GUILLERMO MARTÍNEZ

 


Continuará

Manuel estaba sacando las sillas a la vereda, como los demás. Ella hubiera preferido sentarse en el patio, debajo de la parra, solamente ellos dos, como si fuese una noche de verano y él aún fuese Manuel y ella aún la esposa de Manuel. No es que le disgustaran los vecinos, al contrario, todos habían sido muy amables con ellos y eso que eran nuevos en el barrio, pero aquellas caras le resultaban demasiado concretas, en cada una habría el nombre y el gesto familiar, de modo que vería a Mary y a Luisito el verdulero y al gordo señor Ruiz, pero no más allá, cómo distinguir entonces al hombre con mayúscula del que hablaban en la radio. Además, le parecía casi impúdico, estar allí todos juntos, mirarse los unos a los otros para comparar el miedo y medir la desesperación, el último comadreo que no podrían eludir, después de todo somos humanos. Después de todo somos humanos, pensó y quiso decirle a Manuel que ella preferiría sentarse bajo la parra, los dos solos mirando el cielo. Tal vez se le ocurriría una hermosa frase, tal vez consiguiera rezar como cuando era pequeña y Dios existía. Pero Manuel parecía arrastrado por algo profundo y oscuro, los movimientos solemnes y la mirada ida, como si estuviese escuchando el Himno, y ella no quería retornarlo, no quería que abandonara aquella prolija expresión de prócer para ocuparse de un asunto tan doméstico. Lo miró con ternura, como a un niño, y lo ayudó a ponerse el saco que olía a naftalina, de una manera u otra sería lo mismo.

Ya estaba todo el vecindario afuera, como si hubiese desfile. No. No era lo mismo. Una parodia. Todos se esforzaban por parecerse a sí mismos, por apresar lo que habían sido, la vida entera, en un puño que abrían apenas, temerosos. Parecían asombrados por descubrirse de pronto hombres y escrutaban sus propias actitudes, no era acaso maravilloso respirar el aire frío y exhalarlo en la noche como una bocanada de humo, no era magnífico el retumbo del corazón y aquel hondo murmullo de la sangre desbordante, o la fuerza de la mano que se cierra, el azul afluente de las venas, el filo preciso de las uñas. Y aunque nadie lo decía y aunque todos callaban, parecía escucharse un estribillo que repetía es la última vez, es la última vez. Luisito cebaba los amargos, es la última vez, y Mary le daba las sobras al perro, es la última vez y ella recostaba la cabeza en el hombro de Manuel, la última vez. Distinguió la voz del señor Ruiz anunciando que sólo faltaba un minuto. Había algo de orgullo contenido, un dejo a triunfo en esa voz lejana que decía cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho... Parecía que el señor Ruiz estuviese por ganar alguna carrera porque su cara se enrojecía de felicidad y una sonrisa infantil le rondaba los labios que ahora apenas se entreabrían, treinta y seis, treinta y cinco, treinta y cuatro. Hurgó desesperadamente en su interior revolviendo las viejas palabras. Una sopa de letras. Encrespadas, salían a la superficie frases equivocadas, pueriles. Creciste, te casaste, te moriste. Como todas, como todos, comé todo. Manuel me mima, Luisito me deja comprar fiado y el señor Ruiz está gritando tres, dos, uno y cero. Me saqué un cero y la maestra también. Estamos todos desaprobados. Cero por todo cero. Lestá cero y terminó.

Abrazó a Manuel y cerró los ojos aguardando el final. Aguardó y aguardó hasta que le dolieron los párpados y se le entumecieron los dedos que aferraban la espalda de Manuel; aguardó hasta que se descubrió deseando que hubiera final. Entonces abrió los ojos y vio la cara desencantada de Manuel y a lo lejos el gesto apesadumbrado del señor Ruiz que daba cuerda a su reloj por las dudas y más allá la silla vacía de la que se acababa de levantar Mary. Luisito le ofreció un mate que no sería el último, pero ella dijo que no, que tenía que ir a lavar los platos. Y mientras fregaba las ollas y mientras miraba de reojo el rostro resignado de Manuel, el traje raído colgando mansamente de la percha y de nuevo sus manos obedientes fregando las ollas, se consolaba pensando que algún día se haría justicia y también habría fin del mundo para gente como ellos.

 

Inédito. © Guillermo Martínez.

 

GUILLERMO MARTÍNEZ
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