El descubrimiento del fuego

 

Fue a buscar a su vecina para contarle lo que le había pasado.Esperaba que estuviera. Que no hubiera ido al supermercado, o alcentro, o a una reunion de madres en la escuela. Que estuviera, que leabriera la puerta y le brillaran los ojos y le dijera hola y laconvidara con un café. Cruzó el jardín delantero y miró por la ventanadel living. Los vidrios reverberaban con el sol, no se veía nada.Alcanzó a distinguir el sofa, la puerta del fondo y una mancha rosaque podía ser un pañuelo para el cuello, flores, la tapa de unarevista. No se oían pasos, ni voces, ni la radio. Puso las dos manoscomo embudo entre sus ojos y la ventana y así pudo ver mejor, soleadoy solo, ese living al que conocía tanto como al de su propia casa.Bajó las manos, se alisó la pollera y se arregló el pelo.

-Hola, llegaste justo, pasá, pasá, estaba por tomarme un café.

Qué suerte estar acá, pensó, tener adonde ir, un lugar sólido yfijo, no como el de esos sueños en los que se balancea una en la puntade un mástil: mira para abajo y la punta del mástil, muy muy lejos,está apoyada en el asiento de un auto sin capota como el que usan lospresidentes y los reyes, que se mueve en medio de un desfile manejadopor un desconocido. A veces es peor, a veces no maneja nadie y ella esla que tiene el volante allá arriba. Pero la cocina no se mueve, estoda blanca, con cortinas blancas en las ventanas y mantelitos decuadros verdes y blancos sobre la mesa blanca. Ella está sentada enuna silla blanca que tiene un almohadón verde y la vecina desenchufala cafetera y saca dos tazas del anaquel.

-Te ayudo.

-Pero no, si ya está, cómo podés tomar el café sin azúcar, es tanamargo, yo no puedo, querés un poquito de leche.

-No, así está bien, gracias, qué rico café.

-Se me está terminando, suerte que me hiciste acordar, tengo queagregarlo a la lista, esperá, es que si no parece mentira pero meolvido, ya está qué bien viene un momento de tranquilidad, qué tepasa, ¿tenés frío?

-No, no, un escalofrío pero ya se me pasó.

-Es que con este tiempo, yo no sé, no termina de hacer calor perofrío, lo que se dice frío, tampoco hace.

-No sabés qué ponerte.

-Eso, siempre descubrís que debiste haberte puesto otra cosa

-O andás por la calle poniéndote y sacándote el abrigo.

-Ah, pero yo prefiero esto y no el invierno, te digo la verdad.

-No sé, ¿eh?, no sé. Claro que vos tenés chicos y con los chicosen invierno, la ropa y todo eso, los sweaters y las medias de lana, esun lío.

-Y más a la edad que tienen los míos, si vieras los dos varones,a cual peor.

Por qué no le contaba, por qué no le decía, qué hacía ahí en lacocina blanca hablando pavadas, por favor. Quería contárselo. Ahora,tenía que ser ahora mismo, antes de que alguien tocara el timbre,antes de que volvieran los chicos del colegio, no, no iban a volver sitodavía era temprano. Antes de que fuera tarde, no en el tiempo, nisiquiera en la rnañana, sino para ella. Antes de que no quisiera yacontárselo a nadie.

-¿Más café?

-Bueno, sí, gracias.

Antes de empezar a tomar esa otra taza de café: el chorro oscuro ybrillante va de la cafetera a la taza, las comunica, hace de las dosuna sola cosa. Si ella fuera un gato creería que eso es sólido yestiraría la pata para atraparlo y morderlo. Se quemaría y aprendería:andaría rengueando unos días, buscando el piso frío de la cocina paraapoyar la mano quemada. Pero hay gatos que juegan con el chorro deagua, se suben al lavatorio o a la pileta de la cocina e intentanagarrar el agua. O no lo intentan, saben, cómo no van a saber, sabenque no lo puede agarrar pero juegan.

-Ay, Silvia, pero eso es espantoso.

-Sí -dijo ella .

-Qué vas a hacer ahora.

-No sé.

-Dios mío, Dios mío, es que no lo puedo creer, ustedes parecíantan felices, un matrimonio tan, tan, estaban tan contentos juntos, nosé, tan bien avenidos.

-Ah, sí, pero me dijo que está harto, que no quiere saber nadamás, que la rutina lo está matando. A mí la rutina me gusta, ¿a vosno?, a mí sí, siento placer en hacer todos los días las mismas cosas ala misma hora. Las manos parece que ya saben, que se te van solas, losobjetos cantan, la loza sobre todo, y el cobre, y los relojes, ya alempezar sabés cómo va a quedar todo porque lo hacés siempre. Los díasson suaves así.

-Sí, pero hay gente que no aguanta eso.

-¿Vos querés decir que sueñan con embarcarse en un veleromisterioso de bandera desconocida y tripulación patibularia para ir acorrer aventuras en los mares del sur? ¿O con pasar una noche en unacasa encantada llena de chirridos y de muricélagos y de ojos que semueven detrás de los ojos vacíos de los retratos? ¿O con enrolarse enla Legión Extranjera?

-No, ay no, Silvia, no sé de qué me río, disculpame pero es quepor un momento pensé en Marcelo, siempre tan cuidadoso, sudando en elSahara, era en el Sahara, ¿no?, eso de la Legión Extranjera.

-Sí, creo que sí, en todo caso era en un desierto.

-Pero no creo que él piense en esas cosas. Lo que querrá, a lomejor, será que de vez en cuando hagas algo inesperado, que le des unasorpresa.

-¿Recibirlo vestida de buzo, por ejemplo?

-Ay, Silvia, no sé cómo podés hacer chistes en este momento. Y mehacés reír a mi, para colmo.

-No veo por qué no te vas a reír.

Se miraron las dos antes de la risa y se rieron al mismo tiempo yla cocina se llenó de carcajadas, la cocina tan blanca, una ventanaabierta, que si alguien hubiera pasado hubiera pensado cómo sedivierten esas chicas, porque deben ser dos chicas, dos chicas muyjóvenes, solamente cuando se es muy joven puede uno reírse así, seguroque están hablando de algún pretendiente medio ridículo que una deellas tiene y al que alguna maldad le deben haber hecho, pobremuchacho. Y hubiera seguido caminando, qulzá sonriendo: cómo sedivierten esas chicas en esa casa, qué felices.

-Es que no es para reírse -dijo Gabriela.

-No, ya sé que no. Una no se ríe en un velorio, ni en misa, nicuando la vecina viene y le cuenta que el marido acaba de abandonarla.

-¿Estás?, digo, ¿cómo te sentís?, ¿estás muy triste?

-No. No siento nada.

-¡Cómo, nada!

-No, nada, te digo. Mientras él me lo decía yo lo miraba y nosentía nada. Le miraba el lunar ése que tiene acá en el cuello ypensaba que nunca se lo había hecho sacar aunque siempre decía que selo iba a hacer sacar, sobre todo los sábados que se afeitaba con máscuidado, creo que le daba miedo ei bisturí eléctrico que debe ser comoun pinchazo con una quemadura todo junto, me imagino, y nunca se lohizo sacar. También pensaba que si alguna vez se decidía e iba a lodel dermatólogo para que se lo sacara, no iba a ir conmigo. Y penséque no le iba a planchar más las camisas. Eso me dio un poco de penapero se me pasó enseguida porque me acordé del pomo de pinturaamarilla.

-¿Te acordaste de qué?

-Ay, no grites, no dije ningún disparate, ¿no?

-Claro que dijiste un disparate, qué tiene que ver el pomo depintura amarilla, ¿qué pomo de pintura amarilla?, ¿se puede saber dequé estás hablando? ¿Querés más café?

-Sí, sí, me hace falta más café. Lo que pasa es que a Marcelonunca le gustó el color amarillo.

-Y qué tiene. A mí el amarillo no me va ni me viene, pero si espor eso creo que a Javier tampoco le gusta.

-Pero Javier no te dijo esta mañana que estaba harto y que se iba.

-Ah, no, eso no, claro.

-En cambio Marcelo sí me lo dijo a mí y mientras me lo decía penséen lo de las camisas que ya no le iba a planchar y un poco de pena medio, entonces me acordé del pomo de la pintura que a él no le gustaba,mejor dicho me acordé del regalo que le hizo la madre a Marita cuandoella empezó a ir al taller de pintura y que después vino y me dejóantes de irse a España y que yo guardé con los libros de arte y elrollo de posters que también me dejó, en la parte de arriba delplacard del pasillo.

-Qué regalo.

-Pinturas y pinceles, latas de aguarrás, paleta, unos traposblancos doblados muy prolijos, telas en bastidores, un paquete grandeasí, lo hicimos entre las dos. Así que cuando Marcelo terminó dedecirme todo eso que me dijo, yo todavía estaba pensando en laspinturas. Después se fue.

-Y vos qué hiciste.

-Fui y saqué el paquete de la parte de arriba del placard.

-¿Qué hiciste?

-Saqué el paquete, ¿no te digo? Me dio un trabajo bárbaro porqueera muy grande y muy pesado. Y más trabajo sacarle el papel ydesparramar todo.

-Pero para qué lo sacaste.

-Quería ver lo que habíamos puesto adentro, ver si me servía parapintar.

-¿Y te servía?

-Claro. Primero tendí la cama. Cambié las sábanas ¿te dije?, no esdía de cambiar las sábanas, yo las cambio los lunes y los viernes,pero hoy las cambié, puse ésas tipo Liberty que compramos en Brasil,¿te acordás cuando volvimos y te las mostré?, y ventilé el dormitorio;después llevé las telas y las pinturas y los pinceles al otro cuarto ylos puse en la mesa grande y me puse a pintar. ¿Sabés lo que pinté?

-No, cómo voy a saber.

-Pinté un campo sembrado, con las plantitas ya un poco altas. A míel campo siempre me gusto. ¿A vos no te gustaría vivir en el campo?

-¿A mí? No sé, creo que no. Me aburriría. Creo que me pondríatriste, sobre todo por las tardes.

-Sí, yo también, pero de todos modos me gustaría así que lo pinté.Pinté un campo sembrado como el que se verla desde la ventana delcomedor si yo viviera en el campo. No me salió muy bien porque no sépintar, no había pintado nunca nada, pero me gusta; cuando lo terminéy lo mire, me gustó.

-Sí, tenés razón, una tendría que poder pintar lo que quiere,aunque no le salga bien.

-Claro, es mucho mejor que soñar que una está en la punta de unmástil y que el mástil se mueve.

-¿Vos soñás eso?

-A veces.

Se había terminado el café. Miraron la cafetera las dos, sindecirse nada. El sol seguía entrando por la ventana del living. En elcuadro las plantitas se movían, ondulaban bajo el aire de la mañana yhabía olor a salvia y a agua y ruidos en la tierra de pequeñosanimales que se deslizan entre las raíces y gritos muy lejos y lasruedas de un carro sobre la huella endurecida del camino y el runrúnde la seda de las flores doradas y los plumeros de los cardos,esperando. Por la ventana de la cocina blanca la cortina blanca colabala luz del jardín. En el otro jardín zumbaba un molinete regador.Nadie pasaba a esa hora por la vereda. A nadie le hubiera llamado laatención el silencio. Inclinada sobre la mesa blanca Silvia se puso allorar despacito.

 

 
de Técnicas de Supervivencia de Angélica Gorodischer. © 1994 Editorial Municipal Rosario, A.Gorodischer.
   

 

 
 
LITERATURA ARGENTINA
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