El 1
 
Amigo, buen día, dedos, mar, sol, agua

 

Cuando vió el tornillo casi suelto en la madera del fondo delropero grande, pensó en Mamita y se le llenaron los ojos de lágrimas.Mamita se había ido para siempre. Mamita jamás hubiera permitido untornillo suelto ni en el ropero grande ni en ningún otro ropero ni enninguna parte. Mamita no volvería. Mamita hubiera dicho ¡ajá! yhubiera mandado llamar enseguida al carpintero:

-Chapucerías -le hubiera dicho-. Pagué para que hicieran untrabajo, no digo perfecto porque por lo visto eso es mucho pedir, perosi digo un trabajo decoroso, y he conseguido ¿qué? Chapucerías. Vayainmediatamente, sin hacerme esperar, y traiga al aprendiz que dejó esetornillo a medio ajustar.

Mamita estaba en el cielo. Se secó los ojos con la mano . ¿Tupañuelo? Su pañuelo. ¿Mi pañuelo? Si. Una niña debe llevar siempre supañuelo en la cartera, en el bolsillo o en la manga. Se secó la manoen la pollera. Una niña no se seca la mano en la ropa.

Destornillador para ajustar el tornillo . Tenía que ajustar esetornillo. Si lo dejaba así la ropa podía engancharse y romperse. Lahombrera del saco negro con cuello de satin: si esa hombrera seenganchaba en el tornillo y ella tiraba para desengancharla, seguroque el género se desgarraba. Qué hubiera dicho Mamita.

La hubiera mirado y después de mirarla le hubiera dicho, ay, quéno daría ella ahora por que Mamita le dijera, le dijera qué, le dijeraalgo. Tenía que ajustarlo. Tenía que fijarse bien, ver si no habíaotro tornillo mal ajustado. No, no había. Era ése solo, chapucerías. Yel más grande y además brillante. Nuevo. Todos los demás oscuros, delcolor de la madera, del lustre, lustrados por encima. Ella no se iba aanimar a decirle al carpintero que lo único que había conseguido eranchapucerías. Ni siquiera lo conocía al carpintero, ni sabía cómo sellamaba y la libreta de anotaciones estaría en la cartera de Mamita yella a la cartera de Mamita no iba a andar abriéndola. Y tampoco podíadecir vaya inmediatamente y traiga al aprendiz porque no iba a hacerentrar a dos hombres en la casa en la que vive ahora sola una niña.Miró el tornillo suelto. Lo levantó despacito con la punta del dedoíndice de la mano izquierda, lo sostuvo, metió la uña del pulgarderecho en la ranura, torció el dedo la mano la muñeca el antebrazo, yel codo le quedó para adentro, incómodo, pero pudo darle una vuelta altornillo, no tanto como una vuelta, casi. El tornillo giró en falso ycuando ella retiró el dedo índice de la mano izquierda, se inclinó, seinclinó y la uña del pulgar derecho corrió por la ranura, se escapó.Lástima. Probó otra vez. No daba vuelta, no entraba en la madera, nose sostenía ni se caía. Se le iba a romper la uña. Las uñas rotas, ypeor, las uñas mordidas y comidas, son muestra de desaliño, pereza,molicie y desobediencia. Nunca las uñas comidas o rotas: siempre lasuñas cortas, limadas, cuadradas, lustradas, limpias, brillantes.

No había mucha ropa en el ropero grande. Solamente los sacoslargos, y en los estantes de los costados, la ropa interior todablanca. Pero el piso del ropero estaba desocupado, las carteras en elestante de arriba, los zapatos en el botinero, y los sacos seapartaban fácilmente y quedaba mucho lugar. ¿Y si se metía ahí? ¿Y sise paraba adentro y probaba de nuevo? Pero es que se le podía cerrarla puerta y entonces se quedaría adentro, en lo oscuro, envuelta porlos sacos negros de Mamita, y si se movía las mangas le iban a taparla cara, la boca, la nariz, y se le iban a enroscar en el cuello.Podía empujar la puerta y abrirla. Era pesada pero podía abrirla. Si,podía, pero ¿y si no podía? Tenía que buscar un destornillador.

No sabía en dónde había un destornillador. En uno de Ios cajonesdel aparador. La casa estaba sola, tan sola sin Mamita. No quería iral comedor. El aparador estaba en el comedor y ella no quería alcomedor. La casa le daba miedo, tan en silencio Tampoco se animaba ahablar en voz alta en ese silencio, decir algo, palabras. Palabraspueden ser ruido, música, sobre todo pronunciadas por señoritaspálidas vestidas de negro, cuello de encaje teñido con té. No quieredecir palabras, no quiere oírse ni que se la oiga; quiere tal vezacordarse de la claraboya redonda formada por vidrios de colores en eltecho del vestíbulo que daba esa luz acaramelada y precaria cuando enla salita también, por los velones, ardía esa misma luz; del cajón delujo, madera fina con herrajes de bronce, cruz de bronce y en la tapaCristo doliente. Servicio con seis caballos seguido por diez coches.No elegido por ella que ella no hubiera podido, sino por CeledonioEreñú, Ereñú sin hache, no los Hereñú de Santa Fe. Emi se estuvosentada en un rincón, modosa, cuello de encaje teñido con té fuerteporque el blanco es llamativo, el blanco es indiscreto, hace que losojos se vayan detrás, alrededor, al peligro, en zonas, bandasprohibidas. Emi sentada en una butaca, manos cruzadas sobre la falda.No es nadie, no está, no habla, piensa: se da vuelta para allá y semueren. Cuando íbamos con Mamita los veíamos por las ventanas altas yaantes de entrar cruzando el jardín de las fuentes. Llevábamos paquetesy Brígida la canasta con pan, frutas, yerba, azúcar, alguna ropa queya no usábamos y que no le queríamos dar, que Mamita no le queria darpor alguna razón, a Brígida, para las mujeres. Cuando Mami entraba ala sala de hombres yo la esperaba a la puerta y venía hermana Custodiay me conversaba porque la sala de hombres no es lugar para una niña,todos acostados, sin afeitar, y Mamita decía que olían mal . No era cuestión de entrar ahí en donde se dan vuelta para morirse cuandoquieren morirse, como si se fueran a dormir, como si esperaran que lescontaran un cuento, pero Mamita no.

Mamita jamás se dio vuelta para el lado de la pared ni siquierapara morirse, faltaba más. Mamita se murió mirando para arriba, narizapuntando al cielo abriéndole el camino, un camino de viento y broncehacia el Trono del Señor. Emi pensaba mucho en el Trono del Señor, enel Cielo, la bienaventuranza, la vida perdurable amén. También en lacaridad. Mamita se había ocupado de eso, de la caridad y de suspensamientos. Mamita se había ocuparo de todo. Y ahora, ¿qué va a serde ella? Emi pierde la compostura, manos, encaje, y llora.

En los cajones del aparador tampoco. Qué podía hacer, qué podíahacer. Nada. Pero no podía ni pensar en irse a dormir sin haberajustado ese tornillo. Qué diría Mamita, ella que siempre hacía lo quese debía hacer, ella que siempre sabía lo que había que decir. Mamitatenía en todo momento una palabra adecuada para cada persona y paracada circunstancia. Menos para los que se daban vuelta para el lado dela pared y se morían, a veces sin confesión. Emi no, Emi sin saber,Emi buscando, durante una hora, de noche, sola en la casa y sin poderencontrar un destornillador, llorando de a ratos, ¿qué va a ser de mí?Mañana Ie preguntaría a Brígida.

Y se quedó dormida en un sillón de la sala y no soñó. Pero antesde que amaneciera se despertó aterida, acalambrada, los ojos doloridospor el llanto, los dedos agrrotados, asustada, los dientes apretados ysin saber ni preguntarse, sin Mamita y sin lágrimas se fue aldormitorio y se acostó y se tapó con las dos frazadas y se volvió adormir y si soñó al dia siguiente no se acordaba.

Antes de abrir los ojos quiso averiguar qué era esa cosa tanurgente que tenía que hacer y enseguida recordó todavía con los ojoscerrados que Mamita se le había muerto y estaba sola en el mundo, solay desamparada, sin amigos, sin parientes, sin nadie, sin Mamita.

-La espero el martes, m'hija, véngase por el escritorio quetenemos que hablar.

Esa era la cosa urgente, ir a hablar con el doctor Ortega quequería verla vaya a saber para qué.

No, ésa no era la cosa urgente que tenía que hacer y además no eramartes, era lunes y Brígida se había ido el domingo a la tarde ytodavía no había vuelto. No serían las ocho, pero no abrió los ojospara mirar el reloj.

-¿Qué va a ser de mí?

La cosa urgente era encontrar un destornillador.

El sol entraba por la ventana, eran casi las siete y cuarto y sele cortó la respiración: se había acostado vestida y con los zapatospuestos. Sola, huérfana, abandonada, inocente, desamparada, desolada,compungida, trastornada, contrita, desvalida, acongojada, acostada conlos zapatos puestos y sin doblar la colcha, como una linyera, lostornillos cayéndose de los roperos, como una haragana, la vida no erala misma sin Mamita y por ella, por ella que la estaba mirando desdeel Cielo, tenía que cumplir sus deberes diarios con aplicación y buenavoluntad. Se sacó la ropa, se puso el camisón y las chinelas ydestendió la cama y puso las cobijas a ventilarse cerca de la ventanaabierta. Fue al baño, cubrió el espejo con una toalla, se sacó elcamisón, se puso la camisa de bañarse y se metió bajo la ducha fría.

Limpia, peinada, perfumada con agua de colonia, vestido negro,medias negras, zapatos negros, pañuelo blanco en el bolsillo, se sentóen el comedor a esperar a Brígida.

-Buen día, niña. Pero, qué le pasa.

-Qué me va a pasar.

-Tiene que sobreponerse, ¿ve?

Ella tiene razón, pensó Emi, tengo que sobreponerme.

-Usté quedesé ahí que ya le preparo el desayuno.

Desde la cocina vino el ruido del agua, agua cayendo en chorrodesprolijo desde la canilla a la pileta honda, la pava llenándose, elchisporroteo de la hornalla, las gotas de agua que hacen chsss chssschsss al fuego. Chsss silencio y ahora a dormir. Cuando Emi era muychica Mamita le contaba por las noches y si ella se había portadobien, cuentos que ella misma inventaba, y cuando terminaba apagaba laluz, le decía chsss a dormir y se iba:

-Había una vez una niña que era muy buena muy buena pero que teníaun defecto muy feo: era curiosa. La mamá había tratado de corregirlacon consejos y a veces con castigos, pero Ofelia que así se llamaba laniña, seguía curioseando todo lo que se le ponía a su alcance. Pareceun defecto sin importancia, pero no lo es. La curiosidad lleva a lamentira para disimular y el disimulo lleva a la hipocresía. Hasta ensus tareas Ofelia era curiosa, preguntaba todo, quería saberlo todo, ycuando iba de visita con su mamá, tenfa que hacer esfuerzos muygrandes para no ir a abrir cajones y armarios, para no hacer preguntasimpertinentes. Una vez la mamá de esa niña tan curiosa puso una arañaenorne en un cajón y le dijo Ofelia, no abras ese cajón. Claro, ellasintió inmediatamente la tentación de ir a abrirlo pero resistió,porque como te dije, era en el fondo una niña buena. Todo el día diovueltas y vueltas preguntándose qué habría en el cajón y varias vecesestuvo a punto de ir a abrirlo pero como quería corregirse, no lohizo. Esa noche, cuando después de comer pidió la bendición a suspadres y se fue a dormir, todavía la atormentaba la curiosidad. Ydormida, muy profundamente dormida, se levantó, fue hasta el cajón ylo abrió. La araña que había estado durmiendo, se despertó, saltó y lapicó en una mano. De inmediato la curiosa Ofelia cayó al suelo comomuerta y al ruido acudieron sus padres y la pusieron en su cama endonde durmió siete años y en donde llegaban a verla desde todas lasregiones del país las madres con sus hijas para mostrarla como ejemplode lo que una niña no debe hacer. Pero a los siete años una noche sedeclaró un incendio en la casa de Ofelia y la niña despertó y al verel fuego corrió a salvar a sus padres que dormían sin haberse dadocuenta de nada. Una vez que estuvieron todos a salvo y que losbomberos hubieron apagado el incendio, Ofelia, que ya era una niñagrande, se dio cuenta de que estaba curada de su feo defecto y de queya nunca más sería curiosa y andando el tiempo y como era tan buena yya no la atormentaba la curiosidad, se casó y fue muy feliz y tuvomuchos hijos e hijas tan buenos como ella. Chsss, ahora a dormir.

-Aquí tiene, tomesé todo, le hice las tostadas como a usté legustan.

-Gracias.

-Nuay de qué. Va' venir el carnicero a cobrar, niña, y hay quecomprar verdura y fruta. Y el pan. Voy a limpiar su dormitorio.

Emi no tenfa frío porque ya se sabe que si una se baña bientemprano con agua fría después ya no tiene frío en todo el dia, perotembló. Iba a tener que abrir la cartera de Mamita para sacar dineroporque ella no tenfa y le iba a hacer falta para comprar fruta yverdura y pagarle al carnicero, y para pagarle a Brígida cuando seterminara el mes, y para llamar al carpintero que ajustara esetornillo en el ropero grande y para pagarle a Ereñú el entierro deMamita. Mamita andaba siempre con la cartera, dentro y fuera de lacasa, la cartera marrón para los vestidos marrones, la cartera negrapara los vestidos negros, la cartera gris para los vestidos grises, ysiempre tenía dinero y lo sacaba para pagar las cuentas. La carteranegra era la última que había usado.

-¿Terminó? Ni una tostada comió.

-Comí una.

-Comasé otra, ahora vuelvo y saco la mesa, usté descanse.

Qué va a ser de mí, pensó Emi, qué va a ser de mí, qué va a ser demí.

 

 
de  Fábula de la Virgen y el Bombero de Angélica Gorodischer. © 1993 Ediciones De la Flor, A.Gorodischer.
   

 

 
 
LITERATURA ARGENTINA
GORODISCHER