte, con una vaga, triste sonrisa en los labios, le habla a su modisto, Agostino escucha, no abre la boca, Hugo del Carril se extiende en su sillón, fuma, sopla el humo hacia lo alto, nadie dice nada pero la noticia circula en los días siguientes como un reguero de pólvora, Eva Duarte para en El Tropezón, se pelea con su marido, un día, y se va, lo deja, está harta, Eva Duarte, parece, de las mentiras de Perón, de los papelones de Perón, dice su mujer, se oye en los pasillos de El Tropezón: Este lugar pasa a la historia porque aquí se mata el canalla de Lugones y porque aquí, ahora, también me refugio yo cuando resuelvo abandonar a ese pobre diablo que no para de enredarse con chiquilinas, mocosas, pendejas estúpidas que piensan que le van a sacar algo más que caramelos, algunos pesos y, en el major de los casos, una Vespa, por favor, tontitas, hijas de madres tilingas que les permiten semejantes desafueros, y este tarado indeciso, sin perdón, que podría ponerle la firma a su leyenda pero que terminará hundido hasta el cuello en sus propias vacilaciones, en su propia oscuridad, en el miedo que le ata las pelotas como un lazo, Quiero que quede bien claro, que se entere esta misma noche, díganle a Perón que a mí no me ve más ni el pelo, Margarethe le sirve el té, los Scones, deja sobre la mesa vasos y una jarra de agua fresco, Luis Agostino parece arrepentirse de no haber pedido nada pero no abre la boca, Hugo del Carril escucha, fume, se pregunta cómo se encuentran los andariveles nuevos, adecuados, aceptables para la pasión que, vencida, pierde el rumbo, se desvía, tropieza, Christa Strauss, que con los años no vuelve a hacerlo para nadie, le sirve a Hugo del Carril café hecho con sus propias manos, él ni la mira, pero Eva Duarte suspende por un instante sus maldiciones, le clava la mirada, dice: Yo a vos te conozco. Christa sonríe, no mueve los ojos del hilo de café que cae desde la cafetera de porcelana en el pocillo blanco de Hugo del Carril: No creo, señora, dice Christa Strauss, yo no salgo de aquí. Eva Duarte vacila, muerde un Scone, le echa una cucharadita de azúcar al té, dos gotas de limón, le dice a Luis Agostino: No te aflijas, está todo bien, Un día de estos yo me voy a morir, lo sé, lo tengo bien claro, pero ese mismo día entro en la inmortalidad.

 

    

de "La máquina de escribir". Publicado por Seix-Barral. ©1996

        

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