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LA NACION LINE | 06.09.00 | Cultura

 

Recrear los viejos mitos

El cuentista de Infierno Grande, que acaba de reeditarse, trabaja en su prˇximo libro, Una religiˇn prohibida

 

Guillermo Martínez, que acaba de reeditar una versión corregida de su libro de cuentos Infierno Grande, regresa de New Hampshire, la tierra de John Irving, donde, invitado por la colonia MacDowell, ha pasado una temporada escribiendo su nueva novela, que probablemente se titule Una religión prohibida. Su mayor éxito, Acerca de Roderer, ya apareció en varios idiomas (¡hasta en serbio!)

-En sus libros aparecen citados muchos libros.

-Eso tiene que ver con una relación estrecha entre la vida y la literatura. En mi historia personal, la presencia de la literatura ha sido una constante: la figura de mi padre como escritor, la gran biblioteca familiar, la transmisión del libro como pasión, como costumbre. En casa no había televisor. También creo que yo tengo una relación indirecta con la realidad y establezco una triangulación a través de los libros. En general, no me interesa cualquier aspecto de la realidad contemporánea sino aquellos que pueden ser mirados como nuevas instancias de mitos antiguos. Para decirlo por oposición: no me interesa hacer ejercicios de oído sobre personajes del Buenos Aires contemporáneo. No me interesa la descripción. Prefiero las historias. Lo que intento es combinar pequeñas dosis de reflexión con una instancia de suspenso. Trato de que el encadenamiento de los hechos sea lo que predomine a la hora de escribir, más allá de las ideas que pueden aparecer en un registro ensayístico.

-Además de escritor, usted es matemático y ha manifestado interesarse por la filosofía. ¿Cómo confluyen en usted intereses tan diversos?

-En el fondo, creo que se trata de varias personalidades, cada una de ellas tiene su propio abordaje de la realidad. Lo que me fascina de escribir es la posibilidad de organizar relaciones sometidas a sus propias leyes internas y que no están ni en la filosofía ni en las matemáticas ni en la vida real. Lo más difícil en literatura es lograr al día siguiente reconstruir la atmósfera en la que uno escribía el día anterior.

-Varios de sus personajes parecen tener una incomodidad con el cuerpo que los lleva a la retracción, al aislamiento.

-Es un elemento recurrente, pero no sé si deliberado. Creo que la construcción del personaje lo determina de ese modo. Roderer requiere de ese distanciamiento del mundo.

-¿Usted comparte esa tendencia al aislamiento de sus personajes?

-Creo que cualquier persona que elija actividades como la matemática o la literatura necesita de la soledad, y si elige las dos juntas... ¡pasa mucho tiempo fuera del mundo!

-La universidad es otro tema que se reitera en sus relatos.

-La enseñanza, la iniciación, la autoridad del conocimiento, el afán de alcanzarlo, la posición paradójica del maestro, su desaparición son temas que me fascinan. Siempre me ha interesado una idea filosófica muy desarrollada por Wittgenstein: la imposibilidad de la transmisión, la imposibilidad de enunciar reglas ya que toda regla, en el fondo, depende de un conjunto infinito de instancias de aplicación. A veces uno cree estar siguiendo una regla y en realidad, lo que adquirió en su educación es el convencimiento de estar siguiendo una regla. En determinado momento a uno lo dejaron solo y prosiguió con automatismo cuando podría haber tomado caminos diferentes.

-¿Usted tomó caminos diferentes?

-Puedo pensar esos cambios con respecto a los lectores con los que yo he ido confrontando aquello que escribía. En una época, ese lector fue mi padre; en otra, pudo haber sido Liliana Heker o alguno de los compañeros que estábamos haciendo nuestros primeros libros. Después pensé que me habría encantado que algún libro mío lo hubiera leído Borges... y ahora, ¿quién? No es que falten lectores agudos, soy yo el que dejé de buscar ese tipo de referentes.

-¿Cómo realizó el trabajo de reescritura de sus cuentos?

-Los volví a pasar en la computadora uno por uno para corregirlos mejor. Algunos los toqué muy poco; en otros, corregí los puntos de vista juveniles.

-¿Qué considera puntos de vista juveniles?

-Me refiero a cierta mirada hacia el mundo adulto, cierta manera cortante, injusta. Casi todos los cuentos están escritos en primera persona y eso hay que respetarlo. No intenté quitar la mirada del personaje juvenil sino cierto exceso del autor, no de los personajes.

-¿Cuál es el argumento de la nueva novela?-

De alguna manera, parto de mi propia educación. Comencé a escribir a los cinco años. En casa recibía una suerte de educación literaria paralela. Esto era inofensivo en mi caso pero, en mi novela, voy a transformar a mi familia en una secta de gnósticos pitagóricos, que no mandan a sus hijos a la escuela y les dan una educación particular. El título posible, Una religión prohibida, tiene que ver con las religiones paralelas que se estaban desarrollando en la época de los primeros cristianos. Se supone que una de estas sectas persistió durante siglos perseguida por los padres de la iglesia. Otro tema importante es el del Golem, que aparece ligado a la discusión, que existe desde hace casi un siglo, sobre la posibilidad de crear inteligencia artificial. Quisiera que la vida del protagonista transcurriera a lo largo de todo el siglo veinte, pero sin que se pudiera precisar exactamente el momento de que se trata. Las discusiones filosóficas van a corresponder a las que se daban entre los años treinta y cuarenta y cinco, cuando aparecen el teorema de Goedel, Turing y las computadoras.

-Mencionó al Golem, ¿hay también algo de Frankenstein?

-Sí, claro, pero esa parte todavía no la tengo definida. En general, empiezo mis novelas con una noción muy acabada de cómo es el final, pero esta vez no ha sido así, aunque sé que querría hacer plausible, desde el punto de vista literario, una idea de inmortalidad.

Silvia Hopenhayn

 

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