Sylvia Iparraguirre

Cotillón de medianoche


   -...¡nueve!... ¡ocho!... ¡siete!....
   Las voces seguían el ritmo de las luces y de las palmadas; dentro de los relámpagos aparecían y desaparecían el salón y los bailarines . Con el antifaz subido sobre la frente, Marco buscaba a Lisa entre los que se apretaban en la pista. Distinguió el color amarillo limón cerca de la tarima de los músicos. Se abrió camino usando los codos, empujado y zarandeado por las parejas que saltaban a cada grito.
   -...¡seis!... ¡cinco!... ¡cuatro!...
   Hacía calor y el salón estaba repleto.
   ...¡tres!... ¡dos!... ¡uno!... ¡Medianoche! -gritó el speaker, la boca pegada a la reja del micrófono. Brotaron luces de todos los rincones y la orquesta atacó frenéticamente, tocando un boogie-woogie como si fuese la última canción de un barco que se hundía. Las serpentinas zigzaguearon, trenzándose en guías que las parejas arrastraban en redadas en las cabezas y en los zapatos.
   Sábado. Cotillón de Medianoche. El momento culminante del Dancing Park. La hora de los solitarios del Parque.
   En el torbellino cada vez más vertiginoso de la pista, con los ojos resplandecientes y la sonrisa en los labios, los solitarios del Parque asistían a su propio florecimiento. Tímidos por naturaleza, se transformaban en hombres osados y resueltos, capaces de seducir a una mujer en la primera cita; las palabras les brotaban fáciles e ingeniosas y era cierto que las chicas como capullos -así las veían los solitarios- los miraban con ojos enamorados; había dejado de tener importancia que fueran demasiado altos o demasiado bajos. Las narices de cartón y las barbas postizas, los antifaces, los sombreros y, sobre todo, la música caudalosa y sentimental, los volvían intrépidos. Las manos se crispaban sobre las cinturas, los abrazos se hacían casi apasionados y hasta el hombre más apagado podía en esos momentos decir algunas palabras tiernas en el oído de su chica-capullo, amparado por la música y la confusión. La chica comprendía lo que pasaba, echaba la cabeza hacia atrás y reía mostrando su hermosa garganta y sus dientes brillantes detrás de unos labios satinados de rouge. Ellas también, un poco a la deriva en la marejada de la medianoche, se dejaban estrechar más de lo permitido en esos momentos en que algo semejante a la alegría, y tal vez a la felicidad, parecía corporizarse en una meta posible y alcanzable para todos, porque todos, instintivamente, se habían preparado a lo largo de la noche para ese instante en el que exponían un fragmento de su piel más sensible y oculta, como una ofrenda. Pero la felicidad, por su misma cualidad efímera, sólo se daba en los tumultuosos, apresurados minutos finales, momentos antes de que las sillas se apilaran sobre las mesas, se apagaran las luces, se corrieran las cortinas, se esfumaran las chicas-capullo como en la niebla de un sueño y terminara la noche.
   ¿Qué hacían entonces los solitarios del Parque?
   Los solitarios del Parque dejaban atrás la Puerta Oeste o Norte y volvían a deambular, con la solapa levantada y las manos en los bolsillos, por las calles que los alejaban del Parque y los devolvían al mundo. Con la cabeza baja y una sonrisa melancólica, con algo de papel picado sobre el hombro y un resto de serpentina adherido a la pierna del pantalón como signo irrecusable de que esas horas excitantes dentro de las paredes encantadas del Dancing Park habían existido, volvían esperanzados a sus cuartos de solitarios donde la cama estrecha y la ventana empañada o el almanaque en la pared los devolvían a su vida de solitarios en la que sólo a veces se encendía el resplandor apagado de un recuerdo, pero donde seguramente soñarían que todo era posible, hasta la magia de la chica capullo capaz de transfigurar ese cuarto alguna vez por su sola presencia, y se dormían convencidos de que la noche siguiente les depararía un encuentro con la chica del Dancing Park, una cita en la que pudieran hablar a solas, ya que cada uno de ellos recordaba muy bien cómo ella había permitido que le apretara la mano en la oscuridad o de qué modo particular había reído cuando le dijo lo hermosa que era. Razón por la cual los solitarios, a la noche siguiente, mientras descolgaban la campera o el saco de la percha o se hacían el nudo de la corbata, imaginaban que si lograban una cita con su chica le contarían de su vida, y su mente organizaba, resuelta, lo que tendrían para decirle. Porque los solitarios del Parque hablaban mucho con nadie de lo que hacían aquí o allá, ya fuera vender libros, pasar el noticiero de la radio, enseñar matemáticas en una escuela nocturna o acompañar a su madre anciana, y la sola posibilidad de contarlo, de darle forma, otorgaba a sus vidas un inesperado valor como si bajo el poder de las palabras la rutina de su soledad adquiriese una importancia singular, de modo que por fin contarían lo que habían hecho la semana anterior o todos esos años ilusorios y, ante esta posibilidad, los solitarios sonreían ausentes de cuanto los rodeaba y seguían sonriendo mientras amparaban con las manos el encendido del cigarrillo, lo que les daba ese inequívoco aire de solitarios del Parque. Entonces, con el corazón palpitante, buscaban con la mirada la mesa donde sabían que la chica estaría esperando, un poco ausente, pero esperando al fin y pronunciarían su nombre.
   -Lisa
   Lisa se dio vuelta para encontrarse con la cara enmascarada de Marco. El papel picado caía entre ellos como una nevada.
   -Estoy bailando-dijo y sus ojos verdes señalaron al compañero ocasional.
   -Tengo tres boletos.
   -Después ...
   El señor petisito había enlazado la cintura de Lisa. Las parejas lo atropellaron y Marco salió de la pista. Las motas luminosas volaron y las serpentinas cayeron en cascada. Sus compañeros de la Hermandad giraban como trompos o subían y bajaban a las bailarinas tomándolas por la cintura. Sin querer, Marco pudo notar lo que notaba el administrador: bailaban de una manera más bien desaforada, no iban con el ambiente del Dancing Park. Le importó un comino lo que dijera o pensara el administrador. El pelirrojo pequeño y avieso, de bonete y antifaz, pasó cantando a los gritos y se perdió en una ola que hizo volar el vestido de la chica con un fleco de serpentinas.
   Marco se arrimó al bar y pidió una cerveza. Bajo una galerita negra, acodado en la barra, Pestalozzi lo miraba socarrón. Al fin, terminó la serie. Los solitarios volvían al bar a reponer fuerzas; sonrisas, el pelo desordenado debajo de los bonetes y los ranchos de cartón, acomodándose corbatas y botones. Marco leyó por décima vez el nombre de Lisa impreso en sus tres boletos. En el segundo en que la orquesta empezaba otra serie, cruzó, se inclinó sobre el pelo oscuro y brillante y el vestido amarillo limón.
   -Vamos-dijo Marco.
   Ella depositó el papel rojo de un caramelo en el cenicero, se levantó, echó el pelo hacia atrás y sonrió. Bailaron. Lisa era frágil y firme y su mano carecía de peso sobre su hombro; era un cuerpo tan delicado y flexible que Marco sintió el impulso de apretarla con todas sus fuerzas. Pero él había venido a decir algo y tenía que decirlo.
   -Por qué con ese idiota. Es un caníbal.
   -Quién-dijo Lisa.
   -El fanfarrón de la musculosa. El de la cadena de almacenes .
   Separándose un poco, Lisa lo miró. Había terminado el caramelo y se pasaba suavemente la lengua por los labios. Los ojos verdes parecían cargados de sueño.
   -No tengo ganas de hablar.
   El delgado cuáquero cruzó la pista contoneándose en su propio estilo. Le hizo un gesto obsceno por detrás de su compañera y se perdió entre los bailarines.
   -Seguramente es por tu padre -dijo Marco-. Le gusta la cadena de almacenes. Pero vos, ¿por qué?
   -Si ni sé cómo se llama-dijo Lisa. Con la mano ocultó a medias un bostezo.
   -Es un caníbal -repitió Marco.
   -Ufa.-Lisa reclinó la frente en el hombro de Marco.
   En silencio, terminaron de bailar las tres piezas.
   En el bar, los de la Hermandad tiraban maníes al techo y los recibían con bocas de hipopótamo, les guiñaban desconsideradamente un ojo a las chicas-capullo o gesticulaban a espaldas de los solitarios. Algunos con bigotes y narices descomunales. Pestalozzi, irónico bajo la galerita.
   Marco se les unió. Lo recibieron con frenéticas palmadas en la espalda, se condolían de su suerte. En ese momento, al otro lado de la pista, un robusto moreno de clavel blanco en el ojal se inclinaba sobre el oído de Lisa . No había posibilidades de más boletos. Dándole la espalda al salón, Marco vació de un golpe el vaso de cerveza.

 

Capítulo 5 de "El parque", novela de Sylvia Iparraguirre. Publicado por Emecé Ed. © 1996.

 

 

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