La noche del inocente, de Angélica Gorodischer La noche del inocente - Gorodischer

 
   
Con la noche llega el dolor. Las tripas de Pisou se enroscan y se desenroscan furiosas, se tensan y se acalambran y no lo dejan en paz. Con la cara estragada por tanta penuria se afana en las cocinas ayudando aquí y allá a los cocineros que aliñan las fuentes. Las más de las veces lo apartan de mala manera y sólo lo admiten porque es rápido y no se equivoca nunca si de traer algo de la despensa se trata. Corre, va y viene tratando de olvidar el apretón en la barriga, la tenaza que lo priva de las fuerzas que lo sostienen en pie. El Miel que todo lo vigila, lo llama a un lado de la puerta por la que van saliendo las fuentes:
    ¿Qué te pasa, Pisou?
    Nada, nada, hermano Anatoli.
    No mientas, vamos, no me mientas a mí.
    Me duelen las tripas.
    Cómo no te van a doler. Cuando no se les da de qué ocuparse, las tripas se aburren y si se aburren se enfadan y entonces duelen, qué otra cosa les queda por hacer.
    Ayuno, es cierto, hermano, pero es que.
    Es que nada, burro. El cuerpo también es hechura del Señor, ¿no se te ocurrió nunca pensar en eso? Hay que cuidarlo porque Él nos lo dio. No dejarse dominar por la carne, claro, claro, pero tenerle ciertas consideraciones: ¿no se lava uno?, ¿no se peina uno? Pues por dentro también hay que mirar por él. Pensemos en las tripas por ejemplo. Nunca pensamos en las tripas porque no las vemos como a los brazos o el cuello o los pies; pero pensemos en las tripas. Preciosos conductos que me imagino rosados, suaves, brillantes, y en los que algo hay que meter, Pisou, porque si no se encogen y se secan y se pegotean como el cuero mojado puesto al sol del verano. ¿Has visto cómo se aja y se resquebraja y termina por romperse y no servir ya más para nada? Bueno, apuesto a que a tus tripas vacías les sucede lo mismo. En vez de ronronear satisfechas llenas de caldos y huevos y carnes y dejarte así libre para tus tareas y devociones, las pobres se doblan y gimen y ocupan cada vez menos espacio y el hígado y el corazón y el estómago también sufren. Hay que comer, Pisou, hay que comer algo, y vas a empezar ahora mismoy el Miel termina su perorata dando sobre el estómago de Pisou un golpecito con el revés de la mano.
    Ay hace Pisou.
    ¿Qué? ¿Te dolió?
    No sé.
    ¿Ves, ves? Cómo vas a saber lo que te pasa si ya tu cuerpo ni responde a lo que desde afuera le dan. Vamos, adentro, a engullirse esto inmediatamente.
    Pisou no tiene más remedio que llevarse a la boca el trozo de molleja que el Miel le tiende, un pedazo de carne dorada, crujiente, blanda por dentro como una fruta madura, salada y un si es no es picante, como para un rey. Le cuesta trabajo masticar: él sólo sabe ablandar a fuerza de saliva el pan duro y tragarlo con algo de agua. Tiene temor además: ¿y si se aficiona a los manjares? ¿Y si la gula y si la soberbia y si la pereza y si los siete pecados capitales hacen presa de él?
    ¡Pisou!grita el hermano AlboNecesito que me eches aquí una mano.
    "Aquí" es la escalera. Pisou traga con prisa el resto de la molleja dorada y la siente sobre la lengua, bajo el paladar, descendiendo hacia el tubo misterioso que lleva los alimentos al estómago, blanda y cálida como una bendición hasta que por fin arriba a destino y las tripas sorprendidas al advertir que desde allá arriba les viene cayendo algo, dejan de retorcerse. Allá va Pisou sin dolor llevando una salsera de plata sobre una fuente de plata detrás de los hermanos que sirven las mesas. Le han dicho que se detenga a las puertas del comedor y entregue la salsera al hermano que irá en su busca. Otro tramo de escaleras. Un rellano, otro tramo, el corredor, un recodo, nuevamente el corredor y Pisou se detiene ante la puerta y la puerta se abre.
    Sabe que tiene que darle la salsera al hermano Mino que viene hacia él desde la mesa, pero es que en el momento en el que la puerta se abre el mundo desaparece y se lleva todo con él, la salsera, la fuente, el hermano Mino, el comedor con sus colgaduras, su tarima, sus ventanas, sus mesas, sus sillones, sus alfombras, la vajilla, el Superior, el hermano Rennert, todo y todos dejando nada más que un polvo de plata y oro suspendido en la negrura de la noche. Asomada a sus ojos más celestes que el lago y el cielo, el alma de Pisou se despereza y canta: allá a la mesa, custodiada por dos dueñas bigotudas y mal engestadas, a la izquierda del Superior se sienta Nuestra Señora toda de oro y de plata y de azul, y a su alrededor no hay nada, todo ha desaparecido salvo las voces de los ángeles que salmodian en latín las formidables oraciones del hermano Marcus.
    Aunque parezca imposible unas manos surgen de la nada y se apoderan de la salsera de plata sobre la fuente de plata y una voz que viene de la nada le pregunta:
    ¿Qué estás haciendo ahí tieso como un poste? Ligero, ligero, a moverse que hay que ir abajo a traer los botellones, rápido.
    Pero como las manos y la voz también se desvanecen en la nada brillante y espesa, Pisou no se mueve, sujetos los ojos y el alma al gran vacío de plata y de oro que ha dejado el mundo al irse, y a la cara de Nuestra Señora de la cripta, de mármol y de carne, casi triste a pesar del coro de los ángeles. Pasan los anos y los siglos y los milenios y las estrellas mueren y nacen otras que a su vez mueren y se deshacen en polvo que se junta en racimos y estalla y forma mundos en los que raras criaturas hijas de esos globos errantes entre los soles descubren el fuego, la palabra, la rueda, la ley de gravedad y la fisión del átomo, y Pisou sigue allí, a la puerta del gran comedor que ya no está, incapaz de bajar los ojos, de sujetar el alma, de mover los pies para ir otra vez a las cocinas en busca de los botellones.
    Una voz salida del vacío del universo le dice algo y una mano suspendida de la nada lo toma del brazo y se lo lleva a las cocinas y a él no le importa como tampoco le importa que lo sienten en un banco y allí lo dejen olvidado y que en algún momento desde algún lugar llegue hasta sus orejas la voz del Miel:
    ¿Has visto? ¿Has visto lo que te pasa por extremar el ayuno? El exceso de virtud puede ser orgullo, Pisou, y el orgullo es hermano de la locura. Eso es lo que te va a pasar como sigas imponiéndote el hambre: te vas a volver memo, loco, demente, y vamos a tener que encerrarte y atarte y ya no vas a servir para nada como el cuero mojado puesto al sol, no digamos para ser ordenado algún día.
    Después el Miel le palmea la espalda y se va a controlar los ingredientes que se han usado y que hay que reponer, y de paso a buscar otro bocado que por excepcional debería llegar a la mesa pero que por excepcional no llegará nunca.
    Y pasa otra vez mucho tiempo y tanto pasa y tanto se estira que es como si no existiera y se hubiera convertido en una vasta sombra blanca que ya no puede hacer mal a nadie y todo se resolviera en tormentas quietas pintadas sobre una tela de seda. Y cuando el último latido del último minuto muerto resuena en su cabeza en medio del fragor de las batallas siderales y la huida de las galaxias, cuando ya no hay luz ni semillas ni música en el universo, alguien se acerca a Pisou y le aconseja que vaya a acostarse y al ver que no responde y que está como ausente, llama a otro alguien y entre los dos lo ayudan a ponerse de pie y sosteniéndolo y a la vez alzándolo, lo van llevando despacito, suavemente, tratando de no tropezar con los hermanos y los legos que trabajan en las cocinas, hasta el rincón del sótano que le sirve de celda. Allí lo obligan a sentarse en el armazón de madera que es su cama, se inclinan, le levantan las piernas y lo acuestan y lo cubren con una manta que encuentran doblada a la cabecera del pobrísimo lecho. Algo le dicen antes de irse, algo, una recomendación, un consejo, alguna palabra dicen y se van meneando la cabeza y Pisou se duerme de inmediato y su alma se va a vagar por el cielo negro de la noche.
    Pero el sueno es un amigo traidor y el tiempo engañoso rueda y se balancea y chirría en los relojes y suena en los campanarios y una hora o cien anos o dos segundos después el alma vuelve y se le esconde en los ojos y los ojos se le abren al horror. No se ve nada, nada se oye, la noche respira de preñez y de miedo a lo que ha de nacer de ella . Algo va a pasar, se dice Pisou, algo atroz e insoportable, un remolino negro nos va a tragar a todos y vamos a girar, a girar, a girar cayendo como piedras, como pájaros muertos en el aire lleno de humo venenoso. Y espera y la espera se alarga y cuando nada sucede empieza a tranquilizarse.
    Las tripas están contentas: no ronronean como las del Miel pero tampoco rezongan, no duelen, no protestan, no se retuercen. ¿Por qué estarán tan contentas? Recuerda el bocado que el Miel le dio a tragar en las cocinas: debe ser por eso. Y entonces vuelve la maravilla, la visión de esa mujer sentada a la mesa del gran comedor del Convento de Sant Gaur a la izquierda del Superior. No es una mujer, indigno pecador, le dice su conciencia, es Nuestra Señora. Pero a él qué le importa su conciencia. Le importa la visión, eso es todo, y se siente protegido por primera vez en su vida. O por segunda vez, si la primera es ese recuerdo que ni recuerdo es de tan tenue: un regazo, un canturreo, algo que se le escapa porque está hecho de la tela de los sueños y no se deja domesticar. Protegido como si ella hubiera venido a hacer de Sant Gaur un hogar; para ablandar las piedras, para borrar los ángulos, para tapizar todo de ricas telas y convertir las escobas en varas de lirios, para que el Convento sea más una madre que huele a leche y a canela que un padre que huele a silicio y arnés.
    Ese convento que lo abriga desde hace veinte anos y que ahora ve casi como si le hubieran crecido alas invisibles en la espalda y estuviera volando por encima del mundo, entre el mar y las montañas, rojizo y espléndido tal como deben verlo los ángeles desde el cielo: las murallas coronadas de rejas historiadas, las torretas que las van marcando, cada una con su remate distinto del de las otras, con sus santos y sus monstruos vencidos al pie de los santos. Ve el edificio principal enorme, las escalinatas que llevan a las puertas majestuosas, la fuente poblada de sapos de piedra que dejan escapar por la hendedura de la boca los chorros de agua clara. Ve los ventanales, los arcos, las columnas, las bóvedas doradas y, como si el suelo se hubiera vuelto transparente, ve la cripta y la imagen un poco triste de Nuestra Señora vestida de azul, calzada con chapines de plata, casi oculto el pelo rubio por el manto pesado que a la espalda llega hasta el pedestal, y ve los ratones grises que corren entre los reclinatorios buscando un pedacito de cuero o de papel para mascar mientras discurren sobre lo Contingente y lo Absoluto. Ve los grandes patios y a su alrededor los edificios menores, cada uno dedicado a un santo, cada uno tratando de superar a los otros, ser más espléndido, más pío, más poderoso, destacar los atributos de su patrón y protector. Pero no ve la puerta secreta quizá porque nadie la ha visto jamás y quién es él para ser el primero en descubrirla: la puerta que Sant Gaur en persona abrió con sus manos en alguna parte del Convento y que todos han buscado y nadie ha podido encontrar, la puerta con la que todos han sonado alguna vez porque se dice que lleva directamente al paraíso. Ve la biblioteca en sombras, quieta como una boca cerrada. Ve las cocinas silenciosas y ardientes todavía en rescoldos. Ve a los monjes en sus celdas y ve un aposento vacío, Sant Gaur tenga piedad de todos.
    El tiempo da un salto inesperado, una cabriola más roja que el crepúsculo de verano, y el dolor se apodera del pobre cuerpo del lego que gime y se pregunta si en verdad no es que ha de pasar algo terrible esa noche. Y porque siente que algo va a suceder es que se levanta en un intento de acallar el dolor en vez de quedarse como otras noches acostado y soportarlo sin quejarse. Se alza gimiendo, las dos manos apretando el vientre y camina de aquí para allá en el estrecho espacio de su rincón hasta que sin querer y buscando alivio ya no vuelve y sigue y sigue y los pies lo llevan hasta el patio central en donde se queda a la sombra de las arcadas, todavía doblado por el dolor.
    Demasiadas cosas han pasado en un solo día. El dolor retrocede. Sí, el dolor va desapareciendo y Pisou baja las manos y alza los ojos hacia el cielo de la noche para agradecer la tregua y rogar que no vuelva la mano de hierro a apretarle las tripas. El dolor se va, desaparece, pero Pisou tiembla porque ese algo que temió está sucediendo en Sant Gaur.
   

 

 
"La noche de los inocentes" de Angélica Gorodischer. © 1996 Emecé. ©1996 A.Gorodischer.
   

 

 
 
LITERATURA ARGENTINA
GORODISCHER