GUILLERMO MARTÍNEZ

 


La serie de Oxford

Para Eugenia, que nunca me perdonó habernos
vuelto de Inglaterra, estos crímenes más disculpables.

Capítulo I

Ahora que pasaron los años y todo fue olvidado, ahora que me llegó desde Escocia, en un lacónico mail, la triste noticia de la muerte de Seldom, creo que puedo quebrar la promesa que en todo caso él nunca me pidió y contar la verdad sobre los sucesos que en su momento llegaron a los diarios ingleses con títulos que oscilaban de lo macabro a lo sensacionalista, pero a los que Seldom y yo siempre nos referimos, quizá por la connotación matemática, simplemente como la serie, o la serie de Oxford. Las muertes ocurrieron, efectiva- mente, todas dentro del condado de Oxfordshire, durante el verano de mi única residencia en Inglaterra, y me tocó el privilegio dudoso de ver realmente de cerca la primera.
Yo tenía veintidós años, una edad en la que casi todo es todavía disculpable; acababa de graduarme en la Universidad de Buenos Aires con una tesis en topología algebraica y viajaba a Oxford con una beca para una estadía de un año, con la idea, algo difusa, de inclinarme hacia la Lógica, o, por lo menos, de asistir al famoso seminario de Macintire. La que sería mi directora allí, Emily Bronson, había hecho los preparativos para mi llegada con una solicitud minuciosa, atenta a todos los detalles. Era profesora y fellow de St. Anne´s, pero en los mails que habíamos intercambiado antes del viaje me sugirió que en vez de alojarme en los cuartos algo inhóspitos del college, quizá yo pre- firiera, si el dinero de mi beca lo permitía, alquilar una habitación con baño propio, una pequeña cocina y entrada independiente en la casa de Mrs. Eagleton, una mujer, según me dijo, muy amable y discreta, la viuda de un antiguo profesor suyo. Hice mis cuentas, como siempre, con algún exceso de optimismo y envié un cheque con el pago por adelantado del primer mes, el único requisito que pedía la dueña. Quince días después me encontraba volando sobre el Atlántico en ese estado de incredulidad que desde siempre se apodera de mí ante cada viaje: como en un salto sin red, me parece mucho más proba- ble, e incluso más económico como hipótesis, que un accidente de último momento me devuelva a mi situación anterior, o al fondo del mar, antes de que todo un país y la inmensa maquinaria que supone empezar una nueva vida comparezca finalmente como una mano tendida allí abajo. Y sin embargo, con toda puntualidad, a las nueve de la mañana del día siguiente el avión horadó tranquilamente la línea de brumas y las verdes colinas de Inglaterra aparecieron con verosimilitud indudable, bajo una luz que de pronto se había atenua- do, o debería decir, quizá, degradado, porque esa fue la impresión que tuve: que la luz adquiría ahora, a medida que bajábamos, una cualidad cada vez más precaria, como si se debilitara o se enrareciera al traspasar un filtro demasiado turbio.
Mi directora me había dado todas las indicaciones para que tomara en Heathrow el ómnibus que me llevaría directamente a Oxford, y se había excusado varias veces por no poder recibirme a mi llegada: estaría durante toda esa semana en Londres en una con- ferencia sobre Álgebra. Esto, lejos de preocuparme, me pareció ideal: tendría unos días para hacerme por mí mismo una idea del lugar y recorrer la ciudad, antes de que empezaran mis obligaciones. No había llevado demasiado equipaje y cuando el ómnibus se detuvo por fin en la estación no tuve problemas en cruzar la plaza con mis bol- sos para tomar un taxi. Era el principio de mayo pero me alegré de no haberme quitado el abrigo: había un viento helado, cortante, y el sol, muy pálido, no ayudaba demasiado. Aun así pude ver que casi todos en la feria de la plaza y también el taxista que me abrió la puer- ta estaban en manga corta. Le di la dirección de Mrs. Eagleton y mien- tras arrancaba le pregunté si no tenía frío. Oh, no: estamos en pri- mavera, me dijo, y señaló con felicidad ese sol raquítico, como una prueba irrefutable.
El cab negro dobló a la izquierda y pude ver a ambos lados de la calle, por puertas de madera entreabiertas y rejas de hierro, los tersos jardines y el césped inmaculado y brillante de los colleges. Pasamos un pequeño cementerio que bordeaba una iglesia, con las lápidas cubier- tas de musgo. El auto subió por Banbury Road y dobló luego de un trecho en Cunliffe Close, la dirección que llevaba anotada. El camino ondulaba ahora en medio de un parque imponente; detrás de cercos de muérdago aparecían grandes casas antiguas de una elegancia sere- na, que hacían evocar de inmediato las novelas victorianas con tardes de té, paseos por los jardines y partidas de crocket. Íbamos mirando los números al costado del camino, aunque me parecía improbable, por el monto del cheque que había enviado, que la casa que buscaba fuera ninguna de aquéllas. Vimos finalmente, donde terminaba la calle, unas casitas uniformes, mucho más modestas, aunque todavía simpáticas, con balcones rectangulares de madera y un aspecto veraniego. La primera de ellas era la de Mrs. Eagleton. Bajé mis bol- sos, subí la escalerita de entrada y toqué el timbre. Sabía, por la fecha de su tesis doctoral y de sus primeras publicaciones, que Emily Bronson debía tener no menos de cincuenta y cinco años y me pre- guntaba qué edad podría tener la viuda de un antiguo profesor suyo. Cuando la puerta se abrió me encontré con la cara angulosa y los ojos de un azul oscuro de una chica alta y delgada, no mucho mayor que yo, que me extendió la mano con una sonrisa. Nos miramos con una mutua y agradable sorpresa, aunque me pareció que ella se replegaba con un poco de cautela al liberar su mano, que quizá yo había retenido un instante más de lo apropiado. Me dijo su nombre, Beth, y trató de repetir el mío, sin conseguirlo del todo, mientras me hacía pasar a un living muy agradable, con una alfombra de rombos grises y rojos. Desde un sillón floreado Mrs. Eagleton me extendía los brazos con una gran sonrisa de bienvenida. Era una anciana de ojos chispeantes y movimientos vivaces, con el pelo totalmente blanco y abundante peinado con cuidado hacia arriba como una orla orgu-llosa. Reparé, mientras cruzaba la sala, en la silla de ruedas doblada y apoyada con- tra el respaldo, y en la manta que cubría sus piernas. Estreché su mano y pude sentir la fragilidad algo temblorosa de sus dedos. Retuvo la mía calurosamente un momento y me dio unos golpecitos con la otra, mientras me preguntaba por mi viaje, y si aquella era mi primera vez en Inglaterra. Dijo con asombro:
No esperábamos alguien tan joven, ¿no es cierto Beth?
Beth, que se había quedado cerca de la entrada, sonrió en silencio; había descolgado de la pared una llave, y después de esperar a que yo respondiera tres o cuatro preguntas más sugirió con suavidad:
¿No te parece, abuela, que debería mostrarle ahora su habitación? Debe estar terriblemente cansado.
Claro que sí dijo Mrs. Eagleton; Beth le explicará todo. Y si no tiene otros planes para esta noche estaremos encantadas de que nos acompañe a cenar.
Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña. Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a un habitación muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel seca, curtida, tirante, como sobreexpuesta al aire libre, y esto, que le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto se ajaría. Si yo había calculado antes que podía tener veintitrés o veinticuatro años ahora que la veía de cerca me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete o veinti- ocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían un color azul muy hermoso y profundo, pero parecían algo más fijos que el resto de sus facciones, como si tardara en llegarles la expresión y el brillo. El vesti- do que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uni- forme. De espaldas, sobre todo, parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión de las chicas altas. Me preguntó, al volver a encontrar mis ojos, aunque creo que sin ironía, si había algo más que quisiera chequear y yo desvié la mirada, avergonzado, y me apuré a decirle que todo estaba perfecto. Le pregunté, antes de que se fuera, dando un rodeo demasiado largo, si creía que realmente debía considerarme invitado esa noche a cenar y me dijo riendo que por supuesto que sí, y que me esperaban a las seis y media.

Desempaqué las pocas cosas que había llevado, apilé algunos libros y unas copias de mi tesis sobre el escritorio, y usé un par de cajones para guardar mi ropa. Salí después a dar un paseo por la ciudad. Ubiqué de inmediato, donde empezaba Banbury Road, al Instituto de Matemática: era el único edificio cuadrado y horrible; decidí que aquel primer día podía pasar de largo. Compré un sándwich y tuve un pic- nic solitario y algo tardío a la orilla del río, mirando el entrenamiento del equipo de regatas. Entré y salí de algunas librerías, me detuve a mirar las gárgolas en las cornisas de un teatro, deambulé a la cola de un grupo de turistas por las galerías de uno de los colleges y caminé después largamente atravesando el inmenso Parque Universitario. En un sec- tor resguardado por árboles una máquina cortaba al ras el césped en grandes rectángulos, y un hombre pintaba con cal las líneas de una cancha de tenis. Me detuve a mirar con nostalgia el pequeño espec- táculo y pregunté cuándo pondrían las redes. Había abandonado el tenis en mi segundo año en la facultad y aunque no había llevado mis raquetas, me prometí comprar una y encontrar un compañero para volver a jugar.
Entré de regreso en un supermercado para hacer una pequeña provisión y me demoré un poco más hasta encontrar una licorería, donde elegí casi al azar una botella de vino para la cena. Cuando llegué a Cunliffe Close eran poco más de las cinco, pero ya había oscurecido casi por completo y las ventanas en todas las casas esta- ban iluminadas. Me sorprendió que nadie usara cortinas; me pregun- té si esto se debería a una confianza quizá excesiva en el espíritu de discreción inglés, que no se rebajaría a espiar la vida ajena, o bien a la seguridad también inglesa de que no harían nada en su vida priva- da que pudiera ser interesante espiar. No había tampoco rejas en ningún lado; daba la impresión de que muchas de las puertas estarían sin llave.
Me duché, me afeité, elegí la camisa que se había arrugado menos dentro del bolso y a las seis y media subí puntualmente la escalerita y toqué el timbre, con mi botella. La cena transcurrió con esa cordialidad sonriente, educada, algo anodina, a la que debería acostumbrarme con el tiempo. Beth se había arreglado un poco, aunque sin consentir a pintarse. Tenía ahora una blusa negra de seda y el pelo, que lo había peinado todo hacia un costado, le caía seduc- toramente de un solo lado del cuello. En todo caso, nada de esto era por mí: pronto me enteré de que tocaba el violoncelo en una orques- ta de cámara, que esa noche tendrían un ensayo general, y que cierto afortunado Michel pasaría en media hora a buscarla. Hubo un brevísimo instante de incomodidad cuando pregunté, dándolo casi por sentado, si era su novio; las dos se miraron entre sí y por toda respuesta Mrs. Eagleton me preguntó si quería más ensalada de papas. Durante el resto de la cena Beth estuvo algo ausente y distraída y final- mente me encontré hablando casi a solas con Mrs. Eagleton. Cuando tocaron el timbre y después de que Beth se hubo ido, mi anfitriona se animó notablemente, como si un invisible hilo de tensión se hubiera aflojado. Se sirvió por sí misma una segunda copa de vino y durante un largo rato escuché las peripecias de una vida verdaderamente asombrosa. Había sido una de las tantas mujeres que durante la gue- rra participaron con inocencia en un concurso nacional de crucigra- mas, para enterarse de que el premio era el reclutamiento de todas en un pueblito totalmente aislado, con la misión de ayudar a Alan Turing y su equipo de matemáticos en el desciframiento de los códigos de la máquina Enigma de los nazis. Era allí donde había conocido a Mr. Eagleton. Me contó una cantidad de anécdotas de la guerra y también todas las circunstancias del famoso envenenamiento de Turing. Desde que se había establecido en Oxford, me dijo, había abandonado los crucigramas por el scrabble, que jugaba siempre que podía con un grupo de amigas. Hizo rodar con entusiasmo su silla hasta una mesi- ta baja en el living y me pidió que la siguiera y que no me preocupara por levantar los platos: de ello se encargaría Beth cuando regresara. Vi con aprensión que sacaba de un cajón un tablero y que lo abría sobre la mesita. No pude decir que no. Y así pasé el resto de la noche: tratando de formar palabras delante de aquella anciana casi histórica que cada dos o tres jugadas reía como una niña, alzaba a la vez todas sus fichas y me asestaba las siete letras de otro scrabble.

 

Novela inédita de Guillermo Martínez. © Guillermo Martínez.

 

GUILLERMO MARTÍNEZ
ESCRITORES
HOME